Cambios climáticos y tragedias humanas
No alcanzo a comprender las dimensiones apocalípticas del cambio climático y de la transformación medio ambiental que se avecina poniendo en peligro la Tierra y los terrícolas. El ex vice presidente norteamericano. Al Gore, se pasea por el mundo presagiando las catástrofes venideras.
Su documental, La Verdad Incómoda, me metió el miedo en el cuerpo.
Siempre he pensado que la Tierra no ha hecho otra cosa que transmutarse. En la Conca de Tremp, por poner un ejemplo, hubo dinosaurios hace miles de años, de la misma manera que en algunas sierras del país se pueden encontrar piedras redondas, gastadas por el agua que fluye generación tras generación, que en un tiempo descansaban en el lecho de algún río.
Lo que me sorprende y asusta de estas teorías es la idea de que la Humanidad está sentada sobre una bomba de tiempo, que es cuestión de años, de un par de siglos a lo más para destruir el medio ambiente que en mucho parajes ya está muy deteriorado.
No voy a poner en cuestión lo que dicen los científicos y académicos con sus estudios bien elaborados. Pero no quiero pensar en que nos quedan únicamente diez años para prevenir una enorme catástrofe que podría trastornar el sistema climatológico de nuestro planeta.
A pesar de las inundaciones, sequías, epidemias y olas de calor asesinas que estos días recorren el sur de Europa y a pesar de que en Inglaterra las aguas llegan a los umbrales de las casas de Oxford con ciudadanos que transitan con katiuskas, me resisto a pensar que la catástrofe sea tan inminente.
Es evidente que las eras geológicas que transformaron la Tierra hace millones de años no respondían a la acción del hombre sino a la desenfrenada dinámica cósmica. Ahora es el hombre el que puede provocar la gran catástrofe. Es cierto y sólo hay que experimentar los cambios climáticos y medio ambientales que se han producido en las grandes ciudades para ratificar esta inquietante realidad.
Pero puestos a dramatizar, me gustaría que se levantaran las mismas señales de alarma por las acciones provocadas por la violencia de los hombres.
Me refiero al trasiego forzado de unos doscientos millones de habitantes del mundo que huyen de sus tierras por la persecución política, por el terrorismo, por las guerras que hacen posible la convivencia entre los humanos.
La crisis de Oriente Medio no tiene una única causa. Pero sí una sola consecuencia en forma del sufrimiento de millones de personas, la muerte de muchos de ellos y, muy especialmente la huída forzada hacia otros países en busca de horizontes de una vida más digna y más tranquila.
La escala del éxodo de refugiados que escapan de la violencia en Iraq cabe calificarla de crisis humanitaria. Más de dos millones de iraquíes han huído a Jordania y Siria. La ONU estima que el ritmo de desplazados en Iraq es de cincuenta mil mensuales. Es la mayor emigración forzosa desde la creación de Pakistán al separarse de la India o la de los palestinos que escaparon de su tierra con la creación del estado de Israel.
Los afganos que han huído del país hacia Iran se cuentan por cientos de miles con el peligro de ser repatriados forzosamente por las autoridades de Teherán.
Los movimientos migratorios forzados en el centro de África son conocidos. Y los cayucos que transportan a subsaharianos hacia Canarias es una de las grandes pesadillas de las autoridades españolas y europeas.
El hombre puede causar impunemente el cambio climático. Pero lo que provoca también el hombre, por acción o por omisión, es un miedo cósmico que obliga a millones de personas a abandonar sus tierras y sus raíces.
Los espías españoles en el mundo abierto
Un espía español que trabajaba supuestamente para los rusos ha sido descubierto, detenido y llevado a la justicia. A Roberto Florez García, ex agente del Centro Nacional de Inteligencia y ex guardia civil, se le acusa de haber pasado información secreta a Rusia y de haber identificado a varios espías españoles.
Se le imputa el delito de traición. Sus actividades más peligrosas se desarrollaron entre 2001 y 2004 cuando España se convertía en una gran potencia al propiciar la invasión del Iraq en los llamados tiempos del aznarato.
El director del CNI, Alberto Saiz, dio la cara y explicó algunos detalles que justificaban la detención del agente doble. Afirmó que los secretos revelados por el espía no comprometían ni ponían en peligro la seguridad nacional, ni de la Unión Europea o la Alianza Atlántica.
Yo no estaría tan seguro. Si la identidad de decenas de espías españoles está al alcance de otro servicio secreto, el ruso en este caso, ya no tienen nada que hacer. Son espías detectados y, por lo tanto, del todo inoperantes.
Siempre me ha fascinado el mundo del espionaje, tan bien dibujado por la literatura y el cine durante la guerra fría. Desde tiempos inmemoriales la labor de los espías ha sido imprescindible en los países serios. En cierto modo, me satisface que se haya descubierto un agente doble español porque indica que España está abierta al mundo y es objeto del interés de los traficantes de secretos de estado en las relaciones internacionales.
