A un amigo de Cambridge
Me escribe un amigo desde Cambridge, doctor y hombre racional, que tiene el privilegio de vivir en un país en el que los debates suelen discurrir desde el cerebro y desde la tranquilidad emocional.
Es catalán y de una generación posterior a la mía. Me dice que ahora más que nunca da gracias por no vivir en las Españas. Estáis bien entretenidos por ahí, me dice. Mientras la BBC se preocupa por la gripe del pollo y la posibilidad de que se repitan los efectos mortíferos gigantescos de la "gripe española" de comienzos del siglo pasado, España se enzarza en su propio apocalípsis particular.
Me dice el doctor de Cambridge que nunca ha entendido la COPE y que le parece que el juego de los obispos españoles desde que el Partido Popular perdió las elecciones es muy peligroso. Incluso tú, Lluís , que siempre eres tan moderado, leí que te metías con el Jiménez Losantos, don Federico para los amigos.
Sigue el correo electrónico del amigo doctor de Cambridge: aquí en Inglaterra el debate es más rico, más interesante y no tan partidista. Aquí no vale aquello del "dime con quien vas y te diré quien eres" porque se respeta que cada uno pueda ser libre independientemente de los amigos políticos, sociales o religiosos que tenga. Aquí te preguntan qué piensas tú, no a qué grupo perteneces. Y eso, acaba diciendo, da mucho oxígeno.
Qué razón tienes, estimado amigo, y cuánto coincido contigo. Pero yo no puedo replantar mis tiendas en Inglaterra donde pasé ocho preciosos años de mi vida que me influyeron de forma determinante.
Acampo en tierras mediterráneas que son cálidas y suaves. Materialemente se vive mejor que en Cambridge. La ciudad de Barcelona está abarrotada de turistas de todos los puntos cardinales. Cada día van y vienen a Barcelona siete mil ciudadanos británicos. Cosas de la globalización y del abaratamiento de costes aéreos.
Pero me duelen muchas cosas. La de la radio de los obispos es una. La de la intransigencia de muchos, de todas las escuderías, es otra. El griterío organizado en la Universidad de Madrid contra Santiago Carrillo, también, por muchas que fueran sus responsabilidades durante la Guerra Civil española.
Habíamos quedado en 1978 que para no repetir los desmanes de la guerra civil giraríamos página y nos dedicaríamos a organizar una convivencia civilizada, dentro de las normales discrepancias que pueden ser todo lo duras que se quieran. Parece que éste no es el espíritu que circula por estos lares. Lo que en otros países es normal, organizar y reorganizar el funcionamiento del Estado, aquí se convierte en una batalla campal sobre la sagrada unidad de la patria.
El problema, amigo, es la revisión de la historia desde posiciones partidistas y no desde el rigor intelectual que se le supone a la ciencia que inventó Herodoto.
Me ha dolido especialmente el trato vejatorio al que ha sido sometido mi amigo Shlomo Ben Ami que tuvo que ser protegido por la policía para no ser atacado físicamente al dar una conferencia en la Universidad de Valencia. En esa ocasión eran los que defendían la causa palestina que puede defenderse pero no a tortas.
Ben Ami fue embajador en España, vice primer ministro de Israel y un intelectual que ha estudiado la guerra civil española y que es miembro relevante del partido laborista israelí.
En su libro, "Israel, entre la guerra y la paz", dice que "una sociedad se condena a la perdición cuando empieza a confundir el rival político con el enemigo mortal".
Es lo que estamos practicando por aquí. Haremos lo que esté en nuestras manos, somos más que ellos, para no que se repitan episodios tan desgraciados del pasado. Me das envidia por vivir y ver los nubarrones que se ciernen sobre Catalunya y España desde los "colleges" y céspedes de Cambridge.
Pero ahora me toca estar aquí. Ya te haré alguna visita. Espero que no sea formando parte de una de las clásicas oleadas en la que muchos antepasados míos y tuyos tuvieron que cruzar la frontera camino del destierro. Cuídate de la lluvia y del frío invierno que se avecina.
Las urnas acaban hablando
En su divulgativa historia de Roma, Indro Montanelli cuenta que las revoluciones o los cambios políticos de fondo no triunfan por la fuerza de las ideas sino cuando logran convencer que la nueva clase dirigente es mejor que la anterior.
La historia está llena de ideas revolucionarias que tropezaron con la realidad y se estrellaron con el juicio implacable de la sociedad que pretendían cambiar. Todo revolucionario es un conservador en potencia en el sentido de que en su imaginario utópico piensa que el mundo feliz de sus ideales es posible cambiando la estructura del poder en la que él deviene el protagonista. Una vez producido el cambio, a veces perdurable, ya no ve necesidad de que nadie más lo vuelva a intentar.
