Afganistán es tan peligroso como Iraq
El hecho que la presencia militar occidental en Afganistán esté sancionada por el derecho internacional, por las Naciones Unidas, con tropas de muchos países de la OTAN, no equivale a pensar que se va a ganar la batalla final que no es otra que la normalización del país bajo los parámetros democráticos.
Todas las alternativas para salir del caos de Iraq son negativas para Estados Unidos, Gran Bretaña y para los atribulados iraquíes. Fue una invasión basada sobre una gran mentira y no cabe esperar ningún alivio después de cientos de miles de víctimas.
Pero la salida de Afganistán no va a ser fácil. La historia nos indica que los británicos perdieron tres guerras en aquellas tierras de Asia Central en el siglo XIX, fue en Afganistán donde se estrelló el que parecía imbatible ejército soviético y ahora las tropas de la OTAN empiezan a darse cuenta que la pacificación del país va a costar muchas víctimas.
El problema es que hay demasiadas tropas occidentales en Oriente Medio, demasiados intereses económicos en juego, grandes empresas multinacionales que obtienen sus recursos de la zona, mucha fuerza y poca diplomacia, poca política, poca comprensión de la historia y de la cultura de la región.
Utilizando el lenguaje de Joseph Nye, Estados Unidos y Occidente tienen que recuperar el poder blando y almacenar el poder duro. Con la fuerza no se va a dominar a países que han acumulado aversión y odio a Occidente.
Carter perdió las elecciones de 1980 a causa de la frustrada operación para rescatar a sus diplomáticos de Teherán. Bush admite que no sabe cómo salir del conflicto. Blair está muy debilitado a causa de la guerra. Aznar todavía no admite que ha sido un error.
En aquellos territorios se han perdido muchas elecciones en los países democráticos. Cuando no se ganan las guerras en el campo de batalla, las urnas pasan factura.
La política es pedagogía y no confusión
Si la política es pedagogía, como decía Rafael Campalans y citaba con frecuencia Jordi Pujol, ayer no se dio una clase magistral en el Parlament de Catalunya. Seguí el debate sobre el despliegue del nuevo Estatut hasta bien entrada la tarde y confieso que perdí el hilo en varias ocasiones.
El pleno lo solicitó Artur Mas que fue uno de los principales artífices del pacto entre el gobierno Zapatero y las fuerzas políticas catalanas que, con la excepción del PP, hicieron posible que el texto fuera aprobado por el Congreso después de unas cuantas limaduras de garlopa, según ingeniosa expresión de Alfonso Guerra.
El Estatut se encuentra recurrido ante el Tribunal Constitucional por el Partido Popular, por el Defensor del Pueblo y por cinco autonomías controladas por el partido de Mariano Rajoy. El hecho que el magistrado Pérez Tremps fuera recusado y la sentencia del Constitucional pueda obedecer a una mayoría de jueces conservadores, desfavorables al Estatut, ha suscitado una serie de discursos preventivos que se mueven en hipótesis de futuro.
El debate, básicamente, se centró en lo que pueda pasar en el Constitucional, una actitud que es propia de la literatura y otras artes pero no se acostumbra a practicar en política.
Fue un debate en el que cada grupo repitió su discurso en clave de gobierno o de oposición. Normal. Pero ya sabíamos todo lo que nos contaron a lo largo de toda la jornada.
La novedad fue el rifirafe entre CiU y ERC sobre quien es más soberanista, más nacionalista o más independentista. Otra novedad es la distinción que la formación de Carod Rovira ha puesto en marcha al introducir la divergencia entre el discurso de los miembros de un gobierno y el partido al que pertenecen, en una cuestión que no es precisamente menor. ¿Quién manda en ERC? Sería interesante saberlo.
El ambiente está ya lo suficientemente enrarecido en España para introducir desde Catalunya una amenaza preventiva sobre una futura decisión del Tribunal Constitucional. En tiempos de Pujol y también de Maragall, la voz política mayoritaria de los catalanes que llegaba a Madrid aportaba pragmatismo o proyectos. Con todas sus variedades, sus fragilidades y sus contradicciones.
El mensaje que me pareció interpretar tras seguir el debate fue de un temor de fondo, como el del equipo resignado a bajar a segunda división. No es la pedagogía que el país espera y necesita. Cuando llegue el momento ya se responderá. Pero no antes. El Partido Popular se manifiesta preventivamente. Esquerra presentando una propuesta aun sabiendo que es inviable.
Es legítimo pero no es realista. El país tiene otras prioridades que saber quién es más soberanista.
La autoridad en Esquerra Republicana
En todos los partidos hay corrientes que reflejan las distintas sensibilidades de los afiliados. Ocurre en la derecha y en la izquierda. En todas las democracias. También en Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) hay corrientes que difieren en el fondo y las formas.
Pero la experiencia política demuestra que las corrientes son compatibles con un cierto sentido de jerárquico. Hay una corriente que es la que tiene la autoridad para tomar las decisiones importantes.
Lo novedoso en el caso de Xavier Vendrell y Joan Ridao (ERC) es que puedan llevar al Parlamento una propuesta sin que se conozca si el presidente del partido, Carod Rovira, o el conseller Joan Puigcercós, están de acuerdo.
Vamos a esperar y ver qué ocurre. Pero las aguas plácidas sobre las que navegaba el tripartito presidido por José Montilla se han agitado inopinadamente a los cuatro meses de haber formulado un pacto de gobierno.
