Hay que reconocer que Esquerra Republicana tiene imaginación. Han llegado donde están porque saben jugar con las palabras, los sentimientos y la idea de una Cataluña que no coincide con la de la gran mayoría de catalanes.
Esta imaginación, en tiempos de las presiones de Aznar a todo lo que no fuera su idea de España, les llevó a tener una representación democrática inesperada y muy importante. Hasta el punto que con la caída del Partido Popular se convirtieron en piezas clave tanto en Cataluña como en España.
Han ocupado durante más de dos años espacios decisivos de poder. Pero la política tiene poco de imaginación. Es realismo, intereses de los ciudadanos, resolver situaciones complejas y dejarse más de un girón de ideología por el camino.
El president Pujol me dijo hace poco que un político no hace lo que quiere sino lo que puede. La novedad de ERC es que sólo pretende hacer lo que quiere y no lo que puede.
En la oposición todo se soporta. Pero si se está en el gobierno hay que pensar más en el país que en el partido. Y hay que inventar poco. Su última contribución de recomendar el voto nulo político en el referéndum del Estatut no va a pasar a los manuales de politología. No aboga por el sí pero tampoco por el no. Ni siquiera por el voto en blanco. Recomienda el voto nulo político. Insólito.
Paradójicamente, Esquerra no tiene un liderazgo fuerte a pesar de la inteligente retórica de Carod Rovira para conectar con el electorado que quiere dar la espalda a España. El conseller primer, Josep Bargalló, intenta ser el urbano de las corrientes que soplan en el partido. Joan Puigcercós pretende ser el Miquel Roca republicano. Roca nunca habría propuesto a Xavier Vendrell como conseller.
Sospecho que Esquerra confunde la militancia con el electorado. No es lo mismo. Puede continuar en el gobierno pero las urnas dirán alguna cosa cuando se abran y se cierren en la próxima ocasión.
La hora es grande pero los hombres son pequeños. Lo decía Churchill cuando advertía de los peligros que se ceñían sobre Inglaterra después del Pacto de Munich de 1938. Esquerra tiene toda la legitimidad democrática, limpiamente ganada. Pero sus hombres no han estado a la altura de las circunstancias en unos tiempos en los que se podían convertir en un partido de gobierno.
Se han quedado en la imaginación, en lo pequeño, en los límites de un partido que decide los grandes temas de forma más o menos asamblearia. Han pensado más en Esquerra que en Cataluña. Atisbo que esta actitud un tanto frívola tendrá un precio.
viernes, abril 28, 2006
jueves, abril 27, 2006
Capitalismo sin frenos
El capitalismo desbocado fue denunciado por Carlos Marx, mucho antes de que la crisis de 1929 hiciera caer en dos años a casi todos los gobiernos del mundo. El diagnóstico de Marx erró en lo fundamental. Pensaba que la historia la conducen los hechos y no los hombres. En nombre del hombre nuevo se acabó haciendo insufrible la misma vida de los hombres.
Vivimos tiempos de expansión. La globalización transporta a los últimos rincones del planeta bienes, capitales y conocimiento. El crecimiento global en los últimos tres años ha sido de un cinco por ciento consolidado. Millones de humanos están saliendo cada año de la miseria y la desesperación.
No hay motivos de preocupación. Pero quiero resumirles unas declaraciones del profesor Kenneth Rogoff, ahora en Harvard pero antes de Princeton y Berkeley. Ha trabajado para el Fondo Monetario Internacional y es un hombre respetado en los ambientes académicos americanos.
Dice Rogoff que en los últimos veinte años ha habido un declive gradual en los asalariados del mundo desarrollado. Los ricos lo son cada vez más pero los que no están en el club de los poderosos no mejoran en la misma proporción.
Marx no tenía razón. Los asalariados no son explotados y el movilidad laboral es extraordinaria. Pero si su participación en el crecimiento nacional no aumenta, podemos encontrarnos en una situación de tensiones sociales que afecten a todo el mundo.
Los ejecutivos, los más listos, los que interpretan los signos de la economía pueden convertirse en multimillonarios en dos o tres operaciones. No se trata de crear riqueza sino de generar beneficios. Se dan muchos casos en los que un ejecutivo recibe cincuenta millones de dólares por despedir a cinco mil asalariados de una gran compañía. Es un héroe de la gestión dejando a miles de personas sin trabajo.
Pero esta actitud crea tensiones invisibles que transcurren en el subsuelo hasta que un día explotan en la superficie y se crea una crisis de dimensiones globales.
La tecnología y los expertos financieros son los dueños del momento. Pero si la tarta no es proporcionalmente distribuida podemos llegar a tener problemas muy serios. Al fin y al cabo, la política, no son sino intereses. Las democracias no pueden vivir sin crisis. El problema es cuando las recetas son imposibles. Podríamos estar en el principio de este momento que sería trágico para las libertades y para las democracias.
Roosevelt entendió las consecuencias de aquella crisis de 1929. Y puso un remedio que resultó providencial. Ahora no vemos las crisis. Pensamos que no existen. Error que se puede pagar muy caro, es decir, que puede afectar a millones de personas de todo el mundo.
Vivimos tiempos de expansión. La globalización transporta a los últimos rincones del planeta bienes, capitales y conocimiento. El crecimiento global en los últimos tres años ha sido de un cinco por ciento consolidado. Millones de humanos están saliendo cada año de la miseria y la desesperación.
No hay motivos de preocupación. Pero quiero resumirles unas declaraciones del profesor Kenneth Rogoff, ahora en Harvard pero antes de Princeton y Berkeley. Ha trabajado para el Fondo Monetario Internacional y es un hombre respetado en los ambientes académicos americanos.
Dice Rogoff que en los últimos veinte años ha habido un declive gradual en los asalariados del mundo desarrollado. Los ricos lo son cada vez más pero los que no están en el club de los poderosos no mejoran en la misma proporción.
Marx no tenía razón. Los asalariados no son explotados y el movilidad laboral es extraordinaria. Pero si su participación en el crecimiento nacional no aumenta, podemos encontrarnos en una situación de tensiones sociales que afecten a todo el mundo.
Los ejecutivos, los más listos, los que interpretan los signos de la economía pueden convertirse en multimillonarios en dos o tres operaciones. No se trata de crear riqueza sino de generar beneficios. Se dan muchos casos en los que un ejecutivo recibe cincuenta millones de dólares por despedir a cinco mil asalariados de una gran compañía. Es un héroe de la gestión dejando a miles de personas sin trabajo.
Pero esta actitud crea tensiones invisibles que transcurren en el subsuelo hasta que un día explotan en la superficie y se crea una crisis de dimensiones globales.
La tecnología y los expertos financieros son los dueños del momento. Pero si la tarta no es proporcionalmente distribuida podemos llegar a tener problemas muy serios. Al fin y al cabo, la política, no son sino intereses. Las democracias no pueden vivir sin crisis. El problema es cuando las recetas son imposibles. Podríamos estar en el principio de este momento que sería trágico para las libertades y para las democracias.
Roosevelt entendió las consecuencias de aquella crisis de 1929. Y puso un remedio que resultó providencial. Ahora no vemos las crisis. Pensamos que no existen. Error que se puede pagar muy caro, es decir, que puede afectar a millones de personas de todo el mundo.
miércoles, abril 26, 2006
Chernobil descubrió una gran mentira
El historiador Eric Hobsbawm, afiliado al partido comunista en los años cuarenta en Cambridge y todavía militante sentimental, es un intelectual brillante y honrado. He leído varios de sus libros y su visión de la historia es muy respetable. Nos cuenta que sigue siendo comunista por razones emotivas pero que el gran victorioso del siglo pasado ha sido el sistema liberal norteamericano.
Por la naturaleza de su ideología, el comunismo pedía ser juzgado por su éxito y no tenía reservas, no estaba preparado, para el fracaso. Lo cuenta en su recortada historia del siglo pasado, “The age of extremes”, una historia que la comienza en 1914 y la acaba en 1991. Un siglo corto pero muy tenso y convulso.
Ayer se cumplieron veinte años del desastre de Chernobil que precipitó el principio del fin del sistema comunista y de la Unión Soviética. Gorbachev se dio cuenta y dijo parte de la verdad de lo ocurrido. Bastó una rendija de libertad para que todo el edificio se derrumbara. La utopía social que influyó tanto en todo el mundo entraba en agonía y fallecía con la caída del muro de Berlín.
La idea comunista vivió más extensamente en los espíritus de las clases dirigentes que en los hechos. Curiosamente, más en Occidente que en el Este de Europa. Decía Hannah Arendt que ser comunista en los años veinte y treinta no era un pecado sino simplemente un error, a pesar de que Stalin había cambiado el partido y lo había convertido en un movimiento totalitario, dispuesto a cometer cualquier crimen y cualquier traición, incluso la traición a la misma revolución.
Se ignoraron los juicios de Moscú, donde algunos de los amigos de los comunistas occidentales formaban parte de los acusados. Brecht y Sartre callaron. Como muchos otros también callaron con el pacto entre Stalin y Hitler, con las purgas posteriores, con la hambruna en Ucrania, con los gulags y demás experiencias inhumanas diseñadas por aquellos expertos ingenieros del alma.
