Bush y el Tribunal Supremo
En una sentencia que reequilibra los poderes en el sistema norteamericano, el Tribunal Supremo ha establecido que los tribunales militares creados por la administración Bush para juzgar a los sospechosos terroristas en Guantánamo violan las leyes militares de Estados Unidos y también las Convenciones de Ginebra.
El razonamiento del Tribunal Supremo se basa en que la querella presentada por Salim Ahmed Hamdan, que fue chófer de Osama bin Laden, contra el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, es correcta porque un sospechoso no puede ser juzgado por delitos de conspiración dado que la jurisdicción militar internacional establece que las acusaciones deben hacerse sobre actos específicos y no sobre supuestas conspiraciones.
El Tribunal Supremo desautoriza la existencia de la cárcel Guantánamo donde varios centenares de sospechosos de terrorismo mal viven sin garantías jurídicas en un territorio controlado por Estados Unidos pero que se encuentra en la isla de Cuba.
La reacción a los atentados del 11 de septiembre fue muy drástica y comprensible. Ningún presidente desde Roosevelt en la Segunda Guerra Mundial había dispuesto de tantos poderes para combatir a un enemigo que en este caso no está localizado ni siquiera identificado.
Pero como la guerra de Iraq está en un punto en el que no se observa avances políticos o militares, las facultades otorgadas al presidente empiezan a ser cuestionadas. La sentencia del Tribunal Supremo es un aviso serio a Bush y una demostración de que Estados Unidos sigue siendo un país donde la fuerza de la ley es independiente y no está sometida al poder ejecutivo.
La sentencia tiene un carácter simbólico que será interpretado positivamente en el mundo musulmán donde la credibilidad de Estados Unidos ha sufrido un gran retroceso como consecuencia de la política militar de Bush en Oriente Medio.
Siempre he sostenido que Bush no cambiará el curso de su política porque los europeos critiquemos su gestión de la guerra, sino porque desde el interior de Estados Unidos se va a poner cada vez más en cuarentena su idea de expandir la democracia en Oriente Medio con la fuerza de sus ejércitos.
Los vuelos de la CIA por media Europa transportando sospechosos a lugares secretos para ser interrogados, las fotografías de los abusos cometidos en la cárcel de Abu Ghraib, la detención por tiempo indefinido en Guantánamo, han dañado la credibilidad moral de Estados Unidos en el mundo por la forma y los métodos que ha utilizado para combatir el terrorismo.
Los sospechosos detenidos en Guantánamo tendrán que ser juzgado por tribunales ordinarios en los que se contemplen las consideraciones relativas a los tiempos de guerra. Pero el Tribunal Supremo dice algo más interesante: las Convenciones de Ginebra, que tratan sobre el trato a los prisioneros de guerra, tienen que ser tenidas en cuenta por Estados Unidos que las ha ignorado desde que empezó la guerra de Iraq.
El presidente Bush ha reaccionado diciendo que acudirá al Congreso para ver qué posibilidades legales existen para esquivar la sentencia del Tribunal Supremo. Lo puede hacer pero será difícil que tenga capacidad de maniobra para actuar al margen de la sentencia de la máxima autoridad jurídica de Estados Unidos.
Encarcelar a cientos de sospechosos de terrorismo de forma indefinida sin prestarles las garantías jurídicas que establece el Tribunal Supremo y las Convenciones de Ginebra será difícil mantenerlo.
Una guerra que empezó saltándose a la torera la ley internacional, irónicamente, va derivando hacia las decisiones de la justicia que obligan a la administración a tenerlas en cuenta. No es una casualidad que Estados Unidos hayan vivido más de doscientos años sin una dictadura. Me parece que sólo Suecia y Gran Bretaña pueden presumir de lo mismo.
En buena parte se debe a que la ley está por encima incluso de los gobiernos de turno por muy poderosos que sean.
Hacia una sociedad orwelliana
No se puede fumar en la playa, el carnet por puntos va a afectar a cientos de miles de españoles, los coches de la guardia urbana se pasean por Barcelona fotografiando y multando a los vehículos mal aparcados sin que sus propietarios tengan noticia de ello hasta que les llegue a su domicilio la sanción o el embargo de su cuenta corriente.
El ciudadano se mueve por la vida bajo una vigilancia estricta, orwelliana casi, sin la menor opción a equivocarse. Es la política de la ley y el orden que, hasta cierto punto, es necesaria en toda sociedad para garantizar su libertad.
La consellera Tura y la ministra Salgado son abanderadas en la imposición del civismo desde el poder. La consellera ha hecho expediciones a los prostíbulos de la Costa Brava para comprobar la calidad higiénica de los establecimientos, desde la limpieza de las sábanas hasta la identidad de las trabajadoras del sexo.
La ministra Salgado ha abierto una cruzada contra el tabaco para prohibir por decreto que ni siquiera se pueda fumar una pipa, tranquila y plácidamente, en la soledad de mi despacho. Las dos responsables políticas están convencidas de la promoción de sus causas. Yo también.
Pero los gobiernos de Madrid y Barcelona no pueden detenerse en esta vigilancia estricta de los ciudadanos. Han de poner el mismo empeño en erradicar la delincuencia de más calibre. A la consellera Tura y a la guardia urbana barcelonesa les han sorprendido los primeros altercados en el Barrio de Gràcia, cuando falta todavía un mes y medio para que empiecen las fiestas.
