Corea del Norte es un país misterioso, pobre, reñido con el progreso para sus gentes pero obsesionado con la seguridad del régimen en el que los militares y la policía son cuerpos todopoderosos. Los hombres de uniforme custodian las encrucijadas de las desiertas carreteras, controlan las calles por las que transitan algunas bicicletas, pocos coches oficiales y muchos peatones que caminan con gran dignidad por las aceras polvorientas.
Hace menos de un año pasé dos días en Corea del Norte en visita a la ciudad de Kaesong, a unos treinta kilómetros de la frontera con el sur. El paisaje es nítidamente ecológico. No vi tractores ni maquinaria de ningún tipo. Familias enteras faenaban en campos de maíz y patatas practicando una agricultura artesanal.
La zona desmilitarizada que cruza la península coreana, trazada tras el armisticio de 1953, es un espacio riquísimo en fauna y flora. Nadie ha pisado los cuatro kilómetros que separan las dos Coreas en más de medio siglo. Los grillos y las ranas ofrecen una espectacular sinfonía y el negro verdor de los árboles disimula las alambradas que vigilan los cadáveres putrefactos que quedaron sepultados en la guerra.
Enormes banderas se levantan como torres de vigía en las colinas de los dos lados. En el norte, las estatuas de bronce gigantescas de Kim Il Jung vigilan las esencias del laboratorio comunista más genuino del mundo que es gestionado ahora por su hijo Kim Jong Il, un personaje estrafalario que le gusta viajar en tren, que lanza cohetes nucleares de corto alcance de vez en cuando y que tiene a Corea del Sur, a Japón y a toda la región bajo la amenaza de misiles nucleares.
Ser un dictador tan severo e inhumano en estos tiempos en los que la información se filtra por todas las rendijas del planeta tiene un cierto mérito. Me impresionaron las torres de comunicación para interferir toda la información radiada y televisada que llega al país. Sólo envían señales hacia fuera pero bloquean las que entran. Son monumentos a la opacidad y a la ignorancia que velan por la higiene ideológica de los nordcoreanos.
Los prejuicios sobre el régimen de Corea del Norte se confirman. Recordé una fugaz visita a Albania, en los años ochenta, acompañando al Barça en una expedición de eliminatoria europea. El laboratorio albanés saltó por los aires y los más de cuarenta libros de Enver Hoxha no se han reeditado.
Este país mísero y dictatorial posee la bomba atómica y juega con ella con vecinos tan poderosos como China, Japón, Rusia y Corea del Sur. La república del Gran Líder era más rica y próspera que el país hermano del sur cuando acabó la guerra. Hoy es un erial, con autopistas sin coches, trenes sin pasajeros, campos cultivados al estilo medieval. Es un desafío a la historia que acabará como todas las dictaduras que desprecian a su pueblo y desafían al mundo.
jueves, mayo 28, 2009
lunes, mayo 25, 2009
Europeísmo ignorante y ramplón
La campaña para las elecciones europeas discurre en clave interna sin que los partidos se preocupen demasiado en explicar las ventajas de pertenecer a un espacio político, económico y social que ha contribuido tan decididamente a nuestra estabilidad y a nuestro progreso desde que en 1986 España entró a formar parte de lo que hoy es la Unión Europea.
El europeísmo está ausente en los mítines y titulares de prensa. Ni Zapatero ni Rajoy hablan inglés y no se han distinguido en sus aportaciones intelectuales o políticas a la realidad europea de ayer y de hoy. Tampoco cuentan con alianzas y complicidades personales con los líderes de Francia, Alemania, Suecia, Italia o Gran Bretaña.
Zapatero lanza a los vientos el espantajo de la derecha cuando fue el presidente de Francia el que le colocó en calzador en la cumbre del G-20 en Washington y en Londres. Ahora, según informaciones recientes, será el más populista de los conservadores europeos, Silvio Berlusconi, el que le garantice una plaza en la próxima cumbre de los veinte.
No me constan muchas visitas de Mariano Rajoy a las principales capitales europeas para conocer las preocupaciones de sus correligionarios conservadores ante unas elecciones que no levantan grandes entusiasmos en ninguna parte.