Así se han consolidado muchas de las tiranías de las que la historia nos ha dejado constancia. Pero en sistemas democráticos y libres siempre hay que volver a las urnas y recabar la opinión de los ciudadanos que renuevan o retiran la confianza. Es cierto que vivimos tiempos complejos y convulsos con una confrontación más demagógica que real entre predicadores mañaneros, políticos de todas las escuderías y ciudadanos que asisten atónitos al interesante e inquietante espectáculo que ofrece el país en su conjunto.
Si la clase política y la clase mediática, en la medida que me pueda corresponder, no regresamos a la racionalidad, al sentido común, a la concordia y abrimos horizontes de futuro abandonando las miserias del pasado, los ciudadanos van a decir la suya en la primera ocasión. En Catalunya antes de octubre de 2007 y en España antes de marzo de 2008 porque preceptivamente así lo establecen los plazos.
Alexis de Tocqueville, el francés que escribió con una gran visión sobre la democracia americana, observaba lo que ocurría en la asamblea francesa en vísperas de la revolución de 1848 que sacudió a todas las monarquías europeas, el año en el que Marx escribía el Manifiesto Comunista.
La asamblea francesa, decía Tocqueville, era el único lugar de París en el que, desde la mañana a la noche, no se hablaba de lo que discutían en las calles y en las tabernas todos los franceses que era, ni más ni menos, que el país no funcionaba y que el cambio era inevitable.No quiero establecer paralelismos porque los tiempos y las circunstancias son otros. Pero si lo que interesa a los políticos no coincide con lo que interesa y preocupa a la gente los cambios serán inevitables. No serán revolucionarios pero serán cambios.
La democracia, decía Popper, no se ocupa sólo de designar gobiernos sino también de echarlos.
Los africanos saltan las vallas
Los africanos subsaharianos, de Mozambique y de Benin, hablaban el sábado bajo las bóvedas centenarias del monasterio de Poblet sobre cómo se ve Europa desde África.Eusebio Macete y Parfait Atchadé, doctorandos en Barcelona, no han saltado las vallas vergonzosas de Melilla ni han venido en pateras. Han sido educados en sus respectivos países, hablan varios idiomas y tienen un expediente académico construido con gran esfuerzo.
Buscan fórmulas y proyectos para que sus países puedan salir del hoyo de la miseria y alcanzar una vida personal y colectiva dignas.Tuve el privilegio de moderar la mesa redonda sobre la mirada africana sobre Europa en la que participó también Bru Rovira, seguramente el periodista que mejor conoce las desgarradoras realidades del continente africano.
Era la segunda jornada que el Císter pobletiano organizaba en el real monasterio bajo el impulso del profesor Bricall. El plato fuerte del día fue la presencia y conferencia de Romano Prodi que nos habló sobre Europa, después de haber abandonado la presidencia de la Comisión de la UE y en plena campaña electoral para batirse con Berlusconi e intentar volver a ser primer ministro italiano. El abad de Poblet y el president Maragall presidieron la sesión de apertura de la jornada.
África no es un continente salvaje. Hay más de quinientos millones de personas que tienen su historia, sus ganas de vivir y propsperar, son conscientes de que Europa se ha paseado durante tres siglos por sus vastos territorios y después de los procesos de independencia a partir de los años sesenta se encuentran tan descolgados, experimentan tanta miseria, que los más atrevidos y audaces inician un proceso migratorio hacia Europa en busca de un horizonte de vital de bienestar y dignidad.
Europa levanta vallas y envía al ejército para que no pasen las fronteras. Un trasiego de personas de grandes dimensiones está en marcha. No es el primero ni será el último de la historia. En el siglo antepasado los europeos llenaban los espacios vacíos de América y Australia. Formaron allí sus nuevas patrias de las que ahora son ciudadanos. Pero la globalización ha puesto en marcha una emigración de dimensiones gigantescas. Se estima que doscientos millones de personas trabajan y viven fuera de sus respectivos países, el doble que hace solo un cuarto de siglo.
Aunque esta movida colectiva sólo supone el tres por ciento de la población mundial, lo cierto es que una emigración de esta escala ha levantado miedos en los países de acogida que temen por la pérdida de la identidad y de la seguridad pero los países de origen se quedan también sin los recursos humanos mejor preparados para sacarles del pozo de la pobreza.