La pregunta es muy simple: ¿quién manda en Esquerra Republicana? ¿Por qué se toma una decisión de esta envergadura sin una cierta unanimidad?
Si mis recuerdos son correctos ya se votó en una ocasión sobre el derecho de autodeterminación de Catalunya. Ocurrió en el Parlament. Y no pasó nada. Mi posición personal es que si se propone un referéndum sobre la autodeterminación de Catalunya que se celebre cuanto antes y nos dejen de marear. No hay una mayoría social que la reclame. Para demostrar quién es más nacionalista hay que hacerlo con más seriedad.
La política no es un juego de ocurrencias ni de niños. Es algo muy serio que afecta directamente a la vida ordinaria de las gentes. Hay que estar a la altura en cada momento. Cuando se está en el gobierno y cuando se vive precariamente en la oposición.
Europa supera la crisis de los cincuenta
Europa está inacabada, es imperfecta, tiene agujeros por los que se pueden colar ríos de odios, de incomprensiones, de guerras tan cíclicas como las generaciones.
Pero esta Europa que se ha reunido en Berlín para celebrar el 50 aniversario de su nacimiento es un éxito sin precedentes. Un éxito que no nos acabamos de creer porque sabemos de lo que somos capaces.
Veintisiete jefes de estado y de gobierno celebraron en la capital en la que se han gestado las tres grandes guerras europeas de los últimos 137 años , la francogermánica de 1870, la Gran Guerra de 1914 y la última hecatombe mundial de 1939. Berlín ha sido esta noche una gran fiesta.
Pueden ocurrir muchas cosas en los próximos años. Pero no se ve por ninguna parte el horizonte de una guerra entre los estados miembros de la Unión. El ex canciller Kohl, al que Europa habrá que hacerle algún día un reconocimiento colectivo, dijo en Lovaina al poco de caer el muro de Berlín que su apuesta por Europa se basaba principalmente en evitar las guerras intraeuropeas en el siglo XXI. No puedo estar más de acuerdo.
Federico el Grande de Prusia, un rey militarista que mantenía correspondencia y se trataba con los hombres de la Ilustración le escribió en una ocasión a Voltaire que “se sorprenderá usted conocer que hay una guerra en Europa en la cual yo no participo”. Voltaire le había echado en cara que “Alemania es para los soldados y los caballos... necesarios solamente para la marcha”.
Berlín es una capital que no da miedo. Londres no tiene ya fuerzas para encizañar las pugnas entre los estados continentales para beneficio propio. París es una ciudad turística en la que los franceses se dedican a debatir si el próximo presidente será Sarkozy, Ségolène Royal o François Bayrou. Roma vive la crisis acostumbrada, los escandinavos están ahí arriba, un poco a lo suyo, los polacos parecen no querer entender dónde están y los españoles nos dedicamos a nuestras habituales trifulcas.
Europa es convivencia, libertad de pensamiento, de movimiento y una segunda identidad para casi quinientos millones de personas. La Europa que tenemos hoy fue un sueño napoleónico de dominio francés, una fantasía de Víctor Hugo o una ambición semifrustrada y relativamente corta de Stalin.
Era una Europa concebida desde arriba, desde el poder hegemónico del momento, en definitiva, desde la fuerza y no desde el contrato mutuo, el realismo, el derecho, la aceptación de las diferencias, el asumir unas reglas de juego basadas en el sentido común y aceptadas por todos los socios.
Medio siglo antes de la unificación alemana, Goethe ambicionaba que “mi baúl de viaje pueda pasar por los treinta y seis estados del Reich sin ser abierto”. No sospechaba que así sería en toda Europa. El libre tránsito de personas, sin que a uno le pregunten de dónde viene ni adónde va, también es Europa. Es la Europa, según Steiner, de los cafés, de las calles con nombres de estadistas, científicos, artistas, escritores, del paisaje que se puede recorrer a escala humana, de las conversaciones, del miedo a un pasado tenebroso.
Jorge Semprún, ex comunista que pasó por un campo de oncentración nazi y acabó siendo ministro de Felipe González, dijo hace poco que “esta Europa no fue un invento de las izquierdas, sino de los grupos democristianos, que convirtieron Alemania y Francia en el gran motor de un proyecto supranacional que hizo de la democracia uno de sus pilares esenciales”. Sin la socialdemocracia este proyecto no habría avanzado.
La Unión Europea tiene un gran poder de persuasión que consiste en exigir a los demás que acaten las mismas normas que tienen que cumplir sus miembros. Es un espacio de convivencia y de protección de minorías. Por eso ha podido superar todas sus crisis.
Berlín, al medio siglo del Tratado de Roma, ha sido hoy una nueva esperanza de futuro.
Un periodista a cambio de cinco talibanes
Hay guerra en Afganistán. Hay terrorismo. Un gobierno débil controla Kabul mientras los señores de la guerra siguen dominando el país de Asia Central. Sospecho que las tropas de la OTAN desplazadas en aquel país no podrán pacificarlo.
El relato del periodista Danielle Mastrogiacomo, enviado de la Repubblica a Afganistán y secuestrado durante dos semanas es estremecedor. Explica cómo su chófer afgano fue degollado en su presencia por cuatro asesinos que presionaron su cabeza en la arena, le cortaron el cuello en redondo, colocaron nuevamente su cabeza en el tronco y lo trasladaron a un río que se lo llevó aguas abajo. Limpiaron el cuchillo ensangrentado con una túnica blanca.
