martes, octubre 31, 2006

Periodismo en tiempos de cambio

He observado el interés que suscita en este blog el fenómeno del periodismo, relacionado con la vida, con la política, con la economía, con nosotros mismos que somos sus principales actores.

Les voy a transcribir un largo artículo sobre esta profesión, la segunda más antigua de la historia, y sobre lo que pienso sobre ella. El artículo se publicó en la revista El Ciervo en su número de julio y agosto. Me gustaría conocer su opinión. Les advierto que es largo, mucho más largo que lo habitual. Ya me disculparán.


Dónde va el periodismo



El periodismo es un vehículo de la libertad en las sociedades democráticas hasta el punto que sin una prensa libre el estado de derecho no se sostiene. Los países que más han progresado en los dos últimos siglos son aquellos en los que la libertad se ha expresado con mayor soltura.

Pero la libertad no se sirve en estado puro. No existe porque va cargada de subjetividad y de condicionantes. En todas las redacciones de los diarios, en los estudios de radio y televisión cuelgan carteles sutiles, invisibles, que no existen físicamente pero que el más novato de los periodistas sabe de su existencia. Son los carteles del políticamente correcto, de lo que se puede o no se puede decir, los carteles de las conveniencias de las empresas, de los directores, de los mismos periodistas o de cualquier otra procedencia ideológica o cultural.

El periodista tiene que saber que percibe sólo una parte de la verdad que a veces se esconde toda entera en factores y en datos desconocidos. Por eso pienso que una de las cualidades más apreciadas de un informador o de un creador de opinión es la modestia o humildad que le hacen consciente de que transmite noticias u opiniones tal como las ve en un momento determinado y que los debe modificar siempre que aparezcan nuevos elementos que le obliguen a cambiar su discurso.

Esta actitud, tanto ética como profesionalmente, es lo que se podría definir como la honestidad. William Rees-Mogg, que fue director del “The Times” de Londres durante muchos años y al que tuve ocasión de conversar en varias ocasiones decía que el periodista ha de estar abierto a todos los puntos de vista lo que no significa que sea indiferente a todas las actitudes.

La neutralidad no es posible en periodismo y una cierta dosis de subjetividad es imprescindible. Un periodista ha de ser fiel transmisor de hechos, declaraciones y comentarios. Pero el periodismo es algo mucho más complejo. Ha de saber poner todos los conocimientos a su alcance al nivel de la ética profesional y a los códigos de conducta que son norma general en cualquier profesión.

El periodismo es libertad. Una libertad que se mueve en un mundo creativo, fresco y moderno que circula por la red o queda impresa en los diarios. No hacen falta agentes literarios ni pertenecer a los cenáculos intelectuales de moda. Se mueve en un mundo en el que el talento se manifiesta sin pedir permiso a nadie.

Ha de huir el periodista de lo superficial y superar las declaraciones, opiniones y comentarios sobre lo que ha sucedido que con frecuencia acaba por quedar en un discreto segundo plano o incluso por desaparecer. No es aconsejable hacer periodismo sobre el periodismo, sobre lo que se dice o comenta, sin tener en cuenta el fondo de las cuestiones, los hechos y los comportamientos de los protagonistas de la información.

Uno de los periodistas más reconocidos del momento, Ryszard Kapuscinski, tiene una definición que comparto. La actitud del periodista, dice, es “estar, ver, oír, compartir, pensar”. Hacer apología de la trampa, del mal, del terrorismo o del engaño es un mal servicio a la verdad, a la sociedad y a la opinión pública.

Es tarea del periodista el explicar y comentar lo que pasa, con pelos y señales, pero sabiendo que hay unos límites que no se pueden traspasar. Uno de ellos es la mentira o, lo que es todavía peor, las medias verdades. Cuántas opiniones se forman partiendo de medias verdades.

Decía Eugenio Xammar en unas crónicas espléndidas cuando Hitler se acababa de apoderar del gobierno que las dictaduras son regímenes de rumor mientras que la democracia es régimen de opinión. El periodista tiene que combatir el rumor con los hechos.

El buen periodismo no ha de derribar a presidentes ni cambiar regímenes. Se ha de limitar a ejercitar su libertad explicando el que ve porque así muy frecuentemente mejorará la vida ordinaria de los ciudadanos, tanto de los importantes como de los que no lo son tanto.

Decía Ortega y Gasset, un excelente pensador y un periodista insigne, que de los periodistas depende todo lo que nos pasará. Eliminen radicalmente, decía, de sus columnas la frivolidad, la ligereza, toda ligereza, toda información inexacta y, por encima de todo, el desorden. Demuestren que saben contribuir a la gigantesca tarea de edificar una nueva sociedad.

Lo más peligroso para un periodista es cuando sale de su ámbito de observación y participa en los hechos. Es frecuente encontrarse con profesionales que quieren que pase una cosa y hacen lo que ingeniosamente saben para que ocurra.

Es interesante releer la interesante novela de Evelyn Waugh, “Scoop”, traducida al castellano por “Noticia bomba”, en la que el personaje central es enviado a cubrir una guerra en el cuerno de África. Se duerme en el tren y llega donde no hay conflicto, envía crónicas sobre batallas, muertes y tragedias. Un gran éxito en Londres.

Los corresponsales de la competencia que cubren la guerra de verdad son reprendidos por sus directores porque no se enteran de lo que pasa. Y así varios días y semanas. Finalmente todo el cuerpo de corresponsales se traslada al lugar desde donde partían las crónicas del conflicto inexistente. Y comprueban que no pasa nada.

Pero sus directores quieren guerra a toda costa porque el principal diario de Londres así lo aseguraba cada día con gran rotundidad. Envían relatos estremecedores sobre el conflicto. Al final, un triste final, consiguen que haya guerra. El periodista no puede provocar noticias. Las debe contar con claridad y con toda la objetividad de que sea posible.

Pero el periodista no puede olvidar los carteles ocultos que cuelgan en las paredes de su redacción. Tiene que saber que el periodismo moderno tiene mucho que ver con el negocio, con la cuenta de resultados. La prioridad económica se ha impuesto en el mundo democrático y libre. Es el mundo del capitalismo desbocado que cuando entra en el campo de la información puede llegar a ser éticamente deplorable.

Los medios tienen que ser rentables. Por supuesto que sí. Pero no a costa de disminuir su calidad o su objetivo principal que ha de ser el de servir a la verdad para ayudar a formar una opinión pública contrastada.

El que fue director del “The New York Times”, Leonard Downie, explica en un lúcido libro, “American Journalism in Peril”, que en el momento en el que muchos directores de diarios norteamericanos fueron contratados con la condición de mejorar la cuenta de explotación participando directamente en los beneficios se dio un salto muy peligroso para la libertad de prensa en Estados Unidos. Para conseguir más beneficios lo más razonable habría sido ofrecer un producto mejor y ganar más lectores.

Muchos han recurrido a la opción más fácil que consiste en recortar gastos y así mejorar los resultados. Y allí donde se podía reducir más es en los sueldos de periodistas, normalmente bien pagados, y en el despido de aquellos que más cobraban porque tenían más experiencia y eran más respetados por la audiencia. El resultado ha sido que muchos productos se han adelgazado, ya no se viaja tanto, ya no es preciso contratar a los mejores si se puede reclutar a becarios a precio bajo pensando que la audiencia no lo notará.