Esta tendencia va a proseguir mientras el crecimiento demográfico sea más elevado en África que en Europa, mientras su economía no garantice los mínimos a los africanos y mientras los gobiernos de esos países continuen siendo tan ineficaces y corruptos.Hay una respuesta a esta crisis que sería la democratización. Pero, ¿cómo se puede democratizar un país como Mozambique si el ochenta por ciento no sabe leer?
Europa no puede tranquilizar su conciencia colectiva enviando millones de euros con proyectos y con tantas ONG que intentan resolver problemas concretos.África nos mira como referencia. Decían los ponentes africanos de Poblet que se olvidan del pasado en el que la Europa colonial convirtió al continente en campo de dominio y depredación. Necesitan educación y personas que les ayuden a salir de la miseria. Necesitan nuestra generosidad. Sino es así vendrán cada vez en mayor número y nada ni nadie les podrá detener. El problema es muy serio
Visca el Barça
Laporta ha aceptado la dimisión de Alejandro Echevarría a las pocas horas de que en una rueda de prensa maratónica y esperpéntica no convenciera. Se preparaba un buen sarao en el Camp Nou este sábado.
Ha sido Echevarría el que ha tirado la toalla y ha querido salvar la cara de su cuñado que le defendió por la mañana. Laporta no lo consideraba necesario a pesar de admitir que se había equivocado.Dicen en inglés que "never in the office", es decir, no mezclar asuntos sentimentales o familiares con el trabajo.
Laporta ha conocido lo que es un acto de humildad, tan necesario para quienes van por la vida con arrogancia y con expresiones como las que el presidente utilizó en un célebre programa de televisión: "que n'aprenguin". Hemos aprendido. Pero el que ha aprendido sobre todo es usted, señor Laporta.
Se pueden hacer muchas cosas en la vida. Pero no todas. Usted ha dado un gran salto de calidad presidiendo el Barça. Pero esos méritos evidentes no le dan derecho a todo. Entiendo que se pueden cometer errores, que se pueden incumplir promesas, que puede prescindir de cinco miembros de su Junta de unidad, ahora seis, pero no se puede jugar con los sentimientos de tantos barcelonistas.
Le deseo lo mejor a Alejandro Echevarría. Pero no como miembro de la Junta del Barça. Y a usted también, señor Laporta, como presidente de una institución con la que me identifico plenamente. Los éxitos deportivos suyos serán también míos. Y los celebraremos juntos.
Pero no nos enrede más. No nos someta a los enigmas de los cuentos chinos, no venda más patrimonio enmascarado con un discurso que tiene trampas, no haga política partidista desde la presidencia del club. Sea el presidente de todos. Incluso de aquellos que consideramos pertinente criticarle cuando algo no nos gusta.
Si el Barça gana ampliamente el sábado lo olvidaremos todo. Y si gana títulos seremos todos muy felices. Pero más modestia, más humildad, más respeto por los sentimientos de la masa barcelonista que por fortuna traspasa fronteras, ideologías, territorios y culturas.
Visca el Barça.
Laporta y Echevarría
Jan Laporta ha politizado al Barça y la política le ha pasado una factura que no sé si podrá pagar. Laporta ha encabezado desde la Junta que preside un discurso, nacionalista, de derechos históricos, de Estatut y de no sé cuantas cosas. Pero con un franquista dentro. Difícil de comprender.
Su cuñado, Alejandro Echevarría, se hizo de la Fundación Francisco Franco en 1997 y se dió de baja en 2003. Si la fundación es legal no tengo ningún inconveniente en que sea o haya sido miembro. Pero que un franquista esté en la Junta del Barça porque es eficaz, porque hace bien el trabajo y porque comprende muy bien el proyecto de Laporta, me parece un insulto a la inteligencia de los barcelonistas.
Es un insulto decir que es de la Fundación Franco pero que no es franquista. Es un insulto pretender que Laporta no mintió porque no sabía que su cuñado era de la dichosa fundación. Es un insulto el que Laporta nos diga que la presencia de Echevarría en la Junta no compromete el catalanismo de "nuestro proyecto".
Es un insulto el que nos diga que cree a su cuñado, que le disculpa y que seguirá en la Junta. Dice el president Laporta que su cuñado se ha jugado el cuello por el Barça.
Laporta pedía papeles que documentaran las afirmaciones de que Echevarría era de la fundación de Franco. Cuando se los han presentado dice que no le importan los papeles, que se cree más a su cuñado que a los papeles.