El narcotráfico actúa con bastante impunidad en todo el territorio nacional. Los robos silenciosos en las residencias solitarias de varias partes de Cataluña siguen produciéndose sin que desde la conselleria no nos lleguen otras recomendaciones que se instalen señales de alarma.
El Estado, en su vertiente española o autonómica, tiene el monopolio de la violencia para evitar que esté en manos de los particulares. No para andar detrás de los ciudadanos y castigarles al primer fallo y dejar en manos de los ciudadanos la defensa de sus propios domicilios.
Da la impresión de que todos somos posibles delincuentes y se ponen todos los medios, que no son pocos, para multar y castigar a quien se salte las leyes de tráfico, de aparcamiento o de ruidos, olvidándose de los delitos de mayor envergadura que son los que distorsionan más la convivencia y ponen en peligro la seguridad de todos.
Por no saber, no sabemos siquiera, cuántos ciudadanos ilegales viven entre nosotros. A esos no les va a multar nadie porque no son ni conocidos ni fichados por las autoridades. Los más vulnerables somos los que pagamos impuestos, los que nos detenemos en los semáforos en rojo, los que respetamos habitualmente las leyes.
Se ha derramado demasiada sangre
Cuando la sangre ha corrido en demasía en una sociedad, cuando se ha hecho política utilizando el terrorismo, cuando las palabras perdón, comprensión y respeto se escuchan menos que las de razón patriótica, conspiraciones de unos y otros, ajuste de cuentas, cuando se pretende entrar en un proceso de pacificación sin tener muy en cuenta las heridas sociales y personales causadas por los que han matado en nombre de una causa política, cuando ocurre todo esto es ingenuo pensar que la paz es cuestión de una iniciativa política de un gobierno.
Transcurrirá más de una generación hasta que el daño causado en la sociedad vasca y española quede sepultado en el olvido.
El problema no es el protagonismo que ha alcanzado el juez Grande Marlaska al que se le pide que escuche las voces de los nuevos tiempos interpretando la ley con prudencia y generosidad. Tampoco que el presidente Zapatero anuncie en la solemnidad de una declaración parlamentaria que se abre el proceso para negociar con ETA.
Hay un elemento muy positivo en el encrespado debate en curso. Los terroristas hace tres años que no han matado y han anunciado una tregua permanente que podría convertirse en definitiva si las negociaciones finalmente arrancan.
Se pide a la sociedad vasca y española que miren al futuro y que entierren sus dolores y sus odios porque la paz es un bien muy superior a los rencores que la historia no olvida porque han existido. El problema es que no se puede poner el contador a cero y pretender que nada de lo que ha ocurrido puede truncar la voluntad política de unos y otros para acabar con el conflicto.
Me cuentan los que conocen muy bien a la sociedad vasca que no hay líneas claras que delimiten los entornos democráticos y violentos. Hay divisiones muy profundas en las familias, en los pueblos, en los territorios de Euskadi, en Navarra y en el territorio vasco de Francia. Y hay otras líneas muy sutiles en las que el nacionalismo vasco no siempre ha actuado para que la ley se respetara.
Es cierto que para desgastar al gobierno Zapatero, la oposición utiliza su influencia en los medios, en el poder judicial y en el propio juego político. Pero Zapatero ha de saber que su iniciativa sólo podrá progresar si se desarrolla dentro del marco jurídico vigente. A no ser que cambie las leyes para que los jueces no tengan que mirar hacia otra parte cuando tienen evidencias de que el ordenamiento jurídico se ha vulnerado. El Estado puede ser generoso. Pero no puede perder.
La prensa y el poder en Estados Unidos
Los efectos de aquel 11 de septiembre de 2001 han sido desvastadores. Estados Unidos fue atacado en su propio territorio y como consecuencia de los atentados macabros de varios suicidas, la primera potencia del mundo recurrió a su hegemonía para combatir a quienes habían destruido los símbolos más emblemáticos del sistema americano y dar muerte a más de tres mil personas que se encontraban en las Torres Gemelas.
La globalización, también en la estructura y actuación del terrorismo, disipó el sueño de un país que se creía invulnerable. Básicamente, por la existencia de la bomba humana transportada por suicidas que arrebataba el monopolio de la fuerza al Estado, por primera vez desde la paz de Westfalia de 1648.
Los Estados, a efectos de garantizar la seguridad nacional, siguen siendo actores decisivos pero no encuentran la fórmula para combatir a otros actores que no disponen de estructura visible, son ilocalizables, actúan desde el interior de las sociedades democráticas y disponen de un poder devastador imprevisto y muy importante.
La respuesta más asequible para una gran potencia ya se ha experimentado. Se derrocó al régimen talibán de Afganistán, se organizó sobre la marcha y sin pruebas contrastadas la guerra de Iraq con resultados del todo insatisfactorios por no decir catastróficos.
Paralelamente al despliegue de la majestuosa fuerza militar, la administración Bush puso en marcha un conjunto de medidas legales declarando la guerra contra el terror. La seguridad nacional era prioritaria sobre cualquier otro valor y el sistema norteamericano suspendió temporalmente el equilibrio de poderes como no había ocurrido desde los tiempos de Roosevelt cuando entró en guerra contra la Alemania de Hitler.
La prensa se unió en principio a la corriente patriótica nacional hasta que empezaron a llegar pruebas filmadas sobre los abusos que las fuerzas armadas estaban cometiendo en las cárceles de Iraq, como la de Abu Ghraib o la existencia de la prisión de Guantánamo, un enclave extra territorial situado en la isla de Cuba.
