Les invito al debate
Me voy de vacaciones. Hasta finales de agosto. Les invito a que envien sus reflexiones sobre el terrorismo internacional, sobre lo que ha ocurrido en Londres, sobre la guerra de Iraq, sobre Pakistán y sobre cómo combatir desde la democracia los ataques de quienes no comparten nuestro sistema de vida.
O de lo que quieran. Que les vaya muy bien.Y gracias por su paciencia.
La sequía y el gobierno
Los que hemos crecido con la sequía sabemos el impacto desesperado que provoca la ausencia continuada de lluvias. Somos hijos de largos años de miserables cosechas, de ríos que llevan el nombre pero no transportan agua, de acequias estranguladas cuando el sol abrasa los campos, de olivares que pierden el verdor mediterráneo a mediados de junio o de almendrales que se quedan tiesos, sin hojas y sin frutos, el vaticinio de su muerte súbita.
La sequía lleva a la fatalidad y al desánimo colectivos. Afecta a los agricultores pero la notan también los herreros y los ebanistas, los comerciantes y los consumidores. la construcción y el parque automovilístico. Decía Miguel Boyer en sus tiempos de ministro que un año de lluvias suponía el aumento de un punto del PIB.
La sequía mediterránea se remonta a la noche de los tiempos. Hablan de ella los textos bíblicos, los clásicos griegos y los romanos elaboraron minuciosas leyes para el racional aprovechamiento del agua. Se suele decir que esta sequía es la más devastadora en el recuerdo de los vivos.
Ciertamente la sequedad que nos aflije es de una extrema contundencia. A los secos fríos invernales se añadieron los vientos de primavera y la devastación de los campos de cereales fue su perniciosa consecuencia. No ha habido una mala cosecha. No ha habido cosecha. Cero.
Entiendo y comparto la frustración de cuantos viven y trabajan en el campo en un año estéril como el que transcurre. Se pierde la noción de la esperanza porque incluso un aluvión de lluvias no tendrían efecto hasta dentro de unos meses y quizás años. El campo no es una fábrica de producción en cadena.
Lo que no acierto a comprender es qué culpa tiene el gobierno de la sequía. Fue muy pertinaz en tiempos de Franco, siguió visitándonos en la transición, con gobiernos socialistas y populares, y ahora le toca al tripartito.
Hará bien el gobierno socialista y el conseller Ciurana en aliviar los daños causados por la extrema sequedad. Pero el grifo de las lluvias no está en sus manos. Hay que repensar la relación entre el mundo rural y el urbano. El agricultor ya no es el imprescindible proveedor de alimentos que nos llegan con mejores precios y parecida calidad de otros entornos.
Hay que buscar nuevas fórmulas para garantizar una vida digna y próspera a quienes mantienen el equilibrio ecológico, cuidan el espacio natural y protegen los parajes de nuestra vieja historia. La solución no está únicamente en la subvenciones. Les invito a que visiten los desiertos de Israel convertidos en vergeles.
Las libertades en mayúscula
Se olvida con frecuencia que el Ministerio del Interior es por encima de todo el ministerio de las libertades en mayúscula. Tiene que garantizar la libertad de reunión, la libertad de manifetación, la libertad electoral, la libertad de asociación, la libertad de circulación, las libertades locales y también la libertad de culto.
Antonio Maura, ministro de la Gobernación en tiempos de Alfonso XIII, afirmaba sin rubor que España es una cuestión de orden público. Entendía aquel político conservador que los problemas de nuestro país debían resolverse a través de su ministerio porque era el que más y mejor podía aplicar la represión.
El orden en una sociedad es imprescindible para vivir en libertad. "L'ordre, et l'ordre seul peu garantir la liberté", decía Charles Péguy. Pero el orden tiene que proteger las libertades de todos, de las mayorías pero también de las minorías.
En nombre de una libertad no se puede borrar la de los demás. Ni siquiera la de una sola persona. Quienes contemplan como un mal menor el hecho de que la policía cometa un error tan garrafal como el pegar ocho tiros en la cabeza de un sospechoso, han de saber que cuando las fuerzas del orden actúan así lo que están haciendo es poner en peligro la libertad de todos.
Esta teoría no equivale a afirmar que los policías que dispararon a matar son más culpables que los terroristas que perpetraron la muerte de docenas de personas. De lo que se trata es de que el Estado no tiene licencia para matar. Es el que tiene la facultad y la obligación de defender a todos los ciudadanos siempre con la ley en la mano.
