Un balance sobre el año que termina es propio de periodistas que nos movemos en los borradores de la historia, en las imprecisiones y en las valoraciones apresuradas. Los cambios relevantes sólo se observan cuando han transcurrido y se pueden juzgar en perspectiva.
Para esbozar este borrador se me ocurren unas cuantas carencias que me parecen relevantes en un mundo que galopa más deprisa de lo que observamos.
La primera sería que la seguridad jurídica no alcanza a ordenar la imparable fuerza de la globalización. Las instituciones internacionales y estatales cada vez tienen menos facultades sobre los movimientos financieros, comerciales, políticos y sociales. Los sobrantes de la globalización, ya sea en forma de bienes y capitales o de personas, actúan al margen de una inexistentes leyes internacionales. La realidad siempre va por delante, pero después hay que ordenar los intereses concurrentes de todos.
Esta ausencia del derecho en las grandes cuestiones que mueven el mundo favorece el fomento de la injusticia global y convierte el planeta en una selva en la que el más fuerte o el más listo se impone sobre los más débiles.
La autoridad política y moral está muy deteriorada en las instituciones, desde la ONU hasta el Fondo Monetario Internacional pasando por el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio.
Esta autoridad se pretende suplir por decisiones unilaterales basadas más en la fuerza que en el derecho. La lucha internacional contra el terrorismo no ha hecho un mundo más seguro sino que ha implantado el miedo cósmico y ha privado de libertades básicas a millones de ciudadanos que pueden convertirse en sospechosos por el simple hecho de su etnia, de su religión o de su procedencia geográfica.
El consumismo endémico que nos arrastra no lo deciden los ciudadanos de las sociedades democráticas sino que responden a estrategias que confunden la condición de hombres y mujeres libres con la de simples consumidores.
Afortunadamente, no todo son carencias o catástrofes para crear un mundo más justo. Hay millones de personas, de todas clases y condiciones, que siguen manteniendo la salud cívica de los pueblos al margen de la responsabilidad de sus dirigentes y de sus instituciones. Hay, en definitiva, más conocimiento de la realidad global y local. Y, por lo tanto, más exigencia hacia las clases dirigentes. Este es el gran cambio que está en marcha.
viernes, diciembre 22, 2006
miércoles, diciembre 20, 2006
Cuidado con la xenofobia
Los atracos y actos de violencia que llegan al conocimiento público son motivo de preocupación. No diré que ahora hay más o menos que hace unos años. La vulneración de las leyes es tan vieja como la historia porque afortunadamente no vivimos en un mundo en el que todo es perfecto.
Un fenómeno nuevo ha aparecido en una sociedad en la que el número de sobrevenidos es muy superior al de otras generaciones. Más del diez por ciento son inmigrantes que viven, trabajan o vagan, porque no tienen nada más que hacer, entre nosotros.
Han venido de fuera para quedarse. Muchos se adaptan, bastantes se integran y también los hay que caen en la delincuencia. El estigmatizar a todo inmigrante como un posible ladrón, me parece que es una injusticia y una falta de sentido común.
Estos días que se recuerda el centenario del nacimiento de Hannah Arendt, la teórica política alemana, hija de padres judíos laicos y que escribió con conocimiento sobre los totalitarismos del siglo pasado, dejó dicho que “no hay propiamente ninguna forma de sociedad que no se base más o menos en los prejuicios, mediante los cuales admite a unos determinados tipos humanos y excluye a otros”.
Sería un error social y político de consecuencias imprevistas el que no erradicáramos los prejuicios que podemos tener hacia la variedad cultural, religiosa y social de tantos sobrevenidos que conviven entre nosotros, trabajan aquí en las faenas menos valoradas, hablan sus lenguas y forman sus comunidades, al margen de nuestros hábitos y códigos sociales.
Se da la circunstancia que muchos de los delitos cometidos en los últimos tiempos son obra de individuos procedentes de la Europa del Este y muy especialmente los que despectivamente llamamos albano kosovares.
No se trata tanto, a mi juicio, de poner en práctica los naturales prejuicios que podamos tener sino de establecer un marco legal, de obligaciones y derechos, de ser lo más estrictos posible en un mínimo común denominador que todos, los que somos de aquí y los que han llegado, podamos compartir.
Este denominador común lo fijarán lo que los franceses conocen como valores republicanos, un marco legal integrador, lento y suave, que nos obliga a todos por igual. La situación nunca será ideal y los prejuicios los arrastraremos siempre, porque ni siquiera hemos conseguido eludirlos en el trato cotidiano entre nosotros.
Lo que quiero prevenir es la xenofobia populista y la falta de respeto al otro que también es persona. Todo esto puede sonar a música celestial pero es la mejor alternativa a poder integrar a cuantos han llegado y seguirán llegando, haciéndoles comprender que les respetaremos en la medida que ellos respeten nuestras leyes, nuestra historia, nuestra lengua y nuestra cultura democrática.
Un fenómeno nuevo ha aparecido en una sociedad en la que el número de sobrevenidos es muy superior al de otras generaciones. Más del diez por ciento son inmigrantes que viven, trabajan o vagan, porque no tienen nada más que hacer, entre nosotros.
Han venido de fuera para quedarse. Muchos se adaptan, bastantes se integran y también los hay que caen en la delincuencia. El estigmatizar a todo inmigrante como un posible ladrón, me parece que es una injusticia y una falta de sentido común.
Estos días que se recuerda el centenario del nacimiento de Hannah Arendt, la teórica política alemana, hija de padres judíos laicos y que escribió con conocimiento sobre los totalitarismos del siglo pasado, dejó dicho que “no hay propiamente ninguna forma de sociedad que no se base más o menos en los prejuicios, mediante los cuales admite a unos determinados tipos humanos y excluye a otros”.
