Tres compatriotas siguen secuestrados por Al Qaeda en algún lugar del desierto de Mauritania. Transitar por aquellas tierras subsaharianas es un riesgo innecesario aunque sea con el noble objetivo de la ayuda humanitaria. Dos italianos y un francés han sido capturados después de que la expedición de cooperantes catalanes regresara a casa sin tres de sus colegas.
El día de Navidad se evitó una tragedia al neutralizar a un joven nigeriano que iba a suicidarse y matar a 278 pasajeros de un avión que iba a tomar tierra en el aeropuerto de Detroit. La Casa Blanca afirmó que el terrorista pertenecía a Al Qaeda.
Han transcurrido más de ocho años desde que Al Qaeda cometió la barbarie de los atentados en Nueva York y Washington. Para combatir esta secta del terror se han librado dos guerras que todavía están abiertas con la presencia de más de un cuarto de millón de soldados en Iraq y Afganistán. Son guerras que pueden considerarse perdidas por Estados Unidos y por los aliados de más de cuarenta países. No se ha detectado todavía el paradero del supuesto cerebro de este movimiento de violencia indiscriminada.
Osama Bin Laden está en paradero desconocido mientras los reclutados a su causa pueden encontrarse en cualquier punto de Occidente y también en el gran universo musulmán que va desde Mauritania a Indonesia. No conozco un diagnóstico aproximado sobre la procedencia, las causas y los centros de afiliación de los terroristas que pueden convivir con nosotros en Barcelona, Londres o Berlín.
Lo que sí se puede afirmar que el uso exclusivo de la fuerza no es la solución para combatir la inseguridad que nos atemoriza a todos. Se hacen pocas alusiones a que las víctimas del terrorismo de procedencia islámica son los propios musulmanes. El Centro para Combatir el Terrorismo de Washington ha contabilizado que entre 2004 y 2008 Al Qaeda se responsabilizó de 313 ataques terroristas que causaron la muerte a 3.010 personas.
En el estudio se incluyen los atentados de Madrid y Londres. Los occidentales muertos en estos ataques representan sólo el 13 por ciento.¿Por qué no se trabaja más para convencer a los gobiernos de países musulmanes que los más perjudicados por Al Qaeda son ellos mismos? La fuerza occidental no conseguirá mucho sin contar con el protagonismo de los estados en los que se incuba el odio a Occidente y a ellos mismos
sábado, diciembre 26, 2009
miércoles, diciembre 23, 2009
Diagnóstico de fragilidad
Siempre es interesante leer las predicciones que The Economist hace para el año siguiente. Desde que tengo recuerdo, leo el análisis global que hace el semanario, probablemente el mejor y más documentado del mundo, sobre lo que pasará en los próximos doce meses. He repasado los ejemplares de los últimos años y ha cometido grandes errores, se ha olvidado lógicamente de lo inesperado, pero ha acertado en las corrientes de fondo que circulan por el mundo y en los hechos incuestionables.
Dedica a España unas quince líneas de las que extraigo el siguiente párrafo: “la confianza del consumidor seguirá frágil y el mercado de pisos, aunque se estabilice, permanecerá débil. El crecimiento no regresará lo más pronto hasta finales de año y el paro y el déficit presupuestario seguirán aumentando”.
La verdad es que no es un vaticinio profético sino que responde bastante a lo que muchos pensamos. Añade un punto a observar sobre si los “acalorados madrileños podrán llegar con el AVE a Alicante para alcanzar las playas levantinas cuando se inaugure el Tren de Alta Velocidad”. Resalta la debilidad de Zapatero en un Congreso en el que le faltan siete escaños para tener mayoría y su dependencia del apoyo “informal de los partidos regionales”.
El diagnóstico podría ser más exhaustivo pero no más claro. La fragilidad se ha instalado en el presente y puede prolongarse hasta la convocatoria de nuevas elecciones, previstas para 2012. Las predicciones, en todo caso, no son halagüeñas para el año que se avecina. Aumentarán el paro y el déficit presupuestario, dos coordenadas que pueden dejar en apuros a un gobierno que inició su segunda legislatura con declaraciones altisonantes sobre la solidez de nuestra economía, nuestro sistema bancario, nuestras posibilidades de alcanzar a Francia después de haber superado a Italia.