Pienso que el director del CNI no conoce bien la historia del espionaje en España. Afirma que el caso de Roberto Flórez, detenido en Tenerife después de dos años haber abandonado el servicio, es un caso único en la historia de los servicios secretos españoles.
Había espías en los tiempos de la España imperial y los hubo en cantidades ingentes durante la guerra civil española y a lo largo de la Segunda Guerra Mundial. Por citar un solo ejemplo se puede consultar en libros y hemerotecas la detención de Luís Calvo, periodista que llegó a ser director de ABC, que fue detenido al llegar al aeropuerto de Londres con una maleta repleta de documentos que debían ser entregados a los servicios secretos de Hitler.
También se puede citar a Luís Bolín, corresponsal en Londres, que contrató el avión Dragon Rapid que trasladaría al general Franco desde las Canarias a Tetuán iniciándose la guerra civil.
Ha habido espías, y muchos, aunque no pasarán a la historia por ser grandes profesionales.
Cambios profundos en Turquía
La Turquía moderna ha descansado durante 84 años sobre tres pilares: el ejército, la república y Kemal Atatürk, su fundador, los tres conectados y perfectamente lubricados. Los principios básicos, o las llamadas seis lanzas del kemalismo, han sido populismo, republicanismo, nacionalismo, secularismo, estatismo y reformismo. La concepción de Turquía de Kemal Atatürk no era la de un estado multinacional como la que durante más de tres siglos caracterizó el imperio otomano.
El kemalismo partía de la idea de un estado nación homogéneo del que incluso serían expulsados y asesinados los griegos y los armenios. Los kurdos serían aceptados pero con los criterios fundacionales de la república.
Al derrumbarse el imperio otomano como consecuencia de la derrota de las potencias del centro en la Gran guerra, Atatürk depuso al sultán y estableció un sistema republicano de corte occidental. Abolió el califato, la autoridad religiosa máxima, puso fin a la educación tradicional y eliminó los ministerios religiosos estableciendo un sistema secular de educación pública.
Desaparecieron los tribunales religiosos que aplicaban la ley islámica que fue reemplazada por un sistema legal universal inspirado en el código civil suizo.
Cambió el alfabeto, propició que los turcos se afeitaran los bigotes, promovió nuevos estilos de vestir y Turquía emprendía una larga travesía europeísta, secular y laica, que está en la lista de espera para convertirse en un nuevo socio de la Unión Europea.
Recomiendo un libro excepcional para conocer la compeljidad de la historia de Turquía. Se trata de “A Peace to End All Peace”, publicado hace unos años por David Fromkin. También es imprescindible leer “Estambul”, la historia personalizada de la ciudad del único premio Nobel turco, Orhan Pamuk, que ganó el de Literatura del año pasado.
Cada vez que se plantea un debate polítco en nuestro país, ha dicho Pamuk estos días, no estamos discutiendo lo que en realidad pasa sino las intenciones escondidas sobre lo que ocurre.
Tendemos a mirar a Turquía con estereotipos demasiado frágiles. Si después del secularismo y republicanismo kemalista auspiciados por Atatürk, resulta que un partido islamista, el AKP liderado por Erdogan, acaba de ganar por segunda vez consecutiva las elecciones legislativas por mayoría absoluta. En las del domingo pasado, con una participación del ochenta por ciento.
El Partido Republicano del Pueblo, que representa los valores seculares kemalistas, se ha quedado descolgado en segundo lugar.
¿Se ha pronunciado Turquía por un régimen islámico? No exactamente. Lo que ha ocurrido es que los valores del republicanismo han llegado a un punto de agobio para la mayoría de turcos que han dado la espalda a un partido que, además, está protegido por la cúpula militar.
Erdogan no tiene la mayoría de los tres cuartos de la cámara para designar al presidente de la República que causó el adelanto de las elecciones. Pero tiene el poder que ejercita con mucho tiento y que es un factor decisivo de la modernización del país. No es fanático pero tampoco rechaza los valores de una nsociedad que ha sido musulmana durante siglos. Salvando todas las distancias, podría calificarse como un demócrata cristiano a la turca.
Apagón en la ciudad de los prodigios
Llevamos más de cuatro horas sin luz. Nos quedan otras seis de tinieblas, según las estimaciones más optimistas. Estamos en la ciudad de los prodigios, la que organizó los mejores Juegos Olímpicos de la historia, la del Forum de las Culturas, la de quince millones de turistas anuales.
Se apagó la luz y la ciudad enseñó su vergonzosa vulnerabilidad. No había plan B. Los hospitales quedaron paralizados, los ascensores colgados, el tráfico se convirtió en una jungla. El sudor se apoderó de las gentes.
Me he trasladado a una zona no afectada por el apagón para seguir una crisis que, de verdad, sí que afecta a centenares de miles de barceloneses. He escuchado por radio a los responsables del gobierno de Madrid, de la ciudad de Barcelona, de los bomberos, de la policía, del conseller de Interior, de docenas de ciudadanos que no acaban de entender lo que está pasando.
