Hace muchos años que conversamos con Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón. Nos unía la amistad con Ernest Lluch que el viernes recibió un entrañable homenaje en la sede de su partido. Se cumplían cinco años del asesinato de ETA y los socialistas catalanes llenaron a rebosar el salón de actos de la calle Nicaragua para recordar al militante, amigo y pensador socialdemócrata.
Miguel Herrero y un servidor no éramos de la “casa” pero compartimos la mesa con el president Maragall, el primer secretario José Montilla, Santiago Carrillo y Odón Elorza, alcalde de San Sebastián, para hablar de Lluch.
¿Qué pensaría Ernest del debate sobre la posibilidad de que ETA abandone las armas? El contraste entre el acto del viernes en Barcelona y la manifestación multitudinaria del sábado en Madrid, organizada por las víctimas del terrrorismo, mediaba una distancia oceánica. En el fondo y en las formas.
Lluch es una víctima caída por el terrorismo a las puertas de su casa. En el acto de la calle Nicaragua había víctimas del terrorismo que segó la vida a Lluch. Estaba su hermano Enric y bastantes más familiares. Lluch era un conocedor y amigo del pueblo vasco, catalanista, ex ministro con Felipe González, historiador y economista. La única vez que le vimos gritar fue en la campaña electoral de las municipales de 1999 cuando junto a Odón Elorza se dirigía a los amigos de los terroristas que mientras chillaban no mataban.
Buscaba una salida al conflicto creado por los terroristas aunque no sabía cuál ni cómo plantearlo. Las palabras de Gemma Nierga la noche de la gran manifestación en Barcelona al día siguiente de su asesinato, pronunciadas fuera de guión, irritaron al entonces presidente Aznar que con gesto molesto salió airado hacia Madrid. Ustedes que pueden, dialoguen, dijo Nierga ante cientos de miles de barceloneses.
El acto en la calle Nicaragua era la contraportada del que al día siguiente se celebraría en la capital de España. En Madrid se pedía que no se dialogara con los representantes políticos de los terroristas mientras que en Barcelona el mensaje era que valía la pena intentarlo si con ello se podía abrir un proceso que condujera a la paz. Santiago Carrillo se encontraba a gusto y prolongó su parlamento más allá de lo previsto pero como sus palabras fueron interrumpidas por largos aplausos dejé que hablara hasta que él mismo pusiera fin a su homenaje a Lluch.
El alcalde Elorza señaló la amistad que le unía con Ernest y sus vivencias compartidas en San Sebastián por un proyecto socialista para poner fin a la violencia de los etarras. La intervención de Miguel Herrero, el padre de la Constitución más respetado por la izquierda y más denostado por la derecha de Aznar, después de haber disputado y perdido el liderazgo de la Alianza Popular ante Hernández Mancha en 1987, fue muy interesante.
Ante la cómplice perplejidad del auditorio, Miguel Herrero añadió que era nacionalista español pero que defendía la España plurinacional para preservar otra forma de la unidad patria. Largos aplausos y satisfacción general de la militancia socialista catalana.
A grandes rasgos es la España de Prat de la Riba, de Cambó y de Pujol. También es la de Pasqual Maragall y parte del tripartito y de Artur Mas que alcanzaron el acuerdo del 30 de septiembre que ahora es discutido y recortado en el Congreso de los Diputados. Como en 1932 y como en 1979.
El problema es que estas dos visiones de España, la uniforme y la pluriforme, vuelven a campar por sus respetos y parece, una vez más, que no tienen intención de reconciliarse. Los argumentos no sirven porque no son escuchados ni por unos ni por los otros.
lunes, febrero 27, 2006
viernes, febrero 24, 2006
Caray, con la democracia exportada
El conflicto de las burlescas viñetas danesas sobre el Profeta unió a todos los musulmanes que salieron a las calles, quemaron embajadas y banderas europeas y se enfrentaron a su propia policía con muchos muertos por el medio.
Visité la mezquita dorada de Samarra cuando Saddam Hussein libraba una larga y sangrienta guerra contra Irán. La mezquita era uno de los centros más sagrados del chiísmo que creen que el mesías desapareció de aquel lugar para regresar el día del juicio final.
Fue destruida por unos fanáticos sunitas y la respuesta ha sido sangrienta e inmediata. Cientos de sunitas han sido asesinados a sangre fría por chiítas airados y vengativos.
La amenaza más grave para la paz en la región comienza por la intolerancia y las disputas eternas entre las dos sectas musulmanas. Los chiítas son más numerosos en Iraq donde nunca han tenido el poder. Pero sí que lo tienen en Irán donde la gran mayoría son chiítas.
Otra amenaza es la presencia de más de doscientos mil soldados invasores que han impulsado elecciones, referendums, gobiernos interinos, constituciones y tribunales de justicia que son incapaces de juzgar a Saddam Hussein. Ya es un sarcasmo que el dictador iraquí pueda discutir la autoridad moral del tribunal que le juzga.
Primero había armas de destrucción masiva, después terroristas, más tarde insurgentes, luego pugnas tribales y ahora enfrentameinto religioso radical. En el camino se amontonan decenas de miles de muertos.
¿Valía la pena?
¿Es esta la superioridad moral de Occidente creando más problemas de los que había?
¿Cómo se puede tener la arrogancia de exportar la democracia imperial pensando, Donald Rumsfeld dixit, que Estados Unidos lo pueden hacer todo en el mundo sin la ayuda de nadie?
Se perfila una situación en la que el chiísmo mayoritario iraquí quiera ajustar cuentas con los sunitas que siempre les han impedido que gobiernen en Iraq.
En vez de democracia lo que podemos tener pronto son regímenes islámicos mucho más radicales y más anti occidentales que los que había hasta ahora.
Caray, con la exportación de la democracia.
Visité la mezquita dorada de Samarra cuando Saddam Hussein libraba una larga y sangrienta guerra contra Irán. La mezquita era uno de los centros más sagrados del chiísmo que creen que el mesías desapareció de aquel lugar para regresar el día del juicio final.
Fue destruida por unos fanáticos sunitas y la respuesta ha sido sangrienta e inmediata. Cientos de sunitas han sido asesinados a sangre fría por chiítas airados y vengativos.
La amenaza más grave para la paz en la región comienza por la intolerancia y las disputas eternas entre las dos sectas musulmanas. Los chiítas son más numerosos en Iraq donde nunca han tenido el poder. Pero sí que lo tienen en Irán donde la gran mayoría son chiítas.