A los terroristas se les persigue, se les captura si no han muerto en una acción suicida, y se les lleva a los tribunales. La policía democrática ha de disponer de información para dar con ellos y entregarlos a los jueces.
Es mucho mejor que sea así para el bien de todos.
Es más que un error
La primera víctima de la lucha contra el terrorismo no puede ser la libertad ni la democracia. Los cinco disparos de la policía británica en la cabeza de un joven brasileño sospechoso de ser terrorista son inadmisibles. Ya puede decir Tony Blair que fue un error lamentable y que Scotland Yard tiene facultades para disparar contra todo lo que se mueva si tiene la sospecha de que es terrorista.
Decía un viejo corresponsal de guerra que la primera víctima de un confloicto es siempre la verdad. En esta guerra contra el terrorismo no se puede inmolar la libertad, aunque sea en pequeñas dosis, en el altar de la seguridad colectiva.
Se necesitaron varios siglos para llegar a la conclusión de que el Estado debía tener el monopolio de la violencia. Para evitar que nadie pudiera utilizarla a su antojo. El Estado la ejercería de acuerdo con las leyes de las que es el encargado de hacerlas cumplir de acuerdo a derecho.
La policía no está autorizada a tirar a matar ni disparar contra sospechosos. Y si existe una ley que lo permita hay que cambiarla. La grandeza de la democracia es precisamente la que hace que muertes como las del joven brasileño en Londres no pasen sin ser perseguidas y castigadas.
Vivimos tiempos en los que en el debate entre la seguridad y libertad se pretende dar prioridad a la seguridad. Hemos comprobado esta pérdida de libertades desde los atentados del 11 de setiembre en Nueva York.
La libertad no es una moneda de cambio. Es la base indiscutible, intocable, que permite precisamente cualquier debate en una sociedad. Son los gobiernos y las leyes las que tienen que garantizar la seguridad sin recortar libertades. Es como decir que seamos nosotros mismos quienes tengamos que garantizar que no haya violencia.
Se pueden y seguramente se deben aceptar medidas que faciliten la labor de la policía para perseguir a los delincuentes y a los terroristas. Pero disparar cinco tiros en la cabeza de un sospechoso es más que un error. Es un asesinato cometido a sangre fría por la policía. Y la democracia tiene recursos para actuar judicialmente contra el autor o autores.
Principio de una bella amistad
Una bella amistad entre Angela Merkel y Nicolas Sarkozy quedó dibujada en París tras la visita de la líder democristiana alemana y probable canciller después de las elecciones anticipadas previstas para el mes de septiembre en Alemania.
Angela Merkel se entrevistó con el presidente Chirac y con el primer ministro Villepin pero con quien compareció ante la prensa fue con el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, presidente del partido de Chirac y, a la vez, principal aspirante de la derecha francesa a las presidenciales de 2007, curiosamente, sin el entusiasmo por no decir la hostilidad del actual presidente.
Un nuevo eje franco alemán se perfila en el horizonte. Desde los tiempos de Helmut Schmidt y Giscard D'Estaign, de François Mitterrand y Helmut Kohl o incluso de Jacques Chirac y Gerhard Schröder, las relaciones en las dos orillas del Rhin, eran posibles y fructíferas a pesar de que la derecha alemana y la izquierda francesa, o al revés, gobernaran en París o en Bonn y Berlín.
Si estos dos personajes llegaran a presidir los gobiernos de sus respectivos países estaríamos ante una nueva etapa en el que el conservadurismo europeo marcaría los destinos de la Unión. Los dos son claramente liberales en lo económico y más realistas y pragmáticos en lo político. Los dos son contrarios a la entrada de Turquía en la UE, a lo máximo estarían dispuestos a una asociación especial y privilegiada con Ankara, los dos son partidarios de recomponer las relaciones con Estados Unidos y los dos son europeístas pero más interesados en defender los intereses nacionales que los europeos. Helmut Kohl ya dijo que él era el último canciller europeísta.
Es una nueva Europa la que emerge en esos dos políticos que representan una derecha moderna y pragmática y que pueden llevar a cabo las reformas estructurales que Chirac no ha querido acometer y que Schröder ha sido contestado por los suyos por intentarlas llevar a cabo.
Sarkozy y Merkel aportan una novedad interesante cuando proponen impulsar una ampliación del eje París-Berlín que ha sido la columna vertebral de la construcción europea. Los dos quieren incluir a Gran Bretaña, España, Italia y Polonia en el núcleo central de la Unión.La reanimación de la UE tras el no de Francia y Holanda a la Constitución europea no la pueden llevar a cabo ni Chirac ni Schröder. Los electores de Francia y Alemania tendrán que decidir si las ideas políticas que comparten Sarkozy y Merkel han de ser las que tomen el relevo.