Chernobil puso de relieve que la mentira no se sostiene. El sistema era un gran aparador de cemento, de misiles, de energía nuclear y una burocracia que penetraba en la intimidad de las personas.
Ya sé que todavía no es políticamente correcto decirlo. Pero los europeos no hemos llegado a condenar aquella monstruosidad moral y política. El único juicio aceptable es la observación anodina de que no funcionaba. Y reorientamos las críticas a Estados Unidos.
A mi personalmente no me gusta la presidencia Bush que ha cometido tantos errores y barbaridades. Pero la filosofía política norteamericana, sí que es la vencedora del momento y su imperio tardará tiempo en declinar porque, a pesar de todo, ha preservado mejor que nadie el espíritu de la libertad.
Por la naturaleza de su ideología, el comunismo pedía ser juzgado por su éxito y no tenía reservas, no estaba preparado, para el fracaso. Lo cuenta en su recortada historia del siglo pasado, “The age of extremes”, una historia que la comienza en 1914 y la acaba en 1991. Un siglo corto pero muy tenso y convulso.
Ayer se cumplieron veinte años del desastre de Chernobil que precipitó el principio del fin del sistema comunista y de la Unión Soviética. Gorbachev se dio cuenta y dijo parte de la verdad de lo ocurrido. Bastó una rendija de libertad para que todo el edificio se derrumbara. La utopía social que influyó tanto en todo el mundo entraba en agonía y fallecía con la caída del muro de Berlín.
La idea comunista vivió más extensamente en los espíritus de las clases dirigentes que en los hechos. Curiosamente, más en Occidente que en el Este de Europa. Decía Hannah Arendt que ser comunista en los años veinte y treinta no era un pecado sino simplemente un error, a pesar de que Stalin había cambiado el partido y lo había convertido en un movimiento totalitario, dispuesto a cometer cualquier crimen y cualquier traición, incluso la traición a la misma revolución.
Se ignoraron los juicios de Moscú, donde algunos de los amigos de los comunistas occidentales formaban parte de los acusados. Brecht y Sartre callaron. Como muchos otros también callaron con el pacto entre Stalin y Hitler, con las purgas posteriores, con la hambruna en Ucrania, con los gulags y demás experiencias inhumanas diseñadas por aquellos expertos ingenieros del alma.
Chernobil puso de relieve que la mentira no se sostiene. El sistema era un gran aparador de cemento, de misiles, de energía nuclear y una burocracia que penetraba en la intimidad de las personas.
Ya sé que todavía no es políticamente correcto decirlo. Pero los europeos no hemos llegado a condenar aquella monstruosidad moral y política. El único juicio aceptable es la observación anodina de que no funcionaba. Y reorientamos las críticas a Estados Unidos.
A mi personalmente no me gusta la presidencia Bush que ha cometido tantos errores y barbaridades. Pero la filosofía política norteamericana, sí que es la vencedora del momento y su imperio tardará tiempo en declinar porque, a pesar de todo, ha preservado mejor que nadie el espíritu de la libertad.
martes, abril 25, 2006
La actitud de Batasuna
Me parece muy positiva la posibilidad de pacificación en el País Vasco y en España como consecuencia de la tregua permanente declarada por ETA. Al final, habrá que negociar. Ahora, dentro de dos años o cuando pasen dos generaciones.
Lo que no me parece tan bien es la actitud de Batasuna, el tono que utilizan sus líderes, la idea de que son ellos, los que han matado, los héroes de una paz posible.
El gobierno que representa el Estado hará bien en buscar el fin de la violencia. El proceso será largo y laborioso. Con muchos sustos y zancadillas. Incluso con nuevos actos terroristas. Pero hay que intentarlo.
Me parece que no se puede dar la impresión de que los que han representado a los asesinos sean ahora los salvadores de la patria. El Estado puede ceder, puede ser generoso, puede pasar por alto muchas cosas. Pero no puede aparecer como culpable de nada, por muchos que sean los errores cometidos en el pasado.
Otra cosa. Si ETA, escindida o no, sigue cometiendo atentados y actos de terrorismo el gobierno no puede sentarse en una mesa de negociaciones ni Zapatero puede acudir al Congreso para informar sobre la apertura de un proceso de paz.
Lo que no me parece tan bien es la actitud de Batasuna, el tono que utilizan sus líderes, la idea de que son ellos, los que han matado, los héroes de una paz posible.
El gobierno que representa el Estado hará bien en buscar el fin de la violencia. El proceso será largo y laborioso. Con muchos sustos y zancadillas. Incluso con nuevos actos terroristas. Pero hay que intentarlo.
Me parece que no se puede dar la impresión de que los que han representado a los asesinos sean ahora los salvadores de la patria. El Estado puede ceder, puede ser generoso, puede pasar por alto muchas cosas. Pero no puede aparecer como culpable de nada, por muchos que sean los errores cometidos en el pasado.
Otra cosa. Si ETA, escindida o no, sigue cometiendo atentados y actos de terrorismo el gobierno no puede sentarse en una mesa de negociaciones ni Zapatero puede acudir al Congreso para informar sobre la apertura de un proceso de paz.
lunes, abril 24, 2006
La última monarquía
La Reina de Inglaterra ha celebrado 80 años en plena forma y no tiene intención de abdicar a pesar de que el príncipe Carlos roza los 60 años y su señora esposa, la duquesa de Cornualles, Camilla Parker-Bowles, está pasando discretamente las pruebas de admisión en el círculo íntimo de Palacio.
Isabel II lleva 54 años reinando y no parece que pueda igualar a la soberana más longeva, la reina Victoria, que permaneció en el trono desde 1837 a 1901. La monarquía británica no ha sido fácil.
Ha habido soberanos que les han cortado el pescuezo como Carlos I, reinas que han permanecido años en la cárcel para ser finalmente condenadas a muerte como María Estuardo, líos matrimoniales, divorcios que han destronado a reyes como Eduardo VIII y, en los últimos tiempos, escándalos de opereta como la crisis de los príncipes de Gales que se saldaron con la misteriosa muerte de la princesa Diana en un accidente bajo un puente del Sena, acompañada por un jerifalte y multimillonario árabe.
La monarquía ha sobrevivido porque los ingleses han sabido hacer cambios y revoluciones que no atacaran el principio de legitimidad. El rey Faruk de Egipto, un gran vivido, decía que sólo cinco reyes tenían el trono asegurado: los cuatro de la baraja y el rey de Inglaterra.
Hace sólo dos años que parecía que la monarquía de los Windsor no sobreviviría en unos tiempos en los que el republicanismo se estaba adueñando de todos los sistemas constitucionales del mundo moderno. No sé lo que va a ocurrir a partir de ahora pero coincido con el poeta alemán Heine cuando dijo que el lugar donde le gustaría vivir si se anunciara el fin del mundo sería Inglaterra donde las cosas ocurren cien años después. La monarquía británica, en cualquier caso, será la última.
La vejez en Inglaterra no es un problema sino una virtud. Ningún pueblo es tan sensible a la belleza con que el tiempo orna las cosas. Han sido muchos los hombres de Estado viejos, gastados y pulimentados por las contradicciones. Gustan las universidades antiguas, frías, sin comodidades donde el agua caliente acaba prácticamente de ser introducida. Hay muchos británicos que consideran a la monarquía una institución absurda y caduca. Pero como la clase política también da muestras de caducidad y frivolidad, los ingleses se quedan con lo que tienen.
Recuerdo un diputado republicano en los años setenta, Hamilton creo que se llamaba, que cada vez que podía pronunciaba un discurso antimonárquico en la Cámara de los Comunes. Nadie le hacía caso a aquel excéntrico.
Una de las críticas es que los reyes son propietarios de grandes fortunas sin mérito alguno. Berlusconi es el hombre más rico de Italia y la familia Bush es multimillonaria. La otra crítica es la herencia del trono. Pero en la política de corte republicano vemos a los Bush con una presidencia para padre e hijo, a Hillary Clinton que pretende también ser presidenta siguiendo las huellas de su marido.
Respecto a la consanguinidad, la Generalitat de Catalunya está llena de hermanos y parientes por todas partes. Ségolène Royal, candidata socialista a la presidencia de Francia, es la señora de François Hollande, presidente del partido socialista francés. Los escándalos sentimentales y sexuales en la corte británica los vivieron los Clinton y los conoce Sarkozy que ha soportado la publicidad de sus turbulentas relaciones con su señora, una descendiente del músico Albéniz.
Mitterrand vivió una doble vida y ante su féretro figuraban oficialmente su señora y la hija de su amante. Los problemas de los reyes no afectan a la gobernabilidad. Son humanos que no mandan pero que representan una institución no partidista. Por eso duran y superan las crisis a pesar de sus miserias personales. Como todo el mundo.
Isabel II lleva 54 años reinando y no parece que pueda igualar a la soberana más longeva, la reina Victoria, que permaneció en el trono desde 1837 a 1901. La monarquía británica no ha sido fácil.
Ha habido soberanos que les han cortado el pescuezo como Carlos I, reinas que han permanecido años en la cárcel para ser finalmente condenadas a muerte como María Estuardo, líos matrimoniales, divorcios que han destronado a reyes como Eduardo VIII y, en los últimos tiempos, escándalos de opereta como la crisis de los príncipes de Gales que se saldaron con la misteriosa muerte de la princesa Diana en un accidente bajo un puente del Sena, acompañada por un jerifalte y multimillonario árabe.
