Les recomiendo la lectura de "Estambul", el libro más reciente del último premio Nobel de Literatura, Orhan Pamuk, que desde la amargura y la melancolía recuerda sus vivencias desde una ciudad que lo ha sido todoy que en estos momentos se debate entre su alma musulmana y su alma secular, republicana, europeista.
Cientos de miles de estambulíes se manifestaron hoy para protestar contra el proceso de nombramiento de presidente de la República, en la persona de Abdullah Gul, actual ministro de Asuntos Exteriores, miembro del partido islamista Justicia y Desarrollo, que perdió la primera votación y puede ganar la segunda el próximo miércoles.
El primer ministro Erdogan, también islamista, cedió el paso a Gul por tener un perfil más aperturista y por haber negociado el ingreso de Turquía en la Unión Europea. Abdullah Gul no ha sido elegido porque es islamista.
Si saliera elegido, el partido Justicia y Desarrollo controlaría la presidencia, el gobierno y el parlamento. Un escenario que los secularistas fieles a los principios de Kemal Atatürk, fundador de la república laica en los años veinte al desmonorarse el imperio Otomano después de la Gran Guerra.
La paradoja de la singularidad de la política turca es que un comunicado del Ejército dado a conocer el viernes acusaba al gobierno de tolerar el radicalismo islámico. El Ejército es el garante de la Constitución y el que tiene la última palabra.
El Ejército protagonizó tres golpes de estado en el último medio siglo. En 1960, 1971 y 1980. En 1997 intervino nuevamente para impedirf que el primer ministro islámico, Necmettin Erbakan, llegara a tomar posesión.
Pero los islamistas crearon un nuevo partido, el de Justicia y Desarrollo, que ganó las últimas elecciones y gobierna Turquía con un parlamento de mayoría islámica. La elección del presidente de la República ha planteado esta nueva crisis en la que el Ejército, aliado involuntario de los secularistas, ha lanzado una seria advertencia.
Los cientos de miles de manifestantes gritaban "no queremos ni la sharia ni un golpe de estado, queremos una Turquía plenamente democrática".
Será una semana muy agitada en Turquía. Los turcos votan mayoritariamente un partido islámico y las instituciones no sólo no lo tienen previsto sino que no lo quieren aceptar. La confrontación entre lo secular y lo religioso h a adquirido unas nuevas dimensiones.
Atatürk creó una república secular sobre una sociedad islámica. Si el presidente fuera Abdullah Gul, su mujer sería la primera que se cubriera la cabeza con un pañuelo en el palacio presidencial.
No es un conflicto de intereses sino de identidades que se basan en las creencias. El Tribunal Constitucional se va a pronunciar antes del miércoles. Puede ordenar la disolución del parlamento y la convocatoria de nuevas elecciones para aplazar el nombramiento del presidente de la república que es designado por una mayoría de dos tercios del parlamento.
En cualquier caso, estas trifulcas internas hacen más complicado el ingreso de Turquía en la Unión Europea. Turquía quiere demostrar su europeidad pero está por ver si no llegan a aclararse sobre si son un país islámico o secular. Europa podría admitir a una Turquía gobernada por islamistas en su totalidad. Pero no podría acoger un país que no se aclara sobre lo que es y sobre lo que quiere ser.
domingo, abril 29, 2007
miércoles, abril 25, 2007
Un tiempo para destruir y otro para construir
La identidad y el peso de la historia no los cambian los gobiernos, los regímenes o las revoluciones. Viendo las imágenes de los funerales de Boris Yeltsin en Moscú y la decisión del parlamento turco de dar paso al actual ministro de Exteriores a la presidencia de la república me evocaron aquel memorable versículo del Eclesiastés cuando dice que .. “hay un tiempo para destruir y un tiempo para construir, un tiempo para esparcir piedras y un tiempo para recoger piedras”.
Los funerales de Boris Yeltsin se oficiaron por tres obispos ortodoxos en la catedral de Cristo Salvador. El templo conmemora la victoria de Rusia sobre las tropas invasoras de Napoleón en 1812. Lo inauguró el zar Alejandro III en 1883, unos años después que Tolstoi publicara la gran novela Guerra y Paz, el monumental relato sobre la guerra contra las tropas napoleónicas que habían llegado a Moscú.
Stalin ordenó su demolición en 1931 y proyectó la construcción en el privilegiado entorno de las riberas del río Moscova un grandioso Palacio de los Soviets que iba a convertirse en la mayor construcción del mundo. Se empezaron las obras pero en 1941 se paralizaron y en los años sesenta el régimen ordenó la construcción de una gran piscina de agua caliente.
Yeltsin, ya en el poder después de haber desbancado a Gorbachev, restableció las relaciones con la Iglesia Ortodoxa y se propuso reconstruir el templo tal y como estaba en el momento de ser demolido. Se inauguró en mayo de 1999, unos meses antes que Yeltsin abandonara el poder el último día del pasado milenio.
No han asistido grandes masas de moscovitas a las exequias del que enterró el régimen comunista en Rusia. Gorbachev y Yeltsin son muy considerados en Occidente pero los rusos les acusan de haber liquidado un imperio que se construyó a lo largo de los siglos.
Pero los popes ortodoxos le han rendido un solemne tributo. Como si no hubiera ocurrido nada en los más de setenta años en los que el régimen privó de libertades a todos los rusos, a la sazón soviéticos, destruyó miles de templos y no aceptaba otro discurso que el de la Revolución de Octubre. El incienso repartió aromas en la catedral reconstruida durante horas y horas.
Las pompas moscovitas coincidieron con la decisión del primer ministro turco, el islamista Erdogan, de abandonar su candidatura a la presidencia de la república laica fundada por Kemal Atatürk para no enfrentarse con el estamento militar y con la cultura secular de la política turca desde los años veinte. El candidato es Abdullah Gul, ministro de Exteriores, del partido islamista también, pero que se ha comprometido a defender los principios seculares básicos de la república turca.
Una solución inteligente y práctica. El próximo presidente turco será del partido islamista, su mujer aparecerá en público con la cabeza cubierta por el pañuelo islámico, pero no romperá con los fundamentos kemalistas, seculares, de la constitución que parte del supuesto de que Turquía dejó de ser musulmana en 1920.
Ni Rusia ha abandonado sus raíces ortodoxas ni Turquía las musulmanas a pesar de las campañas políticas y radicales para cambiar su identidad en el siglo pasado.
Los funerales de Boris Yeltsin se oficiaron por tres obispos ortodoxos en la catedral de Cristo Salvador. El templo conmemora la victoria de Rusia sobre las tropas invasoras de Napoleón en 1812. Lo inauguró el zar Alejandro III en 1883, unos años después que Tolstoi publicara la gran novela Guerra y Paz, el monumental relato sobre la guerra contra las tropas napoleónicas que habían llegado a Moscú.
Stalin ordenó su demolición en 1931 y proyectó la construcción en el privilegiado entorno de las riberas del río Moscova un grandioso Palacio de los Soviets que iba a convertirse en la mayor construcción del mundo. Se empezaron las obras pero en 1941 se paralizaron y en los años sesenta el régimen ordenó la construcción de una gran piscina de agua caliente.
Yeltsin, ya en el poder después de haber desbancado a Gorbachev, restableció las relaciones con la Iglesia Ortodoxa y se propuso reconstruir el templo tal y como estaba en el momento de ser demolido. Se inauguró en mayo de 1999, unos meses antes que Yeltsin abandonara el poder el último día del pasado milenio.
No han asistido grandes masas de moscovitas a las exequias del que enterró el régimen comunista en Rusia. Gorbachev y Yeltsin son muy considerados en Occidente pero los rusos les acusan de haber liquidado un imperio que se construyó a lo largo de los siglos.
Pero los popes ortodoxos le han rendido un solemne tributo. Como si no hubiera ocurrido nada en los más de setenta años en los que el régimen privó de libertades a todos los rusos, a la sazón soviéticos, destruyó miles de templos y no aceptaba otro discurso que el de la Revolución de Octubre. El incienso repartió aromas en la catedral reconstruida durante horas y horas.
Las pompas moscovitas coincidieron con la decisión del primer ministro turco, el islamista Erdogan, de abandonar su candidatura a la presidencia de la república laica fundada por Kemal Atatürk para no enfrentarse con el estamento militar y con la cultura secular de la política turca desde los años veinte. El candidato es Abdullah Gul, ministro de Exteriores, del partido islamista también, pero que se ha comprometido a defender los principios seculares básicos de la república turca.
Una solución inteligente y práctica. El próximo presidente turco será del partido islamista, su mujer aparecerá en público con la cabeza cubierta por el pañuelo islámico, pero no romperá con los fundamentos kemalistas, seculares, de la constitución que parte del supuesto de que Turquía dejó de ser musulmana en 1920.