La compañía que suministra la electricidad ha emitido comunicados por escrito, sin dar la cara, hablando de un accidente. Espero que en cualquier momento aparezca Manuel Pizarro, presidente de Endesa, constitución en mano, tapa dura, y nos explique qué ha pasado.
Le energía no podía estar en manos catalanas. Vale. Pero, por favor, si un apagón se prolonga tantas horas en este 23 de julio del año de gracia de 2007, en la capital catalana, no nos mantengan más tiempo en las tinieblas. Los catalanes no tenemos capacidad para administrar nuestra propia energía. De acuerdo. Pero hagan algo. Aunque sea exhibiendo la Constitución.
Luz informativa y luz de verdad, la de las bombillas, la de la corriente que sube y baja los ascensores, la de los hospitales, la de las tiendas, la de los semáforos, los restaurantes y los mercados.
Los sufridos contribuyentes y clientes de Endesa seguiremos pagando las facturas. Incluso vamos a aceptar silenciosamente los incrementos a partir del año que viene.
Viva la modernidad en la ciudad de los prodigios. Viva la retórica. Viva la irresponsabilidad. Viva la improvisación y viva la chapuza.
Menos mal que la Generalitat acaba de anunciar, a las 15.45, una Comisión de Investigación por lo ocurrido. Tranquilos, por lo tanto, dentro de dos meses se sabrá lo que ocurrió.
Sobrantes humanos de la globalización
Son los sobrantes de la globalización que excluye lo que sobra. También a las personas que se convierten en vidas perdidas en los mares y en las fronteras. Es la tesis de Zygmunt Bauman en su libro "La modernité et ses exclus". La globalización produce grandes montañas de basura al transformar lo que consumimos en desechos.
La inmigración es el desecho humano de la globalización, una indecencia de la nueva cultura que convierte en más ricos a los que ya lo son y en más pobres a los miserables.
Estamos preocupados por nuestra seguridad en un mundo de miedo cósmico. Miedo a que lleguen y miedo a llegar. Mientras aquí debatimos hasta el infinito si ETA va o no a matar, mientras en Bagdad son asesinados docenas de ciudadanos cada día, mientras la maquinaria de guerra no neutraliza el odio reinante, ayer murieron unos cincuenta subsaharianos en un cayuco frente a las costas canarias.
Cientos de inmigrantes africanos pierden la vida cada daño en su ruta hacia Canarias en búsqueda de un horizonte vital más digno. Muchos alcanzan nuestras costas. Otros se ahogan absurdamente y descienden al fondo del océano. Quienes llegan sin papeles son repatriados.
Es una bofetada a nuestro bienestar, a nuestros miedos, a nuestras vacaciones en lugares exóticos, a nuestras comilonas sofisticadas, a nuestra fragilidad.
Copio un comentario de mi colega y amigo Josep Playà en La Vanguardia de hoy: "... los países siguen siendo proteccionistas, ponen barreras, establecen controles, levantan muros, ponen barcos para controlar el mar e impiden el libre tráfico de las personas."
Se nos llena la boca de solidaridad y los plátanos de Camerún o las hortalizas de Marruecos no pueden llegar a precios competitivos porque el proteccionismo de nuestra agricultura, de nuestros payeses, va primero.
Pero esas gentes que arriesgan sus vidas hacia un futuro que se puede convertir en tragedia nos envían mensajes que no podemos ocultar. Una globalización sin justicia global, sin dar oportunidades a todos, nos puede destruir.
Rusia contraataca
El juego prosigue. Inglaterra expulsó a cuatro diplomáticos rusos y Rusia le corresponde con la expulsión de cuatro diplomáticos británicos.
Ayer vimos en director un episodio de la guerra fría cuando Boris Berezovsky denunciaba que Putin quería matarle. Scotland Yard le protegió pero volvió a Londres y aireó su caso ante el mundo.
En el fondo de este inesperado conflicto está el envenamiento de un supuesto espía ruso en Londres que, a su vez, era amigo de Berezovsky.
Putin ha suspendido todas las visas de visitantes británicos a Rusia y, lo que es más preocupante, ha anunciado que dejará de cooperar con Gran Bretaña en la lucha contra el terrorismo.
Así ocurría en la guerra fría. Con una diferencia. En los años más tensos del conflicto entre los dos bloques se trataba del enfrentamiento entre dos sistemas separados por la ideología y por el concepto de libertad.
Ahora media otro factor: el dinero. Con los rublos, euros o dólares de la energía se compra casi todo. Incluso se pone a sueldo de Moscú un ex canciller de Alemania como Gerhard Schröder.
La democracia está instalada en Rusia. Pero es una democracia sin libertades garantizadas, con espías actuando opacamente, con la vida de personas en peligro por el hecho de manifestarse en contra del régimen.