La monarquía ha sobrevivido porque los ingleses han sabido hacer cambios y revoluciones que no atacaran el principio de legitimidad. El rey Faruk de Egipto, un gran vivido, decía que sólo cinco reyes tenían el trono asegurado: los cuatro de la baraja y el rey de Inglaterra.
Hace sólo dos años que parecía que la monarquía de los Windsor no sobreviviría en unos tiempos en los que el republicanismo se estaba adueñando de todos los sistemas constitucionales del mundo moderno. No sé lo que va a ocurrir a partir de ahora pero coincido con el poeta alemán Heine cuando dijo que el lugar donde le gustaría vivir si se anunciara el fin del mundo sería Inglaterra donde las cosas ocurren cien años después. La monarquía británica, en cualquier caso, será la última.
La vejez en Inglaterra no es un problema sino una virtud. Ningún pueblo es tan sensible a la belleza con que el tiempo orna las cosas. Han sido muchos los hombres de Estado viejos, gastados y pulimentados por las contradicciones. Gustan las universidades antiguas, frías, sin comodidades donde el agua caliente acaba prácticamente de ser introducida. Hay muchos británicos que consideran a la monarquía una institución absurda y caduca. Pero como la clase política también da muestras de caducidad y frivolidad, los ingleses se quedan con lo que tienen.
Recuerdo un diputado republicano en los años setenta, Hamilton creo que se llamaba, que cada vez que podía pronunciaba un discurso antimonárquico en la Cámara de los Comunes. Nadie le hacía caso a aquel excéntrico.
Una de las críticas es que los reyes son propietarios de grandes fortunas sin mérito alguno. Berlusconi es el hombre más rico de Italia y la familia Bush es multimillonaria. La otra crítica es la herencia del trono. Pero en la política de corte republicano vemos a los Bush con una presidencia para padre e hijo, a Hillary Clinton que pretende también ser presidenta siguiendo las huellas de su marido.
Respecto a la consanguinidad, la Generalitat de Catalunya está llena de hermanos y parientes por todas partes. Ségolène Royal, candidata socialista a la presidencia de Francia, es la señora de François Hollande, presidente del partido socialista francés. Los escándalos sentimentales y sexuales en la corte británica los vivieron los Clinton y los conoce Sarkozy que ha soportado la publicidad de sus turbulentas relaciones con su señora, una descendiente del músico Albéniz.
Mitterrand vivió una doble vida y ante su féretro figuraban oficialmente su señora y la hija de su amante. Los problemas de los reyes no afectan a la gobernabilidad. Son humanos que no mandan pero que representan una institución no partidista. Por eso duran y superan las crisis a pesar de sus miserias personales. Como todo el mundo.
domingo, abril 23, 2006
Berlusconi sigue los pasos del PP
Todo indica que Berlusconi va a intentar desligitimar la victoria de Prodi en las elecciones italianas. Su renuncia a aceptar la derrota guarda una cierta relación con la actitud del Partido Popular al negar credibilidad a las elecciones de marzo de 2004.
En España fue el horrible atentado de tres días antes de las elecciones lo que condicionó el voto de muchos españoles que percibieron que el gobierno Aznar no estaba diciendo toda la verdad sobre la autoría de las bombas en los trenes de cercanía madrileños. Han transcurrido dos años y todavía el PP habla de la legitimidad de aquellas elecciones.
En Italia no ha habido atentados. Simplemente que Prodi ha ganado. Por muy poco, pero ha ganado. Y Berlusconi no lo ha aceptado. Y todo hace pensar que pondrá el marcha el ventilador sobre cualquier controversia que va a afectar al centro derecha.
No cuenta con argumentos. Pero dispone de medios. De televisiones y de periódicos que echarán toda su capacidad de destrucción sobre las dificultades de Prodi para formar gobierno y, muy especialmente, para gobernar. Las reformas que no hizo Berlusconi no las podrá acometer Prodi. Su coalición es demasiado heterogénea para una nueva política fiscal, reforma del mercado laboral y la presencia militar italiana en Iraq.
Declarar día sí y otro también que el nuevo parlamento no está legitimado va a crear inestabilidad y desorden permanente. Berlusconi piensa que el gobierno Prodi es efímero. Tiene unos cuantos de miles de votos más pero no dispone de los medios que ha utilizado Berlusconi para cumplir una legislatura de cinco años.
Es incomprensible lo que ocurre en Italia pero así es la realidad. Se demuestra que el poder de hoy es más entre política y medios de comunicación que entre izquierda y derecha. Entre personalismos y ambiciones que no cuentan para servir a la sociedad.
Si Italia entra en un periodo de inestabilidad es muy inquietante para la Unión Europea. También para España.
En España fue el horrible atentado de tres días antes de las elecciones lo que condicionó el voto de muchos españoles que percibieron que el gobierno Aznar no estaba diciendo toda la verdad sobre la autoría de las bombas en los trenes de cercanía madrileños. Han transcurrido dos años y todavía el PP habla de la legitimidad de aquellas elecciones.
En Italia no ha habido atentados. Simplemente que Prodi ha ganado. Por muy poco, pero ha ganado. Y Berlusconi no lo ha aceptado. Y todo hace pensar que pondrá el marcha el ventilador sobre cualquier controversia que va a afectar al centro derecha.
No cuenta con argumentos. Pero dispone de medios. De televisiones y de periódicos que echarán toda su capacidad de destrucción sobre las dificultades de Prodi para formar gobierno y, muy especialmente, para gobernar. Las reformas que no hizo Berlusconi no las podrá acometer Prodi. Su coalición es demasiado heterogénea para una nueva política fiscal, reforma del mercado laboral y la presencia militar italiana en Iraq.
Declarar día sí y otro también que el nuevo parlamento no está legitimado va a crear inestabilidad y desorden permanente. Berlusconi piensa que el gobierno Prodi es efímero. Tiene unos cuantos de miles de votos más pero no dispone de los medios que ha utilizado Berlusconi para cumplir una legislatura de cinco años.
Es incomprensible lo que ocurre en Italia pero así es la realidad. Se demuestra que el poder de hoy es más entre política y medios de comunicación que entre izquierda y derecha. Entre personalismos y ambiciones que no cuentan para servir a la sociedad.
Si Italia entra en un periodo de inestabilidad es muy inquietante para la Unión Europea. También para España.
miércoles, abril 19, 2006
Las democracias y la razón
Una de las causas que mueven a los sistemas democráticos para adoptar actitudes de fuerza es cuando tienen la convicción de que la razón está de su parte. Cuando son atacados injustamente, su territorio es invadido o los intereses nacionales resultan perjudicados como consecuecia de acciones inicuas de terceros.
Son implacables. Los dictadores no creen en las democracias. En el siglo pasado se burlaban de ellas porque eran débiles, erráticas, en crisis permanente. Lo más peligroso para un sistema libre es cuando los conflcitos se tapan, se recurre a las medias verdades o a las mentiras solemnes, se abusa del poder en nombre de la libertad y se confunde a los adversarios con enemigos mortales.
El problema que tiene el presidente Bush, que tenemos todos en el primer mundo, es que se ha utilizado la fuerza para resolver un conflicto sin tener la razón. El tiempo todo lo lava y las noticias de hoy entierran a las de ayer. Pero cuando el error es de principios, cuando la verdad está camuflada en la mentira, es difícil que las democracias puedan sostener a los que no la han sabido gestionar.
El caso más paradigmático hoy lo encontramos en la guerra de Iraq. Fuímos muchos los que nos alegramos con la caída de las estatuas de Saddam Hussein y el fin de su régimen. Pero la guerra no estaba planteada en términos de derrocar una dictadura sino en la razón que asistía a los que se enzarzaron en el conflicto para desmantelar las armas de destrucción masiva y cortar los vínculos del gobierno de Saddam con el terrorismo internacional. Ninguna de las dos causas resultaron ciertas. La razón dejó de estar al lado de los invasores.
En vez de resolver un conflicto que no existía se han creado otros de mayor calibre y que amenazan la estabilidad internacional y ponen en peligro las economías mundiales. Aznar ya no está en el poder. Blair no puede sacudirse las consecuencias de aquella entusiasta decisión para entrar en Iraq. Bush tiene que prescindir de sus colaboradores más próximos para remontar su destruida popularidad entre los norteamericanos.
El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, entró en el Pentágono afirmando que la defensa de Estados Unidos estaría en manos civiles y no militares. Ahora son siete ex generales los que insólitamente le piden la dimisión por la gestión de la guerra. Rumsfeld quería transformar el Pentágono e Iraq. No lo ha conseguido en ninguno de los dos casos. Tenía la fuerza pero carecía de la razón.
Son implacables. Los dictadores no creen en las democracias. En el siglo pasado se burlaban de ellas porque eran débiles, erráticas, en crisis permanente. Lo más peligroso para un sistema libre es cuando los conflcitos se tapan, se recurre a las medias verdades o a las mentiras solemnes, se abusa del poder en nombre de la libertad y se confunde a los adversarios con enemigos mortales.