Zapatero acudió a Sevilla para darse un baño de masas y anunciar, otro anuncio, una ley de economía sostenible sin decirnos ni vagamente de qué se trata. Rajoy se presentó en Alicante flanqueado por Camps y Trillo con la esperanza de que las europeas sean una absolución electoral a los problemas que han tenido con la justicia estos dos jerarcas del Partido Popular.
No sé que tienen que ver las elecciones europeas con las imputaciones que pesan sobre el presidente valenciano o la condena a subordinados del ex ministro de Justicia en sentencia reciente. Nada.
El espabilado Ramon Tremosa nos habla de promesas deshilachadas y el candidato republicano, Oriol Junqueras, pretende que la Unión Europea limite la solidaridad territorial española. Vidal Quadras y Mayor Oreja siguen con su cruzada linguística y Maria Badia nos presenta con una sonrisa roja el cogote negro de Alejo.
El panorama no invita a ir a las urnas. A pesar de todo, seremos muchos los que votaremos y ya que así se empeñan todos, lo vamos a hacer más con criterios internos que europeos. Qué pena.
El europeísmo está ausente en los mítines y titulares de prensa. Ni Zapatero ni Rajoy hablan inglés y no se han distinguido en sus aportaciones intelectuales o políticas a la realidad europea de ayer y de hoy. Tampoco cuentan con alianzas y complicidades personales con los líderes de Francia, Alemania, Suecia, Italia o Gran Bretaña.
Zapatero lanza a los vientos el espantajo de la derecha cuando fue el presidente de Francia el que le colocó en calzador en la cumbre del G-20 en Washington y en Londres. Ahora, según informaciones recientes, será el más populista de los conservadores europeos, Silvio Berlusconi, el que le garantice una plaza en la próxima cumbre de los veinte.
No me constan muchas visitas de Mariano Rajoy a las principales capitales europeas para conocer las preocupaciones de sus correligionarios conservadores ante unas elecciones que no levantan grandes entusiasmos en ninguna parte.
Zapatero acudió a Sevilla para darse un baño de masas y anunciar, otro anuncio, una ley de economía sostenible sin decirnos ni vagamente de qué se trata. Rajoy se presentó en Alicante flanqueado por Camps y Trillo con la esperanza de que las europeas sean una absolución electoral a los problemas que han tenido con la justicia estos dos jerarcas del Partido Popular.
No sé que tienen que ver las elecciones europeas con las imputaciones que pesan sobre el presidente valenciano o la condena a subordinados del ex ministro de Justicia en sentencia reciente. Nada.
El espabilado Ramon Tremosa nos habla de promesas deshilachadas y el candidato republicano, Oriol Junqueras, pretende que la Unión Europea limite la solidaridad territorial española. Vidal Quadras y Mayor Oreja siguen con su cruzada linguística y Maria Badia nos presenta con una sonrisa roja el cogote negro de Alejo.
El panorama no invita a ir a las urnas. A pesar de todo, seremos muchos los que votaremos y ya que así se empeñan todos, lo vamos a hacer más con criterios internos que europeos. Qué pena.
miércoles, mayo 20, 2009
La extraña algarabía valenciana en torno a Camps
Los británicos están avergonzados de sus parlamentarios. No tanto por las libras que han cargado al erario público sino por los conceptos que han hecho constar en sus notas de gastos que iban desde la comida para el perro hasta películas pornográficas pasando por adecuar su primera o segunda residencia.
La crisis ha costado el puesto al Speaker de los Comunes, una mayoría de diputados laboristas piden que el primer ministro Brown dimita antes de las elecciones, los conservadores van devolviendo miles de libras invertidas en sus casas de campo y el Parlamento ha perdido la confianza de los británicos.
Esta inesperada crisis por cuestiones que podrían parecer menores va a provocar seguramente unas elecciones anticipadas que se traducirán en una reforma del funcionamiento del parlamento más viejo del mundo con una marejada política que cambiará la fisonomía de muchos de los 646 diputados actuales.
La crisis de los gastos de los diputados británicos plantea una cuestión de fondo principal que resurge cuando se traspasan los límites éticos de las actividades públicas. No todo lo que es lícito es moralmente aceptable.
También en estos tiempos en los que Sarkozy, Berlusconi y Zapatero parecen poner más énfasis en ganar elecciones que en lo que hay que hacer una vez se alcanza el poder. Edmund Burke, autor de las célebres Reflections on the Revolution in France, escribió a finales del siglo XVIII que “la hora era grande pero los honorables gentlemen eran pequeños”.