Es cierto que la oposición del Partido Popular vive envuelta en una inestabilidad que quiere detener a base de códigos de conducta a la vista de los escándalos que se encuentran en los juzgados. Pero a pesar de ello, las encuestas le dan una ventaja notable en el caso de que las elecciones se celebraran hoy.
La sociedad española ha demostrado su madurez a lo largo de los últimos treinta años inclinándose siempre por la opción objetivamente más conveniente en cada cita electoral. La gente, afortunadamente, tiene un criterio que no depende de los medios de comunicación ni de la retórica de los políticos de turno.
El presidente Zapatero se ha inclinado por la retórica y por audaces medidas y leyes sociales que no forman parte de las prioridades de los ciudadanos. La modificación de la ley del aborto no constaba siquiera en la campaña electoral. “La tierra no pertenece a nadie. Sólo al viento”, palabras huecas de Zapatero que todavía resuenan en la capital de Dinamarca.
Dedica a España unas quince líneas de las que extraigo el siguiente párrafo: “la confianza del consumidor seguirá frágil y el mercado de pisos, aunque se estabilice, permanecerá débil. El crecimiento no regresará lo más pronto hasta finales de año y el paro y el déficit presupuestario seguirán aumentando”.
La verdad es que no es un vaticinio profético sino que responde bastante a lo que muchos pensamos. Añade un punto a observar sobre si los “acalorados madrileños podrán llegar con el AVE a Alicante para alcanzar las playas levantinas cuando se inaugure el Tren de Alta Velocidad”. Resalta la debilidad de Zapatero en un Congreso en el que le faltan siete escaños para tener mayoría y su dependencia del apoyo “informal de los partidos regionales”.
El diagnóstico podría ser más exhaustivo pero no más claro. La fragilidad se ha instalado en el presente y puede prolongarse hasta la convocatoria de nuevas elecciones, previstas para 2012. Las predicciones, en todo caso, no son halagüeñas para el año que se avecina. Aumentarán el paro y el déficit presupuestario, dos coordenadas que pueden dejar en apuros a un gobierno que inició su segunda legislatura con declaraciones altisonantes sobre la solidez de nuestra economía, nuestro sistema bancario, nuestras posibilidades de alcanzar a Francia después de haber superado a Italia.
Es cierto que la oposición del Partido Popular vive envuelta en una inestabilidad que quiere detener a base de códigos de conducta a la vista de los escándalos que se encuentran en los juzgados. Pero a pesar de ello, las encuestas le dan una ventaja notable en el caso de que las elecciones se celebraran hoy.
La sociedad española ha demostrado su madurez a lo largo de los últimos treinta años inclinándose siempre por la opción objetivamente más conveniente en cada cita electoral. La gente, afortunadamente, tiene un criterio que no depende de los medios de comunicación ni de la retórica de los políticos de turno.
El presidente Zapatero se ha inclinado por la retórica y por audaces medidas y leyes sociales que no forman parte de las prioridades de los ciudadanos. La modificación de la ley del aborto no constaba siquiera en la campaña electoral. “La tierra no pertenece a nadie. Sólo al viento”, palabras huecas de Zapatero que todavía resuenan en la capital de Dinamarca.
lunes, diciembre 21, 2009
Es la lucha por el poder
Es un hecho incuestionable que el periodo más prolongado de progreso, libertad y convivencia en España pertenece a los últimos treinta años de nuestra historia. La descentralización política, institucional y económica ha coincidido con la modernización del país que ha dejado de ser una excepción europea porque el proyecto común ha sido compartido por muchas de sus partes que durante siglos permanecieron mutiladas.
Ortega se recreó en la vieja idea de que “no hay que darle más vueltas: España es una cosa hecha por Castilla, y hay razones para ir sospechando que, en general, sólo cabezas castellanas tienen órganos adecuados para percibir el gran problema de la España integral”. Aceptó resignadamente la conllevancia cuando la realidad superaba sus propios vaticinios.
Le contradecía Unamuno al afirmar que España está por descubrir y sólo la descubrirán los españoles europeizados. Al desaparecer la visión única de la realidad peninsular ha surgido otra España que ha crecido enfrentándose libremente a sus demonios atávicos y ha dado juego a sus territorios que se han organizado para servir mejor a sus propios ciudadanos sin esperar las decisiones lejanas y desconocedoras de que no hay una sola manera de ejercer el poder.