El problema que tiene el presidente Bush, que tenemos todos en el primer mundo, es que se ha utilizado la fuerza para resolver un conflicto sin tener la razón. El tiempo todo lo lava y las noticias de hoy entierran a las de ayer. Pero cuando el error es de principios, cuando la verdad está camuflada en la mentira, es difícil que las democracias puedan sostener a los que no la han sabido gestionar.
El caso más paradigmático hoy lo encontramos en la guerra de Iraq. Fuímos muchos los que nos alegramos con la caída de las estatuas de Saddam Hussein y el fin de su régimen. Pero la guerra no estaba planteada en términos de derrocar una dictadura sino en la razón que asistía a los que se enzarzaron en el conflicto para desmantelar las armas de destrucción masiva y cortar los vínculos del gobierno de Saddam con el terrorismo internacional. Ninguna de las dos causas resultaron ciertas. La razón dejó de estar al lado de los invasores.
En vez de resolver un conflicto que no existía se han creado otros de mayor calibre y que amenazan la estabilidad internacional y ponen en peligro las economías mundiales. Aznar ya no está en el poder. Blair no puede sacudirse las consecuencias de aquella entusiasta decisión para entrar en Iraq. Bush tiene que prescindir de sus colaboradores más próximos para remontar su destruida popularidad entre los norteamericanos.
El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, entró en el Pentágono afirmando que la defensa de Estados Unidos estaría en manos civiles y no militares. Ahora son siete ex generales los que insólitamente le piden la dimisión por la gestión de la guerra. Rumsfeld quería transformar el Pentágono e Iraq. No lo ha conseguido en ninguno de los dos casos. Tenía la fuerza pero carecía de la razón.
martes, abril 18, 2006
Maragall y Pujol
Este oficio tiene privilegios que pocas profesiones pueden ofrecer. Por la mañana he conversado con el ex presidente Pujol en el programa de Toni Bassas y a continuación he desayunado en privado con el presidente Maragall, acompañado de cuatro colegas que hemos sido convocados en calidad de opinadores.
Dos mundos, dos personalidades, dos situaciones personales y políticas muy distintas. Ernest Lluch decía que Pujol era el gran Joan Capri de Cataluña, mucho más identificado con el país que lo que creía la progresía generalizada. Gobernó a pesar de ellos casi un cuarto de siglo. Y ahora se dedica a pensar, a escribir y a dar su opinión sobre todo y sobre todos. Sabe mucho.
Cuando se le pregunta que por qué no aplicó sus recetas durante sus sucesivos mandatos responde simplemente que los políticos no siempre pueden hacer lo que quieren. Pero él sigue diciendo la suya. A través de libros, de su fundación y de su inagotables pisadas por el país. No tiene poder pero la gente le escucha.
Maragall no es Joan Capri. Mas bien cabría enmarcarlo en el mundo de Salvador Dalí. No en sus posicionamientos políticos pero sí en sus genialidades empurdanesas. Maragall es genial y estrambótico. Circula con las manos en los bolsillos y tiene ocurrencias que recuerdan a aquellos diálogos entrañables entre Don Quijote y Sancho Panza.
Sabemos cómo ha terminado el largo mandato de Pujol a la espera de que la historia diga la última palabra. No sabemos lo que va a ocurrir con el alcalde que hizo notoria y grande a Barcelona y ahora ocupa la Generalitat con las reticencias de los socialistas, de los del PSOE y del PSC, de la animadversión de Artur Mas y de la necesaria pero poco sincera comprensión de Carod Rovira.
Los dos representan formas alternativas de cómo se puede gobernar Cataluña, un país que lo tolera todo. Pujol ha puesto fin a su carrera política activa. Con buena nota. El final de Maragall es todavía una incógnita. Todo dependerá de si se empeña en presentarse como candidato a las próximas elecciones o bien se retira dignamente habiendo sido el alcalde de los Juegos Olímpicos y el presidente que consiguió la aprobación del tercer Estatut de la historia de Cataluña.
Dos mundos, dos personalidades, dos situaciones personales y políticas muy distintas. Ernest Lluch decía que Pujol era el gran Joan Capri de Cataluña, mucho más identificado con el país que lo que creía la progresía generalizada. Gobernó a pesar de ellos casi un cuarto de siglo. Y ahora se dedica a pensar, a escribir y a dar su opinión sobre todo y sobre todos. Sabe mucho.
Cuando se le pregunta que por qué no aplicó sus recetas durante sus sucesivos mandatos responde simplemente que los políticos no siempre pueden hacer lo que quieren. Pero él sigue diciendo la suya. A través de libros, de su fundación y de su inagotables pisadas por el país. No tiene poder pero la gente le escucha.
Maragall no es Joan Capri. Mas bien cabría enmarcarlo en el mundo de Salvador Dalí. No en sus posicionamientos políticos pero sí en sus genialidades empurdanesas. Maragall es genial y estrambótico. Circula con las manos en los bolsillos y tiene ocurrencias que recuerdan a aquellos diálogos entrañables entre Don Quijote y Sancho Panza.
Sabemos cómo ha terminado el largo mandato de Pujol a la espera de que la historia diga la última palabra. No sabemos lo que va a ocurrir con el alcalde que hizo notoria y grande a Barcelona y ahora ocupa la Generalitat con las reticencias de los socialistas, de los del PSOE y del PSC, de la animadversión de Artur Mas y de la necesaria pero poco sincera comprensión de Carod Rovira.
Los dos representan formas alternativas de cómo se puede gobernar Cataluña, un país que lo tolera todo. Pujol ha puesto fin a su carrera política activa. Con buena nota. El final de Maragall es todavía una incógnita. Todo dependerá de si se empeña en presentarse como candidato a las próximas elecciones o bien se retira dignamente habiendo sido el alcalde de los Juegos Olímpicos y el presidente que consiguió la aprobación del tercer Estatut de la historia de Cataluña.
lunes, abril 17, 2006
Inquietud en Europa
Las crisis de Italia y Francia no pueden analizarse sólo a la luz de sus respectivas políticas nacionales. Trascienden a la salud de Europa, a la fortaleza del euro y al proyecto encallado de la estructura política de la Unión.
Inglaterra observa en clave pragmática, económica y europeísta, la todavía no apaciguada revuelta de estudiantes contra el presidente y el gobierno de Francia y las dificultades de Romano Prodi para organizar su ajustada victoria que todavía le disputa Berlusconi.
No se discute la idea de Europa, uno de los mayores éxitos políticos, económicos y convivenciales que ha conocido el continente en muchos siglos. Lo que se pone en cuestión son los hechos o la debilidad estructural de las instituciones y la viabilidad del euro en los doce países que lo han asumido y se han mentalizado con la moneda única que rige en doce países.
Italia y Francia tienen que adoptar medidas económicas necesarias pero que políticamente se presentan como imposibles. El euro tiene que convivir con doce economías diferentes, doce gobiernos, doce presupuestos, doce endeudamientos nacionales y doce legislaciones laborales.
Para mantenerse en las exigencias derivadas del euro es preciso que las economías nacionales sean competitivas y, por encima de todo, que la población no pierda la capacidad adquisitiva. Italia y Francia no quieren abandonar la moneda única. Chirac y Prodi fueron sus principales valedores cuando entró en vigor hace siete años. Y creen en este paso histórico de homologar las divisas de doce países como un paso decisivo hacia la unidad económica, financiera y finalmente política de la Unión.
Como consecuencia de este desajuste las economías de Francia y de Italia se estancan y son menos competitivas en Europa y en el mundo. No pueden devaluar porque las decisiones dependen del Banco Central Europeo con sede en Frankfurt. Si no acometen las reformas serán los franceses y los italianos los que notarán la crisis con unos gobiernos que no han tenido la valentía de llevar a cabo las reformas y con una sociedad que tampoco ha querido afrontarlas. En Alemania lo intentó Kohl, lo volvió a intentar Schröder y no sabemos si Ángela Merkel estará en condiciones de acometerlas. Vienen tiempos complicados para la Unión Europea.
Es comentario común que Europa sufre una crisis de liderazgo. Pero habrá que empezar a hablar si la crisis no es de la misma sociedad europea que ha abandonado el concepto del esfuerzo, de la preocupación por el trabajo bien realizado, por unos valores constructivos que no guardan ninguna relación con la actual cultura del no que se extiende por todas partes, de las exigencias de los derechos sin preocuparse de los deberes. Jordi Pujol, desde su activo retiro político, no se cansa de predicar la cultura un tanto pelagiana de la sociedad responsable y voluntarista, la de los derechos pero, sobre todo, la de las exigencias personales y colectivas.
Europa debe reflexionar sobre su virtualidad y partir de la realidad que es más cruda de lo que aparenta este trasiego masivo de turistas, de gastos hipotecados, de tarjetas de crédito que finalmente llaman a la puerta de las cuentas bancarias, de esperarlo todo dando muy poco a cambio, de los beneficios astronómicos de las instituciones financieras en comparación con la vida real de millones de ciudadanos que viven gracias a la falsa benevolencia de los que mueven los capitales internacionales sin tener en cuenta la situación real que atraviesa la sociedad aparentemente más estable y más próspera del mundo.
Es hora de la responsabilidad de gobiernos y ciudadanía antes de que sea demasiado tarde y se derrumbe el extraordinario edificio levantado por los honestos europeístas de la post guerra.