Ni Rusia ha abandonado sus raíces ortodoxas ni Turquía las musulmanas a pesar de las campañas políticas y radicales para cambiar su identidad en el siglo pasado.
lunes, abril 23, 2007
Sarkozy teme a Sarkozy
Los franceses acudieron a votar en masa. Como en 1965 y como en 1974. Con una participación del 83.8 se puede considerar que la abstención fue técnicamente nula.
Es la tercera vez en la historia de la V República, fundada por De Gaulle en 1958, que los franceses se movilizan porque su interés por decidir la presidencia no ha dejado prácticamente a nadie indiferente. Es un tópico muy extendido que la política se ha alejado de las gentes y que no interesa a la mayoría de ciudadanos. Los altos índices de abstención en toda Europa abonarían esta tesis.
Pero no es así cuando un país sabe lo que se juega en unas elecciones que designan al representante que tiene que arbitrar los intereses contrapuestos de todos.
Tampoco es del todo cierto, al menos en Francia esta vez, que la separación entre derecha e izquierda haya quedado desdibujada por terceras fórmulas que rompan el bipartidismo clásico.
Los resultados de la primera vuelta son conocidos. Nicolas Sarkozy ha conseguido el 31 por ciento de los votos superando los resultados que obtuvo Chirac en sus dos victorias recientes, la última, por cierto, sumando en la segunda vuelta todos los votos de franceses que querían frenar el paso a Le Pen, el candidato de la extrema derecha que se batía con Chirac.
Sarkozy ha aglutinado el voto del miedo de Francia. Miedo por haber perdido peso en Europa, miedo porque la globalización, mundialización en versión francesa, ha debilitado su competitividad en el mundo, miedo a que la cultura francesa sea un apéndice de la anglosajona en versión inglesa, miedo incluso a que la lengua castellana sea más de referencia que la francesa.
Ségolène Royal ha demostrado que el partido socialista existe y no ha pasado por el ridículo de 2002 cuando el candidato y ex primer ministro Jospin fue superado por unas décimas por Le Pen y quedó fuera de la segunda vuelta.
Royal no era la candidata preferida del partido. Pero la izquierda la ha votado para evitar una catástrofe como la de 2002 sin que ella tuviera que identificarse con un partido osificado en el conservadurismo de izquierdas.
Ségolène copió la fórmula Blair que alivió la carga ideológica de los laboristas británicos, pero no ha conseguido batir a un Sarkozy que sutilmente arrastró a bolsas de extrema derecha prometiendo seguridad, ley y orden al precio de exhibir una dureza de fondo y forma que pueden perjudicarle en la segunda vuelta.
La contienda del 6 de mayo se va a plantear en dos planos diferenciados. El de los programas, por una parte, y el de la personalidad de los dos candidatos, por otra. Observando los datos fríamente, Sarkozy parte con una cómoda ventaja, sea cual sea la consigna del candidato centrista, François Bayrou, que tiene que pensar en las legislativas que vienen y asegurar el mayor número de diputados de la UDF posibles en la nueva Asamblea Nacional.
Pero en el cara a cara televisivo entre Sarkozy y Royal del 2 de mayo se puede inclinar la balanza decisivamente hacia cualquiera de los dos candidatos. Depende si los programas son más importantes que las personas.
Royal tiene un toque autoritario pero su perfil es más amable, más humano y más tranquilo que el de Sarkozy, un hombre que puede asustar a los franceses que quieren reformas pero no bruscas y rotundas como las del hasta hace poco ministro del Interior.
Me decía un político catalán muy conocido que se inclinaría por Royal pero que a Francia y a Europa le convienen que gane Sarkozy porque tiene más autoridad. Este es el temor de Sarkozy, su autoridad, y no sorprende que propusiera un debate sobre las ideas y no sobre las personas. Son los franceses quienes eligen y nos sacarán de dudas en dos semanas.
Es la tercera vez en la historia de la V República, fundada por De Gaulle en 1958, que los franceses se movilizan porque su interés por decidir la presidencia no ha dejado prácticamente a nadie indiferente. Es un tópico muy extendido que la política se ha alejado de las gentes y que no interesa a la mayoría de ciudadanos. Los altos índices de abstención en toda Europa abonarían esta tesis.
Pero no es así cuando un país sabe lo que se juega en unas elecciones que designan al representante que tiene que arbitrar los intereses contrapuestos de todos.
Tampoco es del todo cierto, al menos en Francia esta vez, que la separación entre derecha e izquierda haya quedado desdibujada por terceras fórmulas que rompan el bipartidismo clásico.
Los resultados de la primera vuelta son conocidos. Nicolas Sarkozy ha conseguido el 31 por ciento de los votos superando los resultados que obtuvo Chirac en sus dos victorias recientes, la última, por cierto, sumando en la segunda vuelta todos los votos de franceses que querían frenar el paso a Le Pen, el candidato de la extrema derecha que se batía con Chirac.
Sarkozy ha aglutinado el voto del miedo de Francia. Miedo por haber perdido peso en Europa, miedo porque la globalización, mundialización en versión francesa, ha debilitado su competitividad en el mundo, miedo a que la cultura francesa sea un apéndice de la anglosajona en versión inglesa, miedo incluso a que la lengua castellana sea más de referencia que la francesa.
Ségolène Royal ha demostrado que el partido socialista existe y no ha pasado por el ridículo de 2002 cuando el candidato y ex primer ministro Jospin fue superado por unas décimas por Le Pen y quedó fuera de la segunda vuelta.
Royal no era la candidata preferida del partido. Pero la izquierda la ha votado para evitar una catástrofe como la de 2002 sin que ella tuviera que identificarse con un partido osificado en el conservadurismo de izquierdas.
Ségolène copió la fórmula Blair que alivió la carga ideológica de los laboristas británicos, pero no ha conseguido batir a un Sarkozy que sutilmente arrastró a bolsas de extrema derecha prometiendo seguridad, ley y orden al precio de exhibir una dureza de fondo y forma que pueden perjudicarle en la segunda vuelta.
La contienda del 6 de mayo se va a plantear en dos planos diferenciados. El de los programas, por una parte, y el de la personalidad de los dos candidatos, por otra. Observando los datos fríamente, Sarkozy parte con una cómoda ventaja, sea cual sea la consigna del candidato centrista, François Bayrou, que tiene que pensar en las legislativas que vienen y asegurar el mayor número de diputados de la UDF posibles en la nueva Asamblea Nacional.
Pero en el cara a cara televisivo entre Sarkozy y Royal del 2 de mayo se puede inclinar la balanza decisivamente hacia cualquiera de los dos candidatos. Depende si los programas son más importantes que las personas.
Royal tiene un toque autoritario pero su perfil es más amable, más humano y más tranquilo que el de Sarkozy, un hombre que puede asustar a los franceses que quieren reformas pero no bruscas y rotundas como las del hasta hace poco ministro del Interior.
Me decía un político catalán muy conocido que se inclinaría por Royal pero que a Francia y a Europa le convienen que gane Sarkozy porque tiene más autoridad. Este es el temor de Sarkozy, su autoridad, y no sorprende que propusiera un debate sobre las ideas y no sobre las personas. Son los franceses quienes eligen y nos sacarán de dudas en dos semanas.
domingo, abril 22, 2007
Todos tienen que pedir perdón en Euskadi
Cuando alguien se disculpa, pide perdón, se arrepiente, hay que escucharle con atención. Puede ser sincero. Hoy ha ocurrido en Bilbao. El lehendakari Ibarretxe presidió un acto institucional en Bilbao en homenaje a las víctimas del terrorismo.
Pidió perdón a las víctimas del terrorismo y reconoció que esta disculpa llega tarde. La sociedad no ha estado la altura de las circunstancias por no haber sabido transmitir colectivamente el apoyo a las miles de personas que han surfrido la agresión de la violencia política.
Ibarretxe denunció que la violencia de ETA constituye "una fragrante traición a los valores más nobles de este pueblo y a los valores de la democracia". Ha habido demasiados silencios. Los de quienes han estado y están al lado de los que matan, se dan por supuestos. Ha habido silencios clamorosos de las instituciones vascas, de personas que tenían el deber moral de denunciar la violencia política, de los nacionalistas del PNV que callaron o que condenaron con la boca pequeña.
Estuvieron presentes víctimas del terrorismo de todas partes de España. De Galicia, Andalucía, Extremadura, País Vasco y Catalunya. Otras enviaron mensajes de adhesión al acto.
El Partido Popular del País Vasco y la izquierda abertzale no estaban. Tampoco había representación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo y Covite.