La política se apoya sobre las instituciones que sobreviven a las personas que se van sucediendo para mantenerlas en funcionamiento. Una de las constantes del sistema británico es haber mantenido el principio de legitimidad, al margen de las personas que han ocupado el trono o han sido primeros ministros.
El reinado de Isabel II ha transcurrido en medio de fuertes convulsiones desde que en 1952 subiera al trono tras la súbita muerte de su padre. Su familia no le ha ayudado. Pero ella sigue.
Cuando en 1936 abdicaba Eduardo VIII tras preferir casarse con una divorciada norteamericana al trono de su país, sólo había reinado 326 días. Se fue y le sucedió Jorge VI. Las crisis se superan con mayor facilidad cuando las instituciones son más importantes que las personas.
La democracia española ha sido un éxito porque, a pesar de todas las crisis de los últimos treinta años, se han mantenido las instituciones y el principio de legitimidad constitucional. Nadie es imprescindible y todos son necesarios.
Pero no se entiende la algarabía en las calles de Valencia, los homenajes innecesarios al presidente de la Comunidad que ayer entró como imputado en el Tribunal Superior de Valencia y salió “contento y satisfecho”. Lo que interesa es lo que diga la justicia. Todo lo demás es paisaje.
La crisis ha costado el puesto al Speaker de los Comunes, una mayoría de diputados laboristas piden que el primer ministro Brown dimita antes de las elecciones, los conservadores van devolviendo miles de libras invertidas en sus casas de campo y el Parlamento ha perdido la confianza de los británicos.
Esta inesperada crisis por cuestiones que podrían parecer menores va a provocar seguramente unas elecciones anticipadas que se traducirán en una reforma del funcionamiento del parlamento más viejo del mundo con una marejada política que cambiará la fisonomía de muchos de los 646 diputados actuales.
La crisis de los gastos de los diputados británicos plantea una cuestión de fondo principal que resurge cuando se traspasan los límites éticos de las actividades públicas. No todo lo que es lícito es moralmente aceptable.
También en estos tiempos en los que Sarkozy, Berlusconi y Zapatero parecen poner más énfasis en ganar elecciones que en lo que hay que hacer una vez se alcanza el poder. Edmund Burke, autor de las célebres Reflections on the Revolution in France, escribió a finales del siglo XVIII que “la hora era grande pero los honorables gentlemen eran pequeños”.
La política se apoya sobre las instituciones que sobreviven a las personas que se van sucediendo para mantenerlas en funcionamiento. Una de las constantes del sistema británico es haber mantenido el principio de legitimidad, al margen de las personas que han ocupado el trono o han sido primeros ministros.
El reinado de Isabel II ha transcurrido en medio de fuertes convulsiones desde que en 1952 subiera al trono tras la súbita muerte de su padre. Su familia no le ha ayudado. Pero ella sigue.
Cuando en 1936 abdicaba Eduardo VIII tras preferir casarse con una divorciada norteamericana al trono de su país, sólo había reinado 326 días. Se fue y le sucedió Jorge VI. Las crisis se superan con mayor facilidad cuando las instituciones son más importantes que las personas.
La democracia española ha sido un éxito porque, a pesar de todas las crisis de los últimos treinta años, se han mantenido las instituciones y el principio de legitimidad constitucional. Nadie es imprescindible y todos son necesarios.
Pero no se entiende la algarabía en las calles de Valencia, los homenajes innecesarios al presidente de la Comunidad que ayer entró como imputado en el Tribunal Superior de Valencia y salió “contento y satisfecho”. Lo que interesa es lo que diga la justicia. Todo lo demás es paisaje.
lunes, mayo 18, 2009
Las crisis son propias de las democracias
Cuando en agosto de 1974 el presidente Nixon abandonaba la Casa Blanca podía dar la impresión que Estados Unidos entraban en una profunda crisis institucional. Pero no pasó nada. El escándalo que empezó con unos fontaneros entrando en una oficina del Partido Demócrata en el edificio Watergate acabó arrastrando al mismo presidente que se enzarzó en una peligrosa dinámica de negar las evidencias que dos periodistas de Washington iban publicando en cuentagotas.