De momento, es una repetición suave de la guerra fría. Pero el enfrentamiento con Rusia será inevitable. No se producirá en forma de guerra o de ejércitos alineados en el campo de batalla. Pero puede instrumentalizarse con todos los medios que tiene una gran potencia que dispone de grandes reservas de energía y, por lo tanto, puede utilizar el grifo para mantener a oscuras o cerrar el grifo a media Europa.
No es ninguna broma.
Conspiraciones televisadas
La guerra fría discurría en el cine, en la literatura, en las tenebrosas historias de espías, en las cumbres entre Breznev y Nixon o entre Reagan y Gorbachev. Graham Greene o Frederick Forsyth escribían bellas páginas sobre la intriga que circulaba al amparo de la inteligencia organizada desde Washington o Moscú.
El espía era un ser misterioso, anónimo, conocido solamente por sus superiores o por los servicios secretos del adversario. Recogía información, confundía al enemigo, estaba muy despierto o permanecía dormido durante años.
Ayer pude seguir en directo la rueda de prensa que Boris Berezovbsky ofreció en Londres. Puro espionaje televisado. Berezovsky es un matemático que se dedicó a importar coches de lujo a Rusia en los tiempos de la “perestroika” de Gorbachev. Alternó las esferas del poder de Boris Eltsin y se convirtió en uno de los siete oligarcas que se hicieron billonarios, si billonarios, cuando el Kremlin privatizó las grandes empresas del Estado.
Algunos de ellos, como Mijail Khodorkovsky, se pudre en una prisión de Siberia por haber insinuado ambiciones políticas al margen de Vladimir Putin. Otros, como Abraamavobich, residen en Londres, compran equipos de fútbol y exhiben mansiones de ricachones en barrios de lujo.
El capitalismo salvaje, sin escrúpulos y con miles de millones de euros, diseminó por Occidente una serie de personajes que son conocidos como la mafia rusa que ha llegado a Barcelona y ha imputado a ex subdelegado del gobierno. Con qué facilidad se abre camino el dinero. Si es negro, todavía mejor.
Berezosky dijo cosas gruesas en la rueda de prensa de ayer. Denunció que Putin le quiere matar por haber protegido al envenenado espía Litvinenko que ha provocado un choque político entre Londres y Moscú, con expulsión de diplomáticos y con amenazas de represalias económicas entre los dos países.
Un amigo de Berezovsky que reside en Rusia le visitó hace unas semanas para advertirle que Putin le quería matar. Lo notificó a Scotland Yard que le aconsejó ausentarse un tiempo de Gran Bretaña. Así lo hizo. Pero ha vuelto y ha denunciado el complot del Kremlin contra él.
Berezovsky no debe ser un gran demócrata. En enero dijo en una radio de Moscú que había estado planeando un golpe de estado para derrocar a Putin. Y el Kremlin respondió como en tiempos de la guerra fría. Sus agentes asesinaron a Litvinenko y ahora, según parece, iban a por Berezovsky.
Lo novedoso es que la pugna por el poder se ofrece ahora en directo con toda brutalidad. Malos tiempos para la literatura. La realidad supera la ficción.
La inevitable explosión de Pakistán
Un país con bomba atómica en situación desesperada puede cometer una barbaridad de dimensiones incalculables. Pakistán está dotado de armas nucleares, tiene un contencioso con India por el conflicto de Cachemira y hoy vive momentos convulsos que enfrentan a los radicales islámicos con el presidente Pervez Musharraf, un militar que gobierna como un dictador desde que dió un golpe en 1999 derrocando al primer ministro electo Nawaz Sharif.
Es conocida la historia de Pakistán. Es un estado creado con criterios religiosos cuando Gran Bretaña concedió la independencia a la India. Los hindúes debían quedarse en lo que hoy es la India y los musulmanes se quedarían en pakistán y Bangladesh. Era el año 1947, conocido también como el de la emigración más numerosa de la historia, con el trasiego de decenas de millones de musulmanes hacia sus nuevos destinos. En 1971 Bangladesh se independizó de Pakistán.
Hoy cuenta con 170 millones de habitantes. Fue el laboratorio principal de Estados Unidos para combatir a los soviéticos en Afganistán adiestrando a personajes como Bin Laden que trabajaban entonces para la inteligencia de Ronald Reagan y después se convirtieron en el núcleo de los talibanes que acabarían perpetrando el sangriento atentado del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington.
Pakistán es un país explosivo, violento, depauperado y atrasado. Es aliado de Estados Unidos y de Occidente, como lo son igualmente los gobiernos de Líbano, Iraq, Arabia Saudí y Yemen, donde el terrorismo de las distintas franquicias de Al Qaeda asesina a occidentales y se matan entre sí para controlar sus respectivas sociedades.
El asalto a la Mezquita Roja de Islamabad ocurrido hace una semana se saldó con más de cien muertos. Los talibanes han respondido con ataques indiscriminados que en dos días han asesinado a más de sesenta personas.
El régimen de Musharraf es muy frágil. Hace una semana su avión fue atacado con misiles caseros desde una azotea cercana al aeropuerto y el presidente esquivó el golpe.