Esta corriente norteamericana ha llegado también a Europa donde se han construido grandes conglomerados de medios de comunicación que suministran noticias como en una fábrica de producción en cadena.

En España la aglomeración de centros de información y de opinión está en manos y son propiedad de muy pocos grupos que son perfectamente conocidos. Son las grandes fábricas de la opinión pública del país, los que pueden inclinar hacia donde quieran lo que hemos de creernos y pensar en un momento determinado.

No hay diarios de partido. Tenemos algo más inquietante. Hay medios que dicen lo mismo en distintos soportes hasta el punto que es fácil detectar quien puede estar detrás de una determinada radio, televisión o prensa.

Conviene tener en cuenta que en el periodismo, como en la política y en los negocios, no hay manos inocentes. La sociedad informada debe saber que detrás, por ejemplo, de los llamados programas de tele basura hay un afán de negocio, de aumentar las audiencias, de contra programaciones que llevan a tener más anuncios y, por lo tanto, más ingresos y beneficios.

Cuando el mundo de la comunicación se limitaba a diarios pequeños o grandes, de partido o no, el público iba escogiendo las cabeceras que más respondían a sus opciones ideológicas, económicas o políticas. Los periódicos servían a sus públicos, tan diferentes y plurales como la misma sociedad.

Esta hegemonía de la información y de la opinión en pocas manos no puede tener una vida larga sin que salga espontáneamente la competencia. El fenómeno más interesante es que las nuevas tecnologías han quitado el monopolio de la información y de la opinión a los periodistas que ya no son los únicos que tenemos el privilegio de decidir el que hay que decir o lo que hay que callarse.

Hay millones de ciudadanos en todo el mundo que hacen de periodistas porque tienen los instrumentos para difundir información y porque tienen cosas a decir. Y las dicen.
La aparición de Internet ha sido más revolucionaria que la invención de la imprenta por Guttenberg. La red llega a toda la humanidad en tiempo real y sin que el espacio sea una frontera.Estamos en la era del periodismo global y, a la vez, del periodismo personalizado.

La nueva sociedad cuenta con millones de nuevos periodistas que no se han graduado en la Universidad, que no conocen las escuelas de periodismo pero que participan en los debates con tanta autoridad y conocimiento como los profesionales de la información.

Hay interactividad, encuestas, foros, colaboraciones espontáneas, discusiones abiertas sin necesidad de leer el periódico, escuchar la radio o contemplar la televisión. Es interesante constatar la penetración de los confidenciales que dicen cosas que nadie dice. Aunque no sean del todo ciertas. Pero las dicen. Y los periodistas no podemos prescindir de esos medios que actúan con mayor libertad que los que estamos bajo las hormas de las grandes empresas de comunicación.

Internet ha supuesto una grieta para garantizar la libertad de información y de opinión en unos tiempos en los que la masa crítica de los contenidos está controlada, dirigida y en algunos casos manipulada, por unos cuantos grupos empresariales que no tienen como prioridad servir a la verdad y mejorar la vida de los ciudadanos sino que abusan de su posición de monopolio para transmitir aquello que les puede reportar más beneficios y no aquello que espera la sociedad informada.

Cuando los efectos de la globalización informativa vayan consolidándose, cuando se cree un sistema jurídico mundial que garantice el derecho de intimidad, de preservar la verdad o de regular la libertad, volveremos al periodismo de siempre.

Al periodismo basado en la cultura, en la situación de los temas en su contexto, en el libre ejercicio de la profesión. La libertad no es escoger una marca de camisas o el lugar donde se piensa ir de vacaciones. Ser libre es asumir la libertad de tomar decisiones después de tener todos los elementos posibles para decidir. Ser libre es ser transparente, es recuperar el sentido de la palabra, es dominar el lenguaje, es servir sin ser prepotente y sin avasallar.

Ya hemos conocido situaciones como la actual. Siempre se han superado a pesar de dar algún paso atrás. Básicamente porque la conciencia occidental ha estado formada con el elemento imprescindible de la verdad que en palabras de San Juan es la que nos hará libres. Sin libertad no hay progreso para todos.

lunes, octubre 30, 2006

Siembras otoñales

No me fío ni de mi olfato periodístico ni de las encuestas un tanto contradictorias sobre los resultados de las elecciones catalanas de Todos los Santos. La gente suele ser más prudente y más sabia que los líderes políticos y los que opinamos sobre ellos. La palabra la tienen ya los ciudadanos y el miércoles por la noche sabremos qué han dicho y qué quieren.

Entenderán que no quiero hablar de política porque tendría que tener dotes de profeta. Y no las tengo.

Este fin de semana he observado muy de cerca, una vez más, el eterno faenar de la siembra. Ahora es el tiempo, una semana antes y una después de Todos los Santos. Las semillas sepultadas fuera de esta quincena corren el riesgo de perderse en la esterilidad invernal o en los caprichos de la siempre cambiante primavera.

La naturaleza es severa. No entiende de bromas, decía Goethe, siempre es veraz, tiene razón de forma inexorable, mientras que los fallos y errores tenemos que atribuírselos en todo momento al hombre.

La naturaleza, según el romántico de Weimar, desprecia a todo aquel que no esté a su altura, entregándose y revelando sus secretos únicamente a quien es capaz de desentrañarlos. Hace miles de años que se cultiva nuestra tierra inerme que, a pesar de todo, sigue teniendo las mismas fuerzas. Un poco de lluvia, un poco de sol y vuelve a verdear todas las primaveras. El mundo no podría existir si lo fundamental no fuera tan sencillo y previsible.

Sabe el sembrador que tiene que regirse por los calendarios, por las lunas, tiene que esperar, sin prisas, porque está convencido de que el tiempo lo trae todo, cuando llega su momento, y la tierra responde de acuerdo con el trato que se le ha dado.

Quienes tenemos el hábito de observar los ciclos de la naturaleza disfrutamos en todas las estaciones. Cuando el sábado abandonaba la metrópoli barcelonesa, que para mí termina en el puerto de la Panadella, empecé a disfrutar del verdor incipiente provocado por los sembradores mañaneros y precipitados. Verde oscuro, verde claro, verde tieso y verde insinuado.

La estación de la siembra es posiblemente la más triste, la más monótona y la más misteriosa. También es la más incierta y la que comporta más riesgos. La que está fundamentada invariablemente en la esperanza sometida a toda suerte de imprevistos.

Los barbechos ya negruzcos han sido roturados en el mes de septiembre. El color pardo se ha roto por las lluvias recientes que han dado paso a hierbas malas que hay que eliminar antes de que la semilla sea depositada bajo una insignificante y fina capa de tierra.

La siembra es hoy cuestión de cantidad, de grandes dimensiones, de nuevas tecnologías que permiten a un solo sembrador lo que hace dos generaciones necesitaba a más de una docena de labriegos durante muchos días.

El territorio va a verdear en pocas semanas. La humedad de las nieblas otoñales serán suficientes para que la semilla fecunde y aflore a la superficie convirtiendo el paisaje en un gran jardín de cromatismos verdosos muy variados.

Quedan ocho largos meses por delante. Habrá que cuidar el campo desde la observación metódica, detectar y destruir la cizaña que siempre crece junto al trigo y que sólo los expertos saben descubrir.