Me inquieta más cuando dice que "nunca hacemos política, hacemos país". Pero, hombre abogado Laporta, ¿por quién nos toma? Núñez hizo de todo. Cosas buenas y menos buenas. Ganó un montón de títulos en su largo mandato. Pero no permitió que los políticos se metieran en el Barça.
Laporta los ha llevado puestos desde el día que inauguró su mandato cuando gentes de su entorno gritaban "Laporta president, Catalunya independent". Lo que no sabíamos es que además de nacionalistas también nos colaba doblado a un franquista.
El Barça es de todos. Y ha sido una válvula de escape gloriosa y democrática en tiempos en los que no había libertades. En el Barça hay fachas, socialistas, peperos, convergentes, republicanos, comunistas, de extrema izquierda. Hay de todo y en todo el ancho mundo.Andaluces y asturianos, extremeños y valencianos, chinos y japoneses. Esta es una de sus grandezas.
Laporta ha jugado a la política y ha utilizado el nacionalismo. Con un franquista dentro.
Yo no voy a pedir la dimisión de nadie. Pido, simplemente, que no se haga política desde el Barça porque, afortundamente, tenemos instituciones que encauzan las distintas opciones políticas de los ciudadanos.
Tampoco pido que se monte una escandalera el próximo sábado en el Camp Nou. Pido coherencia. Pido decencia. No se lo crea, señor Laporta, los barcelonistas no somos todos imbéciles.
Fantasías y realidades
Hay que reconocer el nivel académico, civilizado y respetuoso del debate de política general en el Parlament. Demasiado placentero. Como si estuviéramos de verdad en un oasis, como si fuera normal que un presidente del ejecutivo hubiera cesado en mente a no sé cuantos consellers que se sentaban en el banco del gobierno, como si el Estatut enviado a Madrid hubiera sido recibido con júbilo en el Congreso de los Diputados, como si la ciudadanía tuviera la percepción de que el gobierno marcha viento en popa y como si no hubiera planteada una seria crisis que desconcierta a los catalanes.
Poco pensaba Artur Mas que dos años después de que su partido perdiera el poder, tendría una posición tan ventajosa para desautorizar a un gobierno que en vísperas del debate crearía una innecesaria y absurda crisis interna. Mas recuperó la seguridad, se puso del lado del Estatut y dió salidas a la situación que no pasan precisamente por la continuación del actual gobierno.
Me interesó la intervención de Miquel Iceta que echó un cable a Maragall con el estilo florentino de un príncipe renancentista. Decía Iceta que Maragall le sorprende, que le incomoda, pero que le llena de orgullo y que aprende más cuando discrepa de Maragall que cuando están los dos de acuerdo. Que nadie se alarme, dijo Iceta, queremos a Pasqual como presidente ahora y siempre. O sea, que no hay crisis ni tensiones entre Maragall y el partido que preside. Estupendo.
Carod Rovira no defraudó. Estuvo con el tripartito y a la vez reafirmó las tesis de Esquerra y su papel necesario en la política catalana de hoy. El verbo de Carod es fluido, ingenioso, poniendo más énfasis en los sentimientos que en la racionalidad. Su lírica suena bien y llega a los corazones de muchos catalanes.
Llegó Josep Piqué y dijo cuatro cosas que incomodaron al tripartito. La oposición suele hacerlo siempre. La realidad descendió por unos momentos al hemiciclo y Maragall no se molestó en contestarle y cedió los trastos a Bargalló que le replicó como pudo con la obra hecha del gobierno del que es primer conseller. Salió bien parado pero su choque con Piqué escenificó dos visiones contrapuestas de la realidad de Catalunya.
Joan Boada tampoco se salió del guión de un discurso con carga ideológica y de un mundo feliz. Todo muy bien. No se dieron cuenta la mayoría de los señores diputados que las cosas no van tan bien como las pintan y tampoco los tiempos que se avecinan serán fáciles
Políticos y periodistas
El circuito que va de políticos a periodistas, en un sentido y en otro, en todas las direcciones, mañana y tarde, con frases hechas, con táctica más que estrategia, con insinuaciones y rumores, al margen de los intereses y las opiniones de los ciudadanos, es un circuito absurdo.
La clásica pugna entre derecha e izquierda ha devenido en una lucha entre la política y los medios. Dime cuántos altavoces tienes y te diré cuál es tu fuerza política. Un gobierno tiene poder y responsabilidad, ha de dar cuenta de sus actos. Los periodistas tenemos mucho poder pero ninguna responsabilidad.
La prensa, los medios en general, son absolutamente imprescindibles en una sociedad libre y democrática. Jefferson decía que prefería prensa libre sin gobierno que gobierno sin prensa libre. Estoy totalmente de acuerdo.