Ibarretxe quiso "solemnizar el reconocimiento de una deuda que queremos saldar de todo corazón", aunque "difícilmente servirá para restañar en su totalidad una heridas que tienen años de antigüedad".
Muchos españoles de todas las procedencias, de ideologías dispares, personalides importantes o policías anónimos, fueron sacrificados en nombre de una ideología nacionalista extrema. Casi mil personas han encontrado la muerte en estos cuarenta años de "lucha armada".
El dolor sufrido por tantos familiares de víctimas del terrorismo no se salda con una declaración institucional. Pero me parece un error el no acudir a este reconocimiento del error cometido desde la sociedad vasca.
La Asociación de Víctimas del Terrorismo y el Partido Popular que la ha utilizado en estos últimos años no han acudido. Entienden que era un acto para justificar un acuerdo definitivo de paz inspirado por el gobierno Zapatero.
Están en su derecho. Pero su actitud pone de relieve que lo importante no es acabar con esta lacra de la sociedad vasca y de la sociedad española sino en seguir utilizando el dolor y el desconsuelo de las víctimas para hacer campaña electoral.
La paz, si se consigue, no será consecuencia de la política de Zapatero, de la oposición de Rajoy, del gobierno vasco o de todos los intermediarios que se quiera. La paz y la convivencia llegarán si los terroristas piden perdón, si su brazo político condena la violencia, si se acepta el principio democrático de que con violencia no se puede hacer política.
Si todos los actores exhiben grandeza de ánimo, olvidan, perdonan y miran al futuro con respeto a todos. Paz, piedad, perdón, escribía Manuel Azaña en La Velada de Benicarló cuando la guerra para la causa republicana estaba ya perdida.
Pero que quede muy claro: los primeros en dar este paso son los terroristas y sus representantes políticos. Lo demás vendrá como consecuencia lógica. El acto presidido por Ibarretxe es del todo insuficiente.
Pidió perdón a las víctimas del terrorismo y reconoció que esta disculpa llega tarde. La sociedad no ha estado la altura de las circunstancias por no haber sabido transmitir colectivamente el apoyo a las miles de personas que han surfrido la agresión de la violencia política.
Ibarretxe denunció que la violencia de ETA constituye "una fragrante traición a los valores más nobles de este pueblo y a los valores de la democracia". Ha habido demasiados silencios. Los de quienes han estado y están al lado de los que matan, se dan por supuestos. Ha habido silencios clamorosos de las instituciones vascas, de personas que tenían el deber moral de denunciar la violencia política, de los nacionalistas del PNV que callaron o que condenaron con la boca pequeña.
Estuvieron presentes víctimas del terrorismo de todas partes de España. De Galicia, Andalucía, Extremadura, País Vasco y Catalunya. Otras enviaron mensajes de adhesión al acto.
El Partido Popular del País Vasco y la izquierda abertzale no estaban. Tampoco había representación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo y Covite.
Ibarretxe quiso "solemnizar el reconocimiento de una deuda que queremos saldar de todo corazón", aunque "difícilmente servirá para restañar en su totalidad una heridas que tienen años de antigüedad".
Muchos españoles de todas las procedencias, de ideologías dispares, personalides importantes o policías anónimos, fueron sacrificados en nombre de una ideología nacionalista extrema. Casi mil personas han encontrado la muerte en estos cuarenta años de "lucha armada".
El dolor sufrido por tantos familiares de víctimas del terrorismo no se salda con una declaración institucional. Pero me parece un error el no acudir a este reconocimiento del error cometido desde la sociedad vasca.
La Asociación de Víctimas del Terrorismo y el Partido Popular que la ha utilizado en estos últimos años no han acudido. Entienden que era un acto para justificar un acuerdo definitivo de paz inspirado por el gobierno Zapatero.
Están en su derecho. Pero su actitud pone de relieve que lo importante no es acabar con esta lacra de la sociedad vasca y de la sociedad española sino en seguir utilizando el dolor y el desconsuelo de las víctimas para hacer campaña electoral.
La paz, si se consigue, no será consecuencia de la política de Zapatero, de la oposición de Rajoy, del gobierno vasco o de todos los intermediarios que se quiera. La paz y la convivencia llegarán si los terroristas piden perdón, si su brazo político condena la violencia, si se acepta el principio democrático de que con violencia no se puede hacer política.
Si todos los actores exhiben grandeza de ánimo, olvidan, perdonan y miran al futuro con respeto a todos. Paz, piedad, perdón, escribía Manuel Azaña en La Velada de Benicarló cuando la guerra para la causa republicana estaba ya perdida.
Pero que quede muy claro: los primeros en dar este paso son los terroristas y sus representantes políticos. Lo demás vendrá como consecuencia lógica. El acto presidido por Ibarretxe es del todo insuficiente.
viernes, abril 20, 2007
Tengo una pregunta para usted
Les parecerá extraño pero no he visto ni a Zapatero ni a Rajoy en el programa de éxito del momento. Tengo una pregunta para usted es seguido por millones de españoles. Cien ciudadanos interrogan a una figura pública que tiene que responder a las preguntas populares.
He leído las crónicas de los dos interrogatorios. Del primero me ha quedado que Zapatero no sabía a qué precio se sirve el café en los bares y tabernas del país. Del segundo leo que Rajoy no respondió a la pregunta sobre su sueldo.
No estoy en contra de estos interrogatorios. Pero me inclino por los debates, por las reflexiones tranquilas, por las respuestas pensadas. Si no me interesa alimentarme en las áreas de descanso de las autopistas o en los fast food de la esquina, tampoco me apetece observar como quienes defienden los intereses de todos den respuestas precipitadas a cuestiones del máximo interés general.
Ví sólo un programa de 59 segundos, otra invención del pensamiento rápido, en el que sólo se exige al preguntado un titular. No hay matices ni sutilezas. Se le pide un pelotazo, si puede destruir al adversario, mejor, una bolea que deje descolocado al personal.
Vivimos tiempos de simplificaciones, de frases hechas, de pensamiento expresado en un mensaje de móvil. Podemos llegar a saber muchas cosas pero ignorar lo que está pasando.
No me quejo. Es lo que hay y con ello hay que pechar. Pero prefiero los debates a los interrogatorios que tienen un aire de atestado de la guardia civil. Si perdemos el hábito de razonar, de marcar los claros y oscuros, de no limitarnos al blanco y negro, acabaremos todos gritando y llegaremos a las manos.
Ya sé que lo que digo es políticamente incorrecto. Pero detesto tanto la comida rápida como el pensamiento rápido. Un diputado de la República le decía a su oponente: usted ha leído muchos diarios, pero muy pocos libros. Pues eso.
He leído las crónicas de los dos interrogatorios. Del primero me ha quedado que Zapatero no sabía a qué precio se sirve el café en los bares y tabernas del país. Del segundo leo que Rajoy no respondió a la pregunta sobre su sueldo.
No estoy en contra de estos interrogatorios. Pero me inclino por los debates, por las reflexiones tranquilas, por las respuestas pensadas. Si no me interesa alimentarme en las áreas de descanso de las autopistas o en los fast food de la esquina, tampoco me apetece observar como quienes defienden los intereses de todos den respuestas precipitadas a cuestiones del máximo interés general.
Ví sólo un programa de 59 segundos, otra invención del pensamiento rápido, en el que sólo se exige al preguntado un titular. No hay matices ni sutilezas. Se le pide un pelotazo, si puede destruir al adversario, mejor, una bolea que deje descolocado al personal.
Vivimos tiempos de simplificaciones, de frases hechas, de pensamiento expresado en un mensaje de móvil. Podemos llegar a saber muchas cosas pero ignorar lo que está pasando.
No me quejo. Es lo que hay y con ello hay que pechar. Pero prefiero los debates a los interrogatorios que tienen un aire de atestado de la guardia civil. Si perdemos el hábito de razonar, de marcar los claros y oscuros, de no limitarnos al blanco y negro, acabaremos todos gritando y llegaremos a las manos.
Ya sé que lo que digo es políticamente incorrecto. Pero detesto tanto la comida rápida como el pensamiento rápido. Un diputado de la República le decía a su oponente: usted ha leído muchos diarios, pero muy pocos libros. Pues eso.
miércoles, abril 18, 2007
Detener la guadaña de la muerte en Iraq
Hay que detener la guadaña de la muerte que visita a diario Iraq. Es una cuestión humanitaria. No voy a repetir mi posición sobre esta guerra absurda ni tampoco de quién es la responsabilidad. Ya lo sabemos todos.
Se trata de impedir que las matanzas que sacuden Bagdad y otros enclaves del país puedan terminarse. La fuerza solo genera fuerza y la violencia crea más violencia.