Antes del degüello el jefe de la banda pronunció la sentencia en nombre del Islam acusándole de espiar por los británicos que fueron derrotados tres veces en Afganistán el siglo antepasado.
Matrogiacomo, de 52 años, contaba esta macabra historia a las pocas horas de ser liberado de su cautiverio. Son las horribles consecuencias del odio y la venganza que abundan en las guerras.
Pero la liberación del periodista italiano tenía un precio: la puesta en libertad de cinco destacados talibanes insurgentes, terroristas, tras la mediación de una organización de beneficiencia italiana que supuestamente sirvió de enlace entre el gobierno Prodi y el presidente Karzai, el hombre que ganó las elecciones con el apoyo de Estados Unidos y Europa.
El portavoz de Karzai confirmó el intercambio del periodista por cinco talibanes diciendo que había sido “una medida excepcional teniendo en cuenta las buenas relaciones y la amistad entre Afganistán e Italia. No se repetirá el caso.”
El último gobierno Prodi cayó por la presencia de tropas italianas en Afganistán. El temor a unas elecciones generales y a una posible vuelta de Berlusconi consiguió rehacer la coalición. Es un tema de gran sensibilidad política en Italia.
Para salvar a un periodista italiano se ha negociado con los terroristas hasta el punto de poner en libertad a cinco de ellos.
No es la primera vez que italianos capturados en Afganistán han sido liberados en medio de rumores de que el precio que se pagó en dinero a los secuestradores fue muy elevado.
Me alegro mucho de la liberación del colega Mastrogiacomo. Pero no puedo pasar por alto la acusación de los parientes y amigos del chófer afgano degollado que protestaban ante el hospital regentado por italianos acusando al gobierno de Kabul de valorar más “la vida de cinco criminales y de un infiel extranjero que la de un pobre afgano”.
La primera consideración es que la vida de un occidental no es más importante que la de un chófer afgano. La segunda es que los talibanes ya saben que secuestrando a un periodista occidental pueden liberar a sus presos más relevantes.
Esto sí que es ceder ante el terrorismo. Y de qué manera. En España no se ha cedido nada todavía y la qué se ha armado.
Cuatro años desde Las Azores
No debe andar muy preocupado el ex presidente Aznar al cumplirse el cuarto aniversario del comienzo de la invasión de Iraq. El domingo le vimos intentando saludar a Fernando Alonso en circuitos de tierras australianas en compañía de su yerno.
Pienso que el papel de Aznar fue marginal en el planteamiento y la ejecución de aquella invasión que ha causado cientos de miles de muertos, ha puesto a un país en estado de preguerra civil y ha hecho de Oriente Medio un espacio más inseguro que antes de iniciar aquellos bombardeos sistemáticos que entusiasmaban al dimitido Donald Rumsfeld que los controlaba desde el Pentágono.
La foto de Las Azores entraba dentro de la mercadotecnia de aquella guerra que se había decidido mucho antes, incluso con anterioridad a que se atacara Afganistán. Ayer escuché al portavoz del PP en cuestiones exteriores, Gustavo de Arístegui, cuando decía que esa guerra es rancia, que había terminado cuando lo dijo Bush subido a bordo del portaaviones Lincoln y que había que valorar también la caída del dictador Saddam Hussein.
Bush y Blair se colocaron en la foto pero con mochilas invisibles que llevaban decenas de miles de soldados a las tierras mesopotámicas. Aznar envió poco más de mil que fueron precipitadamente retirados por Zapatero a la semana de ser presidente. Los tres han sido castigados, por la opinión pública, por las urnas y, sobre todo, por un balance desastroso de una expedición militar que una democracia no está en condiciones de aceptar.
El portugues Barroso era el anfitrión, estaba en el secreto de todo lo que se preparaba, pero no salió en la foto. Ahora está presidiendo con bastante acierto la Comisión Europea.
A estas alturas me parece irrelevante la foto de Las Azores, lo que se ha dicho y escrito sobre el tema y el discurso de ayer del propio Bush pidiendo paciencia a los americanos y advirtiendo a los demócratas que va a hacer uso de sus prerrogativas enviando los refuerzos de tropas a pesar de su oposición en las dos cámaras.
Todo es bastante insignificante al lado de dos cuestiones que me parecen fundamentales. La primera es que no hay una salida limpia de Iraq y todas las alternativas son a cual peor y pasan por más víctimas, más caos y más inseguridad. Aquella democratización de todo Oriente Medio que se proclamaba en los círculos cercanos a Bush se ha convertido en un quebradero de cabeza para todos los dirigentes de la región, amigos o no de Estados Unidos, que saben cómo afecta a sus respectivas poblaciones el fiasco en Iraq.
La segunda consideración son los iraquíes que salieron de una dictadura para instalarse en el caos. La televisión del diario “The Guardian” pasó ayer una insólita entrevista con el personaje que derribó la gran estatua de Saddam en Bagdad con un mazo de enormes dimensiones antes de que la soga de la multitud hiciera cayer del pedestal al dictador.
Dice el personaje que odiaba a Saddam porque le envió a la cárcel de Abu Ghraib por haber reclamado el pago de la factura de reparación de la motocicleta del hijo del sátrapa, el temible Uday, que mucha gente de su tribu fue enviada a la cárcel o a la horca por Saddam.