El diario “The New York Times”, como ocurriera en los años sesenta con la publicación de los Papeles del Pentágono que irritaron al entonces secretario de Defensa, Robert McNamara en los tiempso más intensos de la guerra de Vietnam, acaba de hacer públicos el control que la administración está haciendo de cientos de miles de transacciones financieras internacionales.
La administración Bush ha reaccionado de forma parecida a la que utilizó el presidente Johnson hace casi cuarenta años. Ha atacado a un gran periódico por haber puesto en peligro la seguridad nacional sin dar una respuesta explícita sobre si la lucha contra el terrorismo puede vulnerar la libertad de los norteamericanos cuyas cuentas están siendo monitorizadas por el gobierno en nombre de la seguridad nacional.
Algo parecido ha ocurrido con las escuchas telefónicas indiscriminadas y con el seguimiento de muchos ciudadanos que nada tienen que ver con el terrorismo.
No soy de los que se suman a la moda europea de que los norteamericanos son los causantes de todas las desgracias del mundo. Sólo hay que dar un vistazo al siglo pasado para comprobar que gracias a Estados Unidos pudimos ahuyentar nuestros fantasmas en tres ocasiones si incluimos también la larga guerra fría.
La corrección de la política de Bush en su guerra contra el terror no vendrá de Europa sino del interior de Estados Unidos a medida que vaya recuperándose el equilibrio de poderes y cuando la opinión pública, a través de los medios de más prestigio, advierta que recortar las libertades sin obtener los resultados esperados no podrá continuar indefinidamente.
La retórica contra el terror
En Miami se han detenido a siete individuos que supuestamente preparaban un atentado contra la gigantesca torre Sears de Chicago. El presidente Bush ha dado un salto a Europa para acercar posiciones con sus aliados y en Budapest ha comparado el levantamiento de Hungría de 1956 con la crisis de Iraq.
Un paralelismo que no se le había ocurrido a nadie. En Hungría se desafió al imperio soviético que aplastaba a un pueblo, le privaba de libertad y le arrebató su soberanía. La revuelta de Budapest acabó con la represión más brutal de Kruschev. Iraq ha sido invadido con una mentira bajo el brazo y los iraquíes están intentando con violencian y terror que los extranjeros se vayan.
El dictador Saddam ha sido derrocado y está siendo juzgado en Bagdad por un tribunal con una legitimidad más que dudable. Irán ha plantado cara al mundo y sigue adelante con su programa de enriquecimiento de uranio a pesar de las amenazas sancionadoras de Naciones Unidas. Hamas ha ganado las elecciones en Palestina convirtiéndose en la primera organización terrorista que gana unas elecciones en Oriente Medio.
Los extremistas islámicos, Al Qaeda es el más visible, suministra una ideología unificada entre los talibanes afganos, los insurgentes en Iraq, los rebeldes en Chechenia y muchos otros que conocen los códigos y las consignas que no sabemos dónde y quién las emite. A esta red se suman las comunidades aisladas, minoritarias y resentidas en Europa, que reciben a través de Internet el arma de la propaganda y las consignas.
Occidente se enfrenta a una amenaza que a la vez es distante y cercana. Pero que tiene a los europeos y norteamericanos atemorizados porque los Estados democráticos no saben cómo combatir este fenómeno ilocalizable. Los Estados modernos que han inventado la globalización que comporta tantas ventajas pero que también presenta grandes peligros.
Nos enfrentamos a la variante más perversa de la globalización que consiste en utilizar la información y las armas de destrucción por grupos ilocalizables que responden a consignas que circulan con códigos secretos en la red mundial.
Los ciento treinta mil soldados norteamericanos en Iraq no pueden hacer nada para combatir esta amenaza. Ni los miles de soldados europeos que se encuentran en Afganistán para pacificar un país en el que el control se escapa de las manos occidentales.
Hay que combatir este tipo de terrorismo con armas del siglo XXI que no son otras que la inteligencia, el derecho, el "poder blando", la investigación para descubrir los circuitos por los que transitan los planes para atacar y destruir nuestra civilización. Los enemigos están simultáneamente fragmentados y conectados, dentro y fuera de nuestras fronteras.
El choque no es de civilizaciones sino una lucha para defender la civilización. La retórica de la guerra contra el terror esconde la ausencia de proyectos para neutralizarlo.
Maragall pasó de Maquiavelo
Ha arrojado la toalla con elegancia y generosidad, como un caballero que carga con toda la responsabilidad de una batalla perdida. No se va por la puerta pequeña, humillado y derrotado, como algunos querían, sino que abandona el puesto habiendo sido un gran alcalde y el president que hizo posible el Estatut.
Le han clavado los cuchillos en todas las esquinas. Siempre con la guardia baja, con visiones de futuro, vendedor de ilusiones y entusiasmos, daliniano, Maragall ha seguido el guión marcado por los precarios resultados de las elecciones de 2003. El tripartito no respondió a las promesas de una Catalunya progresista, catalanista y de izquierdas.
El carro empezó a marchar por el pedregal desde aquel día de enero de hace más de dos años en que el número dos del gobierno daba vueltas por el sur de Francia para encontrarse con unos etarras que supuestamente le planteaban lo mismo que Zapatero pactaría tiempos después con los terroristas.
Aquel paso en falso de Carod abrió la veda contra el tripartito maragallista que se convirtió en la principal arma que la oposición popular lanzó contra el gobierno Zapatero que sería elegido dos meses después. Todo fue permitido. Catalunya sufrió injustamente ataques basados en mentiras, en suposiciones, en injurias y también en los fallos garrafales cometidos por el propio Maragall y su equipo.