La siembra marcha viento en popa hasta la llegada de los vientos de finales de marzo. Es cuando el sembrador deja de mirar a los campos y dirige su mirada hacia el cielo para asegurarse que la sequía endémica no vuelva a desbaratar el trabajo bien hecho.

Cada día es decisivo para el sembrador. El frío desmesurado, las lluvias excesivas y a destiempo, una oleada de calor en el mes de mayo, una granizada cuando el trigo está granado y la espiga tuerce su cuello hacia el suelo, todo son peligros en potencia para las semillas que estos días son enterradas en el seno de la tierra.

Pero para cosechar hay que haber sembrado. Y haber sembrado bien, a tiempo, profesionalmente, con la confianza de que se llegará a la siega, con la mirada puesta en los campos que ahora están sosos y dormidos.

domingo, octubre 29, 2006

Beethoven y el silencio

Copyng Beethoven es una bonita historia sobre la soledad irracional de un genio. Beethoven es a la música clásica lo que Einstein es a la ciencia, Leonardo al Renacimiento y Orson Welles al cine. Todo lo que ha ocurrido posteriormente ha sido distinto.

La película del polaco Agnieszka Holland no es una biografía de los días finales del sordo más ruidoso que ha producido la historia de la cultura. Aparecen sus rasgos de ira, de desprecio a los demás, de una vida llena de contradicciones. No acepta Beethoven que si Dios le dió el don creativo de la música le privara de oirla en los últimos años de su vida.

Aparecen las últimas producciones de Beethoven. La Gran Fuga, los últimos cuartetos de cuerda y, muy especialmente la Novena Sinfonía, la Coral, que introducía un gran coro por primera vez en una sinfonía que tiene el apoteósico final con el Himno a la Alegría por en medio. Estas piezas las compuso cuando su sordera era ya completa.

Me ha interesado el papel de Anna Holz que aparece como un ángel enviado por la providencia para hacer más llevadera la vida del genio. Es la Viena de 1820 a 1827. Muchos genios, mucha cultura, mucha sensibilidad, pero una gran decadencia social que estallaría cien años después.

Beethoven tuvo admiración por Napoleón al que le dedicó la tercera sinfonía hasta que se enteró que de cónsul había pasado a ser emperador. No es más que un hombre, dijo, mientras destruía la primera partitura que se titulaba Buonaparte y pasó a denominarse Heroica. Es curiosa la fascinación de Napoleón en la Europa culta de comienzos del siglo XIX.

Lo que me ha llamado la atención es la relación entre la creación y el silencio. Beethoven no tiene más remedio que producir desde el silencio. Es sordo. Pero es desde el silencio cuando se crean las cosas más importantes. La Sinfonía Coral fue construida desde el silencio interior.

Qué dulce es el final de la película cuando Beethoven estrena en Viena su Novena Sinfonía y no oye los ensordecedores aplausos de un teatro que sabe que acaba de escuchar una obra maestra para todos los tiempos.

El silencio es el espacio más despreciado por los humanos. Pero desde el silencio se piensa, se habla con la intimidad de uno mismo, se crea, se reza, se sueña, se observa la inmensidad del Universo, la caducidad de todo lo que está vivo. Irónicamente, es desde el silencio cuando se producen los grandes cambios que afectan a la cultura y a la civilización.

Decía el poeta Heine, alemán de los tiempos de Beethoven, que nadie sabe la fuerza que puede tener una persona encerrada en su habitación pensando y escribiendo lo que piensa. Es más poderoso que todos los ejércitos del mundo.

viernes, octubre 27, 2006

Periodistas y políticos

Lo hemos conseguido. Ha costado pero al final ha sido una realidad. Que los periodistas tengamos más influencia que los políticos es una vieja historia. Pero el poder estaba siempre en manos de los políticos. El equilibrio ha cambiado y los medios de comunicación hemos acaparado la influencia y el poder. Al menos así lo pensamos. Qué ingenuos.

En la campaña electoral catalana ocupan más espacio los líderes mediáticos, los opinadores, los críticos de televisión y de radio, los cocineros que hablan de política, las señoras de los candidatos, que los propios políticos que se hunden en los pies de página intentando explicar sus programas.

La campaña tiene más aire de un "reality show" que de un debate para trasladar a la sociedad las soluciones a sus intereses, a sus problemas, a sus ambiciones, a sus dificultades para simplemente ir tirando.

Se entrevista a las señoras de los candidatos. Nada que objetar. Pero lo que diga o piense la señora tal o cual puede tener importancia para su pareja pero es absolutamente irrelevante para el futuro gobierno de un país.

Se celebra un único debate con todos los candidatos en la televisión pública catalana. Al final, según la mayoría de valoraciones, el ganador fue el presentador, Josep Cuní, que declinó aceptar las ofertas que algunos de los candidatos en el plató le llegaron a formular para proclamarle presidente.

No nos engañemos. A pesar de tanto opinador, de tanto líder mediático, de tanta parafernalia de la banalidad, de todas las frivolidades posibles, me parece que se está estrechando el vínculo entre políticos y periodistas. Ante muchos ciudadanos somos una misma cosa.

El ideal para mí es que cuanto más distanciamiento haya entre los políticos y los medios, mejor irá para los ciudadanos. El periodista, en general, se ha aliado con los políticos, con los poderosos de la economía y las finanzas, con el éxito y con los famosos. Se ha olvidado de los ciudadanos.

Un maestro de periodistas, Indro Montanelli, decía algo en lo que estoy de acuerdo: "los galones de un periodista, jamás me cansaré de repetirlo, son los lectores. Todo lo demás es una traición al oficio".

miércoles, octubre 25, 2006

Desapegos mutuos y crecientes

Al margen de quien resulte ser el próximo president de la Generalitat, independientemente de quien consiga más escaños, si hay sociovergencia o se reedita el tripartito, sea cual fuere la fórmula que salga de las urnas el próximo miércoles, me interesa resaltar algunas corrientes de fondo que, en definitiva, son las que marcan el destino de los pueblos.

El Estado de las autonomías derivado de la Constitución de 1978, que tantos resultados positivos ha representado para todos, está llegando al final del trayecto.

La fiebre de reformas estatutarias después de que Catalunya consiguiera un nuevo Estatut desembocarán a medio plazo en una reforma constitucional que, de hecho, planteará un federalismo real que ya existe aunque no esté en la letra pero sí en el espíritu de la Constitución vigente.

Cabe el riesgo de que Catalunya y Euskadi planteen la relación con España desde la bilateralidad, de igual a igual, lo que representaría una ruptura inasumible para el Estado.

¿Por qué ha descarrilado un tren que transitaba cómodamente, prosperando y convirtiendo a España en una referencia en muchos aspectos en el mundo?

Pienso que por dos motivos principales. El primero fue la presión del último mandato de Aznar que despreció a los nacionalismos y pretendió reinventar la sagrada unidad de España que la misma Constitución había superado. El segundo ha sido la descompresión del gobierno Zapatero que ofreció todo lo que se pidiera desde Catalunya y ha acabado jugando con ella para mejor servir a sus intereses electorales en España.

Desde distintas ópticas, el Partido Popular y el Partido Socialista han convertido el territorio peninsular en un Campo de Agramante, que la Real Academia de la Lengua describe como “un lugar donde hay mucha confusión y en el que nadie se entiende”.