Otra amenaza es la presencia de más de doscientos mil soldados invasores que han impulsado elecciones, referendums, gobiernos interinos, constituciones y tribunales de justicia que son incapaces de juzgar a Saddam Hussein. Ya es un sarcasmo que el dictador iraquí pueda discutir la autoridad moral del tribunal que le juzga.
Primero había armas de destrucción masiva, después terroristas, más tarde insurgentes, luego pugnas tribales y ahora enfrentameinto religioso radical. En el camino se amontonan decenas de miles de muertos.
¿Valía la pena?
¿Es esta la superioridad moral de Occidente creando más problemas de los que había?
¿Cómo se puede tener la arrogancia de exportar la democracia imperial pensando, Donald Rumsfeld dixit, que Estados Unidos lo pueden hacer todo en el mundo sin la ayuda de nadie?
Se perfila una situación en la que el chiísmo mayoritario iraquí quiera ajustar cuentas con los sunitas que siempre les han impedido que gobiernen en Iraq.
En vez de democracia lo que podemos tener pronto son regímenes islámicos mucho más radicales y más anti occidentales que los que había hasta ahora.
Caray, con la exportación de la democracia.
miércoles, febrero 22, 2006
Mercados, gobiernos y ciudadanos
Hay más que indicios de que las leyes del mercado condicionan y a veces sobrepasan las decisiones de los gobiernos. Es sintomático que el lunes por la noche la canciller Merkel pusiera en conocimiento del presidente Zapatero que la gran empresa energética alemana E.ON había hecho una contraopa amiga con la opada Endesa que hostilmente había sido asaltada por Gas Natural.
Los dos gobiernos aparentemente no tenían conocimiento de unas negociaciones que de modo secreto se habían puesto en marcha desde que Manuel Pizarro, Constitución española en mano, declaró que nunca sería un empleado de La Caixa y otras lindezas sobre el tripartito y el trámite del estatuto catalán en el Congreso.
No hace falta recordar la campaña sobre los perniciosos planes de Catalunya para controlar toda la energía de los españoles. No sé en qué estaría pensando Esperanza Aguirre cuando dijo aquello de que Endesa no podía salir de territorio nacional. Quizás ya sabía que entre Frankfurt y Madrid funcionaba un puente aéreo de financieros y abogados del Estado que desembocaría en la contraopa conocida en la noche del lunes.
Ironías al margen, el hecho cierto es que la liberalización del sector energético en la Unión Europea puede llevar a sorpresas mayúsculas con decisiones de la máxima importancia estratégica para los estados sobre las que los gobiernos nacionales poco o nada puedan decir.
Me parece que la cuestión no está en hablar de “catalanofobia empresarial”, sino en cómo situar en un marco jurídico adecuado las actuaciones de las empresas multinacionales que cada día nos tratan más como usuarios que como ciudadanos, y no digamos como personas.
El mercado parece no tener freno en arrogarse competencias en operaciones de gran envergadura al margen de los gobiernos y que afectan a millones de ciudadanos. Las leyes del mercado no se eligen, funcionan por su cuenta y hablan el lenguaje de la oferta y la demanda, al margen de las necesidades objetivas de la sociedad. Son leyes muy eficaces para el crecimiento de la economía y para el progreso de los pueblos.
Pero no pueden ser absolutas y llevarlas hasta el punto de que los gobiernos, elegidos por la voluntad mayoritaria, se vean en el trance de aceptarlas aunque pudieran ir en contra de los intereses de los ciudadanos. Habrá que volver a aquello de Popper: “Todo el mercado posible, pero todo el Estado necesario”.
Los dos gobiernos aparentemente no tenían conocimiento de unas negociaciones que de modo secreto se habían puesto en marcha desde que Manuel Pizarro, Constitución española en mano, declaró que nunca sería un empleado de La Caixa y otras lindezas sobre el tripartito y el trámite del estatuto catalán en el Congreso.
No hace falta recordar la campaña sobre los perniciosos planes de Catalunya para controlar toda la energía de los españoles. No sé en qué estaría pensando Esperanza Aguirre cuando dijo aquello de que Endesa no podía salir de territorio nacional. Quizás ya sabía que entre Frankfurt y Madrid funcionaba un puente aéreo de financieros y abogados del Estado que desembocaría en la contraopa conocida en la noche del lunes.
Ironías al margen, el hecho cierto es que la liberalización del sector energético en la Unión Europea puede llevar a sorpresas mayúsculas con decisiones de la máxima importancia estratégica para los estados sobre las que los gobiernos nacionales poco o nada puedan decir.
Me parece que la cuestión no está en hablar de “catalanofobia empresarial”, sino en cómo situar en un marco jurídico adecuado las actuaciones de las empresas multinacionales que cada día nos tratan más como usuarios que como ciudadanos, y no digamos como personas.
El mercado parece no tener freno en arrogarse competencias en operaciones de gran envergadura al margen de los gobiernos y que afectan a millones de ciudadanos. Las leyes del mercado no se eligen, funcionan por su cuenta y hablan el lenguaje de la oferta y la demanda, al margen de las necesidades objetivas de la sociedad. Son leyes muy eficaces para el crecimiento de la economía y para el progreso de los pueblos.
Pero no pueden ser absolutas y llevarlas hasta el punto de que los gobiernos, elegidos por la voluntad mayoritaria, se vean en el trance de aceptarlas aunque pudieran ir en contra de los intereses de los ciudadanos. Habrá que volver a aquello de Popper: “Todo el mercado posible, pero todo el Estado necesario”.
lunes, febrero 20, 2006
Galimatías peninsular
Los optimistas por definición piensan que el proceso político abierto por Zapatero llevará a la paz con ETA, a la tranquilidad de Catalunya con su nuevo Estatut, a una cascada de reformas estatutarias en las autonomías que así lo quieran y a una España federal en la que todos nos sentiremos la mar de felices durante una o varias generaciones.Es la visión positiva.
Los pesimistas de todas las latitudes no ven más que catástrofes previas a la espera del gran caos de la destrucción final que llevará a España al suicidio. Afortunadamente, la política no es cuestión de optimismo o pesimismo, de sentimientos o quimeras, sino de realidades e intereses no siempre coincidentes y con frecuencia contrapuestos de los ciudadanos.
En democracia no hay manera de evitar las urnas cuando preceptivamente toca y entonces es la gente la que confirma el mapa político existente o propone otro alternativo. Que no cunda el pánico porque hay un tiempo para votar, otro para gobernar y un tercero para volver a votar.