Sería un error social y político de consecuencias imprevistas el que no erradicáramos los prejuicios que podemos tener hacia la variedad cultural, religiosa y social de tantos sobrevenidos que conviven entre nosotros, trabajan aquí en las faenas menos valoradas, hablan sus lenguas y forman sus comunidades, al margen de nuestros hábitos y códigos sociales.
Se da la circunstancia que muchos de los delitos cometidos en los últimos tiempos son obra de individuos procedentes de la Europa del Este y muy especialmente los que despectivamente llamamos albano kosovares.
No se trata tanto, a mi juicio, de poner en práctica los naturales prejuicios que podamos tener sino de establecer un marco legal, de obligaciones y derechos, de ser lo más estrictos posible en un mínimo común denominador que todos, los que somos de aquí y los que han llegado, podamos compartir.
Este denominador común lo fijarán lo que los franceses conocen como valores republicanos, un marco legal integrador, lento y suave, que nos obliga a todos por igual. La situación nunca será ideal y los prejuicios los arrastraremos siempre, porque ni siquiera hemos conseguido eludirlos en el trato cotidiano entre nosotros.
Lo que quiero prevenir es la xenofobia populista y la falta de respeto al otro que también es persona. Todo esto puede sonar a música celestial pero es la mejor alternativa a poder integrar a cuantos han llegado y seguirán llegando, haciéndoles comprender que les respetaremos en la medida que ellos respeten nuestras leyes, nuestra historia, nuestra lengua y nuestra cultura democrática.
lunes, diciembre 18, 2006
La carta de navegación de Zapatero
Los precios de la vivienda en España han subido un 180 por ciento en los últimos diez años en comparación con el 128 por ciento de Francia. Los analistas y el propio gobierno afirman que el crecimiento anual del 3.6 por ciento en el mismo periodo ha sido el doble que la media de la zona euro y que la explicación a este éxito es la construcción con el consiguiente “boom” del mercado inmobiliario y la llegada de inmigrantes.
Aznar nos decía que España iba bien y ganó las elecciones del 2000 por mayoría absoluta. Todo iba tan bien que se lo llegó a creer tomando iniciativas por su cuenta que, como el compromiso de apoyar la guerra de Iraq, apartaron del poder al Partido Popular, tres días después del fatídico 11 de marzo de 2004 en Madrid.
El periodo de alianzas y pactos de Aznar tras la victoria insuficiente de 1996 derivó en una actitud de autoridad que le dejó sólo con su mayoría pensando que el país le seguía con los ojos cerrados.
La victoria de los socialistas de la mano de Rodríguez Zapatero fue percebida como una descompresión tras los fatigantes empujones de Aznar para que el país le siguiera en la política exterior, en la lucha contra el terrorismo y en la erosión sutil pero real del estado de las autonomías.
Zapatero se encontró en la Moncloa sin tener mayoría en el Congreso ni tampoco alianzas sólidas y estables de gobierno. Pero tomó decisiones importantes como la retirada de las tropas de Iraq en horas veinticuatro y trazó una política exterior que me parece más cercana a la de un político de la izquierda populista sudamericana que a un líder europeo de un estado que pesa en la Unión.
Se cumplirán tres años de su llegada al poder y todavía no ha recibido respuesta a la llamada telefónica que le hizo a Bush cuando ganó las elecciones el mismo año. Tengo muy poco respeto político por el actual presidente norteamericano que acaba de ser vapuleado en las urnas y el informe Baker-Hamilton le ha dicho con toda claridad que la guerra de Iraq fue un error y está perdida.
Pienso que Zapatero no tiene hoja de ruta en política exterior. En las Naciones Unidas presentará su Alianza de Civilizaciones, una iniciativa española compartida por el primer ministro turco Erdogan y por el saliente secretario general, Kofi Annan. Sus últimos viajes al exterior han sido a Senegal, Turquía y Argelia.
Los encuentros con los aliados naturales de España son los imprescindibles que constan en el calendario. La última cumbre con Chirac en Girona, una reunión también prevista, alumbró un plan de paz para Oriente Medio tras una llamada telefónica a Romano Prodi sobre la marcha como nos comunicó el presidente de Francia. No hay más noticias sobre esta iniciativa.
Zapatero ha abierto un proceso de paz con ETA que a la mayoría nos gustaría que acabara bien a pesar de las muchas dificultades. Pero no estoy seguro que este ambicioso proyecto estuviera diseñado con inteligencia política cuando se puso en marcha. Ahora está en punto muerto, a juzgar por los interlocutores de las dos partes.
La reforma territorial del Estado, centrada principalmente en el Estatut de Catalunya, ha llegado mutilada a Barcelona y vamos a ver cómo se implementa su articulado en los próximos meses.La inmigración ilegal sigue siendo un problema de primera magnitud. Se ha quedado solo en la ley de la memoria histórica haciendo posible que el Partido Popular y ERC, por diversas razones, se mantengan unidos contra la ley.
Somos, eso sí, el país más liberal de Europa en innovaciones sociales. Y, por encima de todo, el ministro Pedro Solbes ha puesto la economía a velocidad de crucero. Pero el tren de la economía puede descarrilar si la construcción sufre un contratiempo irreparable.
Aznar nos decía que España iba bien y ganó las elecciones del 2000 por mayoría absoluta. Todo iba tan bien que se lo llegó a creer tomando iniciativas por su cuenta que, como el compromiso de apoyar la guerra de Iraq, apartaron del poder al Partido Popular, tres días después del fatídico 11 de marzo de 2004 en Madrid.