No es la primera vez que un político es atacado mientras viaja en avión. El presidente Zia Ul Haq, al que conocí en una recepción oficial en Islamabad en plena guerra en Afganistán, fue abatido cuando su avión acababa de despegar en 1988. Zia Ul Haq perpetró un golpe de estado incruento en 1977, con la excepción de haber detenido, ajusticiado y ejecutado al que era primer ministro, Ali Bhutto, padre de Benazir Bhuto que se convertiría en primera ministra democrática al morir trágicamente en avión el presidente Zia.
Los desastres aéreos han causado la muerte de varios líderes mundiales. Lin Biao, el sucesor nominado de Mao Zedong, desapareció en los aires después de que su avión estallara sobre Mongolia en 1971 mientras la Revolución Cultural estaba en su apogeo.
La astucia del rey Hassan II de Marruecos hizo que en agosto de 1972 engañara a los cazas de vigilancia enviados por el poderoso e intrigante Ufkir para abatir al avión real que regresaba de una larga estancia en su castillo de Betz, en Francia.
No sé cómo se va a producir el fin del régimen de Musharraf. Pero su fin está escrito en la pared.Por sus alianzas con Occidente, por la fuerza del fanatismo de los radicales islámicos, porque el país vive en una situación convulsa y porque es en Pakistán, junto a Arabia Saudí e Iraq, donde se adiestran a hombres dispuestos a inmolarse para dar muerte a cuantos se pongan por delante.
Si la vida para esas personas que se suicidan matando no tiene valor, tampoco lo tiene la de los demás. Un grave problema.
El desprecio a la verdad
El olvido y la memoria no se encuentran ni siquiera en el horizonte. La historia no está tejida por manos inocentes. Los horrores que quisiéramos olvidar son precisamente los que deberíamos recordar.
Desde el Holocausto a Darfur pasando por Ruanda, Camboya y las matanzas de Oriente Medio de nuestros días no podemos archivarlas en el lado opaco de nuestra memoria.
Me parece una indecencia que los iraquíes, libaneses, palestinos o israelíes, todas las víctimas de la violencia sectaria, se queden en las hemerotecas o en los noticiarios como archivando piezas de un museo.
La historia no se hace sino que se rehace, se enriquece con nuevos datos y hechos que han pasado, con las intenciones de quienes la protagonizaron, con las ideas muchas veces perversas que llevaron a las grandes desgracias de la Humanidad.
Hay que rescatar la verdad lo más objetivada posible de lo que ha ocurrido. Y contarla. Para que no se repita. Pero me parece que la verdad está condenada a un perpetuo exilio.Nos molesta hasta el punto que a veces provoca la burla y hasta el odio.
La verdad, a veces, no es políticamente correcta. Es despreciada en nombre de un país, de un gobierno, de una idea. Lamentable.
Como si la verdad quedara encerrada en los cenáculos de los poderosos, de los sabios, con una codificación hermética indescifrable. Es entonces cuando la mentira campa por sus respetos y nos envuelve a todos con formas que parecen verdaderas.
Fragilidad de los aliados en el mundo islámico
El panorama mientras dura la guerra contra el terrorismo internacional refleja un cuadro inquietante y contradictorio. Por una parte, en prácticamente todos los países en los que la violencia política es más desgarradora, hay gobiernos aliados o con muy buenas relaciones con Estados Unidos. Son gobiernos formalmente democráticos, monarquías autoritarias o regímenes militaristas.
En todos esos países el terrorismo de cuño islámico actúa despiadadamente contra los gobiernos respectivos y, a la vez, contra sus protectores que son identificados con Estados Unidos y Europa.
En Iraq y Afganistán los gobiernos han sido elegidos democráticamente en el sentido que están legitimados por las urnas a las que acudieron mayorías muy remarcables de iraquíes y afganos.
Los atentados terroristas en esos dos países son diarios e indiscriminados.
El asalto a la Mezquita Roja en Islamabad, con decenas de muertos en medio de una violenta tensión, revela la debilidad del general Musharraf para hacer frente al movimiento de insurgencia islámica que quiere convertir a Pakistán en un régimen coránico.
Igualmente ocurre en Líbano con un gobierno bendecido por Europa, Estados Unidos e Israel, pero muy debilitado por los palestinos de Hamas que operan bajo la protección de Irán y Siria. Lo mismo se puede decir de Yemen, con un gobierno protegido por Washington, donde hace dos semanas se ha perpetrado un atentado suicida con coche bomba que costó la vida a siete ciudadanos españoles.
El aliado más poderoso de Occidente en la región es Arabia Saudí, la monarquía autoritaria de los Saud, que por una parte controla rigídamente la disidencia y, por otra, hace la vista gorda cuando desde Riad se financia a grupos relacionados con Al Qaeda que operan en el mundo musulmán y en Europa.