Inglaterra observa en clave pragmática, económica y europeísta, la todavía no apaciguada revuelta de estudiantes contra el presidente y el gobierno de Francia y las dificultades de Romano Prodi para organizar su ajustada victoria que todavía le disputa Berlusconi.
No se discute la idea de Europa, uno de los mayores éxitos políticos, económicos y convivenciales que ha conocido el continente en muchos siglos. Lo que se pone en cuestión son los hechos o la debilidad estructural de las instituciones y la viabilidad del euro en los doce países que lo han asumido y se han mentalizado con la moneda única que rige en doce países.
Italia y Francia tienen que adoptar medidas económicas necesarias pero que políticamente se presentan como imposibles. El euro tiene que convivir con doce economías diferentes, doce gobiernos, doce presupuestos, doce endeudamientos nacionales y doce legislaciones laborales.
Para mantenerse en las exigencias derivadas del euro es preciso que las economías nacionales sean competitivas y, por encima de todo, que la población no pierda la capacidad adquisitiva. Italia y Francia no quieren abandonar la moneda única. Chirac y Prodi fueron sus principales valedores cuando entró en vigor hace siete años. Y creen en este paso histórico de homologar las divisas de doce países como un paso decisivo hacia la unidad económica, financiera y finalmente política de la Unión.
Como consecuencia de este desajuste las economías de Francia y de Italia se estancan y son menos competitivas en Europa y en el mundo. No pueden devaluar porque las decisiones dependen del Banco Central Europeo con sede en Frankfurt. Si no acometen las reformas serán los franceses y los italianos los que notarán la crisis con unos gobiernos que no han tenido la valentía de llevar a cabo las reformas y con una sociedad que tampoco ha querido afrontarlas. En Alemania lo intentó Kohl, lo volvió a intentar Schröder y no sabemos si Ángela Merkel estará en condiciones de acometerlas. Vienen tiempos complicados para la Unión Europea.
Es comentario común que Europa sufre una crisis de liderazgo. Pero habrá que empezar a hablar si la crisis no es de la misma sociedad europea que ha abandonado el concepto del esfuerzo, de la preocupación por el trabajo bien realizado, por unos valores constructivos que no guardan ninguna relación con la actual cultura del no que se extiende por todas partes, de las exigencias de los derechos sin preocuparse de los deberes. Jordi Pujol, desde su activo retiro político, no se cansa de predicar la cultura un tanto pelagiana de la sociedad responsable y voluntarista, la de los derechos pero, sobre todo, la de las exigencias personales y colectivas.
Europa debe reflexionar sobre su virtualidad y partir de la realidad que es más cruda de lo que aparenta este trasiego masivo de turistas, de gastos hipotecados, de tarjetas de crédito que finalmente llaman a la puerta de las cuentas bancarias, de esperarlo todo dando muy poco a cambio, de los beneficios astronómicos de las instituciones financieras en comparación con la vida real de millones de ciudadanos que viven gracias a la falsa benevolencia de los que mueven los capitales internacionales sin tener en cuenta la situación real que atraviesa la sociedad aparentemente más estable y más próspera del mundo.
Es hora de la responsabilidad de gobiernos y ciudadanía antes de que sea demasiado tarde y se derrumbe el extraordinario edificio levantado por los honestos europeístas de la post guerra.
domingo, abril 16, 2006
Italia y Francia, dos problemas
Europa ha vivido un melodrama en las dos últimas semanas. Berlusconi ha perdidopero no lo reconoce. En cualquier caso, Italia entra en un periodo de larga inestabilidad que un gobierno presidido por Prodi no va a tranquilizar.
En Francia, el presidnete que puso en marcha la ley sobre el primer empleo juvenil la ha retirado él mismo sacrificando las ambiciones presidenciales de Dominique de Villepin que se ha estrellado al tener que aceptar olvidarse de la ley.
En Italia no ha habido violencia. En Francia, decenas de miles de estudiantes han hecho nuevamente tambalear al gobierno. En Italia ha habido elecciones. En Francia, ha bastado la promulgación de una ley.
El paisaje que queda en estos dos estados fundadores de la Unión Europea es una evidente falta de confianza en el futuro y un rechazo a las clases dirigentes.
Es un recurso fácil atribuir las crisis en Italia y Francia a la distancia entre los políticos y la sociedad. Pienso más bien que la clase política es más bien un reflejo de la misma sociedad.
Una sociedad que no se esfuerza, que cree que la vida es fácil, que busca las soluciones fáciles y no las que cuestan trabajo. Una sociedad sin referencias pero también sin valores.
Las cosas han de ponerse mucho más difíciles para que aparezcan soluciones razonables y consensuadas. Tardará mucho tiempo en que así suceda.
Las crisis en esos dos países pueden reproducirse en cualquier país de la Unión y también en Estados Unidos. La globalización no levanta fronteras ni siquiera para las crisis. En Francia acostumbran a cambiar las cosas a través de las revoluciones. En Italia, a través de guerras en las que nunca permanecen en el mismo bando a lo largo del conflicto.
El futuro de Europa y también del mundo occidental depende en buena parte cómo Italia y Francia sepan resolver sus crisis internas. Berlusconi no es la solución. Tampoco Chirac, ni Villepin. Prodi parece un vencedor derrotado. La historia sigue y todo lo que ha ocurrido puede volver a ocurrir.
En Francia, el presidnete que puso en marcha la ley sobre el primer empleo juvenil la ha retirado él mismo sacrificando las ambiciones presidenciales de Dominique de Villepin que se ha estrellado al tener que aceptar olvidarse de la ley.
En Italia no ha habido violencia. En Francia, decenas de miles de estudiantes han hecho nuevamente tambalear al gobierno. En Italia ha habido elecciones. En Francia, ha bastado la promulgación de una ley.
El paisaje que queda en estos dos estados fundadores de la Unión Europea es una evidente falta de confianza en el futuro y un rechazo a las clases dirigentes.
Es un recurso fácil atribuir las crisis en Italia y Francia a la distancia entre los políticos y la sociedad. Pienso más bien que la clase política es más bien un reflejo de la misma sociedad.
Una sociedad que no se esfuerza, que cree que la vida es fácil, que busca las soluciones fáciles y no las que cuestan trabajo. Una sociedad sin referencias pero también sin valores.
Las cosas han de ponerse mucho más difíciles para que aparezcan soluciones razonables y consensuadas. Tardará mucho tiempo en que así suceda.
Las crisis en esos dos países pueden reproducirse en cualquier país de la Unión y también en Estados Unidos. La globalización no levanta fronteras ni siquiera para las crisis. En Francia acostumbran a cambiar las cosas a través de las revoluciones. En Italia, a través de guerras en las que nunca permanecen en el mismo bando a lo largo del conflicto.
El futuro de Europa y también del mundo occidental depende en buena parte cómo Italia y Francia sepan resolver sus crisis internas. Berlusconi no es la solución. Tampoco Chirac, ni Villepin. Prodi parece un vencedor derrotado. La historia sigue y todo lo que ha ocurrido puede volver a ocurrir.
miércoles, abril 12, 2006
La Italia post ideológica
Las elecciones italianas han demostrado lo fácil que es franquear el muro de las ideas, de la confrontación entre izquierda y derecha, incluso de los intereses contrapuestos de los ciudadanos, para dar paso a una confrontación entre los políticos y los medios de comunicación.
La confusión de la noche electoral italiana la seguí en directo el lunes en el debate que Bruno Vespa intentó dirigir en la Raiuno, a medida que Prodi adelantaba a Berlusconi o al revés. Abandoné de madrugada porque los resultados no se oficializaban y porque la tertulia de los analistas de prestigio se convirtió en un gallinero alborotado.
Italia está partida, es ingobernable, vamos hacia el abismo, se gritaban unos a otros ante la incapacidad de Vespa de racionalizar la discusión. A mí lo que me parecía es que un país que no puede ofrecer los resultados escrutados hasta pasadas veinticuatro horas no está en la órbita moderna. Ya sé que en Florida pasó algo peor entre Bush y Al Gore en el 2000.
Italia no está más dividida que Alemania, España, Francia o Estados Unidos donde los votantes parten políticamente el país en dos grandes fracciones. Que Berlusconi consiga casi la mitad de los votos en Italia habría sido incomprensible tanto para los comunistas gramscianos como para los democrata cristianos de De Gasperi. Aquellas etiquetas de izquierda y derecha ya no cuentan en el mundo postideológico de Berlusconi.
Los dictados de las audiencias, del mercado, de los beneficios, del éxito médiático en definitiva, inclinan la voluntad de millones de electores que aceptan como tesis irrefutables lo que cualquier frívolo les puede ofrecer por la televisión, la radio o a través del mundo sin límites de la red en la que todo circula en todas direcciones, a todas horas, en tiempo real y sin que el espacio tenga importancia.
Las batallas son sobre el estilo, la personalidad y la retórica de los candidatos. Cada opinión o punto de vista pasa por el cedazo del nuevo periodismo que ya no es monopolio de los periodistas o de sus empresas sino que está al alcance de todo el mundo intercomunicado. En Italia ha ocurrido lo de siempre.
Pero con más espectacularidad, con menos sustancia, con la superficialidad propia del político moderno que consiste en trasladar a la audiencia y a sus electores sus problemas y sus ideas, a veces su falta de ideas, que son compradas por millones de electores que no han tenido tiempo para pensar. El problema es que los políticos, a veces, tampoco han pensado.