El presidente catalán se olvidó de Maquiavelo y soportó a los traidores de todas las escuderías que le enseñaban los puñales asesinos. Los de la oposición, como es lógico, siempre habían estado en el hemiciclo. Pero los de los amigos, correligionarios, estaban escondidos detrás de las columnas de mármol del poder socialista.
No han llegado a clavarlo porque Maragall ha esquivado el golpe y ha evitado que corriera la sangre. Tras las columnas de Moncloa, Ferraz y Nicaragua aguardaban los Brutos que ahora le reconocerán sus méritos como si su decisión fuera voluntaria. Es la víctima propiciatoria.
Así de cruel y miserable es la política. Recupero una parte del artículo escrito por su abuelo poeta, censurado en 1909, que decía sobre la Semana Trágica que “ara us han cremat l'Iglésia: perdoneu-los, perqué d'ells sí que pot ben dir-se que no saben lo que fan, i que de no saber-ho no en tenen pas tota la culpa”.
Con todos sus errores, a pesar de su brevedad, incluídas las “maragalladas”, se va un vendedor de entusiasmos, un hombre honesto, que deja unos Juegos Olímpicos y un nuevo Estatut para que los que vengan lo administren con inteligencia.
La calidad de los políticos
Es frecuente achacar a los políticos que no están a la altura, que les falta rigor, que van a la suya y que no piensan en el interés de los ciudadanos. Se dice que no tienen ideas y que se cubren con una coraza para disimular su ignorancia. Que no están cerca de la realidad y que les resbalan los problemas de las gentes.
Tienen un optimismo ficticio, profesional, y no se dan cuenta que a veces no son la solución sino parte del problema.
Son tópicos endémicos. Los políticos representan más o menos a la sociedad a la que sirven. Hegel pensó que había superado a Maquiavelo porque creía haber corregido el mal causado a la política europea al haber demostrado que la moralidad personal y la política son irreconciliables. No lo son ni en la política ni en la condición humana de hombres y mujeres. La lucha entre la bondad y la maldad la llevamos todos dentro. A la que te descuidas resbalas hacia el mal y sólo con gran esfuerzo te inclinas hacia el bien.
Los políticos se mueven por ambición, por vanidad, por mística, por poder, por ideas o por cualquier otra causa. Como todo el mundo, más o menos. Aciertan y se equivocan. La sociedad está perfectamente reflejada en su clase política. Cuando hay un líder mediocre es preciso pensar en la sociedad que lo ha elegido. Quizás se descubra la mediocridad social.
He tropezado con un artículo escrito por Ortega y Gasset en "El Sol", el 21 de febrero de 1918, cuando la Gran Guerra estaba terminando. Creo que la cita tiene interés y de poco sirvió que el filósofo y escritor madrileño se lamentara hace casi un siglo de lo que nos podríamos lamentar hoy.
"Decenio tras decenio, en España y fuera de España, hemos visto menguar el calibre intelectual de los llamados hombres públicos, hasta el punto de que hoy parecen dedicarse a este menester sólo aquellos hombres que no sirven para nada sustantivo. La única cualidad que se exige al parlamentario es que sea elegido. Por esto se compone el Parlamento de gentes que poseen un talento inferior y hasta equívoco: el arte de hacerse elegir, arte poco compatible con un temple correcto y distinguido".
No hemos evolucionado demasiado. Pero es lo que hay. Que nadie se haga ilusiones.
Corrientes de fondo en política
Es interesante resaltar la corriente de fondo que se apreciaba el domingo por la noche al ser aprobado por una clara mayoría el nuevo Estatut de Catalunya. Todos y cada uno de los partidos deberán reflexionar por qué sólo la mitad de catalanes se molestaron en votar. La abstención no tuvo padre ni madre. Simplemente muchos ciudadanos se quedaron en casa por cansancio, por que no querían participar de la confusa y errante confección del Estatut o por las razones que hubieran tenido por conveniente.
El Estatut ha sido aprobado, es legítimo y legal. Lo que han decidido la gran mayoría de catalanes será difícil que sea modificado por recursos que sean presentados por el Partido Popular.
Decía que las corrientes de fondo son las que cuentan y las que marcan las líneas maestras de la actuación de un colectivo a medio y a largo plazo. Son las que hacen evolucionar las inexistentes fotos fijas. La posición de los partidarios del Sí y del No han pasado a la historia para futuros analistas. El hecho cierto es que Catalunya dispone de un nuevo instrumento jurídico que amplía sus competencias y mejora su financiación.
Se ha superado la etapa más difícil pero no la más importante que no es otra que la gestión de la nueva realidad jurídica respecto a las relaciones de Catalunya y España. El texto aprobado tiene apartados ideológicos, identitarios y pragmáticos. Queda mucho debate por delante que dependerá de la formación del nuevo gobierno antes de que termine el año y también de la altura de miras, la calidad política de los nuevos gestores y el respeto que habrá que tener por los intereses contrapuestos de todos los ciudadanos.
Coincido en la urgencia de convocar a los catalanes cuanto antes a las urnas ya que el gobierno saltó por los aires el día en que Esquerra Republicana era desplazada del tripartito y que la precaridad del gobierno Maragall es manifiesta. Cada partido tendrá que trasladar a los ciudadanos sus planes para gestionar la nueva realidad jurídica y política de Catalunya y tendrá que valorar qué perfiles son más idóneos para convencer al mayor número de catalanes.