El periodo de alianzas y pactos de Aznar tras la victoria insuficiente de 1996 derivó en una actitud de autoridad que le dejó sólo con su mayoría pensando que el país le seguía con los ojos cerrados.
La victoria de los socialistas de la mano de Rodríguez Zapatero fue percebida como una descompresión tras los fatigantes empujones de Aznar para que el país le siguiera en la política exterior, en la lucha contra el terrorismo y en la erosión sutil pero real del estado de las autonomías.
Zapatero se encontró en la Moncloa sin tener mayoría en el Congreso ni tampoco alianzas sólidas y estables de gobierno. Pero tomó decisiones importantes como la retirada de las tropas de Iraq en horas veinticuatro y trazó una política exterior que me parece más cercana a la de un político de la izquierda populista sudamericana que a un líder europeo de un estado que pesa en la Unión.
Se cumplirán tres años de su llegada al poder y todavía no ha recibido respuesta a la llamada telefónica que le hizo a Bush cuando ganó las elecciones el mismo año. Tengo muy poco respeto político por el actual presidente norteamericano que acaba de ser vapuleado en las urnas y el informe Baker-Hamilton le ha dicho con toda claridad que la guerra de Iraq fue un error y está perdida.
Pienso que Zapatero no tiene hoja de ruta en política exterior. En las Naciones Unidas presentará su Alianza de Civilizaciones, una iniciativa española compartida por el primer ministro turco Erdogan y por el saliente secretario general, Kofi Annan. Sus últimos viajes al exterior han sido a Senegal, Turquía y Argelia.
Los encuentros con los aliados naturales de España son los imprescindibles que constan en el calendario. La última cumbre con Chirac en Girona, una reunión también prevista, alumbró un plan de paz para Oriente Medio tras una llamada telefónica a Romano Prodi sobre la marcha como nos comunicó el presidente de Francia. No hay más noticias sobre esta iniciativa.
Zapatero ha abierto un proceso de paz con ETA que a la mayoría nos gustaría que acabara bien a pesar de las muchas dificultades. Pero no estoy seguro que este ambicioso proyecto estuviera diseñado con inteligencia política cuando se puso en marcha. Ahora está en punto muerto, a juzgar por los interlocutores de las dos partes.
La reforma territorial del Estado, centrada principalmente en el Estatut de Catalunya, ha llegado mutilada a Barcelona y vamos a ver cómo se implementa su articulado en los próximos meses.La inmigración ilegal sigue siendo un problema de primera magnitud. Se ha quedado solo en la ley de la memoria histórica haciendo posible que el Partido Popular y ERC, por diversas razones, se mantengan unidos contra la ley.
Somos, eso sí, el país más liberal de Europa en innovaciones sociales. Y, por encima de todo, el ministro Pedro Solbes ha puesto la economía a velocidad de crucero. Pero el tren de la economía puede descarrilar si la construcción sufre un contratiempo irreparable.
domingo, diciembre 17, 2006
La apoteósis consumista de la Navidad
Vivimos en medio de la apoteósis barroca del dinero. La frase es de Raimond Obiols y la pronunció en el contexto de los enriquecimientos meteóricos de los años noventa. Muchos de aquellos ricos que construían sus fortunas como los trileros fugitivos de las grandes ciudades están en la cárcel o cumplen condenas atenuadas.
La apoteósis consumista de la Navidad es general. La viven los que más tienen y los que menos. El consumo es el gran dios de nuestros días. Es un paliativo al sufrimiento, al endeudamiento, a hipotecas sobre hipotecas, a los que quedan colgados en los aeropuertos, con niños y ancianos, a los enfermos y a los discapacitados.
El consumismo cabalga rampante escondiendo la pobreza, también de las sociedades ricas. Las estadísticas son frías pero son humanas. Las cifras oficiales indican que en España hay un 19.8 por ciento de hogares que viven bajo el umbral de la pobreza. El 40.4 por ciento no pueden disfrutar de una semana de vacaciones. Un 9 por ciento pasa frío en sus casas.
Nada humilla más que la pobreza y no hay pobreza que humille más que la que se padece en medio de gente inclinada al enriquecimiento rápido, acelerado, en medio del jolgorio de fortunas y gratificaciones fabulosas construidas de la noche a la mañana.
miércoles, diciembre 13, 2006
Violencia pública y privada
La violencia es un signo de los tiempos, de todos los tiempos, y no termina nunca. Es la constante de la condición humana que con mucha frecuencia recurre a la fuerza y se olvida de la razón. Eso son precisamente las guerras que Clausewitz definía como la continuación de la diplomacia con otros medios.
Vivimos en la época en la que la violencia es más visible, más masiva y más cercana. Lo que ocurre en una calle de Bagdad, con la sangre fría y la perversidad con que un suicida elimina a decenas de compatriotas que nada tienen que ver con el conflicto, nos llega de forma instantánea.
También conocemos en directo los conflictos en África, los atentados terroristas en cualquier rincón del mundo, las guerras con cámaras de televisión que se libran en muchas partes del planeta.
La violencia nos produce más miedo cuando llama a la puerta de nuestra ciudad, de nuestro barrio, de un vecino o de un familiar. En Sant Fruitós del Bages se registró un intento de atraco en el domicilio de una familia conocida de la comarca. Se activaron los sistemas de seguridad, acudieron los Mossos y un yerno del propietario aparentemente disparó contra uno de los sospechosos causándole la muerte. El autor de los disparos y uno de los ladrones detenidos están en prisión.