Se ha producido un desapego, expresión utilizada por Felipe González, en las dos direcciones. Noto un desapego cada vez mayor en Catalunya respecto a España y otro desapego parecido desde España hacia Catalunya. Y no tiene visos de ir a menos sino de aumentar.

Es tarde para dilucidar quién tiene la culpa o quién tiene más culpa. Pienso que ha llegado el momento de racionalizar al máximo la relación y, salvados los intereses de las dos partes, construir un sistema de respeto y de complicidades mutuas siguiendo con un matrimonio de conveniencia que puede perdurar siglos. La famosa conllevancia orteguiana quizás sea la mejor o la única solución.

lunes, octubre 23, 2006

La sombra del tripartito

La siniestralidad registrada en la política catalana en los últimos tres años planeaba en el debate conducido por Josep Cuní en la noche del viernes. Pero se habló poco de ello. Maragall ha arrojado la toalla y está terminando la presidencia desde la distancia y con la dignidad que impone el apellido.

José Montilla recibió el encargo de Zapatero para que desplazara a Maragall y se convirtiera en el primer candidato socialista no nacido en Cataluña para presidir la Generalitat. Montilla fue principal impulsor del tripartito, saltó al gobierno de Madrid, ha colocado a Joan Clos en su puesto y ha vuelto para aspirar a ser un presidente que no cometa los errores del tripartito.

Pasó de puntillas por la gestión del gobierno Maragall y se limitó a sonreir friamente cuando su más directo contrincante le cosía a preguntas un tanto arrogantes que no recibían respuestas.

Carod Rovira fue invitado a abandonar el tripartito de forma prematura y dramática. El verbo de Carod es fluido, romántico y llega al personal. Sospecho que no se preparó mucho el debate porque confía en el dominio del lenguaje.

Carod confía en conseguir otra vez la llave de la gobernabilidad. Eso dependerá de los escaños que consiga pero también de si la llave abre la puerta o la abre únicamente en un sentido o en dos. No es lo mismo que pueda hacer gobierno con Mas y con Montilla que sólo lo pueda hacer con uno de ellos.

Tampoco Josep Piqué dió la impresión de que se lo había preparado demasiado. Sabía que era denostado políticamente por todos los compañeros del plató y que Artur Mas había visitado al notario para manifestar que no pactaría nunca con el Partido Popular. Estas circunstancias le permitían hacer un discurso fresco, poco agarrotado, sabiendo que los suyos le votarían dijera lo que dijera y que podía permitirse dar puñetazos en el vientre de Artur Mas, de Montilla, de Carod y por supuesto de Saura. Todos muy medidos pero contundentes. Los que más dolían eran los que propinaba a Mas recordándole que había sido conseller en cap con Pujol gracias a sus votos.

El único que defendía el tripartito era Joan Saura. Fue la intervención más segura y más partidaria de la reedición de la fórmula tripartita. Saura estaba tranquilo, descorbatado como Bargalló, sabiendo que su posible continuidad en el gobierno sólo pasa por un buen resultado de los socialistas. Ningún ataque, por lo tanto, al tripartito o a lo que quedó de él en los últimos meses. No se salió del guión de sus frases hechas y de la retórica propia de su formación.

Artur Mas ganó las elecciones pero se ha pasado tres años en el banquillo. El miedo escénico a que se repita la fórmula planeaba en todas sus intervenciones. Dijo lo que consideró oportuno para desacreditar los tres últimos años de gobierno pero golpeaba en piedra picada. Consiguió que todos, también Josep Piqué, hicieran un cierto frente común contra el que la mayoría de las encuestas le vuelven a situar como vencedor.

Acudió a la cita de Josep Cuní como triunfador potencial pero en el largo debate fue dándose cuenta de que la victoria podría ser pírrica de nuevo si no consigue unos resultados que le permitan gobernar en solitario o que hagan inviable otra fórmula si la distancia que le separe de Montilla es de más de diez o doce escaños.

Podría darse el caso de que Mas ganara por goleada sin adversario y sin contrincantes. Ya se sabe que todo cambia en la noche electoral al conocerse los resultados. Será la hora de la política en mayúsculas porque lo que está en juego es el poder al que nadie quiere renunciar.

Me sorprendió que Mas no pensara en el día de los difuntos, cuando nadie sumará por sí mismo y harán falta complicidades de todo tipo para formar gobierno. Nadie es más que nadie, reza un viejo proverbio castellano.

sábado, octubre 21, 2006

Grúas y corrupción

Ya me parecía a mí que tantas grúas cubriendo los cielos de España entera escondían algún secreto. Lo cierto es que se construye frenéticamente, en las grandes ciudades, en los pueblos, en los bosques y en los yermos. Lo primero que asombra al visitante que llega a nuestro país es el enjambre de torres metálicas que contaminan visualmente los horizontes urbanos y rurales.

Se construye, se abren barrios enteros, hay pueblos que se convierten en ciudades de la noche a la mañana, campos de golf en todo el territorio, agresivos planes de urbanismo.

El ladrillo compite con los bancos y las cajas. Se ganan sumas descomunales, se construyen fortunas fenomenales, se exhibe riqueza.

Curiosamente, uno de los grandes problemas de cualquier ciudadano que pretenda acceder a una vivienda propia es que no puede convertirse en propietario. Acaso, siempre acude a una hipoteca a treinta o cincuenta años y así tiene cobijo asegurado para su vejez.

Marbella desató la podredumbre de esta apoteósis barroca del dinero, que diría Raimon Obiols. Luego se ha descubierto en ayuntamientos socialistas, populares, en comunidades de todos los colores políticos.

No es un caso aislado. Es la norma. Los municipios prosperan, construyen polideportivos, piscinas, asfaltan todas las calles. Pero, en buena parte, la financiación de esta prosperidad municipal está en la opaca financiación de los partidos, en comisiones de cualquier monte, para cualquier edil.

Mayormente, quienes levantan estas nuevas ciudades son los inmigrantes que resuelven un problema pero que constituyen una crisis porque no se les quiere otorgar todos los derechos.

No está lejos el día que esta disfunción saldrá a la luz pública. Se sabrá casi todo. Y la vergüenza asomará en la cara de todos. Creíamos que era progreso y no es sino una forma de corrupción de guante blanco.

miércoles, octubre 18, 2006

Vestimenta y religión

No hay oposición estructural entre el Estado que organiza la vida en su dimensión temporal y la religión que intenta darle un sentido trascendente. Es interesante observar cómo el debate sobre un aspecto de la religión musulmana, la cobertura de la cabeza de la mujer en sus distintas modalidades, ha pasado de Francia a Inglaterra y a Turquía, un país sociológicamente islámico pero secular y republicano políticamente.

Jack Straw, líder de la Cámara de los Comunes y ex ministro del Interior laborista, abrió la polémica hace unos días al opinar que las mujeres no deberían llevar toda la cabeza cubierta, con la excepción de la fina fisura que les permite ver, porque esta prenda de vestir no permite comunicarse adecuadamente.

El distrito electoral de Straw tiene una proporción muy elevada de musulmanes. La polémica se ha trasladado a la opinión pública británica hasta el punto que Tony Blair se ha pronunciado sobre el tema y ha dicho que todos tienen derecho a vestir cómo quieran, pero hay que plantearse seriamente cómo integrar a todos los ciudadanos en unos valores comunmente aceptados.