La política se sostiene en las instituciones que ven pasar a personajes de los más diversos perfiles. El presidente Obama tuvo que revocar las decisiones de nombrar a tres secretarios que tenían hojas de servicios manchadas por irregularidades económicas o fiscales.
El escandalazo de los gastos de diputados y ministros británicos a cuenta del erario público, desde arreglar sus piscinas privadas a fabricar facturas falsas, se ha saldado con varias dimisiones. En muchos casos, varios aprovechados diputados han devuelto las cantidades que habían detraído indebidamente.
La corrupción política es tan vieja como la historia. Se corta pero renace. Y así hasta el final de los tiempos. Los sistemas democráticos parecen siempre los más corruptos. Y no es verdad. Lo que ocurre es que cuando las irregularidades se ponen al descubierto, como debe ser, las consecuencias para los que pisan una o varias líneas contínuas suelen traducirse en destituciones que a veces acaban también en responsabilidades penales.
Se acordarán lo que costó a los socialistas de los años noventa reconocer la corrupción que afectaba desde al director general de la Guardia Civil hasta el gobernador del Banco de España. Las urnas pasaron finalmente factura.
Me cuesta entender el prolongado silencio de Mariano Rajoy sobre escándalos que han llegado a la categoría de imputaciones en altos cargos del Partido Popular. Los populares tienen que ofrecer la máxima transparencia y apartar de sus funciones a quienes se han saltado tantos semáforos en rojo.
No me fío un pelo de la hiperactividad mediática del juez Garzón, de sus cacerías y su afán desmesurado de justicia universal. Pero hay que responder políticamente de los hechos sin esperar las sentencias judiciales. Aunque afecten a pesos pesados del partido. La política es algo más que un club de amigos.
Las aclamaciones públicas al presidente Camps que el miércoles declarará como imputado ante el Tribunal Superior de Justicia de Valencia me parecen ridículas. Salvando todas las distancias me recuerdan a la plana mayor del PSOE, con Felipe González a la cabeza, asistiendo y protestando por la encarcelación del ministro José Barrionuevo que fue condenado por los GAL.
La política se sostiene en las instituciones que ven pasar a personajes de los más diversos perfiles. El presidente Obama tuvo que revocar las decisiones de nombrar a tres secretarios que tenían hojas de servicios manchadas por irregularidades económicas o fiscales.
El escandalazo de los gastos de diputados y ministros británicos a cuenta del erario público, desde arreglar sus piscinas privadas a fabricar facturas falsas, se ha saldado con varias dimisiones. En muchos casos, varios aprovechados diputados han devuelto las cantidades que habían detraído indebidamente.
La corrupción política es tan vieja como la historia. Se corta pero renace. Y así hasta el final de los tiempos. Los sistemas democráticos parecen siempre los más corruptos. Y no es verdad. Lo que ocurre es que cuando las irregularidades se ponen al descubierto, como debe ser, las consecuencias para los que pisan una o varias líneas contínuas suelen traducirse en destituciones que a veces acaban también en responsabilidades penales.
Se acordarán lo que costó a los socialistas de los años noventa reconocer la corrupción que afectaba desde al director general de la Guardia Civil hasta el gobernador del Banco de España. Las urnas pasaron finalmente factura.
Me cuesta entender el prolongado silencio de Mariano Rajoy sobre escándalos que han llegado a la categoría de imputaciones en altos cargos del Partido Popular. Los populares tienen que ofrecer la máxima transparencia y apartar de sus funciones a quienes se han saltado tantos semáforos en rojo.
No me fío un pelo de la hiperactividad mediática del juez Garzón, de sus cacerías y su afán desmesurado de justicia universal. Pero hay que responder políticamente de los hechos sin esperar las sentencias judiciales. Aunque afecten a pesos pesados del partido. La política es algo más que un club de amigos.
Las aclamaciones públicas al presidente Camps que el miércoles declarará como imputado ante el Tribunal Superior de Justicia de Valencia me parecen ridículas. Salvando todas las distancias me recuerdan a la plana mayor del PSOE, con Felipe González a la cabeza, asistiendo y protestando por la encarcelación del ministro José Barrionuevo que fue condenado por los GAL.
miércoles, mayo 13, 2009
Distintas formas de ser español
Un país se condena a la perdición cuando empieza a confundir el rival político con el enemigo mortal. Las varias horas de debate sobre el estado de la nación me dieron la impresión que Zapatero y Rajoy se consideran más enemigos que adversarios.