Palos de ciego
Al Qaeda ataca en Londres y mata a ciudadanos que acuden a trabajar un jueves por la mañana. Pero Al Qaeda también siembra la muerte en Iraq a diario dando muerte a muchos musulmanes que colaboran con el régimen o que transitan simplemente por las calles.
En los dos casos son suicidas los que escogen morir de esta trágica forma. Matan a occidentales pero también a musulmanes. Son bombas ambulantes que pueden hacer saltar por los aires vagones de metro, autobuses o lugares concurridos. Saben que matan pero saben que mueren. Y que su sacrificio responde a una extraña causa que puede tener un premio aquí y también allá, en el paraíso.
No son de nuestra cultura. Pero viven entre nosotros. Respetan aparentemente nuestras leyes pero obedecen a otras leyes que se dictan no sabemos dónde. Actúan horizontalmente respondiendo a una campaña que se difunde por la red.
Son ilocalizables. El hecho de que sean una minoría muy minoritaria entre los millones de musulmanes que viven en Europa no evita que sean una amenaza para todos.
Hasta ahora Occidente está dando palos de ciego. No sabe donde está el enemigo. Se envían decenas de miles de soldados a Iraq y el problema lo tenemos en las calles de Leeds o de Tarragona. Se lucha contra el terrorismo en Iraq, donde no había terrorismo, y se fomenta el reclutamiento de suicidas en todo el universo islámico.
Esta guerra santa es muy anterior a la guerra de Iraq. Pero la guerra planteada sobre una gran mentira está dando razones para aumentar el odio hacia Occidente.
Son de aquí pero también de allí
Las investigaciones norteamericanas sobre el origen y captación de los kamikazes japoneses que se sacrificaron en Pearl Harbour y provocaron la entrada de Estados Unidos en la guerra, dan cuenta de que aquellos pilotos suicidas eran volutnarios.
Gozaban de privilegios muy superiores a los ciudadanos japoneses. Desde su elección eran considerados héroes y estaban adiestrados duramente para llevar a cabo sus misiones. Si después de entrar en ese circuito de la muerte se echaban atrás eran fusilados por traidores.
Japón no podía medirse con la superioridad norteamericana y las autoridades optaron por reclutar a varios miles de pilotos suicidas con la idea de que sólo con acciones desesperadas podrían compensar las diferencias bélicas con el que estaba llamado a ser su rival.Antes de partir hacia su acción suicida hacían una reverencia en dirección a Tokio donde residía el emperador, la divinidad encarnada por la cual los jóvenes se sacrificaban por patriotismo.
La inmolación por una idea, por una patria o por una religión, no es fenómeno nuevo. Lo que sí es nuevo es que esta práctica se ejecute casi simultáneamente en Palestina, Bagdad, Londres o Chechenia en nombre de una causa que tiene en común una interpretación del Islam y el desprecio por no decir el odio a una cultura que en nuestro caso es la occidental.
Los suicidas se han sacrificado en contra de la presencia de tropas extranjeras en Iraq o en Chechenia pero sobre todo por negarse a aceptar las consecuencias de la implantación de la cultura occidental en sus tierras o en otras partes. Se inmolan matando a rusos, a israelíes, a iraquíes considerados colaboracionistas o simplemente a ciudadanos anónimos que viajan un jueves por la mañana por el metro y los autobuses de Londres.
Iraq arroja el tenebroso saldo de unos setecientos muertos mensuales, muchos de ellos a consecuencia de acciones suicidas. Es bueno preguntarse y alarmarse cuando las inmolaciones se registran en Londres o Grozny. Entendemos que es un ataque frontal contra nuestra libertad y nuestros valores. Pero es igualmente horroroso cuando un suicida coloca su coche debajo de un camión cargado de combustible y mata a casi cien personas como ocurrió en Iraq este fin de semana. El hecho es más repugnante cuando son varias docenas de niños iraquíes los que mueren como consecuencia de la inmolación de otro iraquí.
Leyendo tantos anális de la prensa europea y americana estos días se observa el desconcierto occidental ante este fenómeno de muerte indiscriminada producido por jóvenes que se entregan al martirio. Occidente puede tener la más moderna y poderosa organización militar.