Blair habla por primera vez de integración y no sólo de multiculturalismo. Igualmente ocurre en Holanda donde el multicultaralismo ha conducido a un fracaso. Observa Blair que las dos formas son compatibles pero hay cuestiones en las que todos los ciudadanos que viven en un país tienen que observar para preservar la convivencia.

En la Europa laica y secular la religión es un asunto privado. Pero a la medida que segmentos significativos de las sociedades europeas insisten en que la religión no es un tema privado sino que tiene dimensión pública, y así lo manifiestan con sus vestimentas, con sus costumbres y con sus creencias, el debate es inevitable.

Pienso que es arriesgado plantear la discusión entre secularismo y religión como un choque frontal. La estabilidad en las sociedades europeas sólo puede alcanzarse a partir de la tensión y el compromiso entre estos dos conceptos. La religión sin los límites de las leyes del estado podría llevar a una teocracia y el secularismo sin tener en cuenta la religión puede fomentar las diversas formas que desdeñan el valor de las creencias.

Si alguna de estas dos fórmulas se impone sobre la otra, la libertad de todos quedará perjudicada por no decir erosionada o eliminada. El conflicto que se ha vivido en Francia y que se vislumbra en Gran Bretaña lo vamos a experimentar muy pronto aquí y no podremos mirar hacia otra parte.

lunes, octubre 16, 2006

Prendedle

Recuerdo las segundas elecciones generales que se celebraron en Gran Bretaña en 1974. Harold Wilson había ganado en el mes de febrero por una escasa mayoría que amenazaba la estabilidad del gobierno laborista. Convocó nuevamente a los británicos a las urnas en el mes de octubre de aquel año y ganó con más holgura.

Fue una campaña a vida o muerte entre Ted Heath y Harold Wilson. The Economist escribía un editorial afirmando que todas las elecciones son las más importantes de la historia de un país. Acababa el artículo diciendo que esta vez es verdad, esta vez va en serio.

Siempre es cierto que las elecciones en curso son las más decisivas de la historia de un país. En periodo electoral la clase política se desnuda y aparece ante la opinión pública con todas sus vergüenzas visibles. He tenido el privilegio de cubrir para La Vanguardia innumerables campañas electorales en varios puntos del mundo y en situaciones muy dispares.

La campaña tiene casi siempre un aire apocalíptico, maniqueo, tramposo y zurcido de promesas que no he visto nunca cumplidas ni siquiera en una pequeña proporción. Pero una campaña electoral se lo traga todo, lo permite todo, lo justifica todo porque de lo que se trata es de echar a quien gobierna o abrir el paso a quienes aspiran a gobernar.

Habíamos creído que Catalunya era un oasis porque el país tenía paz política y paz social y, por lo tanto, prosperaba dentro de un orden casi preestablecido. Y ahora nos damos cuenta que vivimos en un país tormentoso, como cualquier otro, sometido al todo vale en periodo electoral.

El DVD que llegó el domingo a cientos de miles de catalanes ha sido diseccionado y criticado por los articulistas de lujo que comentan la campaña. Los “buenos”, los de Convergència, no está claro si los de Unió también, aparecen trajeados, con camisas blancas, limpios y desinteresados por un país que ha sido “okupado” durante tres años por unos personajes que no hicieron caso al pacto nacionalista que salió de las urnas y montaron la conspiración del tripartito que ha traído el caos y la catástrofe a un país que vivía en una balsa de aceite, en la paz perpetua kantiana, satisfecho de sí mismo y mirando al resto de los humanos desde la altura moral de principios superiores.

El gran instigador de todos los males no es Maragall, que ya hace meses que se ha ido, sino un personaje con ansias de poder que se llama Pepe Montilla, andaluz de Iznájar, que llegó a Barcelona a los 17 años y que se ha atrevido a ser candidato a la Generalitat.

No pido una campaña tranquila, educada y civilizada. No ocurre en ninguna parte del mundo. Lo que pido es un poco más de mesura, de madurez democrática, de respeto al adversario. Un poco más de clase de los que seguramente van a ganar porque están convencidos de que sólo ellos tienen capacidad para conducir el país y sólo ellos merecen ser depositarios de la legitimidad que otorgan las urnas.

No voy a defender las bondades del tripartito que ha tenido que autodisolverse un año antes de que expirara la legislatura. Pero no acepto la sutileza que se desprende subliminalmente del video de marras de que el tripartito ha sido escasamente democrático.

No sé por qué, pero ayer se me ocurrió leer el capítulo del Gran Inquisidor que Dostoievski sitúa en la catedral de Sevilla en plena Inquisición en su gran novela “Los Hermanos Karamazov”. Se lo recomiendo. No para que tracen paralelismos sino para que vean de qué es capaz la condición humana en nombre de principios sagrados, de patrias o de ideologías.

Al encontrarse con Cristo que ha aparecido fugazmente por la catedral sevillana, haciendo milagros por doquier, el Gran Inquisidor dice con fuerza: prendedle.

Me viene a la memoria lo que Shakespeare pone en boca del rey Enrique V:

“We few, we happy few, we band of brothers”.

domingo, octubre 15, 2006

Ponga un DVD en la campaña

La campaña en Cataluña empieza esta noche. No promete mucho. Todos los comentaristas de lujo en la prensa de hoy se avalanzan sobre el DVD distribuido por Artur Mas y David Madí. ¿Cuánto ha costado?

El tripartito lo ha hecho todo mal. Todo. No hay nada que pueda salvarse. Se utilizan imágenes sin permiso, se ataca a los adversarios, se les convierte en enemigos públicos, se da por sentado que habrá cambio de gobierno y que CiU recuperará el poder a partir de Todos los Santos.

Así lo dicen las encuestas. Pero el pescado no está todo vendido. Si hay algo que las urnas rechazan es la prepotencia de los candidatos.

Maragall ha pedido juego limpio en su visita a la tumba de Lluís Companys. Lo dice desde la distancia, ya no se juega nada, pero lo dice con claridad. Estoy de acuerdo con él.

El tripartito no puede lucir muchos galones. No ha podido ni siquiera acabar la legislatura. Pero todo mal, todo, no lo ha hecho.

Un respeto, por favor, que quien decidirá el próximo gobierno seremos la mayoría de catalanes que acudamos a votar. Si Artur Mas es el presidente, será el mío. Y si las combinaciones posibles en el Parlament designan a Montilla, también lo será.

El país no es propiedad de nadie. No sé a qué viene tanto ruido, tanta frustración, tanta estrategia sin escrúpulos.

viernes, octubre 13, 2006

La corrección política nos persigue

La corrección política nos persigue. La libertad es erosionada en muchas partes del planeta. Anna Politkovskaya murió asesinada en Moscú por revelar las fechorías y crímenes cometidos por el ejército ruso en Chechenia.

El Nobel de Literatura ha sido otorgado a un escritor turco, Orhan Pamuk, que representa la tradición secular, republicana y europeísta que intentó imponer Atatürk en los años veinte. Pero el premio a Pamuk no fue festejado con cohetes en Ankara o Estambul. Ha escrito cosas que la gente no quiere oir.