Lo que más me interesa ahora de la política catalana y española es cómo quedará el mapa después de las elecciones municipales, autonómicas y generales que se van a celebrar entre las primaveras de 2007 y 2008.
Los resultados no serán del gusto de los optimistas ni de los pesimistas. Habrá que administrar con serenidad y un poco más de inteligencia que en los últimos dos años lo que salga de las urnas. Por parte de los que ganaron y también por parte de los que perdieron o no supieron perder.
Si les he de ser sincero veo que la política española y catalana están instaladas en un galimatías, una situación confusa que desconcierta a la ciudadanía que sale a la calle en Barcelona o en Málaga, con fotos oportunas y estratégicas de políticos con políticos, de idas y venidas de La Moncloa y de viajes de textos de un parlamento a otro que regresarán convenientemente desfigurados o afeitados y, en cualquier caso, limpios como una patena, Zapatero dixit.
El presidente del gobierno nos anunció veintiocho leyes en su última comparecencia a la prensa. A ningún colega se le ocurrió preguntar por las leyes propuestas y el diálogo con los periodistas se centró en el Estatut de Catalunya y en la posibilidad de que ETA anuncie el abandono de las armas.
El Estatut catalán ha ocupado la centralidad del debate político en los últimos dos años. Cuando todavía está tramitándose en el Congreso se organiza en Barcelona una multitudinaria manifestación bajo el lema “som una nació i tenim el dret a decidir”.
No deja de ser curioso que la cúpula de ERC, que forma parte del tripartito y está negociando en las Cortes su aprobación, se personara en la manifestación a la que concurrieron seis consellers del gobierno catalán. Como a los republicanos no les gustan los recortes que se aplican al texto estatutario insinuan que pueden votar en contra o abstenerse en el referéndum que necesariamente habrá que celebrar en Catalunya.
Cuesta entender que el Estatut se pactara en la Moncloa sin la presencia del president Maragall que, si nadie lo desautoriza, es la primera autoridad catalana y el que se ha empeñado en sacar adelante el texto aprobado por una gran mayoría el 30 de septiembre.
Da la impresión que nuestros políticos no se crean que sus decisiones tienen una dimensión jurídica. Tenemos derecho a decidir, claro que sí. Pero dentro del marco pactado. No tiene sentido abandonar el partido en la segunda parte porque se está perdiendo.
No voy a insistir en la irresponsable actitud del Partido Popular en este proceso convirtiéndose en un pirómano que no descansa ni de día ni de noche. Ellos sabrán.
Pero los gobiernos de Madrid y Barcelona tienen que saber que si su estrategia tropieza contra la realidad, si no salimos todos de este laberinto, los ciudadanos les pasarán cuentas. Al fin y al cabo la democracia no es para formar gobiernos sino para echarlos.
Los pesimistas de todas las latitudes no ven más que catástrofes previas a la espera del gran caos de la destrucción final que llevará a España al suicidio. Afortunadamente, la política no es cuestión de optimismo o pesimismo, de sentimientos o quimeras, sino de realidades e intereses no siempre coincidentes y con frecuencia contrapuestos de los ciudadanos.
En democracia no hay manera de evitar las urnas cuando preceptivamente toca y entonces es la gente la que confirma el mapa político existente o propone otro alternativo. Que no cunda el pánico porque hay un tiempo para votar, otro para gobernar y un tercero para volver a votar.
Lo que más me interesa ahora de la política catalana y española es cómo quedará el mapa después de las elecciones municipales, autonómicas y generales que se van a celebrar entre las primaveras de 2007 y 2008.
Los resultados no serán del gusto de los optimistas ni de los pesimistas. Habrá que administrar con serenidad y un poco más de inteligencia que en los últimos dos años lo que salga de las urnas. Por parte de los que ganaron y también por parte de los que perdieron o no supieron perder.
Si les he de ser sincero veo que la política española y catalana están instaladas en un galimatías, una situación confusa que desconcierta a la ciudadanía que sale a la calle en Barcelona o en Málaga, con fotos oportunas y estratégicas de políticos con políticos, de idas y venidas de La Moncloa y de viajes de textos de un parlamento a otro que regresarán convenientemente desfigurados o afeitados y, en cualquier caso, limpios como una patena, Zapatero dixit.
El presidente del gobierno nos anunció veintiocho leyes en su última comparecencia a la prensa. A ningún colega se le ocurrió preguntar por las leyes propuestas y el diálogo con los periodistas se centró en el Estatut de Catalunya y en la posibilidad de que ETA anuncie el abandono de las armas.
El Estatut catalán ha ocupado la centralidad del debate político en los últimos dos años. Cuando todavía está tramitándose en el Congreso se organiza en Barcelona una multitudinaria manifestación bajo el lema “som una nació i tenim el dret a decidir”.
No deja de ser curioso que la cúpula de ERC, que forma parte del tripartito y está negociando en las Cortes su aprobación, se personara en la manifestación a la que concurrieron seis consellers del gobierno catalán. Como a los republicanos no les gustan los recortes que se aplican al texto estatutario insinuan que pueden votar en contra o abstenerse en el referéndum que necesariamente habrá que celebrar en Catalunya.
Cuesta entender que el Estatut se pactara en la Moncloa sin la presencia del president Maragall que, si nadie lo desautoriza, es la primera autoridad catalana y el que se ha empeñado en sacar adelante el texto aprobado por una gran mayoría el 30 de septiembre.
Da la impresión que nuestros políticos no se crean que sus decisiones tienen una dimensión jurídica. Tenemos derecho a decidir, claro que sí. Pero dentro del marco pactado. No tiene sentido abandonar el partido en la segunda parte porque se está perdiendo.
No voy a insistir en la irresponsable actitud del Partido Popular en este proceso convirtiéndose en un pirómano que no descansa ni de día ni de noche. Ellos sabrán.
Pero los gobiernos de Madrid y Barcelona tienen que saber que si su estrategia tropieza contra la realidad, si no salimos todos de este laberinto, los ciudadanos les pasarán cuentas. Al fin y al cabo la democracia no es para formar gobiernos sino para echarlos.
miércoles, febrero 15, 2006
La libertad no es selectiva
En una semana el parlamento británico ha aprobado leyes restrictivas sobre el tabaco, ha introducido el carnet de identidad y ha convertido en delito la glorificación del terrorismo. La grabación de conversaciones privadas sin autorización judicial son abundantes en Estados Unidos y la ONU reclama el cierre de la base de Guantánamo porque los islamistas presos desde 2002 son objeto de torturas y no disponen de garantías y asistencia jurídicas.