La confusión de la noche electoral italiana la seguí en directo el lunes en el debate que Bruno Vespa intentó dirigir en la Raiuno, a medida que Prodi adelantaba a Berlusconi o al revés. Abandoné de madrugada porque los resultados no se oficializaban y porque la tertulia de los analistas de prestigio se convirtió en un gallinero alborotado.
Italia está partida, es ingobernable, vamos hacia el abismo, se gritaban unos a otros ante la incapacidad de Vespa de racionalizar la discusión. A mí lo que me parecía es que un país que no puede ofrecer los resultados escrutados hasta pasadas veinticuatro horas no está en la órbita moderna. Ya sé que en Florida pasó algo peor entre Bush y Al Gore en el 2000.
Italia no está más dividida que Alemania, España, Francia o Estados Unidos donde los votantes parten políticamente el país en dos grandes fracciones. Que Berlusconi consiga casi la mitad de los votos en Italia habría sido incomprensible tanto para los comunistas gramscianos como para los democrata cristianos de De Gasperi. Aquellas etiquetas de izquierda y derecha ya no cuentan en el mundo postideológico de Berlusconi.
Los dictados de las audiencias, del mercado, de los beneficios, del éxito médiático en definitiva, inclinan la voluntad de millones de electores que aceptan como tesis irrefutables lo que cualquier frívolo les puede ofrecer por la televisión, la radio o a través del mundo sin límites de la red en la que todo circula en todas direcciones, a todas horas, en tiempo real y sin que el espacio tenga importancia.
Las batallas son sobre el estilo, la personalidad y la retórica de los candidatos. Cada opinión o punto de vista pasa por el cedazo del nuevo periodismo que ya no es monopolio de los periodistas o de sus empresas sino que está al alcance de todo el mundo intercomunicado. En Italia ha ocurrido lo de siempre.
Pero con más espectacularidad, con menos sustancia, con la superficialidad propia del político moderno que consiste en trasladar a la audiencia y a sus electores sus problemas y sus ideas, a veces su falta de ideas, que son compradas por millones de electores que no han tenido tiempo para pensar. El problema es que los políticos, a veces, tampoco han pensado.
lunes, abril 10, 2006
Raspada victoria de Prodi
Los italianos han decidido mostrar su división después del gobierno más largo desde el fin de la guerra mundial. Silvio Berlusconi fue primer ministro durante siete meses en 1994 lo que le convertía en un clásico de la inestable política italiana. Entrar y salir de gobiernos, construir y destruir coaliciones, ha sido el deporte más practicado por los profesionales de la política italiana.
Lo insólito ha sido que un primer ministro cumpliera los cinco años de su mandato sin dimitir.
Es uno de los escasos objetivos alcanzados por el estrafalario primer ministro Berlusconi que es el hombre más rico de Italia y controla directa o indirectamente el 90 por ciento de las televisiones del país. Ha durado. Este es su principal mérito. Y lo ha hecho sin estilo, vulgarmente, gobernando Italia como si fuera una gran empresa en la que el dueño ha trabajado al margen de sindicatos, oposición, incluso sin tener en cuenta las críticas de su propia coalición.Berlusconi es inmensamente rico.
Una de sus fincas, la de Cerdeña, frecuentada por la familia Aznar, tiene una extensión mayor que el Vaticano, un anfiteatro estilo griego y un sin número de habitaciones para huéspedes.En una entrevista concedida a La Stampa este verano, Berlusconi arremetía contra los profetas del desastre, contra la izquierda y contra los comunistas.
Decía que “desde mi villa contemplo un panorama espléndido con más yates que nunca fondeados en la bahía. Todos los italianos hablan desde sus móviles, hay más coches, más televisiones y más turistas”.
La batalla electoral contra Romano Prodi ha sido dura, fea y demagógica. Berlusconi se comparó con Napoleón y con Jesucristo y en su último mitin en Nápoles advertía a los italianos que votar a Prodi era votar por el comunismo citando de pasada a Mao, Stalin, Pol Pot y no sé cuantos sanguinarios más.
Pero el milagro económico que había prometido en las elecciones de 2001 no se ha producido. Italia ha crecido una media del 0,6 por ciento en los últimos cinco años y el 2005 se cerró con un crecimiento cero.
Puede que los italianos toleren a un “showman” como primer ministro, un hombre que empezó cantando en cruceros de lujo y se convirtió en el más acaudalado de Italia consiguiendo en buena parte su imperio gracias a los favores políticos recibidos en los ochenta cuando la coalición del socialista Bettino Craxi le concedió varias licencias de canales de televisión.
Se enfrentó contra los comunistas, contra la prensa a la que acusó de vendida y contra los magistrados que desmontaron el régimen cosido de corrupción llegando a encarcelar a más de tres mil empresarios y otros personajes de las clases dirigentes italianas.
Él mismo ha sido objeto de imputaciones judiciales que ha conseguido trampear introduciendo leyes que le blindaran el día que dejase de presidir el gobierno. Este día puede haber llegado si Prodi, profesor, ex primer ministro y ex presidente de la Comisión Europea. logra desbancarle finalmente.
A pesar de la extravagante personalidad de Berlusconi los resultados han sido raspados. El país ha exhibido una división política que puede devolver a los italianos a la acostumbrada inestabilidad que vió pasar a más de cuarenta gobiernos desde la guerra.
Prodi tendrá que ordenar su coalición y abrir la mano a la derecha que ha covnencido a la mitad aproximada de italianos. Italia vuelve donde solía. Vuelve al pacto, a las alianzas, a los compromisos y al realtivismo político.
Lo insólito ha sido que un primer ministro cumpliera los cinco años de su mandato sin dimitir.
Es uno de los escasos objetivos alcanzados por el estrafalario primer ministro Berlusconi que es el hombre más rico de Italia y controla directa o indirectamente el 90 por ciento de las televisiones del país. Ha durado. Este es su principal mérito. Y lo ha hecho sin estilo, vulgarmente, gobernando Italia como si fuera una gran empresa en la que el dueño ha trabajado al margen de sindicatos, oposición, incluso sin tener en cuenta las críticas de su propia coalición.Berlusconi es inmensamente rico.
Una de sus fincas, la de Cerdeña, frecuentada por la familia Aznar, tiene una extensión mayor que el Vaticano, un anfiteatro estilo griego y un sin número de habitaciones para huéspedes.En una entrevista concedida a La Stampa este verano, Berlusconi arremetía contra los profetas del desastre, contra la izquierda y contra los comunistas.
Decía que “desde mi villa contemplo un panorama espléndido con más yates que nunca fondeados en la bahía. Todos los italianos hablan desde sus móviles, hay más coches, más televisiones y más turistas”.
La batalla electoral contra Romano Prodi ha sido dura, fea y demagógica. Berlusconi se comparó con Napoleón y con Jesucristo y en su último mitin en Nápoles advertía a los italianos que votar a Prodi era votar por el comunismo citando de pasada a Mao, Stalin, Pol Pot y no sé cuantos sanguinarios más.
Pero el milagro económico que había prometido en las elecciones de 2001 no se ha producido. Italia ha crecido una media del 0,6 por ciento en los últimos cinco años y el 2005 se cerró con un crecimiento cero.
Puede que los italianos toleren a un “showman” como primer ministro, un hombre que empezó cantando en cruceros de lujo y se convirtió en el más acaudalado de Italia consiguiendo en buena parte su imperio gracias a los favores políticos recibidos en los ochenta cuando la coalición del socialista Bettino Craxi le concedió varias licencias de canales de televisión.
Se enfrentó contra los comunistas, contra la prensa a la que acusó de vendida y contra los magistrados que desmontaron el régimen cosido de corrupción llegando a encarcelar a más de tres mil empresarios y otros personajes de las clases dirigentes italianas.
Él mismo ha sido objeto de imputaciones judiciales que ha conseguido trampear introduciendo leyes que le blindaran el día que dejase de presidir el gobierno. Este día puede haber llegado si Prodi, profesor, ex primer ministro y ex presidente de la Comisión Europea. logra desbancarle finalmente.
A pesar de la extravagante personalidad de Berlusconi los resultados han sido raspados. El país ha exhibido una división política que puede devolver a los italianos a la acostumbrada inestabilidad que vió pasar a más de cuarenta gobiernos desde la guerra.
Prodi tendrá que ordenar su coalición y abrir la mano a la derecha que ha covnencido a la mitad aproximada de italianos. Italia vuelve donde solía. Vuelve al pacto, a las alianzas, a los compromisos y al realtivismo político.
domingo, abril 09, 2006
La peligrosa magia de Berlusconi
Los italianos votan. Entre "Il Cavaliere" y "Il Professore", entre Berlusconi y Prodi. Entre un mago y un racionalista. Italia se ha dejado seducir por Berlusconi que ha gobernado cinco años, un hecho insólito en un país que tiene apariencia frívola pero que es un país muy serio.
Berlusconi tiene dos condiciones para que los italianos no le renueven su confianza. Es el hombre más rico de Italia y controla directa o indirectamente el 90 por ciento de las televisiones italianas.