El ya cansino debate sobre la decisión del Tribunal Constitucional respecto al Estatut de Catalunya es básicamente sobre las formas de administrar el poder en unos tiempos en los que los estados han cedido muchas competencias importantes a la Unión Europea y, en el caso de España, las autonomías han ocupado las competencias que estaban en manos del poder central.
Aunque la deriva del debate se distraiga en conceptos como nación, soberanía o independencia, es una discusión sobre cómo y quién ejerce el poder en España. Pérez Galdós relataba en uno de sus Episodios Nacionales sobre las guerras carlistas que “se lucha por la dominación, y nada más: por el mando, por el mangoneo, por ver quién reparte el pedazo de pan, el puñado de garbanzos y el medio vaso de vino que corresponde a cada español...”.
La situación es hoy afortunadamente más equilibrada y más justa. El experimento de desprenderse de competencias hacia arriba y hacia abajo ha dado un excelente resultado. Alemania y Estados Unidos son referentes sólidos.
Ortega se recreó en la vieja idea de que “no hay que darle más vueltas: España es una cosa hecha por Castilla, y hay razones para ir sospechando que, en general, sólo cabezas castellanas tienen órganos adecuados para percibir el gran problema de la España integral”. Aceptó resignadamente la conllevancia cuando la realidad superaba sus propios vaticinios.
Le contradecía Unamuno al afirmar que España está por descubrir y sólo la descubrirán los españoles europeizados. Al desaparecer la visión única de la realidad peninsular ha surgido otra España que ha crecido enfrentándose libremente a sus demonios atávicos y ha dado juego a sus territorios que se han organizado para servir mejor a sus propios ciudadanos sin esperar las decisiones lejanas y desconocedoras de que no hay una sola manera de ejercer el poder.
El ya cansino debate sobre la decisión del Tribunal Constitucional respecto al Estatut de Catalunya es básicamente sobre las formas de administrar el poder en unos tiempos en los que los estados han cedido muchas competencias importantes a la Unión Europea y, en el caso de España, las autonomías han ocupado las competencias que estaban en manos del poder central.
Aunque la deriva del debate se distraiga en conceptos como nación, soberanía o independencia, es una discusión sobre cómo y quién ejerce el poder en España. Pérez Galdós relataba en uno de sus Episodios Nacionales sobre las guerras carlistas que “se lucha por la dominación, y nada más: por el mando, por el mangoneo, por ver quién reparte el pedazo de pan, el puñado de garbanzos y el medio vaso de vino que corresponde a cada español...”.
La situación es hoy afortunadamente más equilibrada y más justa. El experimento de desprenderse de competencias hacia arriba y hacia abajo ha dado un excelente resultado. Alemania y Estados Unidos son referentes sólidos.
viernes, diciembre 18, 2009
Una aportación de Zapatero
"La tierra no pertenece a nadie. Sólo al viento". Pienso que es una aportación interesante del presidente Zapatero que podría compararse con la ley de la gravedad de Newton o con la teoría de la relatividad de Einstein. El presidente es, cuando menos, original. Como dirían los periodistas castizos madrileños, no se habla de otra cosa en Copenhague al final de la cumbre sobre el cambio climático.
jueves, diciembre 17, 2009
La naturaleza es muy sencilla
Lo primero que cabe señalar sobre la cumbre universal del cambio climático en Copenhague es la precaria organización de un evento que concentra a 120 líderes mundiales y a representantes de 200 países. Desde Obama a Mugabe pasando por Chávez y Brown. Una aglomeración de poder en el interior del Bella Center y una multitud en los alrededores enfrentándose a la policía que utilizó gases lacrimógenos y detuvo a varios centenares de manifestantes.
La presidenta de la cumbre, ministra de Medio Ambiente, dimitió para dar paso al primer ministro danés con el pretexto de que había que elevar el rango de representación para tratar con los jefes de estado y de gobierno mundiales. El hecho es que las colas interminables de representantes acreditados, la actitud de máxima dureza de la policía, la insuficiencia de la sala de convenciones y el caos en la capital de Dinamarca tenían que tener un responsable.