No hay problemas de liderazgo en CiU donde Artur Mas es el candidato indiscutible a la vista de que el Sí ha sido más numeroso en los distritos tradicionalmente convergentes. Tampoco Joan Saura está en discusión. Esquerra Republicana tendrá que reflexionar sobre la evidencia de que las urnas castigan inexorablemente a las formaciones que no se presentan unidas ante el electorado.
Josep Piqué tendrá que administrar su equidistancia entre el núcleo más duro del Partido Popular y quienes piensan que para recuperar el gobierno es urgente que el partido de Rajoy vuelva a transitar por la calle principal tanto en España como en Catalunya.
La incógnita está en qué candidatura presentarán los socialistas catalanes. Maragall puede pasar a la historia como el president del Estatut. Su idea de la España plural con tendencia a convertirse en una España federal ha empezado a rodar. Puede intentar repetir la candidatura por tercera vez consecutiva. Pero tiene que calcular si el socialismo español y el socialismo catalán le consideran el candidato más apto.
Sino es así tiene la oportunidad ahora de salir por la puerta grande como el alcalde de los Juegos Olímpicos y el president del Estatut. Enfrentado a Zapatero y a Montilla no va a llegar muy lejos, es más, no va a llegar a ninguna parte.
Catalunya y España necesitan ahora tranquilidad, reflexión, mucha gestión y escuchar a los ciudadanos que no quieren vivir en crispación permanente cuando las cosas, en general, van relativamente bien. Vivimos tiempos nuevos y el éxito del futuro dependerá de la altura política y moral, del prestigio, de sus líderes, nuevos o viejos.
Un día con González y Pujol
No se sabe exactamente qué pueden hacer unas veinte personas reunidas en el antiguo monasterio de Sant Benet de Bages, a punto de ser restaurado, en pleno estío, hablando de los retos del liderazgo a lo largo de todo un día.
Lo que dijimos la mayoría de participantes tuvo una importancia relativa. Lo que importaba era que dos personajes que han sido líderes relevantes contaron suculentas experiencias de su paso por el poder en el marco de la cátedra que Esade y Caixa de Manresa impulsan sobre el liderazgo y la gobernancia democrática.
Felipe González y Jordi Pujol rebozan optimismo realista. El optimismo no puede ser profesional, decía el ex presidente del gobierno, que denunciaba el discurso ideológico de muchos líderes, no sé en quién estaría pensando, que se revisten de una coraza para ocultar su falta de ideas. Felipe es tildado de pragmático en el mundo latino y de idealista en los ambientes anglosajones. Un visionario realista que contempla la política en el mundo próximo y lejano como un jugador de los Mundiales que observa frustrado un balón que se pierde por la línea de fondo.
El mundo que vive en tiempo real ha cambiado más que las cúpulas de los partidos y los gobiernos que no sintonizan con una sociedad que va por delante de sus dirigentes. Es la crisis de las democracias occidentales, acomodadas pero temerosas, poderosas e inseguras, que saben que será difícil mantener el nivel adquirido y que no saben qué ni cómo será el mañana. El problema y el encanto de Europa, dijo González, es su dulce decadencia. Parecía que leía las profecías de Spengler, afortunadamente incumplidas.
La complicidad entre González y Pujol viene de lejos, quizás fruto de sus conocidas y en algún momento amargas controversias. Sus visiones no coinciden pero se complementan. Pujol nos dijo que el liderazgo comporta a veces no asumir los valores dominantes, tener coraje, un punto de mística y saber subrayar las pequeñas victorias cuando las cosas van realmente mal. Nos confirmó que no tiene “hobbbies” como los tiene Felipe y que una vez que se sentía afligido no se entretuvo en escuchar a Mozart o a Bach sino que se fue a ver una granja de caracoles que funcionaba bien y así remontó su desánimo.
Citó al miedo como un peligro para el líder que atraviesa situaciones difíciles. Recordó a Roosevelt con aquel no tengais miedo al miedo y a Juan Pablo II con no tengais miedo al inaugurar su pontificado. Descubrimos dos de sus referentes europeos: Tony Blair que está de capa caída y Ségolène Royal que sube en Francia.
Fue un día bien interesante en el que dos biografías políticas intercambiaban experiencias, frustraciones y éxitos. Miran al futuro con esperanza. A pesar de todo y de todos.
El encaje de dos nacionalismos
La política tiene la manga muy ancha, se lo traga todo, olvida cuanto quiere y recuerda lo que le conviene. Si la política fuera trascendente o sus decisiones irreversibles el mundo no habría resistido tantas equivocaciones durante tantos siglos, en todas partes y por todos los protagonistas.
La política se improvisa y siempre es un borrador apresurado del que luego la historia se encarga de ponerlo en limpio para ser siempre reelaborado generación tras generación por nuevos historiadores que aportan más matices y precisiones sobre el contenido de las decisiones políticas y su contexto.
El domingo los catalanes estamos convocados a pronunciarnos, una vez más, sobre un borrador que puede convertirse en una pieza de gran valor para el futuro inmediato y a medio plazo o, simplemente, un episodio más de tantos actos inútiles que han desembocado en frustraciones colectivas.
Leí atentamente el texto que salió del Parlament de Catalunya el 30 de septiembre. He vuelto a leerlo ahora, aprobado por el Congreso de los Diputados, con las “negritas, negritas, negritas” de las que hablaba con su sorna conocida Alfonso Guerra. La comparación entre los dos textos no resiste la prueba del nueve.