El debate sobre la legítima defensa, sobre la posesión de armas y sobre la procedencia de los delincuentes que amenazan con tanta frecuencia tantos domicilios es tá en la calle. Pienso que hay una mayoría que se pondrán del lado del yerno de la familia Tous y que verán bien que se recurra a las pistolas cuando la seguridad de las personas esté en peligro, aunque sea de modo preventivo o desproporcionado.
Aunque esté en minoría voy a romper una lanza a favor de la ley que otorga al Estado el monopolio de la violencia para expulsarla del ámbito privado, fortaleciendo la función del poder público al que hemos otorgado la facultad de la fuerza como un instrumento para alcanzar el mayor grado posible de convivencia.
El reto de este gobierno y de todos los gobiernos es garantizar la seguridad a través de la ley. Si los ciudadanos llegan a la conclusión que los cuerpos de seguridad no cumplen con su función, será cada vez más frecuente la legítima defensa que, en ocasiones, puede ir mucho más lejos que la simple defensión de un ataque y causar la muerte de alguien que la justicia no le habría condenado con tanta radicalidad.
La cuestión es muy delicada. El conseller Saura tendrá que actuar con inteligencia y con energía porque tiene que garantizar la seguridad de todos de acuerdo con la ley que es interpretada por los jueces.
Vivimos en la época en la que la violencia es más visible, más masiva y más cercana. Lo que ocurre en una calle de Bagdad, con la sangre fría y la perversidad con que un suicida elimina a decenas de compatriotas que nada tienen que ver con el conflicto, nos llega de forma instantánea.
También conocemos en directo los conflictos en África, los atentados terroristas en cualquier rincón del mundo, las guerras con cámaras de televisión que se libran en muchas partes del planeta.
La violencia nos produce más miedo cuando llama a la puerta de nuestra ciudad, de nuestro barrio, de un vecino o de un familiar. En Sant Fruitós del Bages se registró un intento de atraco en el domicilio de una familia conocida de la comarca. Se activaron los sistemas de seguridad, acudieron los Mossos y un yerno del propietario aparentemente disparó contra uno de los sospechosos causándole la muerte. El autor de los disparos y uno de los ladrones detenidos están en prisión.
El debate sobre la legítima defensa, sobre la posesión de armas y sobre la procedencia de los delincuentes que amenazan con tanta frecuencia tantos domicilios es tá en la calle. Pienso que hay una mayoría que se pondrán del lado del yerno de la familia Tous y que verán bien que se recurra a las pistolas cuando la seguridad de las personas esté en peligro, aunque sea de modo preventivo o desproporcionado.
Aunque esté en minoría voy a romper una lanza a favor de la ley que otorga al Estado el monopolio de la violencia para expulsarla del ámbito privado, fortaleciendo la función del poder público al que hemos otorgado la facultad de la fuerza como un instrumento para alcanzar el mayor grado posible de convivencia.
El reto de este gobierno y de todos los gobiernos es garantizar la seguridad a través de la ley. Si los ciudadanos llegan a la conclusión que los cuerpos de seguridad no cumplen con su función, será cada vez más frecuente la legítima defensa que, en ocasiones, puede ir mucho más lejos que la simple defensión de un ataque y causar la muerte de alguien que la justicia no le habría condenado con tanta radicalidad.
La cuestión es muy delicada. El conseller Saura tendrá que actuar con inteligencia y con energía porque tiene que garantizar la seguridad de todos de acuerdo con la ley que es interpretada por los jueces.
martes, diciembre 12, 2006
La Catalunya ideal y la real
Sin una teoría, los hechos no dicen nada. La cita es de Friedrich August von Hayek (1899 - 1992), premio Nobel de Economía en 1974 y uno de los pensadores liberales que más influyeron en las revoluciones conservadoras impulsadas por Margaret Thatcher y Ronald Reagan en los años ochenta.
Estaba un día del pasado largo puente compartiendo mantel con cuatro personas con mentes especialmente lúcidas. La conversación iniciada a la hora del almuerzo se prolongó hasta entrada la noche, justo cuando llegábamos a tiempo para recoger una veintena de litros de aceite del molino que cerraba sus puertas a las nueve de la noche, allá en la silenciosa Vall del Corb, que esta temporada conoce una de las cosechas históricas, en calidad y cantidad.
Se habló de todo y de todos y no pudimos sustraernos a un análisis exhausto y desordenado sobre la situación en Catalunya y su relación con España.
No salió una teoría sobre la situación en Catalunya porque tendrá que transcurrir un cierto tiempo para teorizar sobre el cambio social, económico y político que está conociendo una sociedad que todavía no se hace a la idea de que un gobierno que fue percebido como un gran fracaso haya conseguido ser reelegido democrática y pacíficamente.
Un asomo de teoría sí que surgió a lo largo de la conversación a cinco. La clase social que dirige el país política y económicamente ha cambiado. No sólo por el hecho de que la máxima autoridad de Catalunya sea un catalán nacido en Córdoba sino porque el país real se está abriendo paso sobre el país ideal, el predeterminado por la identidad histórica, por la teoría asumida por todos de que es desde uno o dos barrios de la Barcelona burguesa e ilustrada de donde salen las figuras que cargan con la responsabilidad de dirigir los destinos del país.
Al margen de los desatinos del anterior gobierno y de los que pueda perpetrar el que acaba de estrenarse, hay un dato interesante: sólo cuatro de los consellers del gobierno de la Entesa han nacido en Barcelona.
Otra aproximación teórica es el distanciamiento o el desapego que se ha producido respecto a España. Esta nueva realidad no ha venido por vía identitaria sino por los sentimientos y por los intereses. Muchos catalanes nos hemos sentido despreciados, por no decir ultrajados, por sectores que invocan la unidad de España en detrimento de su complejidad y pluralidad. Como decía Ernest Lluch, debemos preservar la facultad de ser españoles cada uno a su manera.