Pero es lo que ha ocurrido en muchas cumbres desde los tiempos de la guerra fría. Lo importante es qué va a decidirse en una reunión masiva en la que si no se acude con los deberes hechos no se pueden esperar decisiones efectivas. El cambio climático es ciertamente un problema global a juzgar por los estudios de los expertos. El medio ambiente ha aparecido como el primer gran problema del mundo globalizado.
Se demuestra que el hombre no puede vivir en contra de la naturaleza sino que ha de vivir de ella. Estos criterios se despreciaron durante la era de la industrialización y también a partir de los años ochenta cuando la energía consumida por los países ricos constituía un deterioro gradual de la tierra. En su biografía sobre Montaigne, Stefan Zweig relata el pensamiento del ensayista francés del siglo XVI.
Siempre que el espacio se ensancha, dice, el alma se tensa. Como a finales del siglo antepasado que vió como el espacio se ensanchaba de nuevo gracias a la conquista del éter por el avión y por la palabra, sobrevolando invisible los países, cuando la física y química, la técnica y la ciencia arrancaron a la naturaleza secreto tras secreto poniendo sus fuerzas al servicio del progreso. Decía el pensador francés que no hay nada inútil en la naturaleza, ni siquiera la inutilidad. Nada existe en el universo que no tenga su lugar oportuno.
El mundo no podría existir si no fuera tan sencillo. Parece que nos hemos olvidado que desde hace miles de años se cultiva nuestra tierra atropellada que no pierde nunca su vigor. Un poco de lluvia, un poco de sol y vuelve a verdear todas las primaveras.
Se adoptarán medidas que no ayudarán a que los países subdesarrollados puedan hacer frente a no erosionar más el planeta mientras que los más potentes, desde China a Estados Unidos, seguirán maltratando la naturaleza y emitiendo gases sin escrúpulos.
La presidenta de la cumbre, ministra de Medio Ambiente, dimitió para dar paso al primer ministro danés con el pretexto de que había que elevar el rango de representación para tratar con los jefes de estado y de gobierno mundiales. El hecho es que las colas interminables de representantes acreditados, la actitud de máxima dureza de la policía, la insuficiencia de la sala de convenciones y el caos en la capital de Dinamarca tenían que tener un responsable.
Pero es lo que ha ocurrido en muchas cumbres desde los tiempos de la guerra fría. Lo importante es qué va a decidirse en una reunión masiva en la que si no se acude con los deberes hechos no se pueden esperar decisiones efectivas. El cambio climático es ciertamente un problema global a juzgar por los estudios de los expertos. El medio ambiente ha aparecido como el primer gran problema del mundo globalizado.
Se demuestra que el hombre no puede vivir en contra de la naturaleza sino que ha de vivir de ella. Estos criterios se despreciaron durante la era de la industrialización y también a partir de los años ochenta cuando la energía consumida por los países ricos constituía un deterioro gradual de la tierra. En su biografía sobre Montaigne, Stefan Zweig relata el pensamiento del ensayista francés del siglo XVI.
Siempre que el espacio se ensancha, dice, el alma se tensa. Como a finales del siglo antepasado que vió como el espacio se ensanchaba de nuevo gracias a la conquista del éter por el avión y por la palabra, sobrevolando invisible los países, cuando la física y química, la técnica y la ciencia arrancaron a la naturaleza secreto tras secreto poniendo sus fuerzas al servicio del progreso. Decía el pensador francés que no hay nada inútil en la naturaleza, ni siquiera la inutilidad. Nada existe en el universo que no tenga su lugar oportuno.
El mundo no podría existir si no fuera tan sencillo. Parece que nos hemos olvidado que desde hace miles de años se cultiva nuestra tierra atropellada que no pierde nunca su vigor. Un poco de lluvia, un poco de sol y vuelve a verdear todas las primaveras.