La inestabilidad en la zona es preocupante. Tanto para la mayoría de la población musulmana que desea vivir en paz como para la estrategia de Occidente para encontrar una salida a una situación que no camina precisamente hacia la democracia.
El problema lo tiene George Bush con 150.000 soldados en Iraq, pero también lo tenemos cuantos países podemos ser víctimas de atentados masivos. Los gobiernos aliados en la región no fomentan la democracia sino más violencia.
Iraq, la vuelta a casa
No se trata de retirarse a tiempo sino de retirarse cuanto antes porque las posibilidades de controlar Iraq son cada vez más inasequibles.
La muerte señorea por las calles de Bagdad y por todos los rincones del país. Mueren soldados norteamericanos, sunitas, chiítas, kurdos, partidarios del gobierno, miembros de todas las facciones, terroristas extranjeros y locales.
La muerte es una tenebrosa rutina diaria.
La retirada es inevitable antes que se convierta en una expulsión implícita, antes que los electores expulsen a los republicanos en las urnas el año próximo. No es novedad que un ejército poderoso tenga que batirse en retirada. Persas, griegos, romanos conocieron esta amarga experiencia.
Napoleón abandonó Moscú en 1812 después de haber creado la versión rusa de la Academia Francesa nada más llegar al Kremlin. Sentado sobre las cenizas de una ciudad en ruinas y sin haber recibido la capitulación rusa, la Grande Armée emprendió la catastrófica retirada hacia Francia.
Los británicos se retiraron de Gallípoli en 1915 después del fiasco de la batalla de los Dardanelos siendo primer lord del Almirantazgo, el joven Winston Churchill.
Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, a finales de mayo de 1940, unos trescientos mil soldados británicos y franceses fueron evacuados con miles de bajas a los puertos de Inglaterra, después de haber sido sitiados por las tropas alemanas.
La guerra de Vietnam terminó con una masiva y precipitada retirada de los soldados americanos de Saigón, un espectáculo inmortalizado por la película “The last days” en la que se utilizaron imágenes reales de aquella dramática y agitada huída.
Las grandes potencias se han estrellado en Asia Central muchas veces a lo largo de la historia. En el Gran Juego del siglo antepasado, los británicos fracasaron en tres guerras consecutivas en Afganistán. En una de ellas, no llegaron ni siquiera a retirarse. En la Garganta de Kabul toda la expedición británica fue eliminada. La leyenda cuenta que sólo se dejó en vida a un tal doctor Hamilton que escapó a uña de caballo para comunicar al cuartel general británico en las inmediaciones del paso de Kyber la magnitud de la tragedia.
En Afganistán se estrelló el impresionante imperio soviético que cruzó la actual frontera con Uzbekistán en las Navidades de 1979. Aquella expedición se saldó con una humillante retirada de las tropas que envió Breznev y que supondría el principio del fin de un imperio que comenzó a construir Iván el Terrible en el siglo XVI.
No hay que ser un adivino para vaticinar una suerte semejante a los contingentes de soldados de la Alianza Atlántica, un millar de españoles entre ellos, que tendrán que abandonar aquel extraño país con un gobierno puesto por los ocupantes sin conseguir la pacificación entre los afganos.
La retirada de tropas occidentales de Asia Central llegará más pronto que tarde. Previamente, los principales impulsores de la invasión de Iraq han sido apartados del poder, en el caso de Aznar y Blair, mientras que el presidente Bush espera ansiosamente que termine su segundo mandato con unos índices de popularidad bajo mínimos.
El “The New York Times” de hoy publicab un extenso editorial titulado simplemente “The road home”. La vuelta a casa después de un gran fracaso es una consecuencia lógica de una expedición militar que ha sido más el problema que la solución para la estabilidad en la región.
A pesar de haber criticado siempre la guerra de Iraq por haberse declarado sin una causa verificada, la retirada de la Mesopotamia y de Afganistán, serán una muy mala noticia para la seguridad y credibiliad de las democracias
Resurgimiento nacionalista en Rusia
Cuidado con Vladimir Putin y cuidado con Rusia que alguien pudo pensar que tardaría generaciones en recuperarse de la humillación sufrida por sus propias debilidades con la desmembración de la Unión Soviética en los años noventa.
Perdió la guerra fría sin haber disparado un solo tiro. El hundimiento de un imperio de aquellas magnitudes no pensaba verlo en mis días. Y se produjo desde dentro de la mano de sus propios dirigentes, de Gorbachev primero y de Boris Eltsin después.
Pero un país de la importancia de Rusia en la historia del mundo puede haber perdido una gran batalla. Pero no la guerra. Rusia vuelve a asomarse al mundo. Tiene las llaves de la grifería energética de Europa en sus manos y es imprescindible para combatir el rampante integrismo islámico en su versión terrorista.
Ha apaciguado al despistado y militarista presidente Bush que al ser preguntado qué pensaba de su compañero de pesca, ex agente del KGB, Vladimir Putin, inspirador de la eliminación de periodistas críticos, autor de matanzas en Chechenia, dijo que "creía que le decía la verdad".