En Iraq no hay orden ni seguridad. Para nadie. Ni siquiera para los más de 150.000 soldados que invadieron el país hace cuatro años. La mitad del gobierno ha dimitido por insistir en la retirada de las tropas extranjeras.
Se saltaron las reglas del derecho internacional y se confió exclusivamente en la fuerza. Fuerza bruta en muchos casos. El resultado es que ahora son los propios iraquíes quienes se matan entre ellos, se inmolan, destruyen todo lo que encuentran a su paso.
Es hora de utilizar la inteligencia y la diplomacia para terminar con las diarias matanzas. Recomiendo a la comunidad internacional y a los responsables de la Casa Blanca y del Pentágono a que relean a Homero, tanto la Ilíada como la Odisea, para que se den cuenta que el vencedor de la guerra de Troya fue Ulises.
No porque fuera más fuerte o más guerrero. Simplemente porque era más inteligente y consiguió terminar un conflicto que enfrentaba a troyanos y aqueos durante muchos años.
Es una vergüenza para la Humanidad lo que ocurre en Iraq. Y lo más penoso es que nadie, ni los suicidas fratricidas en Iraq, ni tampoco la administración Bush piensan cambiar su estrategia. Es una vergüenza para todos. Parece como si nos hubiéramos instalado en el nihilismo, en el desprecio a la vida, en la falta de respeto al otro. Una desgracia que puede generar nuevas catástrofes.
Se trata de impedir que las matanzas que sacuden Bagdad y otros enclaves del país puedan terminarse. La fuerza solo genera fuerza y la violencia crea más violencia.
En Iraq no hay orden ni seguridad. Para nadie. Ni siquiera para los más de 150.000 soldados que invadieron el país hace cuatro años. La mitad del gobierno ha dimitido por insistir en la retirada de las tropas extranjeras.
Se saltaron las reglas del derecho internacional y se confió exclusivamente en la fuerza. Fuerza bruta en muchos casos. El resultado es que ahora son los propios iraquíes quienes se matan entre ellos, se inmolan, destruyen todo lo que encuentran a su paso.
Es hora de utilizar la inteligencia y la diplomacia para terminar con las diarias matanzas. Recomiendo a la comunidad internacional y a los responsables de la Casa Blanca y del Pentágono a que relean a Homero, tanto la Ilíada como la Odisea, para que se den cuenta que el vencedor de la guerra de Troya fue Ulises.
No porque fuera más fuerte o más guerrero. Simplemente porque era más inteligente y consiguió terminar un conflicto que enfrentaba a troyanos y aqueos durante muchos años.
Es una vergüenza para la Humanidad lo que ocurre en Iraq. Y lo más penoso es que nadie, ni los suicidas fratricidas en Iraq, ni tampoco la administración Bush piensan cambiar su estrategia. Es una vergüenza para todos. Parece como si nos hubiéramos instalado en el nihilismo, en el desprecio a la vida, en la falta de respeto al otro. Una desgracia que puede generar nuevas catástrofes.
lunes, abril 16, 2007
El zar Vladimir Putin
La tradición tiene tanto peso en Rusia que Vladimir Putin no tiene intención de dejar que las urnas decidan libremente quién va a ser su sucesor en el Kremlin. Rusia es una gran potencia que ha condicionado la política internacional desde hace siglos. Es tan extensa, tiene tantos recursos, es tan alternativamente europea y asiática, que desde su amorfa pero activa pasividad marca el ritmo del mundo.
La consecuencia más espectacular del fin de la guerra fría no fue la caída del muro de Berlín ni tampoco la derrota del comunismo. Lo más inesperado fue la desmembración de la Unión Soviética que se tradujo en la primera retirada sustancial de las fronteras rusas desde tiempos de Iván el Terrible.
Rusia perdió las tres repúblicas bálticas, Georgia, Armenia, Kazastan, Ucrania, Bielorusia, Uzbekistán y unas cuantos territorios más de Asia Central que habían sido gradualmente conquistados en los últimos siglos. Perdió también su control político, militar y económico de los países de Europa central que hoy forman parte de la Unión Europea.
Pero a pesar de estas grandes amputaciones territoriales, el Kremlin sigue siendo un centro de poder que puede garantizar o condicionar la estabilidad política mundial. Los rusos no le perdonan a Gorbachev que pusiera en marcha un proceso de liberalización que acabaría empeñeciendo a la gran Rusia. Su sucesor, Boris Eltsin, fue el responsable de precipitar la índependencia y la soberanía a repúblicas que, como Ucrania, están históricamente ligadas al mismo nacimiento de Rusia.
Vladimir Putin ha recuperado la tradición autoritaria de los históricos dirigentes rusos, tanto en tiempos de la Unión Soviética como en la larga era de los zares. Rusia, a pesar de ser tan inmensa, tiene un estado frágil que está a merced de los instintos maquiavélicos de quienes han tenido o han estado cerca del poder en el Kremlin.
La policía ha desempeñado un papel central en la historia de un país en el que la autoridad ha debilitado o erradicado las libertades de los rusos. Tras las convulsiones sufridas en los últimos quince años, Putin se sitúa a sí mismo en la tradición de Pedro el Grande y Catalina la Grande, que convirtieron en una gran potencia un país gobernado por elites nobiliarias o ideológicas que se beneficiaban de la ignorancia y la pobreza de millones de campesinos que no tenían otra opción que comportarse como siervos.
La Rusia de Putin es formalmente una democracia de corte occidental pero no es otra cosa que una síntesis transitoria producida por el desmoronamiento de la compacta Unión Soviética y los efectos imparables de un mundo globalizado.
Putin ha debilitado las esperanzas democráticas de Rusia. Ha controlado la prensa, ha perseguido a los multimillonarios que como Mijail Khodorkovsky, el dueño de la compañía energética Yukos, se encuentran cumpliendo condenas en Siberia.
Con la experiencia de ex agente del KGB ha permitido eliminar adversarios, asesinatos de periodistas y laminación de una república como Chechenia que aspira a ser independiente de Rusia.
Hay multimillonarios rusos en Inglaterra, España, Francia, Estados Unidos y otros países occidentales. Hay algunos que son aliados de Putin pero la mayoría pretenden echarle del Kremlin, aunque sea violentamente, como declaró la semana pasada en The Guardian el ricachón Boris Berezovsky.
En el interior está la Otra Rusia, un movimiento que no ha podido celebrar protestas en Moscú y San Petersburgo, porque sus líderes, entre ellos el campeón de ajedrez, Gary Kasparov, fue detenido cuando se dirigía a una manifestación. Una democracia de corte occidental tardará mucho tiempo en instalarse en Rusia.
La consecuencia más espectacular del fin de la guerra fría no fue la caída del muro de Berlín ni tampoco la derrota del comunismo. Lo más inesperado fue la desmembración de la Unión Soviética que se tradujo en la primera retirada sustancial de las fronteras rusas desde tiempos de Iván el Terrible.
Rusia perdió las tres repúblicas bálticas, Georgia, Armenia, Kazastan, Ucrania, Bielorusia, Uzbekistán y unas cuantos territorios más de Asia Central que habían sido gradualmente conquistados en los últimos siglos. Perdió también su control político, militar y económico de los países de Europa central que hoy forman parte de la Unión Europea.
Pero a pesar de estas grandes amputaciones territoriales, el Kremlin sigue siendo un centro de poder que puede garantizar o condicionar la estabilidad política mundial. Los rusos no le perdonan a Gorbachev que pusiera en marcha un proceso de liberalización que acabaría empeñeciendo a la gran Rusia. Su sucesor, Boris Eltsin, fue el responsable de precipitar la índependencia y la soberanía a repúblicas que, como Ucrania, están históricamente ligadas al mismo nacimiento de Rusia.
Vladimir Putin ha recuperado la tradición autoritaria de los históricos dirigentes rusos, tanto en tiempos de la Unión Soviética como en la larga era de los zares. Rusia, a pesar de ser tan inmensa, tiene un estado frágil que está a merced de los instintos maquiavélicos de quienes han tenido o han estado cerca del poder en el Kremlin.
La policía ha desempeñado un papel central en la historia de un país en el que la autoridad ha debilitado o erradicado las libertades de los rusos. Tras las convulsiones sufridas en los últimos quince años, Putin se sitúa a sí mismo en la tradición de Pedro el Grande y Catalina la Grande, que convirtieron en una gran potencia un país gobernado por elites nobiliarias o ideológicas que se beneficiaban de la ignorancia y la pobreza de millones de campesinos que no tenían otra opción que comportarse como siervos.
La Rusia de Putin es formalmente una democracia de corte occidental pero no es otra cosa que una síntesis transitoria producida por el desmoronamiento de la compacta Unión Soviética y los efectos imparables de un mundo globalizado.