En el debate conducido por Josep Cuní, con la notoria ausencia del president Maragall, se habló de las razones que impulsaban el Sí y de las que pedían el No. Lo más probable, a juzgar por las encuestas, es que la mayoría de catalanes aprobarán el Estatut que se convertirá en ley fundamental del país. Nada volverá a ser como antes y las palabras y los personajes se los llevarán el viento para quedarnos en la gestión que los políticos del futuro hagan de este cambio sustancial en el ordenamiento jurídico de Catalunya.
Se va a dar la paradoja, una vez más, de que al pretender cambiar el encaje político de Catalunya en España, el cambio se va a producir mayormente en España y Catalunya seguirá ambicionando una diferencia respecto al resto de autonomías que el Estado se resistirá a conceder. Y se volverá a invocar el acuerdo alcanzado el 30 de septiembre dentro de cinco o diez años.
Este Estatut no resuelve el encaje de Catalunya en España sino que lo emplaza para una mejor ocasión. A la larga, este desencuentro que se repite generación tras generación sólo puede tener dos salidas posibles: la construcción de una España federal, asimétrica o no, o bien el desgaje de partes de uno de los estados más viejos del continente europeo.
Desde una perspectiva catalanista el Estatut da satisfacciones suficientes. Mejora el financiamiento, se obtienen más competencias y se logra una afirmación identitaria que no existía ni en los textos de 1932 y 1979. Pero desde un punto de vista nacionalista es un paso más hacia una hipotética independencia de Catalunya.
El problema es que seguirá habiendo un problema de encaje entre dos nacionalismos. El español que no querrá modificar fronteras de ningún tipo y el catalán que las va a seguir reivindicando todas.La descentralización política, administrativa y económica desde la Constitución de 1978 ha sido muy beneficiosa para todos. También para España y, por supuesto, para Euskadi, Catalunya y el resto de autonomías.
El Estado no es menos fuerte hoy que hace treinta años. Lo que ha ocurrido es que sus funciones han cambiado. Ha cedido competencias hacia la Unión Europea y hacia todas y cada una de las comunidades autónomas. La unidad de España sale mejor parada de su pluralidad que de su unicidad.
El Estado no ha desaparecido sino que ha cambiado sus funciones entregando partes importantes de su soberanía y poder. Me temo que Zapatero pretende navegar por la tormenta de un cambio de este calibre sin medir las consecuencias.
Las dos Españas
La España de siempre, las dos Españas irreconciliables, se vuelven a encontrar. Una habla en la calle. La otra en el Parlamento. Hace tres años ocurría lo contrario. La derecha se sentía segura en el Congreso y no dominaba la calle que la ocupaba la izquierda con ocasión de la impopular guerra de Iraq.
Estas dos Españas se pelean ahora sobre dos cuestiones de gran calado: la de terminar con la violencia de ETA y cómo organizar territorialmente el Estado. A juzgar por la multitudinaria manifestación del sábado en Madrid, media España no quiere negociar con ETA y saca las víctimas del terrorismo para castigar al gobierno Zapatero.
Eran muchos los que se manifestaron en Madrid. Pero no eran todos. Ni siquiera eran mayoría. Digan lo que digan los que promueven estas manifestaciones, son más numerosos los españoles que quieren un futuro sin violencia que los que se aferran al pasado para impedir que se llegue a un acuerdo definitivo.
Mezclar las víctimas del terrorismo, la paz con ETA y la política general de Zapatero no es muy lógico. No todas las víctimas de la violencia etarra están representadas en la organización que lidera Francisco José Alcaraz. Conozco a muchas víctimas que no comparten sus criterios. ETA hace tres años que no ha asesinado a nadie y se compromete a no volver a matar si el proceso sigue su curso aunque sea a trompicones.
Zapatero sigue su política a pesar de todo y de todos. Hay que esperar para comprobar si su apuesta ha sido correcta o nefasta. Pero si todos los gobiernos desde Suárez han intentado negociar con ETA, él también lo está intentando. La pelota, por curioso que pueda parecer, está en el campo de los violentos.
El Estado les tiende la mano. Sin vulnerar la ley. Una de las prioridades de Zapatero debería ser la recuperación de la legalidad democrática por parte de Batasuna. la Ley de Partidos habría que derogarla. Lo que no se puede es actuar al margen o contraviniendo una ley que está en vigor.
Respecto al proceso estatutario, la situación ya ha exacerbado suficientemente a la opinión pública española. Pero estamos a una semana del referéndum en Cataluña y todo parece indicar que la mayoría de catalanes que voten se pronunciará a favor del Sï al Estatut.
Luego vendrá Andalucía, Valencia y cuantas comunidades autónomas lo decidan. Paradójicamente, la fórmula catalana será finalmente copiada por cuantos territorios quieran modificar su estatuto. Esto incomodará a muchos catalanes que no aceptan el "café para todos", pero es lo que seguramente va a ocurrir.
La España federal, en cualquier caso, es la que se perfila en el horizonte. Es la única posible si se quiere mantener la unidad nacional española sin que haya rupturas irremediables. En definitiva, se trata de construir un Estado, una España, en la que todos nos sintamos a gusto, con nuestras diferencias culturales, históricas, políticas y económicas. La palabra independencia habría que sustituirla por interdependencia.
Que Zapatero no se envalentone. Eso va para largo, muy largo. En el fondo de todo el problema está en la concentración del poder en la capital de España, Madrid, que no lo quiere ceder ni total ni parcialmente. Éste es el debate en el que dos Españas, la que hiela el corazón, y la España de la racionalidad posible se baten como en las guerras dinásticas del siglo antepasado.