Su sueño era participar algún día en la demolición de la estatua. El levantador de pesos entrevistado decía al final que era mejor el demonio conocido que el desconocido. La situación es cada día más peligrosa, los precios suben y subren y no se puede salir de casa. Afirma el personaje que Saddam era como Stalin, pero la invasión está siendo más perjudicial para los iraquíes. Una encuesta publicada ayer en Londres dice que ocho de cada diez iraquíes temen por sus vidas. Nadie se puede alegrar de esta situación y tampoco quienes no estuvimos de acuerdo con una guerra sin causa, construida sobre una gran mentira.
El mal estructural
He ido a ver este fin de semana "La vida de los otros", la película que me ha parecido la más interesante de las que están en cartelera. Consiguió el Oscar a la mejor película de habla no inglesa hace unas semanas.
Si la han visto no voy a repetirles el argumento. Si no lo han hecho les recomiendo que lo hagan. Es una fotografía sobre la vida en un estado totalitario o en una dictadura, donde el Estado priva de libertad a los ciudadanos, infunde el miedo y dispone de un aparato de control para investigar las intenciones y las manifestaciones de la gente, tanto si hablan en público como si lo hacen en la intimidad.
Un totalitarismo es una tiranía que no permite a nadie que piense por su cuenta, que actúe al margen de la ideología del Estado, que dispone de cientos de miles de personas para seguir a los ciudadanos. Ocurre hoy en Cuba, en Corea del Norte, en algunos países de Oriente Medio, en Zimbabue.
Pero ha ocurrido en Europa muchas veces. En la Alemania nazi, en la Unión Soviética de Stalin, en la Italia de Mussolini y en la España de Franco. Cada uno en diversos grados. Cuando el Estado quiere eliminar la libertad de los ciudadanos tiene que dotarse de un gran aparato policial.
En la Europa que cayó bajo el control de Moscú, la policía política fue numerosa y muy activa. Los levantamientos de Berlín Este en 1953, el de Hungría en 1956, el de Checoslovaquia en 1968 o el de Polonia a finales de los ochenta. Se aplicaba la fuerza y después se entregaba el control al ministerio del Interior.
Y así hasta que en 1989 cayó el muro de Berlín y Rusia perdía su hegemonía política, militar y económica sobre la mitad de Europa. En Alemania, era la Stasi la que controlaba la intimidad dee las gentes.
En todos esos casos vemos una sociedad que padece un mal estructural al negar la libertad en cualquiera de sus dimensiones. Pero el bien existe y actúa. Y, finalmente, acaba triunfando aunque sea de penalti y en la prórroga. Si no fuera así, la humanidad habría desaparecido hace siglos.
Lo más remarcable de "La vida de los otros" es que un agente adiestrado para el mal, que causa daño, que espía vilmente, que sigue las instrucciones de los que le mandan que interrogue con torturas mentales y físicas, ese hombre se da cuenta de las perversidades cometidas y, finalmente, decide salvar a quienes van a ser acusados y condenados.
Las democracias son débiles, vulnerables, imperfectas, corruptas a veces. Pero tienen mencanismos para salir de sus precariedades. La libertad, con todas sus deficiencias, acaba ganando la partida.
El pasado y el futuro de Europa
La ley del escrutinio del pasado biográfico que afecta a unos 700.000 polacos que tendrán que declarar si fueron o no confidentes de la policía comunista es una temeridad de la extraña combinación del presidente Kaczynski y su hermano gemelo primer ministro.
Es evidente que cientos de miles de polacos colaboraron directa o indirectamente con las autoridades comunistas que gobernaron hasta mediados de los años ochenta bajo las directrices políticas y militares de la Unión Soviética.
Lo mismo ocurrió en la Alemania del Este, en Bulgaria, en la antigua Checoslovaquia, en Rumania y en Hungría. Y no digamos en la propia Unión Soviética que acabó con el régimen comunista y del imperio ruso que había sido gradualmente construido desde los tiempos de Iván el Terrible.
El historiador francés François Furet publicó en 1995 el libro "Le passé d'un il·lusion" que era un ensayo histórico de la realidad de una ideología política que privó de libertad a millones de ciudadanos que cayeron bajo el dominio político y militar de lo que se conoció como el Pacto de Varsovia.
El socialismo real fue el fracaso de un experimento que pretendía servir al hombre nuevo y acabó en una barbaridad colectiva. Los sistemas comunistas no cayeron por una guerra provocada del exterior. Se hundieron desde dentro porque la mentira política no puede perdurar.
Cada país se ha enfrentado a su pasado reciente de formas diferentes. Se han abierto archivos secretos, se ha apartado del funcionariado a quienes colaboraron directamente con el régimen, se está revisando constantemente la biografía de sospechosos de haber formado parte de aquellos sistemas que iban en contra de la persona.
Lo que importa es conocer la verdad, disponer de toda la información que era manipulada por las autoridades, construir un espejo en el que se pueda ver todo lo que ocurrió para que no caiga en el olvido.
Pero revisar la trayectoria de cientos de miles de personas para determinar si pueden trabajar o si deben ser apartados de la vida social, me parece imposible porque se pueden cometer muchas arbitrariedades creando una sociedad sospechosa.
El problema es que todas las dictaduras han tenido tantos cómplices que difícilmente se puede purgar a una sociedad en su conjunto.
Lo más pertinente es que se sepa la verdad, que se conozcan todos los detalles posibles, que quede claro para la historia cómo se privó de libertad a tantos. Los sistemas comunistas perduraron porque encontraron muchos colaboradores en todos los estamentos de la vida pública y en todas las instituciones. El hecho de que el arzobispo de Varsovia tuviera que renunciar a su proclamación indica que también miembros de la Iglesia colaboraron con la policía política.