La revista Lancet acaba de publicar que desde la invasión de Iraq en 2003 han muerto 600.000 personas. Era una guerra en contra de las armas de destrucción masiva. No está mal la cifra de víctimas para advertir que la destrucción masiva se ha producido, pero no en los países que fueron a la guerra para impedirla. Se ha perpetrado en Iraq.

Llega la Asamblea Nacional de Francia y aprueba una ley que convierte en delito el negar el genocidio sufrido por el pueblo armenio por parte de los turcos otomanos en 1915. La verdad no está en los parlamentos, meros instrumentos para vehicular los intereses contrapuestos de los ciudadanos, la verdad está en la historia.

Una historia que no tiene una foto fija sino que evoluciona a medida que surgen nuevos datos, interpretaciones nuevas, matices desconocidos hasta ahora. Vicens Vives decía que la historia no se hace sino que se rehace.

Para condenar a Turquía por el genocidio de los armenios no necesito a ningún parlamento que me lo indique. Me basta la historia que así lo certifica.

La historia ha abierto heridas muy profundas. Quien quiera urgar en ellas causará más desgracias. Sólo con la superación de la historia se puede observar el futuro con un cierto optimismo.

La mentira tiene más predicamento que la verdad. Y sobre mentiras se declaran guerras. Cuando alguien se acoge a la libertad y dice lo que piensa, es sospechoso de todos los males. A veces se paga con la vida. Otras con el desprecio, la burla o el silencio administrativo.

miércoles, octubre 11, 2006

La sociedad de los triunfadores

En un reciente encuentro fortuito con el president Pujol me preguntó varias veces cómo veía el país. Se me ocurrió decirle que proporcionalmente había más grúas de la construcción en Agramunt que en París.

Es una manera de verlo, dijo, porque el país, Catalunya, va bien económicamente y las preocupaciones no son asfixiantes para la mayoría.

Pero Pujol no se refería a la materialidad del bienestar que alcanza a amplios sectores de la sociedad, tanto la urbana como la rural, tanto a nacionalistas como socialistas, a la derecha clásica y a la izquierda preocupada prioritariamente por la sostenibilidad y la ecología.

Una de las grandes crisis que ha conocido el país en estos meses ha sido la huelga salvaje de los trabajadores de Iberia que dejó colgados a decenas de miles de viajeros en el aeropuerto. Las molestias, perjuicios y planes frustrados tuvieron un precio incalculable. Pero era una crisis de opulencia.

Mientras los turistas en busca de ciudades bonitas y territorios exóticos permanecían neutralizados en El Prat, los cayucos arrojaban sobre las costas canarias a miles de subsaharianos huyendo de la miseria y el hambre.

El país va bien. Nos lo dicen el ministro Solbes y el conseller Castells con cifras de crecimiento en la mano. Los turistas llegan en manadas milenarias, las empresas españolas lanzan opas sobre cualquier multinacional que se ponga a tiro, la bolsa rompe récords históricos cada día, hay mucha más inversión pública en todas partes y la sensación en general es que vivimos en el país de las maravillas.

No sé si Pujol comparte mi diagnóstico que los ingleses lo manifiestarían con una expresión muy poética: “it's too nice to be true”. Demasiado bonito para que sea verdad.

El progreso, el éxito, los resultados, la competitividad, el poder y el dinero fácil cabalgan sobre la modernidad sin tener en cuenta que hay personas, muchas, que no llegan a beneficiarse ni de lejos de esa sociedad de los más listos, de los más fuertes, de los más triunfadores.

Sí, el país va bien. Pero miramos hacia otra parte cuando nos olvidamos del derecho a una vivienda digna para todos, de la gestión para integrar a tantos inmigrantes, de qué nos espera cuando la sanidad no pueda atendernos a todos, de cómo se puede garantizar la seguridad, evitar los estragos de la droga...

Empieza la campaña. No nos hablen de encuestas, de posibles alianzas o de ustedes mismos. No se peleen como niños en un patio de colegio. Hablen de la gente, de los problemas reales y del tipo de sociedad que proponen. A no ser que quieran fomentar la abstención.

martes, octubre 10, 2006

El eje del mal no desaparece

La doctrina Bush era impecable después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Vamos a combatir el terrorismo allí donde se encuentre, somos más fuertes, tenemos la razón moral y venceremos a quienes han intentado destruirnos.

Estados Unidos, seguía el discurso, no vamos a permitir que los regímenes más peligrosos del mundo nos amenacen con las armas más destructivas.

Era en este mensaje en el que el presidente Bush introdujo el concepto del "eje del mal", refiriéndose a tres países muy concretos: Iraq, Irán y Corea del Norte.

Cinco años después de aquel discurso, la administración Bush se encuentra en plena crisis con cada uno de ellos. En Iraq no hay salida política y militar al conflicto. La democracia en Bagdad no existe y el dictador Saddam Hussein desafía a diario al tribunal que le juzga.

Irán sigue con su proyecto de enriquecer uranio y disponer de la bomba nuclear. El presidente Aahmadinejad no piensa interrumpir su política y repite cuando le parece oportuno que Israel no tiene derecho a existir. Desde Teherán se suministran armas y se traspasa ideología a Hamás y a Hizbulá.

Y ahora es el dictador de Corea del Norte, el déspota hereditario, Kim Jong Il, el que desafía a la comunidad internacional llevando a cabo una explosión nuclear subterránea y levantando acta notarial de que ha ingresado en el club nuclear. China, Rusia, Japón, Estados Unidos y Europa tienen motivos para alarmarse.

La doctrina Bush estaba bien formulada pero ha sido pésimamente ejecutada. El mundo es más inseguro hoy que hace cinco años. Los llamados estados "paria", el eje del mal, siguen planteando más problemas hoy que hace cinco años.

No me alegro de ello. Me preocupa y mucho. Estados Unidos es un país demasiado serio, domina hegemónicamente el mundo, para encontrarse con tan poca credibilidad política, militar y de inteligencia.

Me tranquiliza que las críticas que se puedan hacer al equipo Bush desde una ciudad mediterránea son las mismas que leo en libros y periódicos norteamericanos. También las observo en los debates de las televisiones generalistas norteamericanas.

Rezaba un slogan industrial de los años veinte que "lo que es bueno para la General Motors es bueno para América". Lo que es bueno para América tendría que ser bueno para el mundo democrático. Pero lo inquietante es que lo que es malo para Washington también es malo para Occidente.

La doctrina Bush ha sido un fiasco.

lunes, octubre 09, 2006

El terrorismo y los periodistas

Quiero insistir sobre la muerte de Anna Politkovskaya que fue asesinada en su apartamento de Moscú el sábado por la noche. Es la periodista número trece que es asesinada desde que el ex agente del KGB, Vladimir Putin, llegó al Kremlin como presidente de Rusia.

El periodismo es una profesión de alto riesgo en el mundo. Los tres países más peligrosos para la siempre denostada profesión son, por este orden, Iraq, Argelia y Rusia, según el Comité para la Protección de Periodistas con sede en Nueva York.

Cuando Putin invade Chechenia en 1999 pretende eliminar a unos dos mil terroristas que quieeren la independencia para su país. Envía sus bombarderos, sus carros de combate y cien mil soldados al asalto de uná nación que no es más grande que la provincia de Barcelona y habitado por un millón de personas.