Putin ha debilitado las esperanzas democráticas de Rusia. Ha controlado la prensa, ha perseguido a los multimillonarios que como Mijail Khodorkovsky, el dueño de la compañía energética Yukos, se encuentran cumpliendo condenas en Siberia.
Con la experiencia de ex agente del KGB ha permitido eliminar adversarios, asesinatos de periodistas y laminación de una república como Chechenia que aspira a ser independiente de Rusia.
Hay multimillonarios rusos en Inglaterra, España, Francia, Estados Unidos y otros países occidentales. Hay algunos que son aliados de Putin pero la mayoría pretenden echarle del Kremlin, aunque sea violentamente, como declaró la semana pasada en The Guardian el ricachón Boris Berezovsky.
En el interior está la Otra Rusia, un movimiento que no ha podido celebrar protestas en Moscú y San Petersburgo, porque sus líderes, entre ellos el campeón de ajedrez, Gary Kasparov, fue detenido cuando se dirigía a una manifestación. Una democracia de corte occidental tardará mucho tiempo en instalarse en Rusia.
viernes, abril 13, 2007
Cae la estatua de Wolfowitz of Arabia
Paul Wolfowitz es todavía presidente del Banco Mundial. Acaba de admitir un error al recomendar a una amiga suya, Shaha Riza, para ser trasladada del Banco que él iba a presidir al Departamento de Estado. La recomendación era de tal nivel que la amiga de Wolfowitz tiene un sueldo superior al de la propia secretaria de Estado, Condoleezza Rice.
Wolfowitz admitió el error ante la Asamblea Anual del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional reunidos cada primavera en Washington. Hercules Poirot solía decir ante un delito no esclarecido aquello de "chercher la femme". Siempre encontraba el hilo del crimen. En la cultura americana hay que añadir también aquello de "follow the money". Wolfowitz ha sido cazado por los dos conceptos.
No es ni el primero ni el último de los personajes públicos cazados por irregularidades en cuestiones de dinero ni en favorecer a amigas o amigos. Lo interesante es que estos abusos del presidente del Banco Mundial serán conocidos hasta el último detalle.
Paul Wolfowitz se ha movido en las esferas del poder en Washington desde hace más de veinte años. Fue uno de los miembros más conspicuos del gabinete de guerra de Bush que eran conocidos en la capital americana como "los vulcanos".
Los "vulcanos" fueron los ideólogos y ejecutores de la guerra preventiva que llevó a Estados Unidos a protagonizar la invasión de Iraq. Donald Rumsfeld estaba en el Pentágono. Ha dimitido. Colin Powell era secretario de Estado. Ahora da conferencias por el mundo admitiendo el ridículo que hizo cuando presentó aquellas pruebas más falsas que Judas en las Naciones Unidas sobre las armas de destrucción masiva en Iraq.
Dick Cheney es vicepresidente pero ha perdido la autoridad política y moral a medida que los muertos, el terrorismo y las desvastaciones de la guerra siembran el pánico político en Washington. Richard Armitage actuaba de matón y se lo ha tragado los desastres de una guerra que ayudó a justificar. Condoleezza Rice era la más frágil de los "vulcanos", pero no menos importante, primero como consejera de Seguridad Nacional y ahora como secretaria de Estado.
Paul Wolfowitz es brillante y lúcido. Trabajó con Alexander Haig en los tiempos de Reagan y se convirtió en el cerebro ideológico de la guerra de Iraq. Fue uno de los que más supo convencer a Bush de la necesidad de invadir el país mesopotámico y derrocar al régimen de Saddam.
Su discurso mezclaba el petróleo, la geopolítica y el equilibrio de poderes en el Golfo Pérsico. Fue el más decidido abogado en justificar la invasión. Lo proclamaba en privado y en público hasta el punto que era conocido en los círculos políticos de Washington como Wolfowitz of Arabia.
Detrás de esta formidable carrera se escondía un hombre frágil, vulnerable, oscuro, que colocaba a una amiga en el Departamento de Estado porque no quería mezclar sus relaciones trabajando los dos en el Banco Mundial. La amiga Shaha Riza fue trasladada para servir a las órdenes de Condoleezza Rice, eso sí, con un sueldo más alto que su superiora jerárquica.
La estatura moral y ética del presidente del Banco Mundial ha caído del pedestal de forma tan estrepitosa como fue derribada la estatua de Saddam Hussein en Bagdad.
Wolfowitz admitió el error ante la Asamblea Anual del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional reunidos cada primavera en Washington. Hercules Poirot solía decir ante un delito no esclarecido aquello de "chercher la femme". Siempre encontraba el hilo del crimen. En la cultura americana hay que añadir también aquello de "follow the money". Wolfowitz ha sido cazado por los dos conceptos.
No es ni el primero ni el último de los personajes públicos cazados por irregularidades en cuestiones de dinero ni en favorecer a amigas o amigos. Lo interesante es que estos abusos del presidente del Banco Mundial serán conocidos hasta el último detalle.
Paul Wolfowitz se ha movido en las esferas del poder en Washington desde hace más de veinte años. Fue uno de los miembros más conspicuos del gabinete de guerra de Bush que eran conocidos en la capital americana como "los vulcanos".
Los "vulcanos" fueron los ideólogos y ejecutores de la guerra preventiva que llevó a Estados Unidos a protagonizar la invasión de Iraq. Donald Rumsfeld estaba en el Pentágono. Ha dimitido. Colin Powell era secretario de Estado. Ahora da conferencias por el mundo admitiendo el ridículo que hizo cuando presentó aquellas pruebas más falsas que Judas en las Naciones Unidas sobre las armas de destrucción masiva en Iraq.
Dick Cheney es vicepresidente pero ha perdido la autoridad política y moral a medida que los muertos, el terrorismo y las desvastaciones de la guerra siembran el pánico político en Washington. Richard Armitage actuaba de matón y se lo ha tragado los desastres de una guerra que ayudó a justificar. Condoleezza Rice era la más frágil de los "vulcanos", pero no menos importante, primero como consejera de Seguridad Nacional y ahora como secretaria de Estado.
Paul Wolfowitz es brillante y lúcido. Trabajó con Alexander Haig en los tiempos de Reagan y se convirtió en el cerebro ideológico de la guerra de Iraq. Fue uno de los que más supo convencer a Bush de la necesidad de invadir el país mesopotámico y derrocar al régimen de Saddam.
Su discurso mezclaba el petróleo, la geopolítica y el equilibrio de poderes en el Golfo Pérsico. Fue el más decidido abogado en justificar la invasión. Lo proclamaba en privado y en público hasta el punto que era conocido en los círculos políticos de Washington como Wolfowitz of Arabia.
Detrás de esta formidable carrera se escondía un hombre frágil, vulnerable, oscuro, que colocaba a una amiga en el Departamento de Estado porque no quería mezclar sus relaciones trabajando los dos en el Banco Mundial. La amiga Shaha Riza fue trasladada para servir a las órdenes de Condoleezza Rice, eso sí, con un sueldo más alto que su superiora jerárquica.
La estatura moral y ética del presidente del Banco Mundial ha caído del pedestal de forma tan estrepitosa como fue derribada la estatua de Saddam Hussein en Bagdad.
miércoles, abril 11, 2007
La bomba atómica de los débiles
Marruecos y Argelia viven bajo la amenaza de los terroristas suicidas que han golpeado esos dos importantes países del Magreb. Los ataques no iban dirigidos contra intereses o personas occidentales sino contra las propias instituciones marroquíes y argelinas.
La autoría la ha reivindicado Al Qaeda, una organización que no tiene sede conocida, supuestamente está dirigida por Bin Laden, con residencia ignorada. No dispone de arsenales nucleares, biológicos o químicos. Tampoco cuenta con divisiones y ni siquiera tiene un estado que la represente después de la caída del régimen talibán en Afganistán.
Al Qaeda es una idea asumida por personas desconocidas, ilocalizables, que distribuye un discurso de acción destructiva y difunde sus consignas escapando la vigilancia de las policías nacionales e internacionales. Reparte franquicias de su marca en muchas partes del mundo y actúa o ha actuado en Iraq, Indonesia, Estados Unidos, España, Gran Bretaña, Marruecos, Argelia y Arabia Saudí.
Puede hacer acto de presencia en cualquier parte del mundo con el arma más peligrosa y menos detectable: la vida de los propios terroristas. Si tu propia vida merece ser sacrificada, la lógica les lleva a que igualmente puede ser sacrificada la de los demás.
La facultad apocalíptica de pitar el final del partido se creía en la antigüedad que estaba en manos de los dioses, más tarde estuvo en manos de los grandes ejércitos invasores y en los tiempos de la guerra fría era un monopolio exclusivo de las grandes potencias que disponían de la bomba atómica.