El modelo de la transición española ha garantizado la convivencia entre españoles después de la guerra civil y el franquismo. En África del Sur se estableció la Comisión de la Verdad. En cada uno de los países de Europa Central se han aplicado medidas particulares que pasan casi siempre por el conocimiento de la verdad.
Nos pesa tanto el pasado, han sido tantas las barbaridades cometidas por los europeos -entre nosotros o por cuenta de otros- que si queremos mirar al futuro en paz hay que construir el futuro y no escarbar en el pasado.
La Unión Europea es un ejemplo práctico, eficaz y generoso para afrontar el futuro sin hurgar en los sarcófagos del pasado.
La fuerza tranquila de Europa
Europa no está en condiciones de dar lecciones a nadie. Nos pesa tanto la historia, son tantas las guerras absurdas que hemos librado, tantos los millones de muertos por todo tipo de totalitarismos, que hemos aprendido a ser muy cautos.
Esta Europa que respeta las diferencias, que construye su fuerza sobre la pluralidad y el respeto, sobre el derecho que emana de directivas y recomendaciones, tiene un enorme atractivo.
Esta semana las autoridades grecochipriotas han empezado la demolición del muro que simboliza la división de Nicosia, la denominada “línea verde”, que pasa por el centro de la ciudad y que era el último muro que partía una urbe europea.
No había intención de dar este paso. La guerra turco chipriota de 1974 trazó una frontera administrativa y política en el interior de la isla que parecía imposible borrar.
Ha sido Europa la que lo ha conseguido derribar este muro físico en la patria mítica de Afrodita que ha conocido todos los invasores, desde Alejandro Magno hasta Ricardo Corazón de León pasando por los templarios, los venecianos, los otomanos hasta que los británicos se la hicieron suya y le concedieron la independencia en 1959.
Europa, a pesar de todas las contradicciones y problemas, funciona. Incluso después de que Francia y Holanda dijeran no a la Constitución. Cuando los dirigentes históricos desaparecen del escenario, surgen otros.
La raspada victoria de la democratacristiana Ángela Merkel auguraba enormes dificultades para que el optimismo resurgiera en la sociedad alemana y en toda Europa. La señora Merkel ha introducido un factor de esperanza a la espera de que las elecciones francesas eleven a la presidencia uno de los tres candidatos con más posibilidades de suceder a Chirac.
Esta Europa no tiene grandes ejércitos. Las gentes circulan libremente y se sienten como en casa desde Helsinki a Cádiz y desde Dublín a Budapest. Rumania y Bulgaria acaban de ingresar como nuevos socios. Turquía está a la espera. Ucrania insinua su interés por su incorporación.
No sé si esta situación perdurará. Pero Europa es un espacio de convivencia y de protección de minorías étnicas, religiosas y culturales. Europa es un gran éxito y una referencia para todo el mundo. Incluso puede desactivar nuestro estado de crispación que parece insuperable.
Banderas al viento
Al caer la tarde del sábado un amigo que vive en Cambridge desde hace años, doctor y autor de varios libros, catalán nacido y educado en Barcelona, me enviaba un correo electrónico en el que me decía que “si no fuera porque después de la manifestación todos correrarán a casa para ver el Barça-Madrid, pensaría que España está, una vez más, a punto de empezar otra guerra civil. Qué espectáculo más lamentable. Independientemente de las ideas políticas, es triste que el mito de los dos (o más) Españas sea una realidad tan presente. Qué vamos a hacer”.
Nada, querido amigo, esperar a que esos mitos se vayan desdibujando y de la mitología atávica pasemos a una cierta racionalidad que nos permita vivir en un país en el que todos nos podamos sentir cómodos sin que nadie pueda permitirse el lujo de patrimonializar exclusivamente nada.
Aconsejo el libro que acaba de publicar Henry Kamen, “Del Imperio a la decadencia. Los mitos que forjaron la España Moderna” para que no nos alarmemos, que la cuestión viene de antiguo, que entre mitos, leyendas y actitudes rupestres de los españoles de todas las generaciones nos hemos acostumbrado a los toros a las cinco de la tarde, con la estética de la sangre, rematando la faena con estocadas certeras.
Tenemos un partido que representa aproximadamente la mitad de los españoles que tiene el récord mundial de convocar a la gente con más frecuencia. Diez manifestaciones en contra de la política antiterrorista del gobierno en una sola legislatura. El hecho de que esta vez estuvieran convocados por Mariano Rajoy no quiere decir que en las anteriores ocasiones las manifestaciones no llevaran el visto bueno y el sello de la dirección del Partido Popular. Con lo fácil que habría sido rebatir en el Congreso la fragilidad de la política general de Zapatero.
Ha habido un gradual desplazamiento de las instituciones del Estado, que siguen con las tareas que les son propias, a las concentraciones callejeras. Mariano Rajoy, banderas al viento, decía que quiere el consenso. Pero que si no lo puede establecer con el gobierno, lo va a construir con los españoles, es decir, con aquellos españoles que demuestran que su españolidad es inseparable del Partido Popular.
Se desprende del discurso de Rajoy que los españoles se dividen entre buenos y malos y no entre los que piensan de manera diferente en tantas cosas que les preocupan. La fuerza de unas ideas se mide por la capacidad de concentración. El peso político de España se mide en las calles y no en las insituciones.