Si no es posible, los hechos pueden obligar a formular una nueva teoría, muy parecida a la que pueden vivir en el mes de mayo los escoceses, si las encuestas se confirman y el Scottish National Party, partidario de la independencia del Reino Unido, gana las elecciones autonómicas. Lo más sorprendente de la encuesta publicada por el Sunday Telegraph el pasado domingo es que al 59 por ciento de los ingleses no moverían un dedo si Escocia decidiera revocar la Act of Union de 1707 que los convirtió a todos en británicos. Escocia no es Montenegro, con todos los respetos para la nación balcánica.
Teorizar sobre la nueva situación que vive Catalunya en términos clásicos puede confundirnos a todos. Pienso que nadie tiene ambiciones de romper nada ni romper con nadie. Pero en la nueva realidad creada por la globalización, la identidad, que no se desaparecerá y en todo caso evolucionará, no habrá que defenderla desde la simbología sino desde los intereses particulares y colectivos de un pueblo cohesionado.
La novedad es que puede darse la paradoja que quienes la impulsen sean los que gestionan la Catalunya real y no la ideal. Pero sólo son teorías parciales, incompletas y limitadas, perjeñadas a lo largo de una prolongada sobremesa de un día de invierno.
Estaba un día del pasado largo puente compartiendo mantel con cuatro personas con mentes especialmente lúcidas. La conversación iniciada a la hora del almuerzo se prolongó hasta entrada la noche, justo cuando llegábamos a tiempo para recoger una veintena de litros de aceite del molino que cerraba sus puertas a las nueve de la noche, allá en la silenciosa Vall del Corb, que esta temporada conoce una de las cosechas históricas, en calidad y cantidad.
Se habló de todo y de todos y no pudimos sustraernos a un análisis exhausto y desordenado sobre la situación en Catalunya y su relación con España.
No salió una teoría sobre la situación en Catalunya porque tendrá que transcurrir un cierto tiempo para teorizar sobre el cambio social, económico y político que está conociendo una sociedad que todavía no se hace a la idea de que un gobierno que fue percebido como un gran fracaso haya conseguido ser reelegido democrática y pacíficamente.
Un asomo de teoría sí que surgió a lo largo de la conversación a cinco. La clase social que dirige el país política y económicamente ha cambiado. No sólo por el hecho de que la máxima autoridad de Catalunya sea un catalán nacido en Córdoba sino porque el país real se está abriendo paso sobre el país ideal, el predeterminado por la identidad histórica, por la teoría asumida por todos de que es desde uno o dos barrios de la Barcelona burguesa e ilustrada de donde salen las figuras que cargan con la responsabilidad de dirigir los destinos del país.
Al margen de los desatinos del anterior gobierno y de los que pueda perpetrar el que acaba de estrenarse, hay un dato interesante: sólo cuatro de los consellers del gobierno de la Entesa han nacido en Barcelona.
Otra aproximación teórica es el distanciamiento o el desapego que se ha producido respecto a España. Esta nueva realidad no ha venido por vía identitaria sino por los sentimientos y por los intereses. Muchos catalanes nos hemos sentido despreciados, por no decir ultrajados, por sectores que invocan la unidad de España en detrimento de su complejidad y pluralidad. Como decía Ernest Lluch, debemos preservar la facultad de ser españoles cada uno a su manera.
Si no es posible, los hechos pueden obligar a formular una nueva teoría, muy parecida a la que pueden vivir en el mes de mayo los escoceses, si las encuestas se confirman y el Scottish National Party, partidario de la independencia del Reino Unido, gana las elecciones autonómicas. Lo más sorprendente de la encuesta publicada por el Sunday Telegraph el pasado domingo es que al 59 por ciento de los ingleses no moverían un dedo si Escocia decidiera revocar la Act of Union de 1707 que los convirtió a todos en británicos. Escocia no es Montenegro, con todos los respetos para la nación balcánica.
Teorizar sobre la nueva situación que vive Catalunya en términos clásicos puede confundirnos a todos. Pienso que nadie tiene ambiciones de romper nada ni romper con nadie. Pero en la nueva realidad creada por la globalización, la identidad, que no se desaparecerá y en todo caso evolucionará, no habrá que defenderla desde la simbología sino desde los intereses particulares y colectivos de un pueblo cohesionado.
La novedad es que puede darse la paradoja que quienes la impulsen sean los que gestionan la Catalunya real y no la ideal. Pero sólo son teorías parciales, incompletas y limitadas, perjeñadas a lo largo de una prolongada sobremesa de un día de invierno.
domingo, diciembre 10, 2006
Pinochet ha esquivado la justicia
Augusto Pinochet ha muerto sin ser juzgado por los delitos y crímenes cometidos durante los diecisiete años de dictadura que provocó la eliminación física de 6.000 chilenos y la expulsión o el exilio de más de 30.000.
Pinochet es uno de tantos dictadores de ideologías diversas que proliferaron en todos los continentes a lo largo del siglo pasado causando millones de muertos.
No estoy de acuerdo con algunos de los comentarios de estas horas en las que se condena Pinochet pero también a Stalin, Castro, Pol Pot, Mao, Franco y toda la tropa de dictadores que privaron de libertad a sus pueblos en el siglo XX.
Hoy toca hablar de Chile y del golpe de estado del 13 de septiembre de 1973. Un general se propuso salvar a la patria y se hizo con el poder por la fuerza. El presidente Allende murió violentamente en el Palacio de la Moneda y el sistema de libertades quedó destruido durante largos años.