La mutua disuasión, el rearme equilibrado entre los poderosos, evitaron un cataclismo mundial cuando la Unión Soviética y Estados Unidos podían apretar el botón rojo que habría destruido al adversario pero que comportaba también la autodestrucción con la respuesta inmediata del atacado. La crisis de los misiles de Cuba de 1962 se resolvió por el miedo compartido por Kennedy y Kruschev.
Esta facultad apocalíptica está ahora al alcance del gran público. No porque tengan armas, cohetes o bombas, sino porque disponen de muchas personas preparadas y dispuestas a inmolarse destruyendo todo lo que se les ponga por delante.
Con más armamento no se ganará esta guerra. Como dice el húngaro Imre Kertsész, premio Nobel de Literatura de 2002, se debería analizar la masa de resentimientos que impulsan a la inteligencia contemporánea a desdeñar y odiar a la razón.
La autoría la ha reivindicado Al Qaeda, una organización que no tiene sede conocida, supuestamente está dirigida por Bin Laden, con residencia ignorada. No dispone de arsenales nucleares, biológicos o químicos. Tampoco cuenta con divisiones y ni siquiera tiene un estado que la represente después de la caída del régimen talibán en Afganistán.
Al Qaeda es una idea asumida por personas desconocidas, ilocalizables, que distribuye un discurso de acción destructiva y difunde sus consignas escapando la vigilancia de las policías nacionales e internacionales. Reparte franquicias de su marca en muchas partes del mundo y actúa o ha actuado en Iraq, Indonesia, Estados Unidos, España, Gran Bretaña, Marruecos, Argelia y Arabia Saudí.
Puede hacer acto de presencia en cualquier parte del mundo con el arma más peligrosa y menos detectable: la vida de los propios terroristas. Si tu propia vida merece ser sacrificada, la lógica les lleva a que igualmente puede ser sacrificada la de los demás.
La facultad apocalíptica de pitar el final del partido se creía en la antigüedad que estaba en manos de los dioses, más tarde estuvo en manos de los grandes ejércitos invasores y en los tiempos de la guerra fría era un monopolio exclusivo de las grandes potencias que disponían de la bomba atómica.
La mutua disuasión, el rearme equilibrado entre los poderosos, evitaron un cataclismo mundial cuando la Unión Soviética y Estados Unidos podían apretar el botón rojo que habría destruido al adversario pero que comportaba también la autodestrucción con la respuesta inmediata del atacado. La crisis de los misiles de Cuba de 1962 se resolvió por el miedo compartido por Kennedy y Kruschev.
Esta facultad apocalíptica está ahora al alcance del gran público. No porque tengan armas, cohetes o bombas, sino porque disponen de muchas personas preparadas y dispuestas a inmolarse destruyendo todo lo que se les ponga por delante.
Con más armamento no se ganará esta guerra. Como dice el húngaro Imre Kertsész, premio Nobel de Literatura de 2002, se debería analizar la masa de resentimientos que impulsan a la inteligencia contemporánea a desdeñar y odiar a la razón.
martes, abril 10, 2007
Rutas homéricas y las Termópilas
Leo la enésima pugna académica sobre la localización de los lugares homéricos. En los dos últimos siglos de exavaciones en las orillas del Mar Egeo no se ha llegado a determinar exactamente dónde estaba Troya. Hay varias hipótesis. Lo sabemos todo de la Ilíada y de la Odisea, aquellos diez años del divertido retorno de Ulises a Itaca después de haber puesto su inteligencia al servicio de la victoria aquea contra los troyanos. Tampoco conocemos donde estaba Itaca.
La última hipótesis pasaría por los efectos de un terremoto post homérico que uniría lo que era la isla de Poliki con la de Kefalonia. En ese caso Itaca estaría localizada. Pero no importa tanto. La verdad sobre Troya, Ulises, Héctor, Helena, Penélope, Aquiles y todos los personajes, paisajes, batallas, muertes y traiciones está en las dos inmortales obras de Homero.
Acababa de leer en “The Economist” una breve información sobre las nuevas pesquisas homéricas, cuando fui a ver la película 300 de Zack Snynder que se basa en el cómic de Frank Miller sobre la batalla de las Termópilas y que está teniendo un aceptable éxito en la actual cartelera.
Troya se sitúa en el tiempo a más de treinta siglos de nosotros. Las Termópilas acontecieron hace unos veinticinco siglos y marcaron una nueva línea divisoria entre Grecia y Persia, Occidente y Oriente. Lo más fiable de la batalla de las Termópilas lo encontramos en el volumen VII de la obra de Heródoto.
Mucho antes de que se estrenara la película de Snyder fue denunciada por el gobierno de Teherán como una guerra sicológica de Estados Unidos contra Irán. Desde Hollywood se interpretó también que la resistencia heroica de 300 espartanos, no todos ni los que fueran hijos únicos, al frente del rey Leónidas podían ser una metáfora de la catastrófica invasión de Iraq en nombre de la civilización occidental y en contra de la barbarie.
Me temo que ni lo uno ni lo otro. El relato épico de las dimensiones que aparecen en pantalla son digitales, desde los paisajes, las batallas, los ejércitos, las lanzas que cubren el sol, los escenarios del desfiladero de las Termópilas, incluso las figuras del rey Leónidas y el rey Jerjes parecen fabricados en un ordenador.
El rigor histórico es despreciado por el director de la película que se inspira en el célebre cómic de Frank Miller que se siguió muy por encima el relato de Heródoto. Es un film propagandístico que puede ser utilizado igualmente por los dos mundos que libran una batalla política, ideológica y económica en las tierras mesopotámicas, en Afganistán y quizás Irán.
Pero los dos argumentos tienen trampa. Los persas del Jerjes no son los iraníes del presidente Ahmadinejad que no dispone de cientos de miles de soldados sino de las posibilidad de obtener uranio enriquecido y, eventualmente, producir la bomba nuclear. Irán no llega al Mediterráneo y tendría que conquistar Siria, Iraq y Turquía para batirse con los griegos de hoy, de hecho, con la UE cuyas fronteras llegan al Mar Egeo.
Pero tampoco los occidentales son los espartanos de Leónidas. Fueron a la guerra los más preparados, los más austeros, los más patriotas para defender con sus vidas la libertad de Esparta ante el miedo y cobardía de los atenienses. Muchos occidentales desplegados en Oriente ni siquiera son nacionales de las banderas que defienden. Luchan por una causa porque no tienen nada más importante que hacer. La historia es sobre lo que ha pasado y no sobre lo que se pretende que ocurra.
La última hipótesis pasaría por los efectos de un terremoto post homérico que uniría lo que era la isla de Poliki con la de Kefalonia. En ese caso Itaca estaría localizada. Pero no importa tanto. La verdad sobre Troya, Ulises, Héctor, Helena, Penélope, Aquiles y todos los personajes, paisajes, batallas, muertes y traiciones está en las dos inmortales obras de Homero.
Acababa de leer en “The Economist” una breve información sobre las nuevas pesquisas homéricas, cuando fui a ver la película 300 de Zack Snynder que se basa en el cómic de Frank Miller sobre la batalla de las Termópilas y que está teniendo un aceptable éxito en la actual cartelera.
Troya se sitúa en el tiempo a más de treinta siglos de nosotros. Las Termópilas acontecieron hace unos veinticinco siglos y marcaron una nueva línea divisoria entre Grecia y Persia, Occidente y Oriente. Lo más fiable de la batalla de las Termópilas lo encontramos en el volumen VII de la obra de Heródoto.
Mucho antes de que se estrenara la película de Snyder fue denunciada por el gobierno de Teherán como una guerra sicológica de Estados Unidos contra Irán. Desde Hollywood se interpretó también que la resistencia heroica de 300 espartanos, no todos ni los que fueran hijos únicos, al frente del rey Leónidas podían ser una metáfora de la catastrófica invasión de Iraq en nombre de la civilización occidental y en contra de la barbarie.
Me temo que ni lo uno ni lo otro. El relato épico de las dimensiones que aparecen en pantalla son digitales, desde los paisajes, las batallas, los ejércitos, las lanzas que cubren el sol, los escenarios del desfiladero de las Termópilas, incluso las figuras del rey Leónidas y el rey Jerjes parecen fabricados en un ordenador.
El rigor histórico es despreciado por el director de la película que se inspira en el célebre cómic de Frank Miller que se siguió muy por encima el relato de Heródoto. Es un film propagandístico que puede ser utilizado igualmente por los dos mundos que libran una batalla política, ideológica y económica en las tierras mesopotámicas, en Afganistán y quizás Irán.