La cultura política europea nos indica que la calle es invadida por colectivos que expresan sus quejas a través de sindicatos, organizaciones gremiales, gentes que defienden sus intereses que no encuentran cauces en la política ordinaria. Pero que un partido tan importante como el PP se lance sistemáticamente a las calles madrileñas para protestar contra la política antiterrrorista del gobierno indica, cuanto menos, que no confía en el parlamento ni en los demás poderes del Estado.
Desde la periferia podemos caer en la superficialidad de pensar que son cosas que ocurren en Madrid, como si lo que pasa en la capital no acabara finalmente reproduciéndose de distintas maneras en las periferias hispánicas.
Resulta sorprendente que en el tercer aniversario del mayor atentado terrorista que ha conocido el país ni siquiera se mencionara. En algo hemos avanzado. La teoría de la conspiración se deshincha.
Zafiedades del PP y fragilidad de Zapatero
Varias reflexiones apresuradas sobre los cientos de miles de españoles que se concentraron el sábado en Madrid para protestar contra la atenuación de la pena a De Juana Chaos.
1.- Había mucha gente, muchas banderas y una cierta disciplina colectiva.
2.- No se mencionó el atentado que costó 192 muertes hace hoy un año.
3.- Rajoy quiere consenso. Si no lo obtiene con el gobierno lo propondrá a los españoles. Es una fórmula insólita para que un proyecto político pueda tener futuro sin caer en el populismo.
4.- Parece que la derecha española no confía en las instituciones y se lanza a la calle. El discurso político lo encontramos en los medios, en los columnistas, tertulianos y demás charlatanes nacionales.
5.- La derecha se ha echado al monte mientras el gobierno se refugia en un discurso confuso y temeroso.
6.- El hecho de que Rajoy esté pisando constantemente la línea roja, no impide que el gobierno Zapatero esté perdido en un laberinto sin saber cómo se puede salir. El argumento que dice que es mejor Zapatero que esta derechona asilvestrada, no lo puede asumir la izquierda.
7.- El balance de la etapa Zapatero es mediocre, frágil, insustancial, si se exceptúa la extraordinaria marcha de la economía. En política exterior se merece un suspenso. No sabemos el final de todo el proceso de reforma territorial. La paz con los terroristas etarras es un acto de buena voluntad. Otegi marca la agenda del gobierno, incluye a Navarra y la parte vasco francesa en la futura Euskalherria sin que el gobierno responda para la tranquilidad de los navarros, franceses y vascos que no comparten estas tesis nacionalistas extremas.
8.- Siendo esta la realidad, no entiendo cómo el Partido Popular no ha aprovechado el conjunto de debilidades de Zapatero para hacer una oposición argumentada, sólida, inteligente y europea. No sé qué pensarán los partidos conservadores europeos de estas algaradas de fin de semana en las calles de Madrid.
9.- La democracia consiste, Popper dixit, en echar gobiernos, no en ponerlos. Y Rajoy lo tenía muy bien. Ha optado por lo más fácil. Ha convocado a los españoles a manifestarse para que Zapatero se vaya a fuerza de gritos. No es así, señores del PP, cómo funciona el sistema.
10.- Los españoles no nos merecemos estos sustos, este drama en forma de tragedia griega. Piensen todos que la sociedad es madura, inteligente, sabe distinguir. No por mucho griterío se tiene más razón.
11.- Zapatero tiene que saber que las zafiedades del PP no le garantizaan una victoria. A muchos no nos ha convencido con su política considerada en su conjunto.
12.- El problema es las que las huestes de Rajoy me asustan y el discurso de Zapatero no me convence. Sería saludable que cuanto antes se nos convocara a las urnas para decidir entre las menos malas de las dos opciones.
Un Bush sin rumbo visita América Latina
Si me dieran a escoger entre vivir en Caracas o en Washington me inclinaría decididamente por la capital norteamericana. Sólo pensar en las arengas del revolucionario bolivarista Hugo Chávez me pone de mal humor. Pienso que los venezolanos, los cubanos, los ecuatorianos y los bolivianos se merecen dirigentes más preparados. La demagogia y el sectarismo suelen ser nefastos para la vida de los pueblos.
En la capital americana, donde pasé cuatro memorables años de mi vida profesional, estaría hoy también preocupado. La política exterior que proyecta la administración Bush está teniendo consecuencias muy negativas para Estados Unidos y para todos aquellos países democráticos que compartimos muchos de los valores que emanan de la Constitución americana.
La diferencia entre el mundo americano anglosajón y el latino tiene su punto de desencuentro en el concepto de libertad. Una libertad que no se sirve en estado puro en ninguna parte, pero que en la sociedad americana acaba siempre ganando la partida.
Un presidente americano siempre es recibido con manifestaciones en otras partes del mundo. Hay excepciones, naturalmente, como la de John F. Kennedy cuando visitó Berlín y pronunció aquella célebre frase de "Ich bin ein Berliner", en una ciudad dividida por la guerra fría y por dos sistemas que no entendían la libertad de la misma manera.
Fueron los Estados Unidos los que vinieron a Europa dos veces en el siglo pasado para liberarnos de nuestros propios fantasmas. El historiador Eric Hobsbawm, comunista a sus noventa años, ha dicho que Estdados Unidos fueron los grandes vencedores del siglo pasado.