La democracia es un sistema en constante crisis. Crisis que se superan para entrar en la siguiente. Y así hasta el final de los tiempos.
Pero la democracia no es simplemente una cuestión de procedimiento, sino de ideas, de ideales y de compromisos con la moralidad de los actos públicos.
Hay tanto ruido, tanto griterío, que las ideas se pierden en el circuito que políticos y periodistas están recorriendo sin salir nunca de la pista. Se precisa más participación ciudadana, más opiniones de los que saben de verdad de las cosas, más profesionales del derecho, académicos, economistas, historiadores. Más participación de todos.
No se alarmen. Yo también estoy en el circuito y agradezco tanto que personas de todas las ideas y sensibilidades participen en este foro. Me enriquece mucho. Gracias de verdad.
No merecemos los insultos
No merecemos los catalanes que se nos insulte, que se nos utilice para ganar unas elecciones en España, que nos responsabilicen de todos los males de la patria.
La mayoría de catalanes no queremos subir al tren de la independencia. Pero pedimos democráticamente, civilizadamente, un nuevo encaje más o menos definitivo dentro de la realidad española.
Mi opinión sobre el Estatut es crítica en algunos de los puntos importantes. Pienso que es excesivamente intervencionista, que olvida la existencia real de España y que va demasiado lejos en cortar todas las amarras posibles del Estado.
Pero es un Estatut que ha sido votado democráticamente por una mayoría que roza el 90 por ciento en el parlamento catalán. El Congreso de los Diputados lo puede amputar, desfigurar e incluso matarlo "in situ" como hizo con el plan Ibarretxe cuando fue presentado en las Cortes madrileñas.
Pero Ibarretxe contaba con un apoyo exiguo. Era un plan de corte nacionalista que no tenía el apoyo de los dos grandes partidos nacionales. No es el caso del Estatut de Catalunya que ha sido votado por nacionalistas, ex comunistas y socialistas. Es una propuesta.
Ya no tienen importancia los atentados del 11 de marzo en Madrid y sus repercusiones electorales. No se habla de las pensiones, del plan hidrológico, del paro, de Europa. Ni siquiera la pertinaz sequía ocupa el ánimo de las gentes a pesar de las restricciones de agua anunciadas.
El tema es Catalunya y el Estatut aprobado por una amplia mayoría por el parlamento catalán. La mayoría de diputados en Madrid pueden hacer lo que crean pertinente en el marco de las reglas de juego vigentes.
Pero devolver y neutralizar este texto en Madrid sería considerado por muchos catalanes como un desprecio a sus instituciones y a sus ambiciones. Las encuestas en Catalunya indican que se esperan retoques, amputaciones o alteraciones sustanciales.
Lo que no se acepta es que se recurra al insulto, a las medias verdades, a las descalificaciones generalizadas de los catalanes, ya sea lo que llega en forma de una OPA o las declaraciones de ese o aquel político que no representa a toda la sociedad catalana.
No ha habido, afortunadamente, terrorismo de procedencia ideológica catalana. Y no debe haberlo nunca porque no está en la cultura del país en los últimos ochenta años. Queremos hablar, discutir, ver cómo nos podemos sentir cómodos, a gusto, en la realidad española.
Lo que me parece indecente es que se ponga a Catalunya en la parrilla de la barbacoa nacional española como si fuéramos los mártires del siglo II o los herejes de la Edad Media. Me parece igualmente reprobable que el señor Aznar nos advierta de que estamos al borde del abismo y que España se rompe porque un parlamento democráticamente elegido ha propuesto una nueva fórmula para articular las relaciones de Catalunya con España.
Sé que el problema es complejo y de difícil encaje. Pero quiero recordar una vez más las palabras pronunciadas por Cambó en las Cortes Españolas el 13 de diciembre de 1934, cuando el Congreso debatía la suspensión del Estatuto de Autonomía de Catalunya tras el desgraciado golpe de Estado contra la República que propició Companys el día 6 de octubre. Dijo el dirigente de la Lliga que “ese texto que vais a votar implica que el problema catalán continuará perturbando meses y años la vida política española. Porque no os hagáis ilusiones. Pasará este Parlamento, desaparecerán todos los partidos que están aquí representados, caerán regímenes, y el hecho vivo de Catalunya subsistirá”.
No aprendemos pero tampoco olvidamos. Pongamos un poco de racionalidad, de comprensión, de complicidades mutuas. Nos jugamos demasiado todos.