Estas dos anomalías que le harían impresentable como primer ministro en cualquier país europeo hay que añadir que Berlusconi tiene problemas con la justicia, ha maniobrado para modificar leyes que le inmunizan de sus posibles delitos ante la consternación de la oposición.
Pero tiene una dificultad todavía más relevante. Sus cinco mandatos no han hecho despegar a Italia sino que la han hundido económicamente hasta el punto que el año pasado su crecimiento fue cero.
Berlusconi ha gobernado Italia como si fuera una gran empresa, como el amo del país. Ha convertido la política en un "show" constante que ha acentuado en esta campaña. Ha insultado, se ha mofado, ha ridiculizado a sus adversarios.
The Economist, la publicación más abiertamente crítica con Berlusconi, titula esta semana con un BASTA. Ha llegado la hora de que los italianos prescindan de él. Lo sabremos el lunes por la noche.
Berlusconi tiene dos condiciones para que los italianos no le renueven su confianza. Es el hombre más rico de Italia y controla directa o indirectamente el 90 por ciento de las televisiones italianas.
Estas dos anomalías que le harían impresentable como primer ministro en cualquier país europeo hay que añadir que Berlusconi tiene problemas con la justicia, ha maniobrado para modificar leyes que le inmunizan de sus posibles delitos ante la consternación de la oposición.
Pero tiene una dificultad todavía más relevante. Sus cinco mandatos no han hecho despegar a Italia sino que la han hundido económicamente hasta el punto que el año pasado su crecimiento fue cero.
Berlusconi ha gobernado Italia como si fuera una gran empresa, como el amo del país. Ha convertido la política en un "show" constante que ha acentuado en esta campaña. Ha insultado, se ha mofado, ha ridiculizado a sus adversarios.
The Economist, la publicación más abiertamente crítica con Berlusconi, titula esta semana con un BASTA. Ha llegado la hora de que los italianos prescindan de él. Lo sabremos el lunes por la noche.
viernes, abril 07, 2006
Bono se va, Rubalcaba entra
Bono se va del gobierno y provoca la primera crisis de Zapatero. No es un cese sino una dimisión. El presidente ha hablado de retirada de la política, que espera que sea temporal.
Un ministro de Defensa no se va sin dar explicaciones. A la espera que Pepe Bono nos diga por qué dimite, cabe deducir que abandona porque no está de acuerdo con la política de su presidente.
Sospecho que la política respecto a ETA y la tramitación del Estatut de Cataluña habrán influido en la decisión de Bono. La ley de Educación tampoco le habrá gustado.
Un análisis optimista es que Bono entra en la reserva en espera de mejor ocasión. Incluso puede presentarse como alcalde de Madrid en la primavera próxima.
El análisis pesimista son las dificultades que habrá puesto Bono en la política general del gobierno. Y se va.
Pero Pérez Rubalcaba entra como hombre fuerte del gobierno. Es un fajador nato, negociador hasta la extenuación. El ministro Alonso pasa a Defensa y puede tirar del carro en la misma dirección que Zapatero.
Respecto a la ministra San Segundo, a las 24 horas de haberse aprobado la Ley de Educación, simplemente se trata de incompetencia.
Un ministro de Defensa no se va sin dar explicaciones. A la espera que Pepe Bono nos diga por qué dimite, cabe deducir que abandona porque no está de acuerdo con la política de su presidente.
Sospecho que la política respecto a ETA y la tramitación del Estatut de Cataluña habrán influido en la decisión de Bono. La ley de Educación tampoco le habrá gustado.
Un análisis optimista es que Bono entra en la reserva en espera de mejor ocasión. Incluso puede presentarse como alcalde de Madrid en la primavera próxima.
El análisis pesimista son las dificultades que habrá puesto Bono en la política general del gobierno. Y se va.
Pero Pérez Rubalcaba entra como hombre fuerte del gobierno. Es un fajador nato, negociador hasta la extenuación. El ministro Alonso pasa a Defensa y puede tirar del carro en la misma dirección que Zapatero.
Respecto a la ministra San Segundo, a las 24 horas de haberse aprobado la Ley de Educación, simplemente se trata de incompetencia.
miércoles, abril 05, 2006
Asesinato de un agente doble
Un espía británico que vivió años infiltrado en el IRA y en su brazo político, el Sin Feinn, fue encontrado muerto en una cabaña solitaria en las montañas del condado de Donegal, uno de los parajes más rústicos y solitarios de Irlanda, una zona donde las truchas de los riachuelos las puedes prácticamente coger con la mano. He transitado muchas veces por aquellas onduladas montañas.
La larga mano de la venganza de los republicanos, desde lo que fue su rama terrorista o la política, llegó hasta el escondrijo de Denis Donaldson que sabía que estaba al descubierto pero no llegó a calibrar que su vida corría peligro.
La muerte de este espía pone en peligro el avance del proceso de paz en Irlanda. Tony Blair y Bertie Ahern, se encontrarán hoy en Armagh para restablecer la Asamblea de Irlanda del Norte.
Los agentes dobles corren riesgos de alto voltaje en los procesos de paz. Su trabajo no suele ser reconocido por quienes les metieron en las tinieblas de organizaciones que recurren al terror para hacer política. Y cuando llega la política, sobran.
En el Ulster ha habido una larga guerra contra el estado británico. Ha sido una guerra de pistolas, de ejércitos y de traiciones. En las visitas que hice a Belfast en los años setenta y ochenta, el hotel Europa era un hormiguero de espías y periodistas que intercambiabamos información en todas direcciones. Llegué a descifrar seis servicios de inteligencia distintos en aquel hotel rodeado de alambradas y con todos los teléfonos pinchados en habitaciones con cámaras ocultas.
No hay ningún misterio en quien asesinó al desventurado Denis Donaldson en su solitario refugio. El IRA ha liquidado a muchos agentes e informadores infiltrados en sus filas. Los que pueden huir a Europa continental o América Latina están bastante a salvo. Pero los que se quedan corren el riesgo de ser expulsados del mundo de los vivos.
En la cabaña no había ni electricidad ni agua corriente. Un periodista publicó sin determinar su localización una entrevista sorpresa con el espía huído a ninguna parte. Fue la señal que significó su sentencia de muerte.
Nadie reivindica el asesinato. El IRA y el Sinn Fein no se hacen responsables. Pero la muerte del agente doble va a provocar todo tipo de especulaciones y teorías conspirativas. No es la primera vez que un espía infiltrado paga muy cara su audacia. Sus servicios no son recompensados casi nunca y el resto de su existencia esta sujeta a la venganza de los que se sintieron traicionados.
La larga mano de la venganza de los republicanos, desde lo que fue su rama terrorista o la política, llegó hasta el escondrijo de Denis Donaldson que sabía que estaba al descubierto pero no llegó a calibrar que su vida corría peligro.
La muerte de este espía pone en peligro el avance del proceso de paz en Irlanda. Tony Blair y Bertie Ahern, se encontrarán hoy en Armagh para restablecer la Asamblea de Irlanda del Norte.
Los agentes dobles corren riesgos de alto voltaje en los procesos de paz. Su trabajo no suele ser reconocido por quienes les metieron en las tinieblas de organizaciones que recurren al terror para hacer política. Y cuando llega la política, sobran.
En el Ulster ha habido una larga guerra contra el estado británico. Ha sido una guerra de pistolas, de ejércitos y de traiciones. En las visitas que hice a Belfast en los años setenta y ochenta, el hotel Europa era un hormiguero de espías y periodistas que intercambiabamos información en todas direcciones. Llegué a descifrar seis servicios de inteligencia distintos en aquel hotel rodeado de alambradas y con todos los teléfonos pinchados en habitaciones con cámaras ocultas.
No hay ningún misterio en quien asesinó al desventurado Denis Donaldson en su solitario refugio. El IRA ha liquidado a muchos agentes e informadores infiltrados en sus filas. Los que pueden huir a Europa continental o América Latina están bastante a salvo. Pero los que se quedan corren el riesgo de ser expulsados del mundo de los vivos.
En la cabaña no había ni electricidad ni agua corriente. Un periodista publicó sin determinar su localización una entrevista sorpresa con el espía huído a ninguna parte. Fue la señal que significó su sentencia de muerte.
Nadie reivindica el asesinato. El IRA y el Sinn Fein no se hacen responsables. Pero la muerte del agente doble va a provocar todo tipo de especulaciones y teorías conspirativas. No es la primera vez que un espía infiltrado paga muy cara su audacia. Sus servicios no son recompensados casi nunca y el resto de su existencia esta sujeta a la venganza de los que se sintieron traicionados.
martes, abril 04, 2006
Políticos y riquezas
Un canal de televisión propiedad de Berlusconi ha sido multado por defender en demasía a Berlusconi en la campaña electoral. Pero qué esperaban.
El ex canciller Schröder es acusado de tener un sueldazo de una empresa de gas rusa a la que le dió un proyecto importante poco antes de abandonar la cancillería.
Aznar hace campaña en Italia a favor de Berlusconi y, así como de pasada, le clava banderillas a Zapatero directamente como si fuera Prodi.
En Marbella hay una auténtica limpieza de concejales corruptos hasta el punto que el gobierno ha tenido disolver un ayuntamiento. Un hecho insólito. Cuántas Marbellas debe haber en este Mediterráneo tan nuestro, tan mare nostrum.