Hay un dato que les separa de forma radical: sus respectivas visiones sobre la estructura jurídica y política del Estado. Con el agravante de que la España plural que con tanta fanfarria inauguró su primera legislatura Zapatero se está convirtiendo en una realidad cada vez más homogénea.
Soy de la opinión que la España más fuerte es aquella en la que todos nos podamos sentir más cómodos. No hay, afortundamente, una única manera de ser español como tampoco un norteamericano de Kansas exhibe las mismas inquietudes ni tiene los mismos intereses que otro de Idaho o de Florida. Un bávaro y un berlinés tienen en común el pertenecer al mismo estado alemán pero sienten y actúan de formas distintas.
Las medidas propuestas por Zapatero en el debate de estos dos días son más de carácter centralista que autonómico. Anunció decisiones que afectan a los presupuestos de las comunidades autónomas, pero sin consultar ni contar con ellas. Zapatero abrió el melón de la reforma de los estatutos y no ha podido o no ha querido cerrarlo.
Decía Manuel Azaña que todos los problemas tienen un punto de madurez, antes del cual están ácidos. Después, pasado este punto, se corrompen, se pudren.
Zapatero no ha resistido los envites del Partido Popular y su corte mediática en este punto. No es ninguna novedad. Me permito recordar la figura de Antonio Maura, mallorquín, que fue cinco veces presidente del gobierno con Alfonso XIII, hasta la llegada de la dictadura de Primo de Rivera.
La trayectoria de Antonio Maura, como recuerda el historiador Pep Martí, muestra la incapacidad de la derecha española para estructurar un Estado moderno que comprenda la complejidad de las sociedades peninsulares.
Las relaciones de Maura con Catalunya fueron siempre malas, a pesar de su debilidad por Cambó. Maura, al igual que Aznar y Rajoy, no piensan que cuanto más diversa y plural sea España, más sólida es su fortaleza.
Fue Maura el que aprobó la ley de Jurisdicciones, rechazó el movimiento de la Solidaridad Catalana, fue reticente al proyecto de la Mancomunitat que fue defendido por un jacobino como Canalejas y, por fin, se opuso rotundamente a la autonomía catalana.
Zapatero no quiere o no puede ejecutar lo que prometió. Rajoy anda poniendo recursos sobre cualquier iniciativa legislativa que venga de Catalunya. El problema sigue pendiente, con el agravante de que la paciencia del españolismo se agota y la del catalanismo también. La crisis no favorece una solución para cerrar definitivamente este contencioso histórico.
Hay un dato que les separa de forma radical: sus respectivas visiones sobre la estructura jurídica y política del Estado. Con el agravante de que la España plural que con tanta fanfarria inauguró su primera legislatura Zapatero se está convirtiendo en una realidad cada vez más homogénea.
Soy de la opinión que la España más fuerte es aquella en la que todos nos podamos sentir más cómodos. No hay, afortundamente, una única manera de ser español como tampoco un norteamericano de Kansas exhibe las mismas inquietudes ni tiene los mismos intereses que otro de Idaho o de Florida. Un bávaro y un berlinés tienen en común el pertenecer al mismo estado alemán pero sienten y actúan de formas distintas.
Las medidas propuestas por Zapatero en el debate de estos dos días son más de carácter centralista que autonómico. Anunció decisiones que afectan a los presupuestos de las comunidades autónomas, pero sin consultar ni contar con ellas. Zapatero abrió el melón de la reforma de los estatutos y no ha podido o no ha querido cerrarlo.
Decía Manuel Azaña que todos los problemas tienen un punto de madurez, antes del cual están ácidos. Después, pasado este punto, se corrompen, se pudren.
Zapatero no ha resistido los envites del Partido Popular y su corte mediática en este punto. No es ninguna novedad. Me permito recordar la figura de Antonio Maura, mallorquín, que fue cinco veces presidente del gobierno con Alfonso XIII, hasta la llegada de la dictadura de Primo de Rivera.
La trayectoria de Antonio Maura, como recuerda el historiador Pep Martí, muestra la incapacidad de la derecha española para estructurar un Estado moderno que comprenda la complejidad de las sociedades peninsulares.