Pero esos jóvenes llevan en su mente y en su cuerpo una bomba atómica que puede producir tanta devastación como la de la aviación más moderna y sofisticada.
No estamos ante un mero desequilibrio de fuerzas sino más bien ante un desencuentro de ideas y de valores que una minoría de musulmanes no quieren superar. La “jihad”, la guerra santa, no afecta sólo a territorios conflictivos en Oriente Medio o en Asia Central. Ha llegado a Europa de forma sangrienta.
Y la perpetran ciudadanos europeos que han nacido aquí, que trabajan aquí y que se han educado aquí acogidos al multiculturalismo y sin necesidad de integrarse plenamente. Se revelan violentamente contra la sociedad secular en nombre de su identidad religiosa y se aferran a sus tradiciones aborreciendo la modernidad europea que la encuentran perniciosa. Esta minoría de musulmanes son de aquí pero también son de otro sitio. Y escuchan la voz de gentes venidas de fuera que les llevan a la muerte.
Los terroristas los tenemos dentro
Eran súbditos británicos y aparentemente se inmolaron en el transporte público de Londres. Los cuatro autores de los atentados del jueves pasado no vinieron de fuera. Eran británicos que vivían, se habían educado y tenían familiares y amigos en el norte de Inglaterra.
Los ingleses han sido entusiastas de los revolucionarios de los demás países. Pero no de los suyos. Un enemigo de los zares, de los reyes europeos o de un régimen dictatorial cualquiera han tenido siempre una acogida simpática en Inglaterra. La lista de revolucionarios exilados en Londres es interminable. Se me ocurren Marx, Bolívar, Ho Chi Minh, Mazzini, Cabrera, Stalin, Lenin... Cuentan que Marx fue detenido en Tottenham Court Road, borracho perdido, junto con dos exilados alemanes después de destruir a pedradas cristales y lámparas callejeras.
Un revolucionario inglés es un ser bastante absurdo. Los ingleses gozan de una naturaleza cuerda, equilibrada y empírica de sus vidas. Tienen poco entusiasmo por las teorías y las ideologías. Respetan a los individuos y la libertad de cada uno. Tienen una histórica capacidad para no sacrificar a seres humanos en el altar de las abstracciones y los ideales. Son gente práctica que se mueve en un orden desordenado que permite un cierto funcionamiento de la sociedad.
El problema que tienen ahora, que tenemos todos, es que el multiculturalismo está resquebrajando el carácter y la cultura nacionales. Los inmigrantes europeos se pueden acoger a todos los derechos sin necesidad de cumplir todos los deberes. O nos proponemos la integración o el multiculturalismo nos va a hacer cada vez más vulnerables como se ha demostrado en Inglaterra y en Holanda.
Los terroristas que se inmolan en Iraq, Londres, Palestina, Chechenia y tantos otros lugares del mundo son la terminal de una organización ilocalizable que ordena atacar indiscriminadamente a Occidente. Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, Al Qaeda ha estado involucrada en diecisiete atentados que han segado setecientas vidas.
¿Cuál puede ser el objetivo de esta red de terror? Pienso en dos prioridades. La primera es que todas las tropas occidentales se vayan de la península arábiga y de otros países musulmanes. La segunda es destruir la estabilidad y el progreso de Occidente. Es una guerra sin ejércitos ni estados que la impulsen y que ni Europa ni Estados Unidos están en condiciones de librar. Urge un diagnóstico y una estrategia. Señores políticos, menos retórica y más seriedad en su gestión.
Menos debate estéril y más preocupación por lo que ocurre en la sociedad que representan. No se sorprendan si la sociedad les tiene cada vez menos estima.
Una red de destrucción perversa
Empieza la persecución y posible captura de los autores de la tercera tragedia en una ciudad occidental perpetrada por la red de terrorismo islámico.
Londres conoció el brutal zarpazo del terrorismo inspirado en la organización confusa y difusa de Al Qaeda. Es posible que los autores de la matanza en el metro londinense lleven tiempo viviendo en Inglaterra. Incluso no es descartable que tengan nacionalidad británica.
Los terroristas que atacaron en Nueva York , Washington y Madrid vivían en Estados Unidos y en España. Utilizaban las tarjetas de crédito, trabajaban en pequeñas o grandes empresas del país, se adiestraban en el territorio y conocían a la perfección cómo llevar a cabo una matanza indiscriminada. Es más que probable que en Londres haya ocurrido lo mismo.