Se adoptarán medidas que no ayudarán a que los países subdesarrollados puedan hacer frente a no erosionar más el planeta mientras que los más potentes, desde China a Estados Unidos, seguirán maltratando la naturaleza y emitiendo gases sin escrúpulos.
lunes, diciembre 14, 2009
Las emociones y los intereses
No se pueden minimizar las corrientes de fondo aunque sus manifestaciones externas puedan resultar confusas y caóticas. Las consultas populares del domingo en tantos municipios catalanes se celebraron con las cartas marcadas, a juzgar por el alto porcentaje de votos afirmativos, casi el 95 por ciento, y con una participación que no superó el 28 por ciento. Estos datos plebiscitarios facilitados por los organizadores son infrecuentes, por no decir insólitos, en los sistemas democráticos.
Se puede considerar una prueba o un simulacro para pulsar los deseos o emociones de unos 700.000 catalanes diseminados por todo el territorio respecto a los deseos de independizarse de España. Dicho de otra manera, ver hasta qué punto el interés por vivir dentro de un estado común seguía siendo soportable. Los resultados hablan por sí solos si nos atenemos a la participación y al hecho de que la consulta no se celebró en las zonas urbanas donde reside la mayor parte de la población catalana.
Pero sería un error pensar que los últimos debates políticos entre España y Catalunya no han creado un gradual distanciamiento afectivo entre Madrid y Barcerlona. Se puede citar la moratoria del Tribunal Constitucional para pronunciarse sobre el Estatut, las declaraciones de que el gas es mejor que esté en manos alemanas que catalanas, el constante desprecio y atosigamiento a la lengua catalana, el foco fijo hacia Catalunya por un sector importante de la prensa de Madrid y de la plana mayor del Partido Popular y también de sectores socialistas hispánicos.
Hay cansancio, seguramente por ambas partes, para proseguir en la empresa común. El problema está en determinar si Catalunya quiere ir por su cuenta pacífica y democráticamente. La independencia no llegará por consultas que revelan un cierto sentimentalismo adolescente sino por una voluntad general mayoritaria que tenga en cuenta la preservación de la identidad y, sobre todo, los intereses de la mayoría de catalanes.
Que se haga cuanto antes un referéndum de verdad, que se abra un debate en el que los partidarios del modelo norteamericano o el alemán puedan exponer sus razones federales y los que sólo aceptan la independencia puedan defender los suyos. La política construida sobre emociones tiene un recorrido corto. La que introduce la racionalidad y los intereses suele ser más sólida y duradera.
Se puede considerar una prueba o un simulacro para pulsar los deseos o emociones de unos 700.000 catalanes diseminados por todo el territorio respecto a los deseos de independizarse de España. Dicho de otra manera, ver hasta qué punto el interés por vivir dentro de un estado común seguía siendo soportable. Los resultados hablan por sí solos si nos atenemos a la participación y al hecho de que la consulta no se celebró en las zonas urbanas donde reside la mayor parte de la población catalana.
Pero sería un error pensar que los últimos debates políticos entre España y Catalunya no han creado un gradual distanciamiento afectivo entre Madrid y Barcerlona. Se puede citar la moratoria del Tribunal Constitucional para pronunciarse sobre el Estatut, las declaraciones de que el gas es mejor que esté en manos alemanas que catalanas, el constante desprecio y atosigamiento a la lengua catalana, el foco fijo hacia Catalunya por un sector importante de la prensa de Madrid y de la plana mayor del Partido Popular y también de sectores socialistas hispánicos.
Hay cansancio, seguramente por ambas partes, para proseguir en la empresa común. El problema está en determinar si Catalunya quiere ir por su cuenta pacífica y democráticamente. La independencia no llegará por consultas que revelan un cierto sentimentalismo adolescente sino por una voluntad general mayoritaria que tenga en cuenta la preservación de la identidad y, sobre todo, los intereses de la mayoría de catalanes.
Que se haga cuanto antes un referéndum de verdad, que se abra un debate en el que los partidarios del modelo norteamericano o el alemán puedan exponer sus razones federales y los que sólo aceptan la independencia puedan defender los suyos. La política construida sobre emociones tiene un recorrido corto. La que introduce la racionalidad y los intereses suele ser más sólida y duradera.
miércoles, diciembre 09, 2009
Nobel a un presidente en guerra
Un presidente con dos guerras abiertas aceptará hoy el Premio Nobel de la Paz en el Ayuntamiento de Oslo. Barack Obama no se postuló para recibir el galardón, es más, fue una sorpresa para él cuando su hija le avanzó la noticia a la hora del desayuno en la Casa Blanca.