La ministra Elena Salgado sigue sin tregua su cruzada contra los náufragos de la embestida contra el tabaco y la consellera Tura no se pone de acuerdo con su colega Geli sobre los emplazamientos de la práctica de la prostitución.
El mensaje que recibe el ciudadano que vive en Occidente es que en nombre de la seguridad y el orden, de la salud o de la longevidad, habrá que reducir algunas libertades básicas. El hecho de que en el Reino Unido se grabe en vídeo a muchos millones de ciudadanos y que las imágenes de sus movimientos puedan ser monitorizadas por funcionarios del gobierno desde una central de datos, es una novedad que alarma al espíritu liberal de los británicos que podrían comprobar cómo las profecías orwellianas no se cumplen en lejanos regímenes totalitarios sino en su establecida y consolidada democracia.
Hemos vivido días de una gran agitación global sobre la libertad de expresión y sobre si era procedente publicar dibujos en los que se ofendían los sentimientos y las creencias de millones de musulmanes. Pocas aportaciones se pueden hacer después de los centenares de artículos y opiniones vertidos en la prensa mundial sobre la libertad de los diarios europeos.
Pienso que sería más interesante fijarnos antes en las libertades concretas que se van cercenando en las sociedades democráticas en nombre de la seguridad y el orden y no perdernos en los ideales de la libertad que comparto plenamente y que en su conjunto constituyen la fuerza motriz del progreso de Occidente.
Una cosa es predicar y otra es dar trigo. La libertad no es una conquista para los más cultivados, para las clases dirigentes o para los académicos que la estudian con argumentos impecables. Es para todos.
La libertad es también para explicar todas las cosas que pasan, para pedir los derechos y exigir las obligaciones de los inmigrantes, para denunciar las actitudes torpes y abusivas de unos y otros. Sería empeñecer el concepto de libertad el circunscribirlo a la burla de las creencias de los otros. La libertad, por definición, no puede ser selectiva.
La ministra Elena Salgado sigue sin tregua su cruzada contra los náufragos de la embestida contra el tabaco y la consellera Tura no se pone de acuerdo con su colega Geli sobre los emplazamientos de la práctica de la prostitución.
El mensaje que recibe el ciudadano que vive en Occidente es que en nombre de la seguridad y el orden, de la salud o de la longevidad, habrá que reducir algunas libertades básicas. El hecho de que en el Reino Unido se grabe en vídeo a muchos millones de ciudadanos y que las imágenes de sus movimientos puedan ser monitorizadas por funcionarios del gobierno desde una central de datos, es una novedad que alarma al espíritu liberal de los británicos que podrían comprobar cómo las profecías orwellianas no se cumplen en lejanos regímenes totalitarios sino en su establecida y consolidada democracia.
Hemos vivido días de una gran agitación global sobre la libertad de expresión y sobre si era procedente publicar dibujos en los que se ofendían los sentimientos y las creencias de millones de musulmanes. Pocas aportaciones se pueden hacer después de los centenares de artículos y opiniones vertidos en la prensa mundial sobre la libertad de los diarios europeos.
Pienso que sería más interesante fijarnos antes en las libertades concretas que se van cercenando en las sociedades democráticas en nombre de la seguridad y el orden y no perdernos en los ideales de la libertad que comparto plenamente y que en su conjunto constituyen la fuerza motriz del progreso de Occidente.
Una cosa es predicar y otra es dar trigo. La libertad no es una conquista para los más cultivados, para las clases dirigentes o para los académicos que la estudian con argumentos impecables. Es para todos.
La libertad es también para explicar todas las cosas que pasan, para pedir los derechos y exigir las obligaciones de los inmigrantes, para denunciar las actitudes torpes y abusivas de unos y otros. Sería empeñecer el concepto de libertad el circunscribirlo a la burla de las creencias de los otros. La libertad, por definición, no puede ser selectiva.
lunes, febrero 13, 2006
Hipocresía a muchas bandas
Más que un choque de civilizaciones estamos ante un conflicto dentro de las dos civilizaciones supuestamente enfrentadas. No guarda proporción la publicación de unas viñetas ofensivas en un ciudad de provincias danesa con la quema y destrucción de la embajada de Dinamarca en Beirut y todos los actos violentos en contra de intereses europeos de los últimos días.
Si la ofensa hubiera llegado al corazón y a la cabeza de los más de mil millones de musulmanes, desde Indonesia a Mauritania, las protestas habrían sido mucho más alarmantes y destructivas. También si los musulmanes que viven en Europa se hubieran lanzado a las calles para quemar banderas danesas o de la UE tendríamos un problema todavía más crítico.
Estamos ante una revolución de minorías islámicas que utilizan la religión del Profeta como elemento aglutinador de sus objetivos finales para poner las leyes coránicas por encima de las que puedan nacer de la voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas. Desde el 11 de septiembre, Occidente es atacado porque representa todo lo contrario que pretenden imponer los revolucionarios islámicos.
El entusiasmo con que regímenes inestables como el de Siria o radicales como el de Irán promuevan las manifestaciones sobre los ofensivos dibujos daneses es una muestra de que la religión del Profeta es igualmente instrumentalizada por un régimen de ayatollahs de Teherán o por un dictador laico de Damasco.
El universo musulmán, afortunadamente, no responde corporativamente a las llamadas de la mezquita. Pero cuando el mensaje anti occidental es expuesto en tiempo real a todos los creyentes en cualquier rincón del planeta da la impresión de que los mil cairotas que se manifestaron en la capital representaban a los casi ochenta millones de ciudadanos egipcios.
El problema lo tienen en todo caso los musulmanes que no cuentan con una sola sociedad democrática si se exceptúa la europeizada Turquía y el Líbano étnicamente plural. Pero el hecho de que los países musulmanes sean más atrasados, más pobres y pisen los talones occidentales a seis siglos de distancia, no justifica que se puedan imponer nuestros valores de un día para otro, por la fuerza, en una cruzada democrática que lo único que ha conseguido es que haya más terrorismo en la zona, más inestabilidad, más peligro de que Irán construya la bomba atómica, más posibilidades ciertas de que una organización terrorista como Hamas forme gobierno en Palestina.