El debate del bienestar en Alemania
Casi un mes después de las elecciones generales en Alemania los dos principales partidos han llegado a la conclusión de que lo mejor para el futuro inmediato del país es una “grosse koalition” entre cristianodemócratas y socialdemócratas.
Ya ocurrió entre 1966 y 1969 cuando Willy Brandt se convertía en el primer socialista que ocupaba una cartera, la de Exteriores, en un gobierno federal después de la guerra. Los socialistas entraban en el gobierno y lo dirigieron intermitentemente el propio Willy Brandt, Helmut Schmidt y hasta hace bien poco Gerhard Schröder.
Lo más relevante no es que Angela Merkel va a ser la primera mujer que ocupa la cancillería en la historia de Alemania. Lo que me parece más significativo es que la primera potencia europea y la tercera economía mundial haya tenido que recurrir a la anomalía de una gran coalición porque los alemanes no se pusieron de acuerdo para otorgar un mandato claro a ninguno de los dos principales candidatos.
Las grandes coaliciones no suelen perdurar porque responden a crisis o emergencias nacionales en las que se necesita el concurso de todos para superar problemas de fondo muy serios.Los alemanes no quisieron dar a Merkel el apoyo que necesitaba para llevar a cabo reformas estructurales ultra liberales pero tampoco mantuvieron a Schröder para que las continuara gradualmente.
Lo que está en juego en toda Europa es cómo administrar el gran éxito que ha supuesto el estado del bienestar. Se ha creado una situación en la que se ha fomentado un reparto más equitativo de la riqueza, se ha protegido a los más desfavorecidos, las pensiones de los mayores están más o menos aseguradas y la educación y la sanidad llegan a todos los ciudadanos.
El debate no es si hay que recortar todos esos beneficios sino más bien cómo se puede sostener el inmenso gasto de toda esta estructura administrada por los presupuestos públicos que se alimentan a su vez de la productividad de la economía nacional. Europa sabe que esta situación que garantiza una cierta dignidad personal y colectiva necesita una reforma. No para eliminar los beneficios sino para racionalizarlos.
Los alemanes son conscientes de que esas reformas son necesarias. El sector público francés salió a la calle el pasado jueves para protestar contra las tímidas reformas del gobierno Villepin.
En Italia ni siquiera se han planteado con un Berlusconi que gobierna un país a trancas y barrancas como si fuera una gran empresa. El pasado viernes los belgas practicaron un día de huelga general en contra de la reforma de las pensiones. Los sindicatos españoles advirtieron ayer sobre la inadecuación de las reformas laborales que puede acometer el gobierno Zapatero.
Los alemanes vinieron a decir que con las reformas que había hecho Schröder ya tenían bastante. En Alemania, decía ayer un diario británico, las escuelas terminan a la una de la tarde, las tiendas cierrran a las ocho de la noche, la mayoría de empleados trabajan 35 horas a la semana y los sindicatos tienen el cincuenta por ciento de votos en la mayoría de consejos de administración. La lista es más larga. Tanto en Alemania como en Francia y la mayoría de la UE.
Es el mejor de los mundos. Y sólo cabe calificar esta situación de un avance histórico de la política social europea. Pero, como diría Josep Pla, ¿eso quién lo paga? Pues sale de los beneficios de la economía nacional y de los impuestos que se graban sobre ella. ¿Hay tanta tarta para todo? Esta es la cuestión que la gran coalición liderada por Merkel tendrá que abordar. No tiene la fuerza que tenía Thatcher en 1979 y deberá hacerlo con la oposición que, además, tendrá mayoría de carteras en su gobierno.
Deportaciones al desierto
No se puede aceptar la deportación de quinientas personas, subsaharianas, al desierto entre Marruecos y Argelia. Buscaban un horizonte de libertad, progreso, y dignidad. Se encuentran tirados en las arenas del desierto donde el sufrimiento y quizás la muerte lenta les espera.
No voy a caer en la simpleza de decir que Marruecos los ha abandonado indignamente. Es España, es Europa, somos los occidentales en su conjunto, los que les hemos dado un golpe de puerta en las narices.
Somos los europeos los que protegemos nuestra agricultura para que los productos africanos no puedan llegar a nuestros mercados.
Somos los europeos los que acogemos cuantos necesitamos y decidimos echar a cuántos nos sobran.
El tema es delicado, difícil, el mayor reto que tiene la civilización occidental que está satisfecha con un éxito y una superioridad sin precedentes en la historia.
No pueden venir todos. Porque no cabríamos y porque crearíamos un problema social insoluble en nuestras sociedades.