Arrasa la capital, Grozny, y desata una de las guerras más sangrientas que se libran en el mundo. Han muerto cuarenta mil niños, sin imágenes, por la noche y entre la niebla. Chechenia es un país a puerta cerrada, cerrado a cal y canto, donde sólo han penetrado periodistas muy valientes.

Anna Politkovskaya era una de ellas. Desafió a la censura, a los controles militares, a los gobiernos impuestos por Moscú y recorrió todo el país. Escribió lo que veía, contaba la desmesurada lucha antiterrorista y las carnicerías humanas perpetradas en nombre de la soberanía rusa sobre Chechenia. Si semejante destrucción de vidas se puede cometer en nombre de una razón de estado, cabría preguntarse por qué los británicos no arrasaron Belfast, los españoles Bilbao y los franceses Argel en los últimos cincuenta años.

El periodismo en tiempos de guerra es un riesgo que muy pocos quieren correr en unos tiempos en los que los soldados ya no están en la primera línea del frente sino que son los informadores los que reciben el impacto de los disparos que eliminan al mensajero.

Estoy acabando la lectura del libro de otro corresponsal de guerra ruso, Vasili Grossman, que Anthony Beevor, ha publicado incluyendo su diario personal que no guardaba relación alguna con las crónicas que publicaba en el semanario Estrella Roja en las dramáticas batallas de Stalingrado y demás frentes con los ejércitos de Hitler. Ya se sabe que la primera víctima de la guerra es la verdad. Pero no hasta el punto de que el silencio y el apagón informativo se produzca en un conflicto tan inhumano como el que se libra en Chechenia.

Varios centenares de moscovitas se han concentrado en el lugar del asesinato de Anna Politkosvskaya cubriendo de flores y dedicatorias la fotografía de la periodista asesinada. Pero el Kremlin no ha emitido ni un comunicado.
El asesinato de la periodista de 48 años es un nuevo revés para la libertad de expresión que ya está muy restringida en Rusia. Politkovskaya hablaba de los abusos y barbaridades de la guerra, tanto por parte de los soldados rusos como por las facciones chechenas entre sí. No era una periodista facciosa sino simplemente una persona que pretendía explicar lo que pasaba en la desdichada Chechenia.

La guerra contra el terrorismo declarada por el presidente Bush tiene una explicación pero no es aceptable su estrategia. El invasor declara terroristas a todos los combatyientes sin unifrome contra otros de uniforme. Es la definición de Napoleón al hablar de las guerrillas españolas y rusas y la de los nazis frente a los movimientos de resistencia en los Balcanes.

A Vladimir Putin no se le puede tolerar todo porque lucha contra el terrorismo checheno. La desproporción entre los medios utilizados y el fin que se quiere alcanzar no es de recibo.

El asesinato de Politkovskaya cubre de oscuridad lo que ocurre y pueda ocurrir en Chechenia.

domingo, octubre 08, 2006

Asesinato en Moscú

Anna Politkosvskaya está en la lista de las victimas de las guerras modernas. Ya no hay infantería, ni artillería, sólo guerras destructivas, activadas por manos desconocidas, por poderes dictatoriales o democráticos, que por razones de estado lanzan operaciones que liquidan a miles de personas.

Anna era la que más sabía de Chechenia. Había recorrido hasta el último rincón del país. Conocía las miserias de los resistentes y terroristas, de los oficiales del ejército ruso, los mercenarios de los puestos de control que exigían sobornos, los pícaros que se beneficiaban de la situación, los colegas que se acomodaban al silencio.

Politkosvskaya ha ingresado en la tribu de miserables que son eliminados por lo que cuentan pero, sobre todo, por lo que saben, por lo que pueden a llegar a contar, por no estar del lado de nadie sino simplemente contar la verdad que pasa por sus ojos.

La Rusia de Putin no es mejor que la de Eltsin. Desde el punto de vista periodístico, de libertades, no es mejor que la de Breznev o la de Kruschev, la de los zares y la de Stalin.

El asesinato de Anna en un ascensor de Moscú me ha sorprendido con la lectura de un libro del corresponsal de guerra, Vasili Grossman, que escribió para el semanario Estrella Roja durante la segunda guerra mundial. El texto ha sido reeditado por Anthony Beevor incluyendo el dietario personal de Grossman que no era publicado en el semanario moscovita controlado por el partido.

Grossman era un periodista honesto que fue instrumentalizado por la propaganda de Stalin. Anna es una periodista que simplemente pretendía contar lo que ocurría en Chechenia, el fracaso de las operaciones militares, los miles de muertos, la locura de una operación militar para combatir a los chechenos que, a su vez, se peleaban entre ellos.

Putin es respetado y bienvenido por todas las autoridades europeas. Tambén por Estados Unidos y por todos los países de Oriente Medio. Es cierto que Rusia sigue siendo una gran potencia y que lo que ocurra en Moscú va a afectar a todo el mundo, como ha ocurrido desde los tiemos de Napoleón.

Pero en Rusia no hay libertad. Y me atrevo a vaticinar que no habrá progreso político, social y humana. El asesinato de Anna Politkovskaya es una ignominia para las libertades de los rusos. Y es una carta blanca para un régimen que vive bajo el manto de Putin, un zar cualquiera, procedente de la KGB, un hombre que sigue la tradición de todos sus antecesores desde Pedro I el Grande.

La autoridad y la seguridad pasan por encima de la libertad, la pisotean, y además pretenden ser los salvadores de la patria.

viernes, octubre 06, 2006

Vuelve Francesc Pujols

Francesc Pujols era conocido por académicos y estudiosos. Ahora vuelve con renovado vigor a la política catalana. El filósofo, ensayista, periodista y escritor de Martorell se declaraba discípulo de Ramon Llull y proclamó la existencia de un sistema propiamente catalán, denominado primero Hiparxiologia y más tarde Pantologia que termina con la famosa profecía de que los catalanes, por el sólo hecho de serlo, allí donde vayan, lo tendrán todo pagado.

Artur Mas promete subvenciones y ayudas para casi todo. Pepe Montilla no se queda corto y da por cierto que la vida para todos los ciudadanos será mucho más barata.

Las promesas electorales lo aguantan todo, lo toleran todo, lo admiten todo. Pero los programas electorales se quedan en papel sepia una vez que las promesas hay que contrastarlas con la realidad. Se prometió una cosa y se perpetra otra. Así es en Cataluña y en España. En toda Europa.

La política es una cosa muy seria para frivolizar con ella. Peor es que se deje arrastrar por el populismo que es lo que está ocurriendo en muchas partes del continente. Se escucha a gente, se leen las encuestas, se estudia lo que se quiere escuchar y van los políticos y hablan como si las arcas públicas y la administración de los intereses de los ciudadanos se limitaran a los discursos.

El debate en Cataluña es si los dos candidatos con opciones a presidir la Generalitat tienen que celebrar un cara a cara en televisión en catalán o castellano. Llevamos varios días con esta discusión.

Joan Fuster, el valencianista que inventó el concepto de Països Catalans, dijo en una ocasión que "puig que parla català vejam el que diu". Los partidos que pretenden presidir la Generalitat saben que la victoria dependerá de lo que voten los catalanes que llenan la calle principal del país, el centro sociológico, los que observan la política desde la distancia.