Los valores morales superiores de Occidente no se corresponden con los abusos cometidos por las tropas invasoras en Iraq, con la cárcel de Guantánamo y con el apoyo a una política exageradamente represiva de Israel para reprimir a los terroristas palestinos que, paradójicamente, ahora podrán entrar en el gobierno.
Tampoco con la riqueza que se extrae de las regiones de Oriente Medio para lubricar el crecimiento de la economía occidental. El beneficio va hacia los gobiernos que lo venden y a las multinacionales del petróleo que lo explotan para sus ganancias a veces insultantes.
Voces muy dispares han hablado de la arrogancia europea en el conflicto de los dibujos daneses. No se trata de poner en cuestión la libertad de expresión, incluso la libertad de insultar y ofender. Pero, aceptado este principio, hay que recurrir a la responsabilidad ya que ningún acto libre es inocuo.
Toda la libertad posible pero toda la prudencia y respeto necesarios. Proclamar la superioridad moral porque se puede insultar al Profeta y no otorgar los derechos sociales y políticos al cuarto de millón de musulmanes que viven en Dinamarca y los millones que residen en la Unión Europea se me antoja una gran hipocresía.
Si la ofensa hubiera llegado al corazón y a la cabeza de los más de mil millones de musulmanes, desde Indonesia a Mauritania, las protestas habrían sido mucho más alarmantes y destructivas. También si los musulmanes que viven en Europa se hubieran lanzado a las calles para quemar banderas danesas o de la UE tendríamos un problema todavía más crítico.
Estamos ante una revolución de minorías islámicas que utilizan la religión del Profeta como elemento aglutinador de sus objetivos finales para poner las leyes coránicas por encima de las que puedan nacer de la voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas. Desde el 11 de septiembre, Occidente es atacado porque representa todo lo contrario que pretenden imponer los revolucionarios islámicos.
El entusiasmo con que regímenes inestables como el de Siria o radicales como el de Irán promuevan las manifestaciones sobre los ofensivos dibujos daneses es una muestra de que la religión del Profeta es igualmente instrumentalizada por un régimen de ayatollahs de Teherán o por un dictador laico de Damasco.
El universo musulmán, afortunadamente, no responde corporativamente a las llamadas de la mezquita. Pero cuando el mensaje anti occidental es expuesto en tiempo real a todos los creyentes en cualquier rincón del planeta da la impresión de que los mil cairotas que se manifestaron en la capital representaban a los casi ochenta millones de ciudadanos egipcios.
El problema lo tienen en todo caso los musulmanes que no cuentan con una sola sociedad democrática si se exceptúa la europeizada Turquía y el Líbano étnicamente plural. Pero el hecho de que los países musulmanes sean más atrasados, más pobres y pisen los talones occidentales a seis siglos de distancia, no justifica que se puedan imponer nuestros valores de un día para otro, por la fuerza, en una cruzada democrática que lo único que ha conseguido es que haya más terrorismo en la zona, más inestabilidad, más peligro de que Irán construya la bomba atómica, más posibilidades ciertas de que una organización terrorista como Hamas forme gobierno en Palestina.
Los valores morales superiores de Occidente no se corresponden con los abusos cometidos por las tropas invasoras en Iraq, con la cárcel de Guantánamo y con el apoyo a una política exageradamente represiva de Israel para reprimir a los terroristas palestinos que, paradójicamente, ahora podrán entrar en el gobierno.
Tampoco con la riqueza que se extrae de las regiones de Oriente Medio para lubricar el crecimiento de la economía occidental. El beneficio va hacia los gobiernos que lo venden y a las multinacionales del petróleo que lo explotan para sus ganancias a veces insultantes.
Voces muy dispares han hablado de la arrogancia europea en el conflicto de los dibujos daneses. No se trata de poner en cuestión la libertad de expresión, incluso la libertad de insultar y ofender. Pero, aceptado este principio, hay que recurrir a la responsabilidad ya que ningún acto libre es inocuo.
Toda la libertad posible pero toda la prudencia y respeto necesarios. Proclamar la superioridad moral porque se puede insultar al Profeta y no otorgar los derechos sociales y políticos al cuarto de millón de musulmanes que viven en Dinamarca y los millones que residen en la Unión Europea se me antoja una gran hipocresía.
viernes, febrero 10, 2006
Los errores propios y ajenos
La armonía en sentido figurado es la conveniente proporción y correspondencia de unas cosas con otras. La sociedad no es sino un gran contenido de armonías, de códigos y costumbres, de lenguajes y gestos, de miedos y orgullos, de leyendas y fantasías, de mitos y realidades.
La evidente crispación en la vida política española es exagerada y no guarda proporciones con la realidad. Minorías políticas y mediáticas se han polarizado con el consiguiente desconcierto para la ciudadanía.
No existe una corriente de fondo que conduzca a un cambio importante en la vida de las gentes. No estamos ante el movimiento de hace dos siglos que pretendía abolir la esclavitud. Tampoco ante el fenómeno de la descolonización al término de la última guerra mundial. Ni siquiera ante los movimientos feministas y ecologistas de los últimos años.
Estamos ante algo tan español como es la tragedia sin pretender lección moral alguna. No hay burguesía como aquella realidad que buscaba la primacía de la ética, la laboriosidad, la regularidad y el orden como un deber de la mayoría.
Es algo tan simple y tan hispánico como el "trágala", el "te vas a enterar", el que "manda aquí soy yo" y otras categorías que tantos disgustos nos han traído. Dice un amigo mío que no hay nada que se parezca más a la derecha española como la izquierda española.
La primera busca el dominio del poder y la segunda el dominio de las ideas. Es una vieja historia. Y por el medio han surgido los nacionalismos que se parecen todos en su constante afán de prescindir de los demás nacionalismos.
Es preciso extirpar la estupidez que vuelve estúpidos a quienes se cruzan con ella. Hay que recuperar el matiz y el claroscuro. El escuchar antes de hablar. El pensar en las razones del otro antes que echarle en cara sus supuestos errores. El error está en presumir que los errores siempre son los ajenos.
La evidente crispación en la vida política española es exagerada y no guarda proporciones con la realidad. Minorías políticas y mediáticas se han polarizado con el consiguiente desconcierto para la ciudadanía.
No existe una corriente de fondo que conduzca a un cambio importante en la vida de las gentes. No estamos ante el movimiento de hace dos siglos que pretendía abolir la esclavitud. Tampoco ante el fenómeno de la descolonización al término de la última guerra mundial. Ni siquiera ante los movimientos feministas y ecologistas de los últimos años.