Pero sí que podemos intervenir pacíficamente, socialmente, humanitariamente, en el tercer mundo. No se trata de la solidaridad para satisfacer el discurso de los progres o para tranquilizar la conciencia de los ricos.
Se trata de ver personas cuya dignidad está siendo pisoteada. Se trata de recurrir nuevamente a la ética que no puede disociarse de la política.Hay que tomarse de una vez por todas en serio cómo se puede romper el desequilibrio social, económico y educativo entre África y Europa.
Esto cuesta dinero. Mucho. Pero sólo con dinero no se acabará el problema. El dinero crea enriquecimiento de las minorías, corrupción, mantenimiento de dictadores despóticos, abuso de autoridad y privación de los derechos más elementales.
Los subsaharianos que saltan las verjas de Ceuta y Melilla quieren entrar en un mundo más humano. Pero, sobre todo, quieren huir del infierno en el que viven.
Dos recetas aparte de las inversiones. La primera es educación, educación, educación. La segunda es involucración personal de muchos europeos dedicando alguna parte de su tiempo, algunos meses y años, para hacer ver a tantos millones de ciudadanos del tercer mundo que ellos también, sólo ellos, pueden superar las dificultades y no tener que enfrentarse a la vergüenza de saltar vallas en busca de nuevos horizontes vitales.
Moralmente no hay mucha diferencia entre enviar a miles de personas a los campos de concentración que abandonarlas en un desierto africano.
Evocación de Marco Aurelio
El salto arriesgado y en ocasiones suicida de los subsaharianos sobre las vallas de Ceuta y Melilla en busca de nuevos horizontes vitales no es un problema de fronteras locales en dos ciudades españolas rodeadas por territorio marroquí.
El gobierno tendrá que taponar esos dos agujeros por los que penetran en el espacio europeo personas que arriesgan sus vidas después de atravesar mares y desiertos para encontrarse con la policía y el ejército que les barran el paso. Los que consiguen burlar la vigilancia se sitúan en dos días en las grandes ciudades españolas, sin papeles, sin identidad y con un futuro incierto.
No es un problema del gobierno español que, a lo sumo, puede poner parches a los muchos boquetes que se han abierto en la Unión Europea con decenas de miles de personas que llegan de todos los puntos cardinales. Será muy difícil poner puertas al campo como bien saben en Estados Unidos donde residen 8 millones de latinos en situación de clandestinidad.
Sugiero trazar un paralelismo histórico remontándonos al siglo III y leer la biografía de Marco Aurelio, en Historia y Vida de este mes hay un excelente reportaje, y sus Meditaciones escritas en una tienda de campaña en las afueras de Viena.Marco Aurelio era un estoico, un gran gobernante que designó indirectamente a su sucesor Adriano, y que se convirtió en guerrero para combatir a los bárbaros que penetraban en el Imperio.
En los primeros años de su mandato los bárbaros saquearon regiones fronterizas en Oriente, en el norte y en el sur de Europa creando fricciones que acabarían con la dominación de la Roma imperial.No tienen nada que ver los bárbaros del siglo III con el alud de inmigrantes que pretenden penetrar en Occidente. Aquellos estaban organizados en bandas y en ejércitos. Los de hoy sólo transportan miradas hambrientas y esperanzas de una vida más digna. Pero están ahí y no habrá gobierno que los pueda detener.
Marco Aurelio se batía con los bárbaros porque pretendía preservar un continente de civilización y un modelo de vida humano que valía la pena defender. No le daban miedo los bárbaros sino la fragilidad de un imperio que se desmoronaba. En una carta a su hijo Cómodo le decía que tenía que entender que los hombres cometerán siempre, aunque te exaspere, los mismos errores.
Ahora también tenemos que preservar nuestra civilización integrando a cuantos lleguen. Este y no otro es el gran reto nuestro tiempo. Y no podemos cometer los mismos errores.Se puede preservar nuestra civilización dando acogida inteligente y humanista a cuantos lleguen de todos los confines. Pero es preciso que Europa no baje la guardia y sepa integrar en nuestros valores a los que vienen en son de paz y no de guerra.
Una propuesta y tanto griterío
Empieza el griterío nacional sobre las espaldas del Estatut aprobado en Catalunya y que marcha a Madrid con una gloria incierta. El debate suscita reacciones épicas, catastróficas, trascendentales.
Es una propuesta, sólo una propuesta, y personalidades tan relevantes como el jefe del Alto Estado Mayor se creen en la obligación de pronunciarse sobre la inviolable unidad de España a la vista de la ratificación del texto por más del ochenta por ciento de las fuerzas catalanas. No ha pasado nada y parece que hayamos retrocedido cinco siglos. El pasado nos persigue, nos perturba y nos condiciona. Pero ahí está y a todos nos nubla.