Las relaciones de Maura con Catalunya fueron siempre malas, a pesar de su debilidad por Cambó. Maura, al igual que Aznar y Rajoy, no piensan que cuanto más diversa y plural sea España, más sólida es su fortaleza.
Fue Maura el que aprobó la ley de Jurisdicciones, rechazó el movimiento de la Solidaridad Catalana, fue reticente al proyecto de la Mancomunitat que fue defendido por un jacobino como Canalejas y, por fin, se opuso rotundamente a la autonomía catalana.
Zapatero no quiere o no puede ejecutar lo que prometió. Rajoy anda poniendo recursos sobre cualquier iniciativa legislativa que venga de Catalunya. El problema sigue pendiente, con el agravante de que la paciencia del españolismo se agota y la del catalanismo también. La crisis no favorece una solución para cerrar definitivamente este contencioso histórico.
domingo, mayo 10, 2009
Zapatero y la repartidora
Le estoy dando vueltas desde hace días a la política del presidente Zapatero para salir de la crisis. Insiste en las políticas sociales, en que nadie se va a quedar en la cuneta, en la cobertura a los más desposeídos.
Un gobierno socialista no debería ni siquiera plantearse estas cuestiones. Tampoco un gobierno de derechas. Las conquistas sociales se han construido con la participación de todos y muy especialmente con la creación de riqueza.
El canciller Erhard, sucesor de Adenauer, decía que ningún gobierno puede dar nada a los ciudadanos si previamente no lo ha recibido de ellos a través de la política fiscal.
Parece como si Zapatero fuera el que da. Sin preocuparse de llenar las arcas públicas para el reparto de la riqueza.
No entiendo esta política. Primero hay que crear recursos y luego repartirlos. No veo un proyecto viable en estos tiempos de crisis que el de incentivar la productividad y competitividad.
A no ser que esta política tenga como principal objetivo el ganar elecciones. Ya lo dijo Sarkozy. Zapatero no es muy inteligente pero gana elecciones. Lo mismo dijo sobre Berlusconi que ha ganado ya tres elecciones.
Lo que importa, por lo tanto, es ganar elecciones. ¿Y luego? Pues, ganar las próximas elecciones. ¿Para qué? Para seguir ganando.
Y el país sin ver la salida del túnel al margen de la generosa repartidora del gobierno. Es un error, un gran error, de un personaje indocumentado.
Un gobierno socialista no debería ni siquiera plantearse estas cuestiones. Tampoco un gobierno de derechas. Las conquistas sociales se han construido con la participación de todos y muy especialmente con la creación de riqueza.
El canciller Erhard, sucesor de Adenauer, decía que ningún gobierno puede dar nada a los ciudadanos si previamente no lo ha recibido de ellos a través de la política fiscal.
Parece como si Zapatero fuera el que da. Sin preocuparse de llenar las arcas públicas para el reparto de la riqueza.
No entiendo esta política. Primero hay que crear recursos y luego repartirlos. No veo un proyecto viable en estos tiempos de crisis que el de incentivar la productividad y competitividad.
A no ser que esta política tenga como principal objetivo el ganar elecciones. Ya lo dijo Sarkozy. Zapatero no es muy inteligente pero gana elecciones. Lo mismo dijo sobre Berlusconi que ha ganado ya tres elecciones.
Lo que importa, por lo tanto, es ganar elecciones. ¿Y luego? Pues, ganar las próximas elecciones. ¿Para qué? Para seguir ganando.
Y el país sin ver la salida del túnel al margen de la generosa repartidora del gobierno. Es un error, un gran error, de un personaje indocumentado.
miércoles, mayo 06, 2009
El legado de Thatcher
Recuerdo con precisión el momento de la mañana del 5 de mayo de 1979 cuando Margaret Thatcher hacía su comparecencia pública tras ganar las elecciones generales y convertirse en la primera mujer que llegaba a Downing Street, no como consorte, sino por méritos propios.
Resultó ser un momento histórico que marcaría la política de dos generaciones. Al año siguiente era elegido Ronald Reagan en Estados Unidos y el mundo occidental entraba en una nueva deriva política y económica que ha perdurado hasta que la crisis actual ha negado con los hechos la fragilidad de aquella revolución conservadora.