Estamos ante algo tan español como es la tragedia sin pretender lección moral alguna. No hay burguesía como aquella realidad que buscaba la primacía de la ética, la laboriosidad, la regularidad y el orden como un deber de la mayoría.
Es algo tan simple y tan hispánico como el "trágala", el "te vas a enterar", el que "manda aquí soy yo" y otras categorías que tantos disgustos nos han traído. Dice un amigo mío que no hay nada que se parezca más a la derecha española como la izquierda española.
La primera busca el dominio del poder y la segunda el dominio de las ideas. Es una vieja historia. Y por el medio han surgido los nacionalismos que se parecen todos en su constante afán de prescindir de los demás nacionalismos.
Es preciso extirpar la estupidez que vuelve estúpidos a quienes se cruzan con ella. Hay que recuperar el matiz y el claroscuro. El escuchar antes de hablar. El pensar en las razones del otro antes que echarle en cara sus supuestos errores. El error está en presumir que los errores siempre son los ajenos.
miércoles, febrero 08, 2006
Siempre nos quedará "La Codorniz"
Los espacios de humor, la ironía y el sarcasmo no son compatibles con la ignorancia, el oscurantismo y la intransigencia. Son malos tiempos para la libertad de expresión y para la crítica. Escuché por radio a varios acreditados dibujantes que no pensaban seguir la senda de su colega danés por miedo. Malo.
Unos dibujos ofensivos para demostrar que se puede utilizar la libertad de expresión y la broma para todo se han convertido en un tema tan serio que las dichosas viñetas sólo son la punta del iceberg de una pugna de mucho más calado.
No puedo aceptar que la gran mayoría de los más de mil millones de musulmanes estén de acuerdo en reaccionar con tanta rabia contra un dibujo que caricaturizaba al Profeta con una bomba sobre el turbante. A los extremistas radicales islámicos se les ha servido en bandeja un arma para rechazar los valores y la civilización occidentales.
El conflicto plantea nuevamente si la libertad de expresión tiene límites. Pienso que sí que los tiene. Incluso en la vida ordinaria en la que muchas veces cada día no decimos lo que pensamos sobre los más próximos en la familia, en el trabajo o en las relaciones sociales. Estas precauciones facilitan la convivencia, de por sí complicada, en cualquier ámbito.
Hay libertad en nuestra cultura para ofender los sentimientos y creencias más íntimos. Pero los ofendidos tienen todo el derecho para expresar su desacuerdo. Mientras lo hagan pacíficamente están dentro de las reglas de juego.
Pero si por un dibujo publicado en el mes de septiembre se queman embajadas y se retiran embajadores respondiendo con el odio y no con la ironía, alguna línea infranqueable se habrá cruzado. Una cosa es la libertad de expresión y otra es la responsabilidad, el respeto y el sentido común.
La firmeza para defender las convicciones expuestas en impecables editoriales de diarios continentales tiene su contrapunto en la reacción de los periódicos anglosajones que no pueden recibir lecciones democráticas pero que añaden unas líneas de prudencia porque saben por experiencia que la libertad, como el alcohol, no es pura al cien por cien.
Todo está permitido pero no todo es tolerable cuando se penetra en el territorio de las creencias, cuando se incita al odio o a la ira descontrolada. El debate no puede desembocar en una limitación de las libertades sino en una más inteligente administración de las mismas. En los tiempos que corren en los que la libertad y seguridad se confunden habrá que acudir a aquella vieja escuela de “La Codorniz”.
Unos dibujos ofensivos para demostrar que se puede utilizar la libertad de expresión y la broma para todo se han convertido en un tema tan serio que las dichosas viñetas sólo son la punta del iceberg de una pugna de mucho más calado.
No puedo aceptar que la gran mayoría de los más de mil millones de musulmanes estén de acuerdo en reaccionar con tanta rabia contra un dibujo que caricaturizaba al Profeta con una bomba sobre el turbante. A los extremistas radicales islámicos se les ha servido en bandeja un arma para rechazar los valores y la civilización occidentales.
El conflicto plantea nuevamente si la libertad de expresión tiene límites. Pienso que sí que los tiene. Incluso en la vida ordinaria en la que muchas veces cada día no decimos lo que pensamos sobre los más próximos en la familia, en el trabajo o en las relaciones sociales. Estas precauciones facilitan la convivencia, de por sí complicada, en cualquier ámbito.
Hay libertad en nuestra cultura para ofender los sentimientos y creencias más íntimos. Pero los ofendidos tienen todo el derecho para expresar su desacuerdo. Mientras lo hagan pacíficamente están dentro de las reglas de juego.
Pero si por un dibujo publicado en el mes de septiembre se queman embajadas y se retiran embajadores respondiendo con el odio y no con la ironía, alguna línea infranqueable se habrá cruzado. Una cosa es la libertad de expresión y otra es la responsabilidad, el respeto y el sentido común.
La firmeza para defender las convicciones expuestas en impecables editoriales de diarios continentales tiene su contrapunto en la reacción de los periódicos anglosajones que no pueden recibir lecciones democráticas pero que añaden unas líneas de prudencia porque saben por experiencia que la libertad, como el alcohol, no es pura al cien por cien.
Todo está permitido pero no todo es tolerable cuando se penetra en el territorio de las creencias, cuando se incita al odio o a la ira descontrolada. El debate no puede desembocar en una limitación de las libertades sino en una más inteligente administración de las mismas. En los tiempos que corren en los que la libertad y seguridad se confunden habrá que acudir a aquella vieja escuela de “La Codorniz”.
lunes, febrero 06, 2006
Ignorancia y violencia
Abrir un debate mientras se queman embajadas, se retiran diplomáticos y se anuncian graves enfrentamientos culturales y sociales es una forma de cerrar la puerta a cualquier discurso racional. Ciertamente no es proporcionada la respuesta tan violenta de musulmanes de tantos lugares del mundo que reaccionan con tanta rabia a la publicación de unos dibujos ofensivos a Mahoma en un periódico danés a finales de septiembre.
En Dinamarca no lo entienden y en el resto de países de cultura occidental tampoco. La libertad de expresión la tenemos tan asumida que sólo tiene los límites que marcan las leyes que derivan de las Constituciones que, a su vez, declaran como principio fundamental la libertad de expresión. Son muy escasos los periodistas o escritores condenados por lo que hayan escrito o difundido por radio o televisión.