Son gentes que no responden a la reglas cívicas de derechos y deberes que todos procuramos asumir. Tienen una obediencia secreta a una red que se inspira en el terror y que tiene terminales imperceptibles en todo el mundo.
Para combatirlos y desarticularlos no es suficiente disponer de ejércitos, de flotas y de una poderosa aviación. Había que buscarlos y dispersarlos en Afganistán. El régimen de los talibanes, laboratorio de creación de terroristas bajo las órdenes de Bin Laden, fue dispersado y destruido.
Pero Bin Laden campa por sus respetos no se sabe donde y alguien sigue dando instrucciones para atacar coordinadamente dónde, cuándo y cómo decidan.
A este fenómeno globalizado del terror hay que añadir una pequeña bomba atómica que los occidentales no tenemos. Los terroristas de esta macabra red disponen de muchos voluntarios para inmolarse en nombre de una causa que les asegura la felicidad eterna.
Es difícil desarticular y destruir esta red de terror. La experiencia de la guerra de Iraq ha aumentado la vulnerabilidad de nuestras sociedades. No es el camino.
Hay que recuperar lo que el ensayista Joseph Nye ha bautizado como el "poder blando" por encima del "poder duro". Hace falta más inteligencia, más conocimiento de sus estructuras, nuevas técnicas para descubrirlos.
Hay que conocer con más precisión cuál es el alcance e implantación de tantas personas dispuestas a destruir nuestras tradiciones y nuestros valores. Y cuando se disponga de esta información actuar implacablemente con toda la fuerza a nuestro alcance.
Son momentos de serenidad pero también de gran determinación para acabar con esta amenaza tan brutal a nuestros derechos, a nuestra cultura y a nuestra convivencia.
Blair se merienda a Chirac
En este verano de 2005 Londres está ganando la partida a París en todos los frentes. Hace unos días la Royal Fleet festejaba en la bahía de Plymouth el segundo centenario de la batalla de Trafalgar que destrozó a los barcos franceses y españoles en la bahía de Cádiz. Un portaaviones francés se sumó a las celebraciones en señal de cortesía marítima. Murió el almirante Nelson pero Inglaterra se proclamó dueña de los mares en las generaciones venideras.
En el mes de junio se celebraron también los ciento noventa años de Waterloo que acabó definitivamente con las pretensiones de Napoleón de recuperar su fuerza militar y política en Europa después de su apresurado y triunfal retorno del cautiverio en la isla de Elba. El primer ministro Dominique de Villepin acaba de historiar aquellos cien días de gloria transitoria empeñándose en que la derrota frente al Duque de Wellington debe ser un motivo de orgullo para Francia.
Londres y París han sido dos de las grandes capitales europeas a lo largo de los siglos. La rivalidad, a veces amistosa pero con frecuencia muy hostil, se ha evidenciado en la política, en la literatura, en la economía y en las relaciones entre los dos pueblos.
Edmund Burke, un inteligente ensayista conservador, habló con desprecio de la Revolución Francesa mientras que Charles Dickens escribió páginas memorables en su “Historia de dos ciudades” narrando la inevitabilidad de la Revolución porque la monarquía y la nobleza no supieron leer los signos de los tiempos en Francia. George Orwell se convirtió voluntariamente en un mendigo auténtico para comprobar cómo la miseria era soportada de distinta forma bajo los puentes de París y de Londres.
París ha fascinado a los londinenses y Londres ha sido el objeto del deseo de los parisinos. Las dos ciudades han caminado juntas, pero nunca revueltas, por la historia de Europa. Francia tuvo que fabricar a De Gaulle mientras que Inglaterra ya había creado a Churchill. Inglaterra resistió a Hitler y Francia se sometió a él.
Fue Francia la que creó la Unión Europea dando un primer portazo a Inglaterra pero hoy es Tony Blair y no Jacques Chirac quien tiene la voz cantante en Europa después de los descalabros de los referéndum en Francia y Holanda.
Inglaterra inventó el fútbol, el tenis y el criquet y los diseminó por el mundo con la misma facilidad con la que se ha implantado la lengua de Shakespeare. En el hotel Raffles de Singapur, un vestigio colonial británico, Blair ha ganado la batalla a Chirac. Pero la guerra continua. Y no acabará nunca. Como debe ser.
La miseria en África
La conciencia de que se puede combatir con eficacia el hambre y la pobreza en el mundo ha aumentado en varias direcciones. Las manifestaciones masivas de este fin de semana para “convertir la pobreza en historia” han reunido a centenares de miles de personas en las principales capitales del mundo.