El despertar de Rusia tenía que venir del nacionalismo patriota. Siempre es igual. Sólo hay que ver cómo se resucita la memoria histórica reciente en un manual oficial que ha sido distribuido a todos los maestros de Rusia y que ha sido presentado por el propio presidente en un acto oficial.
Se dice que el libro no es un manual obligatorio. Pero está bien visto por el Kremlin y por Putin. Algunas transcripciones son interesantes para conocer el pensamiento del presidente y de los historiadores que han confeccionado el texto:
"Se pueden encontrar cada vez más síntomas del colapso de las democracias.. Cada vez hay más elecciones que se asemejan a las rebajas de los almacenes. No se debe olvidar que Hitler subió al poder en Alemania a través de medios completamente democráticos".
"Esencialmente, la entrada en el club de las naciones democráticas supone una rendición de parte de nuestra soberanía nacional a los Estados Unidos".
"La principal tarea estratégica de Estados Unidos es ampliar su influencia política bajo el slogan de monitorizar la observancia de las libertades políticas y los derechos humanos"
"Stalin ha sido el líder soviético con más éxito de la historia por haber industrializado el país y por haber ganado la Segunda Guerra Mundial. "
"Las purgas del Gran Terror de 1937, ordenadas por Stalin, se calcula que fueron ejecutadas unas 700.000 personas, no fue tan atroz como las barbaridades cometidas por otras naciones, como Estados Unidos en el uso de la bomba atómica".
"La victoria de Estados Unidos en la guerra fría fue una cruel paradoja para Washington. Pretendieron que todos los países del mundo siguieran sus reglas pero muchos estados no han estado dispuestos a someterse totalmente a un solo gobierno".
Es comprensible la reacción de una gran potencia humillada por su propia incapacidad en satisfacer las necesidades básicas de sus propios ciudadanos. Pero quienes tengan la esperanza de que Rusia se convierta en una democracia, tienen que esperar mucho más tiempo.
Palos de ciego contra el terrorismo
No sabemos de dónde son, quién les manda, cómo se han organizado. La novedad de los últimos atentados frustrados en Londres y Glasgow es que los sospechosos de haber perpetrado los ataques son médicos o personal sanitario que trabaja en el servicio de sanidad británico.
Son médicos que han llegado a Gran Bretaña en los últimos años procedentes de India y Oriente Medio y desempeñan su trabajo con las preceptivas cualificaciones académicas.
El terrorismo globalizado, en todas sus variantes, actúa casi a diario y en los últimos días ha golpeado y asesinado a gentes en Líbano, Yemen, Iraq y otros puntos del planeta. La amenaza es difusa pero real. Puede ser obra de un suicida que se inmola o puede ser ideada por personas que conviven con absoluta normalidad en sociedades democráticas o en países convulsionados por la violencia.
La pregunta clave es si estos médicos u otros profesionales, mezclados en la clase media educada británica o europea, llegaron con la misión de preparar atentados o fueron adiestrados en el interior del país para cometerlos.
La red internacional de este tipo de terror ilocalizable no tiene sede fija, ni cuartel general, ni se conocen a sus dirigentes. El martes se detuvo en Brisbane, Australia, un médico nacido en India que, según parece, sería uno de los cerebros que organizó los atentados frustrados en Gran Bretaña. Ese doctor había trabajado en hospitales ingleses.
No estamos ante un grupo difuso de depauperados, sin educación y sin medios suficientes para llevar una vida cómoda y tranquila. Baste recordar que los inspiradores y autores de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos eran personas preparadas, adiestradas para matar, que viajaban, usaban tarjetas de crédito y no habían sido detectados por los servicios de inteligencia internacionales.
La teoría comunmente aceptada que relaciona la pobreza con el terrorismo internacional no se sostiene. Si fuera así, los países africanos donde la pobreza es endémica, suministrarían “mano de obra” abundante para perpetrar cualquier tipo de ataque.
La realidad es que sabemos bien poco de quiénes son, de dónde vienen, cómo se alistan a este movimiento global y cómo están organizados. Si desconocemos estos datos, seguiremos dando palos de ciego y aumentará el miedo, una sensación impropia de una sociedad libre.
Una de las paradojas es que utilizan todos los avances tecnológicos introducidos por Occidente para destruirlo. Utilizamos cañones para matar mosquitos. Sabemos que tenemos un enemigo muy peligroso pero no sabemos cómo hacer frente a gentes que vienen de fuera, están aquí, van y vienen, portadores de una cultura que amenaza nuestra civilización.
La inteligencia, la astucia, la razón y el derecho son requisitos previos para combatir el miedo. Sólo después, cuando se hayan explorado todas las otras posibilidades, habrá que recurrir a la fuerza.
Cuanto mejor va, más miedo hay
Es arriesgado ser mínimamente optimista cuando lo políticamente correcto es proclamar que las cosas van mal, están muy mal, y no nos imaginamos siquiera las catástrofes que nos esperan.