El concepto de libertad según nuestros parámetros no es compartido por millones de musulmanes que no respetan los derechos humanos, que no tratan con dignidad a las mujeres, que no han alcanzado nuestras cotas de progreso y que no conocen la vida democrática. Es un hecho que Arabia Saudí se opone a la entrada de religiones cristianas en su territorio mientras impulsa y financia la construcción de mezquitas en cualquier parte de Europa.
Las mentes más progresistas de Occidente repiten cada dos por tres que no estamos ante un choque de civilizaciones sino ante una batalla puntual entre la democracia y el fanatismo, una consecuencia de la pobreza y la injusticia que la globalización ha hecho más patente. El primer ministro de Turquía y Rodríguez Zapatero firman hoy un artículo conjuntamente llamando al respeto y a la calma.
Aquí podemos pensar que no hay choque de civilizaciones. Pero una parte importante del mundo musulmán sí que lo piensa y actúa en consecuencia. La comunidad musulmana danesa se fue a quejar ante las autoridades políticas y ante el diario danés. La respuesta fue que la libertad es sagrada y que así funcionan las cosas en Dinamarca. Con la negativa a cuestas visitaron varios centros islámicos neurálgicos de Oriente y con la ayuda de Internet, lo que empezó siendo un conflicto local ha adquirido una peligrosa dimensión global.
Los precedentes de Salman Rushdie y el asesinato de su traductor japonés y su editor noruego, la muerte vejatoria del cineasta Theo Van Gogh en Amsterdam y la protección de políticos y escritores críticos con el Islam no son ninguna broma. El mundo occidental está asustado y tiene miedo. Los atentados con suicidas que se inmolan en Bagdad o en Israel sólo son noticia si causan muchos muertos.
El conflicto de los dibujos daneses deberá replantear una vez más si la libertad tiene límites y si esos límites pueden traspasar la libertad que los demás también quieren ejercer. Los dibujos daneses han ofendido la sensibilidad religiosa de muchos musulmanes. El derecho a la libre expresión debe preservarse pero, como todo en la vida, no puede ser absoluto.
Alguien puede gritar “fuego” en el interior de un cine o en un estadio abigarrado de gente. Pero sería un irresponsable. Pintar al Profeta con una bomba en el turbante equivale a considerar a todos los musulmanes como seguidores secretos de Bin Laden o terroristas en potencia. Y no es así.
Hay un gran desconocimiento entre las religiones monoteístas. Sobra desconfianza, hay demasiada sangre vertida en el pasado en nombre de credos, excesivas intolerancias y dogmatismos abundantes. Si en cuestión de libertades no nos podemos poner de acuerdo empezaría por la responsabilidad y el respeto mutuos. Y combatir la ignorancia, el peor de los males.
En Dinamarca no lo entienden y en el resto de países de cultura occidental tampoco. La libertad de expresión la tenemos tan asumida que sólo tiene los límites que marcan las leyes que derivan de las Constituciones que, a su vez, declaran como principio fundamental la libertad de expresión. Son muy escasos los periodistas o escritores condenados por lo que hayan escrito o difundido por radio o televisión.
El concepto de libertad según nuestros parámetros no es compartido por millones de musulmanes que no respetan los derechos humanos, que no tratan con dignidad a las mujeres, que no han alcanzado nuestras cotas de progreso y que no conocen la vida democrática. Es un hecho que Arabia Saudí se opone a la entrada de religiones cristianas en su territorio mientras impulsa y financia la construcción de mezquitas en cualquier parte de Europa.
Las mentes más progresistas de Occidente repiten cada dos por tres que no estamos ante un choque de civilizaciones sino ante una batalla puntual entre la democracia y el fanatismo, una consecuencia de la pobreza y la injusticia que la globalización ha hecho más patente. El primer ministro de Turquía y Rodríguez Zapatero firman hoy un artículo conjuntamente llamando al respeto y a la calma.
Aquí podemos pensar que no hay choque de civilizaciones. Pero una parte importante del mundo musulmán sí que lo piensa y actúa en consecuencia. La comunidad musulmana danesa se fue a quejar ante las autoridades políticas y ante el diario danés. La respuesta fue que la libertad es sagrada y que así funcionan las cosas en Dinamarca. Con la negativa a cuestas visitaron varios centros islámicos neurálgicos de Oriente y con la ayuda de Internet, lo que empezó siendo un conflicto local ha adquirido una peligrosa dimensión global.
Los precedentes de Salman Rushdie y el asesinato de su traductor japonés y su editor noruego, la muerte vejatoria del cineasta Theo Van Gogh en Amsterdam y la protección de políticos y escritores críticos con el Islam no son ninguna broma. El mundo occidental está asustado y tiene miedo. Los atentados con suicidas que se inmolan en Bagdad o en Israel sólo son noticia si causan muchos muertos.
El conflicto de los dibujos daneses deberá replantear una vez más si la libertad tiene límites y si esos límites pueden traspasar la libertad que los demás también quieren ejercer. Los dibujos daneses han ofendido la sensibilidad religiosa de muchos musulmanes. El derecho a la libre expresión debe preservarse pero, como todo en la vida, no puede ser absoluto.
Alguien puede gritar “fuego” en el interior de un cine o en un estadio abigarrado de gente. Pero sería un irresponsable. Pintar al Profeta con una bomba en el turbante equivale a considerar a todos los musulmanes como seguidores secretos de Bin Laden o terroristas en potencia. Y no es así.
Hay un gran desconocimiento entre las religiones monoteístas. Sobra desconfianza, hay demasiada sangre vertida en el pasado en nombre de credos, excesivas intolerancias y dogmatismos abundantes. Si en cuestión de libertades no nos podemos poner de acuerdo empezaría por la responsabilidad y el respeto mutuos. Y combatir la ignorancia, el peor de los males.
domingo, febrero 05, 2006
Un conflicto radical
El conflicto es bien simple. Una parte importante del mundo musulmán cree que está librando una guerra de civilizaciones contra Occidente, en nombre de Dios, tanto si lo aceptamos como sino.
Si en Europa aceptamos el respeto para todos, también lo tenemos que ejercitar para aquellos que viven entre nosotros y proceden de culturas muy distintas. Les tenemos que respetar.
La libertad es el motor el progreso. Pero la libertad no pisotea las libertades ajenas. No tenemos libertad para circular en sentido contrario en una autopista, ni libertad para robar, ni libertad para ofender gratuitamente a nadie.
Desde el punto de vista occidental no podemos pretender imponer la libertad en un país con casi doscientos mil soldados. En nombre de la libertad se han cometido muchos crímenes. La libertad no puede progresar sin tener en cuenta la libertad de los demás. Si es así, el choque es inevitable.