Homenaje a un maestro y amigo
La historia de diarios como La Vanguardia, diarios centenarios, descansa sobre muchas columnas. La primera son los lectores que mantienen su fidelidad y, a su vez, permiten que los anunciantes depositen su confianza en nuestra credibilidad y hagan viable el negocio de una empresa periodística de referencia.
La segunda es la propiedad que arriesga el capital y gestiona la complejidad de un periódico siempre sometido a variantes imprevistas que van desde las viejas y nuevas tecnologías hasta la llegada puntual de los ejemplares a los puntos de venta. Este diario tiene el privilegio de haber sido fundado por una familia, los Godó que abandonan Igualada en plena Restauración, y generación tras generación, han mantenido intacta la propiedad hasta el día de hoy.
Un fenómeno que sólo puede entenderse por el instinto de La Vanguardia en servir e interpretar el sentir general de la sociedad catalana tanto en tiempos convulsos como en épocas plácidas. El diario al que he servido durante más de una generación ha conocido varios cambios de régimen.
Vivió la Solidaritat Catalana, la Semana Trágica de 1909, el fin de la alternancia inventada por Cánovas y Sagasta, la primera dictadura de Miguel Primo de Rivera que dió el golpe de estado en Barcelonaen 1923, la caída de la monarquía de Alfonso XIII y la llegada esperanzadora de la II República, los hechos de Octubre de 1934, las elecciones del 16 de febrero de 1936 y la sublevación de Franco que desembocó en la guerra civil.
En aquella fratricida e incivil guerra fue incautada por la CNT-FAI, por el Gobierno de la Generalitat y finalmente por el gobierno de la República al servicio de Negrín. Fue testimonio de los bombardeos sobre Barcelona y la llegada de las tropas franquistas por la Diagonal. Se convirtió en La Vanguardia Española por imperativo de los vencedores y tuvo que aguantar a un director, Luis de Galinsoga, que se paseaba por los pasillos de la redacción gritando "estoy en territorio conquistado" y que fue destituido después de proclamar en una iglesia barcelonesa de que "todos los catalanes son una mierda".
Sobrevivió al franquismo y defendió la causa aliada a pesar de la germanofilia ambiental en toda España. Fue una ventana discreta de apertura en el tardofranquismo. Saludó la vuelta de Tarradellas del exilio y se convirtió en impulsora de la democratización de la sociedad catalana y española.
Es el único superviviente de todas las cabeceras que se han publicado en Barcelona durante más de 125 años. Hoy goza de buena salud y sigue siendo un diario de referencia.
La tercera columna es la de los profesionales que les transmitimos las informaciones, opiniones y servicios que llenan nuestras páginas. Todo este preámbulo es para hablarles de Carlos Nadal que acaba de recibir un premio de la prensa madrileña como reconocimiento a toda una vida periodística vinculada exclusivamente a esta cabecera.
De Carlos Nadal y de su hermano Santiago, que me abrió las puertas de la sección de Internacional hace ya treinta y ocho años, he aprendido el valor del humanismo, de la cultura, de la historia, de la conversación, del análisis y de la comprensión. Recuerdo como si fuera hoy cuando Carlos me hablaba de Baroja, de Unamuno, de Dickens, de Tolstoi y de los políticos de la Europa democrática tan distintos y tan distantes del erial del franquismo de aquellos años.
Carlos Nadal, desde las alturas de su edad, nos analiza cada domingo la realidad internacional, sus contradicciones, sus cambios inesperados y sus procelosas singladuras. Es un analista que mide el adjetivo pero que cuida el sustantivo poniendo las crisis en su contexto. Carlos ejerce lúcidamente su trabajo desafiando el inexorable paso del tiempo y más allá de las burocráticas leyes de la jubilación, como demuestran también sin descanso Carlos Sentís y Jaime Arias.
Un periódico no puede prescindir de su materia gris, del pensamiento de quienes han transitado por la experiencia y por las dudas de muchas noches en vela y por reflexiones que no siempre aparecen publicadas pero que forman parte del bagaje colectivo de una redacción. Enhorabuena, Carlos y por muchos años.
Perú se queda con la socialdemocracia
Perú no ha confirmado la teoría del dominó que desde Venezuela y Bolivia se pretendía incorporar un nuevo país a una suerte de revolución bolivariana que cambiara radicalmente el mapa político de América Latina. Desde la distancia es arriesgado e injusto meter en el mismo saco a países con historias distintas y con sociedades que tienen mucho en común pero que renuncian a ser homogéneos porque son diferentes.
Los cinco años de presidencia del socialdemócrata Alan García (1985-1990) acabaron tan mal que el ahora presidente electo tuvo que huir del país que se entregó desesperadamente en brazos de Alberto Fujimori que ganó en la primera vuelta a Vargas Llosa en 1990 que arrojó la toalla y se dió un abrazo con el “chinito”, de procedencia japonesa, sin tener que concurrir a la segunda vuelta por el abandono del rival.
Recuerdo la escena en el Sheraton de Lima. Vargas Llosa, candidato liberal, hablaba con la prensa para dar cuenta de los resultados de la primera vuelta. En esas entró inesperadamente Fujimori que le abrazó efusivamente dando por cancelada, de hecho, la segunda vuelta de las elecciones.