Hay que hablar de la participación de Henry Kissinger, brazo derecho del presidente Ford, en el golpe de estado. Del sacrificio de miles de chilenos que cayeron en el tablero de la lucha de la guerra fría para combatir el comunismo. Hay que hablar también de la persecución de tantos miles de chilenos que estaban con su gobierno, de gentes libres o simplemente de chilenos que no aceptaron la dictadura.
Privó de libertad a su pueblo a pesar de que la economía despegara por encima de los países vecinos. Dijo que no se arrepentía de cuanto había hecho. Cuando fue sorprendido en Londres por un auto del intrépido juez Garzón no pensaba que la justicia global, que no existe legalmente, le condujera a Chile donde finalmente fue llevado a la justicia.
Hay quien dice que su legado es la modernización de Chile. Pero también es el dolor de tantos compatriotas que perdieron la vida o la libertad destruidas por las botas de un militar que no tuvo piedad de sus víctimas.
La justicia chilena no ha podido juzgarle ni emitir sentencia. Pero la condena moral y personal sobre este personaje despreciable es universal. También consiguió dividir a un país en el que ahora unos bailan y festejan la muerte del dictador y otros lamentan su pérdida.
Siempre que la fuerza se impone sobre el derecho su victoria es momentánea, efímera. El derecho y la libertad siempre vuelven porque forman parte de los elementos esenciales de la condición humana. Y la historia siempre tiene la última palabra. Pinochet fue un dictador de tomo y lomo.
miércoles, diciembre 06, 2006
Se ha perdido la guerra y la autoridad moral
La guerra de Iraq la han perdido quienes la impulsaron. El nuevo secretario de defensa de Estados Unidos, Robert Gates, ha dicho una gran verdad que es aplicable a Iraq pero que se puede trasladar a todas las guerras de la historia.
En su comparecencia en el Senado para ser ratificado como nuevo responsable del Pentágono, Gates dijo que “una vez se ha declarado una guerra sus consecuencia son impredecibles”.
El Alto Estado Mayor alemán estaría de acuerdo con Gates al comprobar la catástrofe provocada en Europa por la alegría de desatar una guerra que causó milolones de muertos y destruyó a cuatro imperios implicados en 1914. Lo mismo podía haber pensado Napoleón cuando quiso fomentar la unidad europea con la fuerza de la Grand Armée. Y Hitler en 1939 cuando ordenó el despliegue de sus divisiones por las llanuras de Polonia.
Milosevic pensaba que sus ideas sobre la Gran Serbia podían completarse con el sometimiento de todos los pueblos que habían formado la federación yugoslava. Cuando Breznev decidió la invasión de Afganistán en 1979 no sospechaba que acabaría con la que parecían indestructible Unión Soviética.
El presidente Bush dijo hace poco que las “cosas no iban bien en Iraq”. El jefe del Alto Estado Mayor, Peter Pace, afirmó que no sabía si Estados Unidos estaba ganando o perdiendo la guerra. Pero Robert Gates ha sido más categórico respondiendo con un con un lacónico “no, Sir”, a la pregunta de si se estaba ganando la guerra en Iraq.
Toda guerra es la sustitución de la razón por la fuerza. Incluso las guerras justas causan tantos daños colaterales que quienes las declaran tendrían que pensárselo varias veces. Si una gran mentira fue el pretexto para causar más males que los que se pretendía evitar, es lógico que las consecuencias de la invasión de Iraq sean catastróficas a juzgar por los cientos de miles de víctimas y por la situación de guerra civil que causa decenas de muertos cada día.
El ex secretario de Estado James Baker, colaborador directo en cuatro presidencias americanas, acaba de hacer público su esperado informe sobre cómo salir del laberinto iraquí.
Hace 79 recomendaciones, ninguna de ellas optimistas. El informe advierte que la situación empeora gradualmente y existe el riesgo de convertirse en un caos provocando una catástrofe humanitaria.
El informe no aconseja la retirada inmediata de Iraq. Pero sí que recomienda un cambio de política en Washington que pase por abrirse al diálogo con Irán y Siria y ayudar a los iraquíes para que puedan salir de la indefensa confusión en la que se encuentran.
La guerra se ha perdido aunque tuviera un final feliz para los invasores. La autoridad moral y política del presidente Bush y de cuantos se pusieron de su lado - Blair, Aznar...- ha quedado destruida.
El dictador Saddam Hussein sigue vivo, Osama Bin laden supuestamente también, Al Qaeda es más fuerte hoy en Iraq que hace tres años, se han recortado las libertades en América, Europa vive con miedo y cualquier salida de este embrollo será muy costosa tanto para los iraquíes como para los invasores.
En su comparecencia en el Senado para ser ratificado como nuevo responsable del Pentágono, Gates dijo que “una vez se ha declarado una guerra sus consecuencia son impredecibles”.
El Alto Estado Mayor alemán estaría de acuerdo con Gates al comprobar la catástrofe provocada en Europa por la alegría de desatar una guerra que causó milolones de muertos y destruyó a cuatro imperios implicados en 1914. Lo mismo podía haber pensado Napoleón cuando quiso fomentar la unidad europea con la fuerza de la Grand Armée. Y Hitler en 1939 cuando ordenó el despliegue de sus divisiones por las llanuras de Polonia.
Milosevic pensaba que sus ideas sobre la Gran Serbia podían completarse con el sometimiento de todos los pueblos que habían formado la federación yugoslava. Cuando Breznev decidió la invasión de Afganistán en 1979 no sospechaba que acabaría con la que parecían indestructible Unión Soviética.