Independientemente de quien tenga razón. El antisemitismo resultó ser una perversidad. Y las burlas a las creencias cristianas no pueden convertirse en el pasaporte impune para criticar a otros.
Si uno de los logros irrevocables de la civilización occidental es la libertad no hay que utilizarla para ofender a las creencias más profundas e íntimas de los demás.
Me temo que el conflicto no ha hecho sino comenzar. Quizás tendremos que reconsiderar cuáles son las raíces de la civilización occidental. Paul Valéry decía que tenía tres pilares: la filosofía griega, el derecho romano y la religión judeo cristiana.
A veces no tenemos en cuenta ninguno de estos tres fundamentos.
Si en Europa aceptamos el respeto para todos, también lo tenemos que ejercitar para aquellos que viven entre nosotros y proceden de culturas muy distintas. Les tenemos que respetar.
La libertad es el motor el progreso. Pero la libertad no pisotea las libertades ajenas. No tenemos libertad para circular en sentido contrario en una autopista, ni libertad para robar, ni libertad para ofender gratuitamente a nadie.
Desde el punto de vista occidental no podemos pretender imponer la libertad en un país con casi doscientos mil soldados. En nombre de la libertad se han cometido muchos crímenes. La libertad no puede progresar sin tener en cuenta la libertad de los demás. Si es así, el choque es inevitable.
Independientemente de quien tenga razón. El antisemitismo resultó ser una perversidad. Y las burlas a las creencias cristianas no pueden convertirse en el pasaporte impune para criticar a otros.
Si uno de los logros irrevocables de la civilización occidental es la libertad no hay que utilizarla para ofender a las creencias más profundas e íntimas de los demás.
Me temo que el conflicto no ha hecho sino comenzar. Quizás tendremos que reconsiderar cuáles son las raíces de la civilización occidental. Paul Valéry decía que tenía tres pilares: la filosofía griega, el derecho romano y la religión judeo cristiana.
A veces no tenemos en cuenta ninguno de estos tres fundamentos.
miércoles, febrero 01, 2006
El programa de Hamas
Una visión optimista nos puede llevar a la conclusión de que la victoria de Hamas en las elecciones palestinas puede ser un camino para encauzar el proceso de paz y convivencia entre Israel y los palestinos. El “cuanto peor, mejor”, ha sido lema de muchos cambios radicales en situaciones políticas desesperadas y ha estado en el ánimo de los revolucionarios de muchas épocas de la historia.
Pero la visión realista o pesimista nos indica que si Hamas no cambia los postulados de su carta fundacional, de agosto de 1988, será más difícil todavía alcanzar la convivencia entre los dos pueblos.
La comunidad internacional ha dictaminado que si Hamas no renuncia a la violencia o no rechaza su idea de destruir a Israel será imposible que la mayoría absoluta conseguida democráticamente será inviable establecer relaciones con los vencedores, formen o no formen gobierno.
He repasado el texto de la Carta de Hamas, una organización que la Unión Europea calificó en 2003 como una organización terrorista, y los treinta y seis artículos no invitan a la tranquilidad. El artículo once dice que una tierra que ha sido musulmana ya no puede dejar de serlo hasta el día del Juicio Final.
Entre los territorios que fueron musulmanes se encuentra Israel y prácticamente toda la península ibérica. La Carta advierte en su artículo trece que Hamas está en contra de soluciones de paz y conferencias internacionales de diálogo señalando que la Yihad, la guerra santa, es la única vía para la cuestión palestina. Cualquier otra solución entra en “contradicción con los principios de la “resistencia islámica”.
Siguiendo el espíritu del libro pamfletario escrito en Rusia por un autor anónimo a principios de siglo pasado, “El protocolo de los sabios de Sión”, la Carta se refiere al pueblo judío como adinerado, que controla los medios de comunicación y sujeto de una supuesta conspiración judía internacional que habría inspirado los principios de la Revolución Francesa y de la Revolución de Octubre de 1917.
La Carta está encabezada en “nombre de Alá clemente y miseriocordioso” y no ha sido modificada desde que fue escrita. “Nuestra batalla contra los judíos es seria y gloriosa y exige la movilización de todos los esfuerzos sinceros”.
La política es el arte de lo posible y a pesar de estas declaraciones de principios tan radicales y tan intransigentes hay que buscar un entendimiento con los palestinos. Pero sus objetivos producen miedo a los judíos y al mundo cristiano occidental.
Pero la visión realista o pesimista nos indica que si Hamas no cambia los postulados de su carta fundacional, de agosto de 1988, será más difícil todavía alcanzar la convivencia entre los dos pueblos.
La comunidad internacional ha dictaminado que si Hamas no renuncia a la violencia o no rechaza su idea de destruir a Israel será imposible que la mayoría absoluta conseguida democráticamente será inviable establecer relaciones con los vencedores, formen o no formen gobierno.
He repasado el texto de la Carta de Hamas, una organización que la Unión Europea calificó en 2003 como una organización terrorista, y los treinta y seis artículos no invitan a la tranquilidad. El artículo once dice que una tierra que ha sido musulmana ya no puede dejar de serlo hasta el día del Juicio Final.
Entre los territorios que fueron musulmanes se encuentra Israel y prácticamente toda la península ibérica. La Carta advierte en su artículo trece que Hamas está en contra de soluciones de paz y conferencias internacionales de diálogo señalando que la Yihad, la guerra santa, es la única vía para la cuestión palestina. Cualquier otra solución entra en “contradicción con los principios de la “resistencia islámica”.
Siguiendo el espíritu del libro pamfletario escrito en Rusia por un autor anónimo a principios de siglo pasado, “El protocolo de los sabios de Sión”, la Carta se refiere al pueblo judío como adinerado, que controla los medios de comunicación y sujeto de una supuesta conspiración judía internacional que habría inspirado los principios de la Revolución Francesa y de la Revolución de Octubre de 1917.
La Carta está encabezada en “nombre de Alá clemente y miseriocordioso” y no ha sido modificada desde que fue escrita. “Nuestra batalla contra los judíos es seria y gloriosa y exige la movilización de todos los esfuerzos sinceros”.
La política es el arte de lo posible y a pesar de estas declaraciones de principios tan radicales y tan intransigentes hay que buscar un entendimiento con los palestinos. Pero sus objetivos producen miedo a los judíos y al mundo cristiano occidental.
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