Pero los dos argumentos tienen trampa. Los persas del Jerjes no son los iraníes del presidente Ahmadinejad que no dispone de cientos de miles de soldados sino de las posibilidad de obtener uranio enriquecido y, eventualmente, producir la bomba nuclear. Irán no llega al Mediterráneo y tendría que conquistar Siria, Iraq y Turquía para batirse con los griegos de hoy, de hecho, con la UE cuyas fronteras llegan al Mar Egeo.
Pero tampoco los occidentales son los espartanos de Leónidas. Fueron a la guerra los más preparados, los más austeros, los más patriotas para defender con sus vidas la libertad de Esparta ante el miedo y cobardía de los atenienses. Muchos occidentales desplegados en Oriente ni siquiera son nacionales de las banderas que defienden. Luchan por una causa porque no tienen nada más importante que hacer. La historia es sobre lo que ha pasado y no sobre lo que se pretende que ocurra.
domingo, abril 08, 2007
Sobre la verdad y la mentira
Harry Frankfurt analiza en su breve tratado sobre la verdad algunas consideraciones que merecen una reflexión. Por su obviedad y por su utilidad. Dice el ensayista que "vivimos una época en la cual, por extraño que parezca, muchos individuos bastante cultivados consideran que la verdad no merece ningún respeto especial".
Los posmodernos nos dicen que el derecho a conocer la verdad carece de fundamento, simplemente, todo depende de cómo se miren las cosas.
Partiendo de esta consideración es posible convivir con verdades relativas, subjetivadas, cambiantes. La objetividad es imposible de forma absoluta. Nada es del todo puro, ni siquiera el alcohol lo es al cien por cien.
Pero hay unos mínimos que tenemos que respetar. Por ejemplo, la República no ganó la guerra civil y Franco no era un demócrata. Hay una dimensión de la realidad que ni siquiera la más enérgica comprensión de la subjetividad puede vulnerar.
"Este es el espíritu de la famosa respuesta de Georges Clemenceau cuando le pidieron que especulase sobre qué dirían los futuros historiadores sobre la Primera Guerra Mundial: desde luego, no dirán que Bélgica invadió Alemania".
Frankfurt afirma que "las civilizaciones nunca han podid0 prosperar, ni podrán hacerlo, sin cantidades ingentes de información fiable sobre los hechos. Tampoco pueden florecer si están acosadas por las problemáticas infecciones de creencias erróneas". Sobre una verdad a medias o sobre una mentira no se construye nada.
Repito conceptos que, por obvios, no podemos ignorar. Nuestro éxito o fracaso en cualquier cosa que emprendamos, y por tanto en la vida en general, depende de si nos guiamos por la verdad o de si avanzamos en la ignorancia o basándonos en la falsedad.
Recoge Frankfurt algunas reflexiones de filósofos anteriores sobre la mentira y la verdad. Kant, por ejemplo, decía que "una mentira siempre perjudica a otro; si no a un hombre en concreto, perjudica a la humanidad en general". Y Montaigne precisaba que "al realizarse nuestro entendimiento únicamente por la palabra, aquel que la falsea traiciona la relación pública".
San Juan afirmaba algo más simple y radical: la verdad os hará libres. No se puede sostener la convivencia ni tampoco la democracia sino parte de verdades universalmente compartidas.
Vivimos en una sociedad que la soporta todo. Pero no es aconsejable zambullirse en el río de la charlatanería, la tergiversación y el engaño. Hay que huir de la propaganda, especialmente la de la de los nuestros. La verdad es práctica, desprecia las conspiraciones, resiste la luz del día y no se esconde en las tinieblas.
Se encuentra a gusto en el sentido común, en la comprensión del otro, en el respeto a los demás, en pedir disculpas cuando se advirte que se ha penetrado en el error.
No es fácil conocer la verdad, toda la verdad, Nadie la puede apreender. Pero no es pertinente descartar verdades que se nos aparecen como evidentes. Es poco racional, surrealista, entrar en el absurdo.
Los posmodernos nos dicen que el derecho a conocer la verdad carece de fundamento, simplemente, todo depende de cómo se miren las cosas.
Partiendo de esta consideración es posible convivir con verdades relativas, subjetivadas, cambiantes. La objetividad es imposible de forma absoluta. Nada es del todo puro, ni siquiera el alcohol lo es al cien por cien.
Pero hay unos mínimos que tenemos que respetar. Por ejemplo, la República no ganó la guerra civil y Franco no era un demócrata. Hay una dimensión de la realidad que ni siquiera la más enérgica comprensión de la subjetividad puede vulnerar.
"Este es el espíritu de la famosa respuesta de Georges Clemenceau cuando le pidieron que especulase sobre qué dirían los futuros historiadores sobre la Primera Guerra Mundial: desde luego, no dirán que Bélgica invadió Alemania".
Frankfurt afirma que "las civilizaciones nunca han podid0 prosperar, ni podrán hacerlo, sin cantidades ingentes de información fiable sobre los hechos. Tampoco pueden florecer si están acosadas por las problemáticas infecciones de creencias erróneas". Sobre una verdad a medias o sobre una mentira no se construye nada.
Repito conceptos que, por obvios, no podemos ignorar. Nuestro éxito o fracaso en cualquier cosa que emprendamos, y por tanto en la vida en general, depende de si nos guiamos por la verdad o de si avanzamos en la ignorancia o basándonos en la falsedad.
Recoge Frankfurt algunas reflexiones de filósofos anteriores sobre la mentira y la verdad. Kant, por ejemplo, decía que "una mentira siempre perjudica a otro; si no a un hombre en concreto, perjudica a la humanidad en general". Y Montaigne precisaba que "al realizarse nuestro entendimiento únicamente por la palabra, aquel que la falsea traiciona la relación pública".
San Juan afirmaba algo más simple y radical: la verdad os hará libres. No se puede sostener la convivencia ni tampoco la democracia sino parte de verdades universalmente compartidas.
Vivimos en una sociedad que la soporta todo. Pero no es aconsejable zambullirse en el río de la charlatanería, la tergiversación y el engaño. Hay que huir de la propaganda, especialmente la de la de los nuestros. La verdad es práctica, desprecia las conspiraciones, resiste la luz del día y no se esconde en las tinieblas.
Se encuentra a gusto en el sentido común, en la comprensión del otro, en el respeto a los demás, en pedir disculpas cuando se advirte que se ha penetrado en el error.
No es fácil conocer la verdad, toda la verdad, Nadie la puede apreender. Pero no es pertinente descartar verdades que se nos aparecen como evidentes. Es poco racional, surrealista, entrar en el absurdo.
miércoles, abril 04, 2007
Lecturas con horas por delante
La vida de Samuel Johnson la leí hace muchos años para matar las tardes invernales londinenses. Jaume Vallcorba, un editor que no repara en riesgos y que apuesta por la calidad tanto en catalán como en castellano, me hace llegar una espléndida traducción del libro de James Boswell sobre la vida de Samuel Johnson.
No se asusten ante el volumen de 1989 páginas, publicadas por primera vez en el último año del siglo XVIII, seguramente el que más ideas interesantes ha aportado a la civilización moderna occidental. Los ingleses se jactan de disponer de la mejor biografía escrita jamás. Harold Bloom lo sitúa entre los grandes de su Canon Occidental, al lado de Shakespeare, Cervantes, Montaigne, Proust, Goethe y Dante.
Voy a dedicarle unas horas de este largo fin de semana pascual. Les invito a que se atrevan a empezarlo, no tengan miedo, con la seguridad de que no van a abandonarlo en los próximos meses hasta apurar la última de sus páginas. Es un libro prodigioso que conviene saborearlo sin prisas para comprobar que no ha envejecido y es tan fresco como el periódico de esta mañana.
Otro ejemplar que voy a continuar leyendo es la historia de España del siglo XIX de Josep Fontana y Ramón Villares. Es el volumen VI de la ambiciosa historia de España editada por Crítica. Abarca desde 1808 a 1874 y arroja nuevas luces sobre un convulso periodo que hace más entendedoras las erráticas situaciones de nuestra historia, nuestras desgracias y nuestras obsesiones.
Mientras en Europa arrancaba la Revolución Industrial, Italia y Alemania se unificaban y Francia intentaba tranquilizarse tras la Revolución y las guerras napoleónicas, en España se intentaba constituir un régimen liberal, tantas veces truncado por los espadones providenciales, por tres guerras carlistas, por la expulsión o importación de monarcas que unas veces prometían las libertades y otras las suprimían drásticamente. Tampoco faltó una efímera y romántica república que acabó llamando nuevamente a un Borbón, Alfonso XII, que inauguraba la Restauración después de tanto cainismo nacional.