El primer ministro Villepin está a favor de una reforma laboral pero el presidente Chirac le corrige levemente y deja que su adversario Sarkozy, también en el gobierno, haga de puente con los estudiantes que se manifiestan.
El Times de hoy publica una encuesta en la que la mayoría de británicos no esperan que Tony Blair haga nada más de bueno. Mejor que se marche cuanto antes.
Angela Merkel es más popular fuera de Alemania que dentro. Pero ha puesto en marcha un programa que puede salirle bien.
Europa está cansada. De sus líderes y quizás de sus sistemas, cansada de su comodidad, de sus discursos autocomplacientes, de la rapidez en que se transmite la información y el conocimiento. Cansada de un bienestar que esconde miedos cargados de incertezas.
En el ancho mundo parece que a los políticos les interesa mucho el dinero y a los millonarios les gusta el poder. No se puede tener todo. Hay que escoger. Ser muy rico te hace muy rico pero no más poderoso. Y tener poder no suele ser rentable.
El ex canciller Schröder es acusado de tener un sueldazo de una empresa de gas rusa a la que le dió un proyecto importante poco antes de abandonar la cancillería.
Aznar hace campaña en Italia a favor de Berlusconi y, así como de pasada, le clava banderillas a Zapatero directamente como si fuera Prodi.
En Marbella hay una auténtica limpieza de concejales corruptos hasta el punto que el gobierno ha tenido disolver un ayuntamiento. Un hecho insólito. Cuántas Marbellas debe haber en este Mediterráneo tan nuestro, tan mare nostrum.
El primer ministro Villepin está a favor de una reforma laboral pero el presidente Chirac le corrige levemente y deja que su adversario Sarkozy, también en el gobierno, haga de puente con los estudiantes que se manifiestan.
El Times de hoy publica una encuesta en la que la mayoría de británicos no esperan que Tony Blair haga nada más de bueno. Mejor que se marche cuanto antes.
Angela Merkel es más popular fuera de Alemania que dentro. Pero ha puesto en marcha un programa que puede salirle bien.
Europa está cansada. De sus líderes y quizás de sus sistemas, cansada de su comodidad, de sus discursos autocomplacientes, de la rapidez en que se transmite la información y el conocimiento. Cansada de un bienestar que esconde miedos cargados de incertezas.
En el ancho mundo parece que a los políticos les interesa mucho el dinero y a los millonarios les gusta el poder. No se puede tener todo. Hay que escoger. Ser muy rico te hace muy rico pero no más poderoso. Y tener poder no suele ser rentable.
lunes, abril 03, 2006
Periodismo de alta calidad
La fidelidad en las lecturas de periódicos sólo suele romperse por desengaños muy graves entre la publicación y el lector. Todavía recuerdo una singular expresión del amigo Fabián Estapé cuando se presentaba ante un desconocido diciendo simplemente “suscritor de La Vanguardia”.
Desde tierras leonesas Estapé sigue escribiendo semanalmente en estas páginas, publica libros, participa en tertulias y atiende a las sesiones de varias academias. Pero, básicamente, es un suscriptor de este diario.
Yo no he tenido que suscribirme nunca porque siempre he trabajado en esta casa de La Vanguardia que me ha permitido tener la biografía profesional que he acumulado en casi cuarenta años gracias a esta cabecera y muy especialmente gracias a los lectores. Desde traductor a director he ocupado en distintas etapas prácticamente todas las funciones que pueden tener los periodistas en un diario de gran proyección.
Pero sí que he estado suscrito en los últimos seis lustros a la revista “The Economist” que lleva 163 años publicándose semanalmente con una gran influencia en la opinión pública mundial. “The Economist” fue fundado por James Wilson y perfeccionado por su yerno, Walter Bagehot, que se propuso convertir la publicación en un canto al libre comercio y a todas las formas de libertad.Dos requisitos que ha practicado con una constancia admirable, al margen de que la realidad les haya dado la razón o no.
A mí me interesa el semanario aunque muchas veces discrepe de sus tesis. Pero las explica tan bien, con argumentos tan sólidos que tengo que admitir que lo que defiende lo defiende con racionalidad y siempre hay que aceptarlo como un punto de vista riguroso.
Bill Emmott ha sido director de la publicación en los últimos trece años. Es práctica habitual que los artículos y opiniones no estén firmados por su autor. Con la excepción de que cuando un director se despide puede escribir un artículo contando su experiencia al frente de la publicación.
Explica Emmott que todos los directores salientes tienen el propósito de abolir este privilegio pero que siempre acaban sucumbiendo y trasladando la responsabilidad a su sucesor. Son estas tradiciones que seguramente no se romperán nunca.
Las grandes publicaciones del mundo anglosajón suelen tener una opinión sobre lo que ocurre dentro y fuera de su área de acción de venta o comercial que raramente se tuerce. Ni siquiera cuando los hechos acaban negándoles que estaban equivocados. Es igual.
Dice Emmott en su despedida que muchos lectores se escandalizarán pero que la defensa de la guerra de Iraq en sus editoriales estaba bien fundamentada. Y que no tiene por qué revisar la posición del semanario antes de marzo de 2003. Otra cosa es, dice, que el desarrollo de la invasión y guerra de Iraq hayan sido un auténtico desastre para los iraquíes, para Oriente Medio, para Estados Unidos y Gran Bretaña y para el mundo. Entre las opciones malas y las opciones peores, a veces hay que optar por las malas, dice.
Emmott repite argumentos básicos de los fundadores del semanario. Uno de ellos es que el proteccionismo es un peligro y siempre lo será. Otro es que el liberalismo acaba ganando la batalla a otras formas de gobierno en las que la intervención del estado pasa por encima de las decisiones de los individuos. En 1994 el director saliente permitió la publicación de un editorial en el que se afirmaba que “el tiempo para la monarquía británica había pasado”.
Y no pasó nada. Lo defendió con solvencia y rigor y no se registraron bajas de suscriptores. La coherencia, si está razonada, es premiada por los lectores, en este caso del mundo globalizado que considera a “The Economist” como una referencia inteligente e insustituible.
Desde tierras leonesas Estapé sigue escribiendo semanalmente en estas páginas, publica libros, participa en tertulias y atiende a las sesiones de varias academias. Pero, básicamente, es un suscriptor de este diario.
Yo no he tenido que suscribirme nunca porque siempre he trabajado en esta casa de La Vanguardia que me ha permitido tener la biografía profesional que he acumulado en casi cuarenta años gracias a esta cabecera y muy especialmente gracias a los lectores. Desde traductor a director he ocupado en distintas etapas prácticamente todas las funciones que pueden tener los periodistas en un diario de gran proyección.
Pero sí que he estado suscrito en los últimos seis lustros a la revista “The Economist” que lleva 163 años publicándose semanalmente con una gran influencia en la opinión pública mundial. “The Economist” fue fundado por James Wilson y perfeccionado por su yerno, Walter Bagehot, que se propuso convertir la publicación en un canto al libre comercio y a todas las formas de libertad.Dos requisitos que ha practicado con una constancia admirable, al margen de que la realidad les haya dado la razón o no.
A mí me interesa el semanario aunque muchas veces discrepe de sus tesis. Pero las explica tan bien, con argumentos tan sólidos que tengo que admitir que lo que defiende lo defiende con racionalidad y siempre hay que aceptarlo como un punto de vista riguroso.
Bill Emmott ha sido director de la publicación en los últimos trece años. Es práctica habitual que los artículos y opiniones no estén firmados por su autor. Con la excepción de que cuando un director se despide puede escribir un artículo contando su experiencia al frente de la publicación.
Explica Emmott que todos los directores salientes tienen el propósito de abolir este privilegio pero que siempre acaban sucumbiendo y trasladando la responsabilidad a su sucesor. Son estas tradiciones que seguramente no se romperán nunca.
Las grandes publicaciones del mundo anglosajón suelen tener una opinión sobre lo que ocurre dentro y fuera de su área de acción de venta o comercial que raramente se tuerce. Ni siquiera cuando los hechos acaban negándoles que estaban equivocados. Es igual.
Dice Emmott en su despedida que muchos lectores se escandalizarán pero que la defensa de la guerra de Iraq en sus editoriales estaba bien fundamentada. Y que no tiene por qué revisar la posición del semanario antes de marzo de 2003. Otra cosa es, dice, que el desarrollo de la invasión y guerra de Iraq hayan sido un auténtico desastre para los iraquíes, para Oriente Medio, para Estados Unidos y Gran Bretaña y para el mundo. Entre las opciones malas y las opciones peores, a veces hay que optar por las malas, dice.
Emmott repite argumentos básicos de los fundadores del semanario. Uno de ellos es que el proteccionismo es un peligro y siempre lo será. Otro es que el liberalismo acaba ganando la batalla a otras formas de gobierno en las que la intervención del estado pasa por encima de las decisiones de los individuos. En 1994 el director saliente permitió la publicación de un editorial en el que se afirmaba que “el tiempo para la monarquía británica había pasado”.
Y no pasó nada. Lo defendió con solvencia y rigor y no se registraron bajas de suscriptores. La coherencia, si está razonada, es premiada por los lectores, en este caso del mundo globalizado que considera a “The Economist” como una referencia inteligente e insustituible.
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