Veo el ruido nacional prolongarse durante meses. Seguramente hasta las vísperas de las próximas elecciones generales en las que el Estatut de Catalunya puede convertirse en el argumento epidérmico pero eficaz para desbancar a los socialistas del poder por haberlo propiciado.Me temo que Zapatero no ha calculado bien el alcance de su talante en cuestiones que mueven pasiones de todos lados y en todas direcciones.
Volvemos a tener sobre la mesa el "problema catalán" que tantas palabras y tanta tinta derramó desde que Valentí Almirall trazó las primeras líneas de lo que sería el catalanismo político, seguido por Prat de la Riba, Francesc Cambó, Francesc Macià, Lluís Companys, Jordi Pujol y ahora Pasqual Maragall de la mano de Carod Rovira y Artur Mas. Personajes de izquierdas y de derechas, nacionalistas declarados y gentes pragmáticas y lúcidas de todas las generaciones y tendencias. En todo este proceso ahora resucitado se han cometido muchos errores, aquí y allí.
Quizás por eso el encaje definitivo de Catalunya en España se someta nuevamente a las trifulcas políticas que tienen más de partidarias que de patrióticas en el sentido más amplio del término.Los dos estatutos que salieron de Catalunya, el de 1932 y el de 1979, efectuaron el viaje a Madrid para volver severamente lesionados por no decir desfigurados. El president Macià decía que “aquest Estatut, tot i no sent el que demanavem, ens dona forces”.
El Estatut del 30 de septiembre de 2005 no ha salido todavía pero es ya amenazado por los negros nubarrones de la pasión emocional, que no de la racionalidad política. Que hay aspectos anticonstitucionales ya lo advirtió el Consell Consultiu. Y no todas las correcciones se han hecho de acuerdo a derecho sino teniendo en cuenta la táctica política, legítima por supuesto, de los principales implicados en su redacción y aprobación.
Sospecho que la aprobación del viernes llegó después de que el presidente Zapatero diera su visto bueno en conversaciones y entrevistas con Maragall y Mas. Hay que reconocer que Artur Mas ha jugado las cartas con inteligencia. Hasta ahora por lo menos.Cuantos retoques se produzcan en el Congreso de los Diputados serán cuchilladas que Mas y sus muchachos clavarán en la espalda de Maragall y muy especialmente en la de los socialistas catalanes que acabarán siendo los culpables de los retoques que en cualquier caso se habrían producido.
Habrá que mantener la cabeza fría y no dejarse llevar por el ruido nacional que cada vez será más grotesco. Pero las declaraciones de Carod Rovira el mismo día en que se aprueba el Estatut diciendo que sólo se trata de un paso intermedio hacia la independencia de Catalunya, ciertamente no ayudan al entendimiento.
Sería un error histórico que Catalunya quisiera construir su futuro de espaldas a España. Y España no puede permitirse chocar frontalmente con Catalunya. No lo entenderían en Europa ni tampoco lo aceptarían la mayoría de catalanes y españoles.Lo que más me inquieta es la posible división de la sociedad catalana.
Menos pasión y más racionalidad
Agradezco los comentarios críticos que aparecen en este blog. Los valoro todos y los tengo muy en cuenta. Es una muestra que el debate territorial en España, especialmente en lo que respecta a Cataluña, levanta pasiones. Basadas en la historia y en la cultura.
Los que no tenemos intención de irnos de España buscamos un encaje definitivo para poder construir un futuro en el marco de las instituciones del Estado y dentro de la Unión Europea.
El debate va a trasladarse al Congreso de los Diputados. Les pido, me lo pido a mi mismo, que sepamos desbrozar lo anecdótico de lo fundamental. Si hay artículos anticonstitucionales se pueden corregir. Es una propuesta que no pretende levantar fronteras sino fomentar el entendimiento.
Confío también que este debate no divida a los catalanes que han hecho suyos a cuantos han venido, han vivido, han prosperado y se han hecho catalanes sin mayores problemas. Uno de los catalanes más importantes de hoy es un cordobés que llegó a Catalunya a los 17 años y hoy es ministro de Industria del gobierno de Madrid representando a un partido que ha impulsado el Estatut. Se llama José Montilla y es el primer secretario del partido socialista de los catalanes.
Hablemos, discutamos, con la cabeza fría y racionalmente. Dejemos las pasiones para cuestiones más irrelevantes.