Pero el fin de la guerra fría convirtió a Estados Unidos en el poder hegemónico mundial. En términos políticos, militares, económicos y sociales. Fukuyama lo resumió en su libro que preconizaba el fin de la historia y la victoria incuestionable de los principios liberales y democráticos.
El 11 de septiembre de 2001 fue un punto de inflexión que ha marcado el comienzo de este siglo. Al Qaeda golpeaba los símbolos más emblemáticos de la cultura americana. Derribó las Torres Gemelas de Nueva York, atacó el Pentágono y pretendía destruir la Casa Blanca o el Capitolio.
La respuesta contra el nuevo terrorismo de cuño suicida fue fulminante. Se derribó el régimen talibán de Afganistán pero no se cazó a los autores intelectuales de la guerra declarada por Bin Laden contra Occidente.
Aquella masiva acción militar no se consideró suficiente. La guerra contra el terrorismo tenía que extenderse a todos aquellos focos sospechosos de fomentar la violencia política contra Estados Unidos y contra Occidente en general.
Se aprobó una legislación muy estricta que privó de libertades básicas a los ciudadanos norteamericanos, se inventaron causas inexistentes para lanzar la guerra de Iraq, se derrocó la dictadura de Saddam y se enviaron más de ciento cincuenta mil soldados para controlar la recuperación de un país que había estado sometido por la bota de un dictador.
Para combatir el terrorismo ha valido todo. Y la respuesta de la sociedad americana se ha producido de forma gradual hasta llegar a las elecciones del pasado noviembre cuando el Partido Republicano perdió la mayoría en las dos cámaras del Congreso. La popularidad del presidente Bush ha descendido a cotas históricas.
Estados Unidos ha perdido la condición de referencia moral y política en el mundo. Ha defendido la indefendible cárcel de Guantánamo, ha cometido abusos en prisiones, ha dejado que el espionaje campara libremente por todo el mundo. El derecho ha sido sustituido por la fuerza, la guerra de Iraq sigue, Irán no se resigna a ser dominado, el primer ministro israelí sólo es aceptado por un tres por ciento de su opinión pública y el mundo vive en un estado de inestabilidad inquietante.
En ese periodo América Latina ha respondido con un populismo de corte demagógico encabezado por el bolivariano Hugo Chávez que se ha aliado con el agónico régimen castrista y ha alentado líderes igualmente populistas en Bolivia y Ecuador y ha entregado el poder a gobiernos de centro izquierda en Argentina, Brasil y Uruguay.
Bush ha salido de visita al continente latinoamericano. Ha dialogado con el presidente Lula de Brasil, lo hará con Kirchner en Buenos Aires, en Uruguay y Colombia, países que puede visitar a pesar de las manifestaciones masivas que provoca a su paso.
La de Buenos Aires de hoy estará encabezada por el presidente Chávez. Es una situación inciertamente insólita que un jefe de gobierno participe en una manifestación en un país extranjero y en contra de Estados Unidos.
La incongruencia de la política de Bush tiene fecha de caducidad. No solamente porque abandonará la Casa Blanca el año que viene sino porque los demócratas pueden tomar el relevo si así lo deciden los americanos en las urnas.
No se puede decir lo mismo de Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador. La revolución bolivariana de Chávez no es reversible. La mala política de Bush y su equipo de neoconservadores se va a corregir. En Estados Unidos se han recortado las libertades, pero en esos países andinos han desaparecido. Esta es la diferencia.
Las protestas que encontrará Bush en América Latina son puntuales. Pero arrancan del desinterés y la explotación históricos de Washington por los territorios que se extienden al sur de Río Grande.
Bush encuentra frialdad en Europa, hostilidad en América Latina y ha aumentado el conflicto endémico en Oriente Medio. La cultura de libertades y democrática de Estados Unidos obligará a dar un cambio de rumbo radical en el próximo huésped de la Casa Blanca.
El Estado panza arriba
No me preocupa excesivamente que en el Congreso se organicen grandes broncas y griteríos tabernarios. Es el respiradero de la vida nacional y es comprensible que salga a flote lo mejor y lo peor de nuestra clase política. Cuando la televisión no había entrado en la Cámara de los Comunes, los muy honorables diputados protagonizaban dramas que competían perfectamente con los espléndidos teatros del West End londinense.
Un día ví como un futuro ministro conservador, Michael Heseltine, levantaba la maza del “speaker” y la blandía sobre las cabezas de los diputados con peligro para la seguridad personal de la mayoría. Fue invitado a abandonar la cámara y para siempre le quedó el apodo de "tarzán".
Entiendo las súplicas desesperadas de Javier Rojo y Manuel Marín pidiendo orden en las dos cámaras cuando se transforman en alborotados gallineros. Es inútil. Aquí y en todas partes. Más que el ruido ambiental, me interesan las cuestiones que se debaten, las posiciones respectivas, la capacidad oratoria de unos y otros. Es un déficit general el que muy pocos diputados sean capaces de pronunciar un discurso sin levantar la vista del texto que leen.
En cualquier caso, prefiero que las discrepancias apasionadas se concentren en el Congreso a que desciendan a las calles con manifestaciones casi semanales sobre algo tan serio como es la política antiterrorista del gobierno. Este fin de semana se vaticinan grandes concentraciones.
No conozco ningún país democrático que sea tan temerario como para convertir la lucha contra el terrorismo en el eje central del debate político. Como si no existieran otros problemas, también muy importantes para la ciudadanía.