El presidente Bush dijo hace poco que las “cosas no iban bien en Iraq”. El jefe del Alto Estado Mayor, Peter Pace, afirmó que no sabía si Estados Unidos estaba ganando o perdiendo la guerra. Pero Robert Gates ha sido más categórico respondiendo con un con un lacónico “no, Sir”, a la pregunta de si se estaba ganando la guerra en Iraq.
Toda guerra es la sustitución de la razón por la fuerza. Incluso las guerras justas causan tantos daños colaterales que quienes las declaran tendrían que pensárselo varias veces. Si una gran mentira fue el pretexto para causar más males que los que se pretendía evitar, es lógico que las consecuencias de la invasión de Iraq sean catastróficas a juzgar por los cientos de miles de víctimas y por la situación de guerra civil que causa decenas de muertos cada día.
El ex secretario de Estado James Baker, colaborador directo en cuatro presidencias americanas, acaba de hacer público su esperado informe sobre cómo salir del laberinto iraquí.
Hace 79 recomendaciones, ninguna de ellas optimistas. El informe advierte que la situación empeora gradualmente y existe el riesgo de convertirse en un caos provocando una catástrofe humanitaria.
El informe no aconseja la retirada inmediata de Iraq. Pero sí que recomienda un cambio de política en Washington que pase por abrirse al diálogo con Irán y Siria y ayudar a los iraquíes para que puedan salir de la indefensa confusión en la que se encuentran.
La guerra se ha perdido aunque tuviera un final feliz para los invasores. La autoridad moral y política del presidente Bush y de cuantos se pusieron de su lado - Blair, Aznar...- ha quedado destruida.
El dictador Saddam Hussein sigue vivo, Osama Bin laden supuestamente también, Al Qaeda es más fuerte hoy en Iraq que hace tres años, se han recortado las libertades en América, Europa vive con miedo y cualquier salida de este embrollo será muy costosa tanto para los iraquíes como para los invasores.
lunes, diciembre 04, 2006
El populismo de Chavez se consolida
Cuatro elecciones generales en pocas semanas han entregado el poder a la izquierda en América Latina. Nicaragua, Ecuador, Brasil y Venezuela se han sumado a Argentina, Perú, Chile, Uruguay, Cuba y Bolivia. Un rojo de distintos matices colorea todo el continente latino con la excepción de Paraguay y Colombia que permanecen azules.
México ha conseguido superar el barullo y Felipe Calderón ha sido proclamado presidente con un país dividido y con una clase política que se lió a tortas en el Congreso donde los partidarios de López Obrador se han conjurado a entorpecer al gobierno al que acusan de fraude electoral. La diferencia entre el ganador y el perdedor no llegó a un punto.
La verborrea populista de Hugo Chávez, la demagogia indigenista de Evo Morales o la desaparición paulatina del que ha sido casi medio siglo dictador de Cuba, Fidel Castro, no permiten un comentario global sobre todo un continente. Cada país tiene su propia historia, su particular situación política, sus personajes irrepetibles.
Me interesaría conversar tranquilamente con la chilena Michelle Bachelet, el brasileño Lula o el uruguayo Vázquez. También con el argentino Nestor Kirchner o el boliviano Evo Morales. Pero no me apetecería aceptar una entrevista con Hugo Chávez que acaba de ganar cómodamente las terceras elecciones presidenciales en Venezuela.
Una vez coincidí con su embajador en Madrid en el programa de Josep Cuní y desde aquel día, cada vez que llego a las instalaciones de TV3 me espera un sobre oficial con propaganda del régimen bolivariano que abro por cortesía y deposito en una papelera en la sala de espera de los tertulianos.
Chavez acumula todo el poder, dispone de grandes recursos energéticos, puede renovar nuevamente la Constitución para perspetuarse en la presidencia y ha plantado cara a Estados Unidos.
El mismo domingo por la noche repetía su discurso escatológico contra Bush diciendo que era “otra derrota para el diablo que pretende dominar el mundo” y, después de las burlas que ya escenificó en la ONU contra el presidente norteamericano, envió saludos fraternales a su colega Fidel Castro que tiene un pie en el estribo para abandonar el mundo de los vivos habiendo plantado cara a Washington desde la administración Kennedy.
Chavez exhibe un discurso caudillista que le convierte en el más populista de los presidentes sudamericanos. Y dispone de recursos petrolíferos suficientes para asegurarse los votos de los más desfavorecidos y también de las clases medias que le han votado en esta ocasión. El “socialismo del siglo XXI” de Chavez puede penetrar en otros países del continente.
Las causas del fracaso de la política en América Latina son muchas. Una de ellas es que las clases dirigentes no han gobernado en favor de sus respectivas sociedades la gran riqueza energética.
Es sintomático que muchos venezolanos de nivel adquisitivo alto están comprando viviendas en Miami y han puesto a buen recaudo sus patrimonios en el extranjero.
Otra causa es que las empresas multinacionales que explotan los recursos energéticos han operado sin revertir parte de sus beneficios en la mejora de los empobrecidos que ahora se abrazan a la tabla de salvación del populismo.
El continente sudamericano ha girado hacia la izquierda. En los años setenta y ochenta fueron los militares los que ocuparon el poder con golpes internos. Ahora lo consiguen a través de las urnas.
No auguraba nada positivo antes y tampoco ahora. Esta corriente de fondo no responde a una educación de calidad para todos, a un fortalecimiento de las clases medias, a una cultura del respeto al adversario. El populismo suele ser la antesala de la dictadura.
México ha conseguido superar el barullo y Felipe Calderón ha sido proclamado presidente con un país dividido y con una clase política que se lió a tortas en el Congreso donde los partidarios de López Obrador se han conjurado a entorpecer al gobierno al que acusan de fraude electoral. La diferencia entre el ganador y el perdedor no llegó a un punto.