Leyendo los diarios estos días se puede llegar a la conclusión que toda la culpa es de la codicia de los políticos, de sus peleas y su falta de escrúpulos rindiéndose al régimen de la opinión pública que es la que condiciona toda su gestión.
La opinión pública, lo decía el otro día Rafael Argullol en un artículo muy reflexivo en El País, no se rige por los criterios de bondad, belleza y verdad, estudiados durante generaciones por griegos y romanos, sino por impulsos del momento, espontáneos, que obligan a los políticos a actuar según les exige la opinión mayoritaria y no a partir de sus propias convicciones, programas y valores.
Nadie repara en que la altura de nuestros políticos no es otra cosa que el reflejo de la sociedad en la que se desenvuelven. Es cierto que la política lo invade todo, lo condiciona todo y tiene consecuencias en la vida ordinaria de las gentes.
La crisis, si es tan alarmante como se vaticina, no es únicamente de la clase política sino de la sociedad en su conjunto. El hecho que la mitad de ciudadanos no acuda a votar no es sólo culpa de los políticos sino también de la falta de conciencia cívica de los hombres y mujeres que se desentienden de participar en la vida pública y en ayudar a resolver los problemas de los demás.
Viendo la actual situación en perspectiva se podría echar mano de aquella famosa frase de Harold Macmillan en los años sesenta cuando decía a los británicos que “most of our people have never had it so good“, que en una versión libre podría traducirse como “nunca había ido tan bien para tantos de nosotros”.
Europa vive en democracia, no hay guerras previstas en el horizonte, cientos de millones de europeos vacacionan en todos los rincones del planeta, repunta la economía, se resucita la difunta constitución europea, hay cambios de líderes en Francia y Gran Bretaña con nuevos impulsos renovadores con caras nuevas y equipos frescos y jóvenes.
A pesar de todo, lo que toca decir es que las cosas van mal y que irán peor. Hay un solapado miedo al futuro que cabría situarlo en dos factores que guardan una cierta relación entre sí.
El primero es la seguridad. Gordon Brown ha recogido la antorcha de Tony Blair y se ha encontrado con varios atentados frustrados, supuestamente obra de Al Qaeda, que han sembrado el pánico en la sociedad británica.
El terrorismo ocupa la centralidad del debate político en España desde mucho antes que ETA rompiera la tregua permanente. En Estados Unidos ocurre lo mismo a pesar de no haber sufrido ningún atentado desde el fatídico 11 de septiembre de 2001 y a pesar de tener a más de 150.000 soldados en Oriente para combatir el terrorismo de procedencia islámica.
El segundo factor es menos visible pero igualmente preocupante. Se trata de la desigualdad planetaria creada por un fenómeno tan positivo teóricamente como es la globalización. Cada vez hay más ricos y más pobres que lo son más. Siempre ha ocurrido así y nadie verá la erradicación total de la pobreza en el mundo.
La inseguridad y la desigualdad se traducen en un miedo global en tiempos en los que las armas de destrucción masiva, las bombas atómicas de los pobres, ya no están al alcance sólo de las grandes potencias sino de muchos individuos que no tienen inconveniente en inmolarse matando a cuantos más mejor.
Ante este panorama, el régimen de la opinión pública, del pensamiento rápido, de tener más que de ser, de la frivolidad... , no son la mejor terapia para evitar una gran crisis global.
La libertad hoy y en el mundo clásico
Llevo horas leyendo "El Mundo Clásico", un interesante relato de Robin Lane Fox (editorial Crítica), sobre la epopeya de Grecia y Roma. Es una delicia atravesar páginas y páginas describiendo una situación, un entorno cultural, ideas que se entrecruzan, conquistas, traiciones, cambios de régimen.
Tiranías, oligarquías y democracias. Son aportaciones interesantes a la historia de la humanidad. Ya les hablaré de esta visión del mundo clásico en posteriores blogs.
Me limito a señalar tres pilares en los que el autor construye el mundo clásico de Grecia: la libertad, la justicia y el lujo.
Me ha sorprendido lo del lujo. Me quiero detener en el concepto de libertad. Grecia gana a Persia y a Cartago porque era más libre o tenía un concepto muy alto de libertad. Los persas y los cartagineses eran más poderosos. Pero su poder se aglutinó en una sola persona o en un grupo oligárquico.
Grecia era más débil. Pero era más libre. Y ganó. Casi siempre ha sido así. La libertad es indestructible aunque haya quienes la secuestren momentánea o largamente.
El sentido más hondo de la democracia es que cada uno desee la libertad no sólo para sí mismo sino también para los demás. Con todas las imperfecciones y con todos los abusos y disfunciones.
En la Europa de hoy ha triunfado finalmente la libertad después de experiencias nefastas de pueblos nuevos y hombres nuevos. de campos de exterminio y de gulags.
Se me ha ocurrido que Fidel Castro y Hugo Chávez, por poner dos ejemplos de hoy, no serán referencias a seguir en los próximos siglos.