La voluntad de los países más ricos que se engloban en el G-8 van a discutir en Escocia las formas para combatir la pobreza, especialmente en África. El coronel Gaddafi ha presidido en Libia la cumbre de la Unión Africana y ha dicho a los más de cincuenta jefes de estado y de gobierno que dejen de invocar a la caridad de Occidente y se olviden de pedir limosna.
Tanto Tony Blair como su delfín Gordon Brown han avanzado ya la necesidad de establecer un Plan Marshall para África. Pero los críticos a esta fórmula indican que en los últimos años se ha depositado el equivalente a seis planes Marshall en el continente africano sin que la situación haya mejorado.
El primer mundo se ha llenado la boca de solidaridad y de promesas que no se han cumplido. África necesita recursos económicos venidos de fuera. Pero precisa sobre todo una inversión en educación y en desarollo. El primer mundo puede y debe suministrar estas ayudas. Para callar nuestra conciencia pero también para proteger los intereses globales y naturalmente los nuestros.
Las expectativas de vida se han reducido en diez años en los últimos tiempos. El Sida se extiende sin que la sanidad local e internacional consiga neutralizar la epidemia. Los muertos de la población activa añaden más improductividad a las economías nacionales. La endémica crisis africana no es una cuestión lejana. Los países ricos tenemos que tomarnos más en serio la rehabilitación humana, política y económica de un continente que envía a cientos de miles de sus hombres y mujeres a abrirse nuevos horizontes en Europa y Estados Unidos.
Tony Blair ha propuesto reducir la deuda externa de los países más endeudados y pide una nueva inversión de cincuenta mil millones de dólares. La Europa de los referéndum y de la crisis institucional parece estar más preocupada por el futuro de las instituciones y por la subvención a sus propios productos agrícolas que cientos de millones de humanos vivan en situaciones indignas.
Si para proteger el café, las hortlizas o los cereales de Estados unidos y de Europa penalizamos con tarifas desproporcionadas los productos que vienen de África o de América Latina no sólo estamos haciendo un mal negocio sino que cometemos una injusticia global.
La posición de Estados Unidos es que el mejor antídoto para la miseria africana es la instauración de gobiernos honestos, con menos corrupción, menos incompetencia y menos violencia. Las carreteras que se construyen no conducen a ninguna parte mientras que las cuentas suizas de gobernantes africanos se engordan de forma impresentable.
Es cierto que sin libertad no habrá crecimiento de ningún tipo. Y que mientras tipos como Mugabe en Zimbabue campen por sus respetos en el continente africano de nada servirán las ayudas por muy millonarias que sean.Es recurrente hablar de millones de euros, de perdón de la deuda e incluso de proyectos educativos generalizados.
Pero si todos esos remedios, aún siendo muy generosos, no sacan del pozo de la miseria a los africanos habrá que pensar en algo más sencillo. Habrá que invertir en personas físicas que tengan el coraje de trasladarse a África y vivir con los africanos, comprender su situación y, juntos, enseñarles a salir de esta espiral de pobreza. Lo que necesita África es aplicar el conocimiento que disponemos en Occidente.
Schröder organiza su funeral
El canciller Schröder ha planteado una moción de confianza a su gobierno para perderla. No le ha sido fácil. Los que más le han criticado de su propia coalición han votado a su favor porque saben que unas elecciones anticipadas les pueden enviar a la oposición o a su casa.
Pero Schröder lo ha conseguido y ha perdido la confianza del Bundestag. Insólito. Ahora puede plantear al presidente de la República la necesidad de convocar elecciones anticipadas en septiembre que todas las encuestas señalan que va a perder.
No es frecuente que un político organice con tanta precisión su propio funeral. Es paradójico también que Schröder haya perdido el apoyo de los alemanes por intentar llevar a cabo unas reformas que eran imprescindibles. Ha hecho el esfuerzo desde el centro izquierda y los suyos no las han aceptado. Y los demás tampoco.
Schröder ha perdido el apoyo de los alemanes que están cansados de ver cómo el paro no baja del 11 por ciento. Pero cuando propone reformas estructurales para crear más empleo tampoco le siguen.
Si el centro derecha gana las elecciones de la mano de Angela Merkel lo más probable es que se convierta en una dama de hierro al estilo prusiano y lleve a cabo unas reformas muy parecidas a las que hizo Margaret Thatcher hace veinte años.
Alemania tiene que volver a ser la locomotora económica de Europa para que el proyecto político pueda prosperar al ritmo que lo ha hecho en los últimos veinte años.