La verborrea populista de Hugo Chávez, la demagogia indigenista de Evo Morales o la desaparición paulatina del que ha sido casi medio siglo dictador de Cuba, Fidel Castro, no permiten un comentario global sobre todo un continente. Cada país tiene su propia historia, su particular situación política, sus personajes irrepetibles.
Me interesaría conversar tranquilamente con la chilena Michelle Bachelet, el brasileño Lula o el uruguayo Vázquez. También con el argentino Nestor Kirchner o el boliviano Evo Morales. Pero no me apetecería aceptar una entrevista con Hugo Chávez que acaba de ganar cómodamente las terceras elecciones presidenciales en Venezuela.
Una vez coincidí con su embajador en Madrid en el programa de Josep Cuní y desde aquel día, cada vez que llego a las instalaciones de TV3 me espera un sobre oficial con propaganda del régimen bolivariano que abro por cortesía y deposito en una papelera en la sala de espera de los tertulianos.
Chavez acumula todo el poder, dispone de grandes recursos energéticos, puede renovar nuevamente la Constitución para perspetuarse en la presidencia y ha plantado cara a Estados Unidos.
El mismo domingo por la noche repetía su discurso escatológico contra Bush diciendo que era “otra derrota para el diablo que pretende dominar el mundo” y, después de las burlas que ya escenificó en la ONU contra el presidente norteamericano, envió saludos fraternales a su colega Fidel Castro que tiene un pie en el estribo para abandonar el mundo de los vivos habiendo plantado cara a Washington desde la administración Kennedy.
Chavez exhibe un discurso caudillista que le convierte en el más populista de los presidentes sudamericanos. Y dispone de recursos petrolíferos suficientes para asegurarse los votos de los más desfavorecidos y también de las clases medias que le han votado en esta ocasión. El “socialismo del siglo XXI” de Chavez puede penetrar en otros países del continente.
Las causas del fracaso de la política en América Latina son muchas. Una de ellas es que las clases dirigentes no han gobernado en favor de sus respectivas sociedades la gran riqueza energética.
Es sintomático que muchos venezolanos de nivel adquisitivo alto están comprando viviendas en Miami y han puesto a buen recaudo sus patrimonios en el extranjero.
Otra causa es que las empresas multinacionales que explotan los recursos energéticos han operado sin revertir parte de sus beneficios en la mejora de los empobrecidos que ahora se abrazan a la tabla de salvación del populismo.
El continente sudamericano ha girado hacia la izquierda. En los años setenta y ochenta fueron los militares los que ocuparon el poder con golpes internos. Ahora lo consiguen a través de las urnas.
No auguraba nada positivo antes y tampoco ahora. Esta corriente de fondo no responde a una educación de calidad para todos, a un fortalecimiento de las clases medias, a una cultura del respeto al adversario. El populismo suele ser la antesala de la dictadura.
viernes, diciembre 01, 2006
Las caras de ira de Batasuna
Las caras conocidas de Batasuna aparecen siempre enfadados, exigentes, frustrados. Joseba Permach acaba de advertir que la "situación es insostenible" ya que es imposible hacer un proceso de paz "manteniendo los mecanismos de guerra recibiendo cada día noticias de actividades judiciales, policiales y represivas".
Tiene gracia que quien no ha condenado nunca la violencia hable de situación insostenible. Y quien ha callado mientras mataban a cientos de personas inocentes se refiera a las actividades judiciales, policiales y represivas.
Cuando contemplo a esos personajes perdonavidas, exigiendo que la justicia y la policía no actúen, no los entiendo. No sé cómo acabará el proceso de paz ni tampoco cuándo. Pero si los representantes de los terroristas siguen en esta actitud no veo un acuerdo en el horizonte inmediato.
Lo primero que tendrían que hacer los que representan a los etarras es pedir perdón, entregar las armas y anunciar un alto el fuego definitivo.
A partir de ahí se podrá hablar de todo. De acercar a presos, de estudiar sus demandas, de alcanzar acuerdos parciales o totales.
El gobierno Zapatero no puede hacer nada mientras ETA no cambie de estrategia. No les pido que se rindan. Pero sí que sean un poco más inteligentes, más flexibles, más realistas.
Tienen que darse cuenta de que el Estado no se va a rendir, no puede rendirse, saltándose las leyes vigentes. La paz no se puede obtener con pistolas encima de la mesa.
Tiene gracia que quien no ha condenado nunca la violencia hable de situación insostenible. Y quien ha callado mientras mataban a cientos de personas inocentes se refiera a las actividades judiciales, policiales y represivas.
Cuando contemplo a esos personajes perdonavidas, exigiendo que la justicia y la policía no actúen, no los entiendo. No sé cómo acabará el proceso de paz ni tampoco cuándo. Pero si los representantes de los terroristas siguen en esta actitud no veo un acuerdo en el horizonte inmediato.
Lo primero que tendrían que hacer los que representan a los etarras es pedir perdón, entregar las armas y anunciar un alto el fuego definitivo.
A partir de ahí se podrá hablar de todo. De acercar a presos, de estudiar sus demandas, de alcanzar acuerdos parciales o totales.
El gobierno Zapatero no puede hacer nada mientras ETA no cambie de estrategia. No les pido que se rindan. Pero sí que sean un poco más inteligentes, más flexibles, más realistas.
Tienen que darse cuenta de que el Estado no se va a rendir, no puede rendirse, saltándose las leyes vigentes. La paz no se puede obtener con pistolas encima de la mesa.
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