Es positivo que todos prometan qué van a hacer. Pero que no nos confundan. No hay un debate sobre programas y sobre conceptos. El debate más bien de apariencias. No somos únicos en este tema.

En Inglaterra se acaban de celebrar los congresos de los laboristas y los conservadores. gordon Brown y David Cameron se pisan en el centro de la realidad social británica. Los laboristas quieren ocupar el territorio conservador en temas como la inmigración, la seguridad y la delincuencia mientras que los conservadores se proclaman partidarios de la responsabilidad social y muy especialmente del National Health Service, el servicio universal de salud implantado por los laboristas en 1945.

Los dos contendientes penetran en el territorio del adversario. Los dos prometen la intervenciónb humanitaria del Estado. Los dos prometen con los impuestos que pagamos todos. Así cualquiera. Francesc Pujols, al menos, visualizaba la gratuidad total para los catalanes en nombre de unas ideas, utópicas, pero ideas.

miércoles, octubre 04, 2006

Muros de seguridad y de miedo

La construcción de un muro de más de mil kilómetros entre Estados Unidos y México, una muralla equipada con toda clase de equipamientos electrónicos, para cortar el flujo masivo de latinos que quieren entrar en territorio norteamericano, es el inesperado paradigma de nuestro tiempo.

Los muros son defensivos. Los construyeron los chinos hace miles de años, los romanos lo situaron al norte de Inglaterra y en la Edad Media bordeaban las fortalezas y castillos de Europa. Lo acaban de levantar los israelíes para fijar con cemente las fronteras con Palestina y surgen tímidamente en Ceuta y Melilla para impedir que africanos de todas las procedencias salten a territorio español y europeo.

El muro de Berlín lo levantó Kruschev en 1961 para evitar la fuga masiva de alemanes a la república federal. Siendo muy joven lo ví levantar físicamente y también asistí 28 años después a su derribo.

Desde el final de la Gran Guerra de 1914 bastaban los puestos fronterizos, las aduanas, los puertos y aeropuertos para controlar el flujo de gentes que pretendían cruzar los límites de un estado. La facilidad de movimientos, el hambre y la miseria empujan a miles de personas a desplazarse en busca de nuevos horizontes vitales fuera de sus tierras y sus raíces.

Pero los muros caen siempre y, a lo máximo, se convierten en curiosidades turísticas para generaciones posteriores. Occidente levanta ahora muros físicos. No por razones de seguridad sino por miedo a que los “otros” acaben imponiéndose a “nosotros”. Es una reacción defensiva que no tiene que ser necesariamente la mejor ni la que nos garantice una mayor seguridad personal y colectiva.

Pienso que el muro más adecuado pasa por convencernos de nuestras propias convicciones, de nuestros valores, de nuestra aportación al progreso, a la libertad y a los derechos universales. El muro de la razón y de la generosidad. El colonialismo europeo ha usurpado los recursos de medio mundo. Ahora hay quien dice que sólo podemos aceptar los mejores, los más capacitados, los imprescindibles para hacer los trabajos que no queremos hacer. Es otra forma de expolio.

Una cosa muy distinta es la llegada de quienes vienen de forma agresiva y bélica como reacción a los males causados por Europa en el pasado. Si levantamos muros de cemento y no mantenemos con firmeza los que están construidos sobre nuestros valores, basados en la justicia, la igualdad de derechos y deberes, el respeto a nuestra propia cultura, habremos perdido la seguridad y seguiremos con miedo.

lunes, octubre 02, 2006

Peligro, grandes coaliciones

Las últimas elecciones en Europa se han traducido en resultados muy ajustados, en cambios de gobiernos por los pelos, en grandes o pequeñas coaliciones que se encargan de gestionar en nombre de mayorías parlamentarias o sociales insignificantes.

En Suecia, los socialdemócratas abandonan el poder después de gobernar casi ininterrumpidamente en los últimos tres cuartos de siglo. El próximo primer ministro conservador representa más el cambio de personas que cambio de programa.

La gran coalición en Alemania funciona bastante bien cara al exterior pero sufre los desgarros ideológicos y personales que produce un gobierno que en realidad es de salvación nacional. Decía el domingo el ex canciller Helmut Schmidt en La Vanguardia que no hubo ninguna disputa en el seno de la gran coalición de 1966, el primer paso para que los socialdemócratas llegaran a formar gobierno tres años después, por primera vez en la historia de la república federal. Pero añadía que el canciller Kiessinger y el vicencanciller Brandt casi no se dirigían la palabra. Eran disputas silenciosas. Mal síntoma.

Los conservadores perdieron en las elecciones del domingo en Austria pero los socialdemócratas victoriosos necesitarán apoyos parlamentarios para formar gobierno. Los húngaros castigaron también el domingo al primer ministro en las elecciones municipales. No es sorprendente porque Ferenc Gyurcsany llegó a decir en el verano que había ganado las últimas elecciones a pesar de haber mentido “por la mañana, al mediodía y por la noche” sobre la marcha de la economía del país.

Tony Blair, uno de los políticos más sólidos y más imaginativos que ha producido Europa en los últimos años, tiene que irse casi por la puerta pequeña y dar paso a Gordon Brown que puede ser desplazado a su vez en las urnas por David Cameron, un conservador que se caracteriza más por las formas, por el aspecto, por el perfil y por las frases prefabricadas, que por sus convicciones personales.

El espectáculo en Francia es digno de observación. La derecha que representa Sarkozy quiere ser más conservadora para arañar votos a la extrema derecha de Le Pen, mientras que los socialistas se enzarzan en un debate sobre el pedigree intelectual de la candidata más popular, la señora Ségolène Royal, que de recibir el apoyo de los socialistas competirá con Sarkozy sobre quién es más de centro, quién sabe ganarse el apoyo de tantos franceses que están de vuelta de la retórica de los políticos.

El electorado se parte en las urnas. Lula no consiguió ser elegido en primera vuelta en Brasil y en Estados Unidos, las últimas dos elecciones presidenciales las ha ganado Bush por muy escaso margen.

No se trata de desligitimar a quienes gobiernan con una diferencia de un solo voto o un solo escaño. Me quiero referir más bien a la ausencia de discursos, en la derecha y en la izquierda, que puedan representar a mayorías sólidas de la sociedad.

La gran coalición, es decir, la unión de los dos grandes partidos para gobernar un país no es un síntoma de salud democrática sino una señal de una cierta enfermedad, una falta de ideas convincentes que puedan entusiasmar a un número más que suficiente de ciudadanos. las grandes coaliciones son para tiempos de grandes crisis, de guerras o de emergencias nacionales. Parece que ahora no pasa nada de eso. La crisis, a mi juicio, es de ideas y convicciones.

Las democracias occidentales están a la defensiva, tienen miedo, un miedo cósmico, que les lleva a buscar soluciones de emergencia para afrontar problemas que no tienen soluciones claras.

Estados Unidos e Israel levantan muchos kilómetros de murallas para detener la llegada masiva de extranjeros. Es la solución que los chinos inventaron hace miles de años y que ahora enseñan a los turistas.

En Catalunya se habla de una gran coalición después de las elecciones de Todos los Santos. Puede que sea irremediable. Pero no es la mejor solución. No estamos en guerra ni en crisis económica y social. La crisis parece estar en nuestras cabezas.