Me sorprendió que la “dama de hierro” invocara una larga frase de San Francisco de Asís al decir que “donde hay discordia, podemos traer armonía; donde hay un error, podemos traer verdad; donde hay duda, podemos traer fe y donde hay desesperación, podemos traer esperanza”. Gran expectación en aquella calle estrecha y sin salida en la que nos abarrotábamos decenas de periodistas.
Los laboristas perdían el poder y tardarían más de diecisiete años en recuperarlo. Son conocidos los argumentos en favor de la revolución thatcherista. Cuentan sus fans que hizo posible que todos los británicos pudieran escalar en el ascensor social, que extendió la libertad dentro y fuera de su país y arrancó al Estado el control del modelo económico dando rienda suelta a las leyes del mercado.
Con la perspectiva que da el paso del tiempo me permito afirmar que aquella filosofía rompía con la hegemonía del laborismo desbordado por los sindicatos, pero introducía unas actitudes ultra liberales que nos han conducido a la presente crisis.
Un estudio reciente y muy amplio de la London School of Economics indica que la movilidad social cayó en picado en los tiempos de Thatcher y que en los años ochenta y noventa los que eran ricos siguieron aumentando su fortuna y los que habían nacido pobres no levantaron el vuelo.
Thatcher no creía en la regulación sino en las leyes del mercado que conducirían a lo que ella misma describió como el “capitalismo popular”. Se adelgazó el Estado permitiendo la construcción de un sistema financiero en la sombra que funcionaría liberado de cualquier interferencia de los gobiernos. La nueva autoregulación despreciaría las reglas ajenas.
Thatcher y Reagan contaminaron los partidos socialdemócratas hasta el punto que Gordon Brown no tiene discurso y puede perder las elecciones en favor de los hijos de aquella revolución conservadora. Obama ha sido la primera respuesta para corregir los abusos de aquella ideología. Observando el panorama político europeo, el legado de Thatcher y Reagan perdura, aunque edulcurado, en muchos países. En España lo podríamos ver en los próximos tiempos.
Resultó ser un momento histórico que marcaría la política de dos generaciones. Al año siguiente era elegido Ronald Reagan en Estados Unidos y el mundo occidental entraba en una nueva deriva política y económica que ha perdurado hasta que la crisis actual ha negado con los hechos la fragilidad de aquella revolución conservadora.
Me sorprendió que la “dama de hierro” invocara una larga frase de San Francisco de Asís al decir que “donde hay discordia, podemos traer armonía; donde hay un error, podemos traer verdad; donde hay duda, podemos traer fe y donde hay desesperación, podemos traer esperanza”. Gran expectación en aquella calle estrecha y sin salida en la que nos abarrotábamos decenas de periodistas.
Los laboristas perdían el poder y tardarían más de diecisiete años en recuperarlo. Son conocidos los argumentos en favor de la revolución thatcherista. Cuentan sus fans que hizo posible que todos los británicos pudieran escalar en el ascensor social, que extendió la libertad dentro y fuera de su país y arrancó al Estado el control del modelo económico dando rienda suelta a las leyes del mercado.
Con la perspectiva que da el paso del tiempo me permito afirmar que aquella filosofía rompía con la hegemonía del laborismo desbordado por los sindicatos, pero introducía unas actitudes ultra liberales que nos han conducido a la presente crisis.
Un estudio reciente y muy amplio de la London School of Economics indica que la movilidad social cayó en picado en los tiempos de Thatcher y que en los años ochenta y noventa los que eran ricos siguieron aumentando su fortuna y los que habían nacido pobres no levantaron el vuelo.
Thatcher no creía en la regulación sino en las leyes del mercado que conducirían a lo que ella misma describió como el “capitalismo popular”. Se adelgazó el Estado permitiendo la construcción de un sistema financiero en la sombra que funcionaría liberado de cualquier interferencia de los gobiernos. La nueva autoregulación despreciaría las reglas ajenas.
Thatcher y Reagan contaminaron los partidos socialdemócratas hasta el punto que Gordon Brown no tiene discurso y puede perder las elecciones en favor de los hijos de aquella revolución conservadora. Obama ha sido la primera respuesta para corregir los abusos de aquella ideología. Observando el panorama político europeo, el legado de Thatcher y Reagan perdura, aunque edulcurado, en muchos países. En España lo podríamos ver en los próximos tiempos.
lunes, mayo 04, 2009
Europa no es una coartada
Europa no es una coartada para que los partidos libren una batalla electoral pensando más en sus propias tácticas internas a corto plazo que en en lo que se juega en la renovación del Parlamento Europeo en tiempos de crisis y desconcierto.