Intento también leer el pequeño volumen de Harry Frankfurt, “Sobre la verdad” (Paidós) que está batiendo récords de ventas en Estados Unidos. Ya sé que el relativismo ambiental no acepta verdades. Pero alguna hay, aunque sólo sea para no perder la carta de navegación.
No se asusten ante el volumen de 1989 páginas, publicadas por primera vez en el último año del siglo XVIII, seguramente el que más ideas interesantes ha aportado a la civilización moderna occidental. Los ingleses se jactan de disponer de la mejor biografía escrita jamás. Harold Bloom lo sitúa entre los grandes de su Canon Occidental, al lado de Shakespeare, Cervantes, Montaigne, Proust, Goethe y Dante.
Voy a dedicarle unas horas de este largo fin de semana pascual. Les invito a que se atrevan a empezarlo, no tengan miedo, con la seguridad de que no van a abandonarlo en los próximos meses hasta apurar la última de sus páginas. Es un libro prodigioso que conviene saborearlo sin prisas para comprobar que no ha envejecido y es tan fresco como el periódico de esta mañana.
Otro ejemplar que voy a continuar leyendo es la historia de España del siglo XIX de Josep Fontana y Ramón Villares. Es el volumen VI de la ambiciosa historia de España editada por Crítica. Abarca desde 1808 a 1874 y arroja nuevas luces sobre un convulso periodo que hace más entendedoras las erráticas situaciones de nuestra historia, nuestras desgracias y nuestras obsesiones.
Mientras en Europa arrancaba la Revolución Industrial, Italia y Alemania se unificaban y Francia intentaba tranquilizarse tras la Revolución y las guerras napoleónicas, en España se intentaba constituir un régimen liberal, tantas veces truncado por los espadones providenciales, por tres guerras carlistas, por la expulsión o importación de monarcas que unas veces prometían las libertades y otras las suprimían drásticamente. Tampoco faltó una efímera y romántica república que acabó llamando nuevamente a un Borbón, Alfonso XII, que inauguraba la Restauración después de tanto cainismo nacional.
Intento también leer el pequeño volumen de Harry Frankfurt, “Sobre la verdad” (Paidós) que está batiendo récords de ventas en Estados Unidos. Ya sé que el relativismo ambiental no acepta verdades. Pero alguna hay, aunque sólo sea para no perder la carta de navegación.
lunes, abril 02, 2007
Quebec ha dejado de ser un modelo
Podríamos ser el país más denso en especialistas sobre Quebec. Políticos nacionalistas, periodistas, empresarios y académicos de varias universidades catalanas han viajado a Quebec para encontrar una referencia sobre cómo conseguir la independencia de Catalunya pacífica y democráticamente.
Desde hace muchos años, Catalunya ha buscado un modelo. Recuerdo los que Jordi Pujol ha invocado incluso antes de convertirse en el líder democrático que más tiempo ha gobernado el país. Las hemerotecas, tan incómodas para los políticos y para los periodistas, dan cuenta que el ex president se habría sentido cómodo con el federalismo de la antigua Yugoslavia, con el modelo socialdemócrata de Suecia y con la opción independentista de Lituania, aunque, añadía, que ni Catalunya es Lituania ni España la Unión Soviética.
El 26 de marzo se celebraron elecciones en Quebec y no he visto análisis pormenorizados en nuestra prensa. Eusebi Val publicó en La Vanguardia una buena crónica informativa desde Washington.
Se podría decir que no pasó nada ya que el partido Liberal de Jean Charest sigue gobernando aunque presida el primer gabinete minoritario quebequés desde 1878.
Pero sí que pasó. El Parti Quebecois, socialdemócrata e independentista, pasó a ser la tercera fuerza política y es muy difícil que vuelva a ser una alternativa de gobierno en un futuro a medio plazo. Su líder, André Boisclair, prometía un nuevo referéndum de independencia, después de los dos celebrados en el pasado. El último, en 1995, la opción por la independencia perdió por unos millares de votos.
El Parti Quebecois se fortaleció en los años sesenta, después de aquella visita del general De Gaulle cuando pronunció la célebre frase de “Vive le Quebec libre”. Su líder no ha dimitido prometiendo reconsiderar algunas de sus posiciones aunque el partido puede tener otros planes e invitarle a que se vaya antes que debatir nuevamente sobre la independencia.
La sorpresa ha sido la irrupción en el segundo puesto del parlamento quebequés de la Action Démocratique du Quebec (ADQ) que ha pasado de tener 5 escaños a 41. La aparición del partido liderado por Mario Dumont ha convertido un sistema históricamente bipartito en tripartito. Dumont será el líder de la oposición con un programa conservador y moderadamente nacionalista.
Nadie había previsto hace un año que este partido marginal, ni federalista ni independista, se situara a 7 escaños del Partido Liberal. Curiosamente, el partido de Dumont pide una autonomía que define como una permanencia pactada en Canadá, con muchos más poderes y mejor financiación.
En definitiva, propone situar en segundo término las relaciones entre Quebec y Canadá y, mientras tanto, dedicarse a los intereses que preocupan a los quebequeses de todas las procedencias y filiaciones.
Los reproches que recibió Dumont en la campaña electoral fueron durísimos, tanto por parte de los liberales como de los independentistas. Quizás por ello, por el descrédito de los políticos clásicos en las democracias occidentales, consiguió tan inesperados resultados. El fenómeno Bayrou en Francia es muy interesante. Las democracias no cambian. Lo que cambia son las formas de gestionarla y la calidad humana y el espíritu de servicio de sus líderes.
Hemos dejado de hablar de Quebec. Ahora toca viajar a Escocia donde los independentistas del SNP pueden obtener un gran resultado en las elecciones de mayo.
Desde hace muchos años, Catalunya ha buscado un modelo. Recuerdo los que Jordi Pujol ha invocado incluso antes de convertirse en el líder democrático que más tiempo ha gobernado el país. Las hemerotecas, tan incómodas para los políticos y para los periodistas, dan cuenta que el ex president se habría sentido cómodo con el federalismo de la antigua Yugoslavia, con el modelo socialdemócrata de Suecia y con la opción independentista de Lituania, aunque, añadía, que ni Catalunya es Lituania ni España la Unión Soviética.
El 26 de marzo se celebraron elecciones en Quebec y no he visto análisis pormenorizados en nuestra prensa. Eusebi Val publicó en La Vanguardia una buena crónica informativa desde Washington.
Se podría decir que no pasó nada ya que el partido Liberal de Jean Charest sigue gobernando aunque presida el primer gabinete minoritario quebequés desde 1878.
Pero sí que pasó. El Parti Quebecois, socialdemócrata e independentista, pasó a ser la tercera fuerza política y es muy difícil que vuelva a ser una alternativa de gobierno en un futuro a medio plazo. Su líder, André Boisclair, prometía un nuevo referéndum de independencia, después de los dos celebrados en el pasado. El último, en 1995, la opción por la independencia perdió por unos millares de votos.
El Parti Quebecois se fortaleció en los años sesenta, después de aquella visita del general De Gaulle cuando pronunció la célebre frase de “Vive le Quebec libre”. Su líder no ha dimitido prometiendo reconsiderar algunas de sus posiciones aunque el partido puede tener otros planes e invitarle a que se vaya antes que debatir nuevamente sobre la independencia.
La sorpresa ha sido la irrupción en el segundo puesto del parlamento quebequés de la Action Démocratique du Quebec (ADQ) que ha pasado de tener 5 escaños a 41. La aparición del partido liderado por Mario Dumont ha convertido un sistema históricamente bipartito en tripartito. Dumont será el líder de la oposición con un programa conservador y moderadamente nacionalista.
Nadie había previsto hace un año que este partido marginal, ni federalista ni independista, se situara a 7 escaños del Partido Liberal. Curiosamente, el partido de Dumont pide una autonomía que define como una permanencia pactada en Canadá, con muchos más poderes y mejor financiación.
En definitiva, propone situar en segundo término las relaciones entre Quebec y Canadá y, mientras tanto, dedicarse a los intereses que preocupan a los quebequeses de todas las procedencias y filiaciones.
Los reproches que recibió Dumont en la campaña electoral fueron durísimos, tanto por parte de los liberales como de los independentistas. Quizás por ello, por el descrédito de los políticos clásicos en las democracias occidentales, consiguió tan inesperados resultados. El fenómeno Bayrou en Francia es muy interesante. Las democracias no cambian. Lo que cambia son las formas de gestionarla y la calidad humana y el espíritu de servicio de sus líderes.
Hemos dejado de hablar de Quebec. Ahora toca viajar a Escocia donde los independentistas del SNP pueden obtener un gran resultado en las elecciones de mayo.
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