Ironías de la política, Vargas Llosa, laureado literato y algún día, si hay justicia en los cenáculos del jurado del premio Nobel, merecería ser galardonado con el máximo premio de la literatura, nos reunió a unos cuantos en la última planta del hotel para explicarnos las razones por las que abandonaba su intento para ser presidente de Perú, refugiándose posteriormente en Europa para seguir escribiendo espléndidas piezas literarias que le han hecho acreedor de todos los reconocimientos, a pesar del incomprensible silencio de Gabriel García Márquez, silencio que Vargas Llosa ha practicado con el mismo desprecio hacia el escritor colombiano.
Ha sido Vargas Llosa el que ha trasladado a los peruanos que votaran con la nariz tapada si la elección era entre Alan García y Ollanta Humala. Votar así, con la mano en la nariz, no es un invento peruano. Sin ir más lejos, los franceses practicaron la misma táctica para decidirse entre Chirac y Le Pen en las últimas elecciones presidenciales.
Aquella distorsión democrática en Francia ha tenido muchas y graves consecuencias para los franceses de la misma manera que la va a tener para los peruanos que han dado la victoria a un candidato que en la primera vuelta sólo consiguió unos sesenta mil votos más que la conservadora Lourdes Flores.
Alan García ha ganado porque Lima, que cuenta con una tercera parte del electorado, le ha votado en más de un sesenta por ciento. Del resto de los veinticuatro departamentos peruanos, Alan García sólo ha conseguido ganar en nueve de ellos. Eso sí, en los más poblados de la costa donde el nivel de vida es superior al del Perú interior donde Humala ha consolidado su liderazgo.
El populismo de corte bolivariano del perfil de Hugo Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolívia no ha ganado. Las elecciones en Colombia renovaron la confianza en Uribe que es lo más alejado de la retórica y demagogia de los presidentes de Caracas y La Paz.
Alan García pidió disculpas a los peruanos por su desastroso primer mandato. Confesó que su fracaso se debió al apetito desordenado por el poder y que no habrá “nada de frivolidades, nada de viajes, nada de sueldos suculentos, nada que signifique ofender al pueblo”.
Alan García vuelve triunfalista pero humillado. Tendrá que gobernar con muchos votos prestados y con un país dividido. Ollanta Humala tiene toda la fuerza en el interior y un discurso que no se aparta del populismo venezolano o boliviano. Tendrá la presión de la derecha que le dió el poder y el de la izquierda radical que aprovechará sus errores, que los tendrá.
Zapatero y Terribas
La entrevista que Rodríguez Zapatero concedió a Mònica Terribas en una noche de finales de mayo en los jardines de La Moncloa, suave viento que acaricia la cabellera de Mónica, presidente con corbata de boda, conversación espontánea, verde negro por todas partes, la sinfonía de los grillos que suena en la lejanía, focos de verbena de una casa de postín, temas que se desgranan con la naturalidad de amigos de toda la vida...
Una buena entrevista. Los dos, el político y la periodista, vivían su "finest hour", su momento sublime. Alcanzaban la cumbre de su profesión. A partir de ahí puede empezar el descenso o la batalla para cumplir todos los pronósticos y promesas que se hacían tranquilamente en la luminosidad de la oscura noche.
Se me ocurrió pensar en aquel "finest hour speech" que Winston Churchill hacía en los Comunes poco después de tomar posesión del gobierno el 18 de junio de 1940. Era el primero de sus tres parlamentos emblemáticos conocidos como "blood, toil, tears, and sweat" y el "We shall fight on the beaches".
Zapatero no utilizó la épica de Churchill ni Terribas cambiaba el curso del periodismo mundial. A todos nos habría gustado pasear por aquellos jardines por los que han transitado Suárez, Calvo Sotelo, González, Aznar y ahora Zapatero. Fue una entrevista que penetraba sin pedir permiso en los domicilios del país.
Pero detrás de la "hora sublime" estaba una guerra incierta y en inferioridad de condiciones. Zapatero conversa con la seguridad de que no hay peligros. Que todo está calculado, pactado, cerrado. Que España no tendrá más remedio que seguir sus visiones. Ojalá sea así. Pero me temo que esta seguridad de Zapatero no va a aglutinar a la opinión pública española como Churchill se hizo suya la británica.
No sé si Zapatero sabe hacia donde va ni siquiera si conoce el trayecto. Da la impresión de que todo estaba previsto. Ha ninguneado al presidente de la Generalitat, ha cambiado de caballo sin esperar alcanzar la otra orilla del río, tiene a los socialistas catalanes confundidos y una persona de la experiencia como Felipe González no entiende qué es eso de la realidad nacional de Andalucía.
Parece un Maquiavelo en estado puro. Puede ganar las próximas elecciones. Incluso aumentando su mayoría. Pero ha empezado el descenso. En España no se suele mantener en la cima a alguien que triunfa de forma tan fácil. Es un país con demasiada afición a los toros y, por lo tanto, a la sangre a las cinco de la tarde.
Ojalá le vaya bien, muy bien, porque a todos nos irá bien. Pero entrevistas con la placidez y la tranquilidad de los jardines de la Moncloa no suelen repetirse. Horas antes había derrotado a Mariano Rajoy en el Congreso y Duran Lleida se rendía a sus pies a cambio de un futuro ministerio. Incluso Puigcercós, el descabalgado por Zapatero, le prometía lealtad. Todo demasiado placentero.
También lo pienso de Mònica Terribas. Puede seguir con sus incisivas preguntas en los formatos de TV3. Pero no superará la noche estival en La Moncloa. Los dos aprovecharon la ocasión sublime. Ahora hay que aterrizar a la vida real, mucho más dura y tosca. Más fratricida y cainita, tanto en la política como en el periodismo.