El proceso que ha llevado a la actual Unión Europea es el éxito político, social y económico más relevante que recuerdan los tiempos. Lo habitual en Europa a lo largo de los siglos han sido las guerras que han devastado el continente cada dos generaciones. El hecho que no se contemple en el horizonte un enfrentamiento armado en la Unión es un logro de una gran civilización que no quiere repetir los errores revanchistas y miserables del pasado.
Es grotesca la actitud de Silvio Berlusconi al frivolizar las elecciones europeas proponiendo, en un primer intento, colocar en las listas a señoras guapas y de muy buen ver, famosas por participar en concursos de televisión y otros programas triviales. Es una iniciativa que no favorece a la causa de la dignidad de las mujeres que no necesitan de las fantasías berlusconianas para participar activamente en todos los estamentos de la sociedad.
Gran Bretaña viaja rezagada en Europa. No es invención suya y se sube al carro europeo cuando se ha demostrado que sus catastróficos vaticinios no se han cucumplido. Sarkozy intentará corregir sus bajos índices de popularidad en Francia haciendo una campaña en clave interna.
Lo mismo cabe decir de España donde las elecciones europeas se libran en clave interna como si lo que ocurra en Europa fuera ajeno a los intereses de los españoles. ¿Cuántos candidatos pueden expresarse en la lengua vehicular del momento? Pocos.
En Alemania existen también las luchas partidarias practicadas en las costillas de Europa. Pero debemos a Alemania la generosidad y la visión para que los europeos hayamos gozado del periodo de prosperidad y convivencia de los últimos siglos.
Fue Thomas Mann quien dijo al final de la última guerra que prefería una Alemania europeizada a una Europa germanizada. También el canciller Helmut Kohl, en un célebre discurso en la Universidad de Lovaina, declaró solemnemente que su europeismo reposaba en la confianza de que no hubiera guerras en el siglo XXI. La crisis la superaremos con más Europa y más solidaridad entre sus pueblos. Menos coartadas y más visión amplia.
El proceso que ha llevado a la actual Unión Europea es el éxito político, social y económico más relevante que recuerdan los tiempos. Lo habitual en Europa a lo largo de los siglos han sido las guerras que han devastado el continente cada dos generaciones. El hecho que no se contemple en el horizonte un enfrentamiento armado en la Unión es un logro de una gran civilización que no quiere repetir los errores revanchistas y miserables del pasado.
Es grotesca la actitud de Silvio Berlusconi al frivolizar las elecciones europeas proponiendo, en un primer intento, colocar en las listas a señoras guapas y de muy buen ver, famosas por participar en concursos de televisión y otros programas triviales. Es una iniciativa que no favorece a la causa de la dignidad de las mujeres que no necesitan de las fantasías berlusconianas para participar activamente en todos los estamentos de la sociedad.
Gran Bretaña viaja rezagada en Europa. No es invención suya y se sube al carro europeo cuando se ha demostrado que sus catastróficos vaticinios no se han cucumplido. Sarkozy intentará corregir sus bajos índices de popularidad en Francia haciendo una campaña en clave interna.
Lo mismo cabe decir de España donde las elecciones europeas se libran en clave interna como si lo que ocurra en Europa fuera ajeno a los intereses de los españoles. ¿Cuántos candidatos pueden expresarse en la lengua vehicular del momento? Pocos.
En Alemania existen también las luchas partidarias practicadas en las costillas de Europa. Pero debemos a Alemania la generosidad y la visión para que los europeos hayamos gozado del periodo de prosperidad y convivencia de los últimos siglos.
Fue Thomas Mann quien dijo al final de la última guerra que prefería una Alemania europeizada a una Europa germanizada. También el canciller Helmut Kohl, en un célebre discurso en la Universidad de Lovaina, declaró solemnemente que su europeismo reposaba en la confianza de que no hubiera guerras en el siglo XXI. La crisis la superaremos con más Europa y más solidaridad entre sus pueblos. Menos coartadas y más visión amplia.
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