El lamentable debate sobre el terrorismo no mira hacia el futuro sino hacia el pasado. Ahora toca abrir en canal al Estado y recrearse en los lodazales de los ministerios del Interior de éste y los anteriores gobiernos.
El Partido Popular se ha apoderado del lazo azul que era de todos, acusa al gobierno de decisiones en política penitenciaria que fueron igualmente implementadas por los mismos que acusan a Zapatero de haber atenuado la pena al impresentable De Juana Chaos.
Me parece imprudente por parte de todos descender a las cloacas del Estado con la pretensión de que las manos inocentes sean las propias en contraposición con la suciedad de las de los demás. Es una irresponsabilidad cuyas consecuencias huelen ya muy mal. Hieden.
Una España que no me interesa
Todos los gobiernos desde Adolfo Suárez han utilizado la política penitenciaria como un instrumento de la lucha contra el terrorismo. La estrategia de los sucesivos presidentes ha sido variada y multiforme. Se ha dispersado a los presos etarras, se les ha agrupado en prisiones, se les ha alejado y se les ha acercado al País Vasco, según los tiempos y circunstancias.
Todos los gobiernos han abierto vías exploratorias de diálogo ya fuera en Argelia, Suiza o Turquía. Los ministros del Interior, desde Roson a Rubalcaba pasando por Belloch y Mayor Oreja, han sido conscientes de que acercarse a quienes han hecho del asesinato un arma política comportaba un alto riesgo.
Con políticas de firmeza como la practicada por Aznar en su segundo mandato o con el uso de la guerra sucia por González en el caso GAL, con intentos de abrir procesos de paz como lo ha hecho Zapatero o con acercar presos como decidió Aznar para evitar que ETA asesinara al secuestrado Ortega Lara, lo cierto es que la banda terrorista sigue siendo un monstruo de varias cabezas que aparece siempre con nuevo vigor. Ya sea porque el Estado ha actuado torpemente o porque los políticos no han sabido mantener la cabeza fría enzarzándose en trifulcas partidarias sin sentido de Estado.
Hay que partir de la idea de que las manos criminales han sido las de los etarras que han dejado a casi mil familias sin una o varias personas muy cercanas y queridas.
Pero pretender que ha habido manos políticas inocentes en los últimos cuarenta años es simplemente una mentira. Mariano Rajoy ha convocado una manifestación para el sábado contra la decisión del gobierno Zapatero de atenuar la prisión de De Juana Chaos. El viernes, todos españoles de provincia podrán también expresar su rechazo al gobierno por una atenuación de pena. No se protesta contra una política sino contra un caso concreto. Todos, bajo el lema de “España por la libertad, no más cesiones a ETA”.
Conviene recordar que el 17 de enero de 1996, ETA secuestraba al funcionario de prisiones, José Antonio Ortega Lara. A cambio de su liberación, la banda exigía el reagrupamiento de los presos en cárceles próximas al País Vasco.
Y así se hizo. El ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, dijo textualmente que “los miembros de ETA, en el supuesto de que en un momento determinado decidieran una actuación, que ojalá no se produzca, lo tienen más complicado en el sentido de que no pueden justificar que aquí se ha producido una cerrazón y una intransigencia por parte de Interior”.
Todos los gobiernos, todos, han ocultado información y han jugado con cartas escondidas cuando han intentado acercarse a la banda terrorista. Siempre se actuó con unidad partidaria hasta que los GAL fueron descubiertos y Aznar pronunció aquella sentencia de “váyase, señor González”.
En los dos mandatos aznaristas, los socialistas no plantearon problemas al gobierno en este tema. Es más, el “Pacto de las libertades y en contra del terrorismo” fue una sugerencia de Zapatero que Aznar se hizo suya. Cuando se aprobó la Ley de Partidos en junio de 2002, los socialistas votaron con el Partido Popular.
Mariano Rajoy puede concentrar a media España este fin de semana. Puede también ganar las elecciones. Pero me parece muy irresponsable hacerlo desde la calle mezclándose con pancartas y gritos que muestran una España que me asusta y que me inquieta, no me interesa.
No tienen razón, gritan demasiado
En Pamplona, Santander, Madrid, Murcia, Toledo, Santiago de Compostela, Logroño y otras ciudades españolas se han adelantado al anuncio de Rajoy para manifestarse contra la decisión del gobierno de atenuar la prisión a De Juana Chaos.
Incluso el ex presidente Aznar acudió a la cita después de dar una conferencia en Murcia. Se personó junto con el presidentse de la comunidad y el alcalde de la ciudad. Se organizó una rebelión callejera contra el gobierno Zapatero.
Los gritos y las pancartas no vale la pena repetirlas. Muchas eran obscenas y tabernarias. No son propias de una sociedad civilizada que cuenta con instituciones propias para discutir sobre todas las cuestiones. Quienes invocan tanto el estado de derecho, parece que lo ignoran.
No son formas para echar a un gobierno del poder. Espérense, no tengan prisas, que pronto llegará una cita con las urnas. ¿O no aceptan las reglas de juego?
El "váyase señor González" que proclamó Aznar después de 1993 se ha trasladado a las calles encendiendo una hoguera que puede convertirse en incendio.
Me aburre comentar sobre esta España partida. No es mi país. Ni esta derecha es la que ganó en 1996. Es la derecha extrema, descarada, desacomplejada, que piensa que el país es suyo y utiliza el terrorismo para desplazar a la izquierda.
Se me ocurre la lapidaria frase de Talleyrand: no tienen razón, gritan demasiado.