La exposición de motivos del jurado noruego resaltaba la aportación de Obama al “diálogo y las negociaciones como instrumentos para resolver los conflictos internacionales más difíciles”. La oratoria de Obama es brillante, comparable a la de Lincoln, Jefferson, Churchill, Luther King y Charles De Gaulle. Sus discursos son impecables, cautivadores, convincentes.
Espero conocer el mensaje de Obama para ver cómo se puede aceptar el Nobel de la Paz, una semana después de haber ordenado el envío de otros 30.000 soldados a Afganistán y convencer a los aliados para que suministren otros 5.000 combatientes.
Sospecho que el discurso de Obama será otra pieza oratoria que tendrá que justificar el hecho de pasar por un presidente pacífico siendo el comandante en jefe de ejércitos que suman más de doscientos mil soldados sólo en Iraq y Afganistán, donde las matanzas diarias ya no merecen la atención de los informativos.
Las guerras son, además de la muerte y los sufrimientos, un torrente de palabras que esconden la miseria de la condición humana y que causan escalofrío. A la crueldad de los conflictos se suma la retórica que impregna hasta a quien la escucha. Detrás de las palabras hay violencia, bombas, víctimas inocentes o beligerantes.
Sólo dos presidentes norteamericanos en ejercicio en recibido el Nobel de la Paz. Theodore Roosevelt lo recibió en 1906 después de haber mediado en la guerra ruso-japonesa de 1905. Woodrow Wilson lo consiguió en 1919 cuando había ya terminado la Gran Guerra en la que el presidente norteamericano había escrito los famosos catorce puntos del Tratado de Versalles que después no fueron ratificados por el Congreso de Washington.
Es cierto que si Henry Kissinger y Yasser Arafat han sido galardonados con el Nobel de la Paz, cualquiera puede optar a este galardón.Es cierto que sin palabras y sin el convencimiento de su significado es difícil vivir y que perder esa fe en el lenguaje es abandonarlo casi todo.
Pero decía Goethe en sus conversaciones con Eckermann que el “estilo de un escritor es la impronta fiel de su interior. Si alguien quiere un estilo claro, que tenga antes las cosas claras en su alma, y si alguien pretende escribir en un estilo grandioso, que su personalidad también lo sea”.
Sabemos las promesas de Obama sobre Guantánamo, Iraq, Afganistán y la nueva proyección internacional de Estados Unidos. Hasta ahora han sido bellos discursos. Conciliar guerra y paz es posible en la literatura. En política es mucho más complicado.
La exposición de motivos del jurado noruego resaltaba la aportación de Obama al “diálogo y las negociaciones como instrumentos para resolver los conflictos internacionales más difíciles”. La oratoria de Obama es brillante, comparable a la de Lincoln, Jefferson, Churchill, Luther King y Charles De Gaulle. Sus discursos son impecables, cautivadores, convincentes.
Espero conocer el mensaje de Obama para ver cómo se puede aceptar el Nobel de la Paz, una semana después de haber ordenado el envío de otros 30.000 soldados a Afganistán y convencer a los aliados para que suministren otros 5.000 combatientes.
Sospecho que el discurso de Obama será otra pieza oratoria que tendrá que justificar el hecho de pasar por un presidente pacífico siendo el comandante en jefe de ejércitos que suman más de doscientos mil soldados sólo en Iraq y Afganistán, donde las matanzas diarias ya no merecen la atención de los informativos.
Las guerras son, además de la muerte y los sufrimientos, un torrente de palabras que esconden la miseria de la condición humana y que causan escalofrío. A la crueldad de los conflictos se suma la retórica que impregna hasta a quien la escucha. Detrás de las palabras hay violencia, bombas, víctimas inocentes o beligerantes.
Sólo dos presidentes norteamericanos en ejercicio en recibido el Nobel de la Paz. Theodore Roosevelt lo recibió en 1906 después de haber mediado en la guerra ruso-japonesa de 1905. Woodrow Wilson lo consiguió en 1919 cuando había ya terminado la Gran Guerra en la que el presidente norteamericano había escrito los famosos catorce puntos del Tratado de Versalles que después no fueron ratificados por el Congreso de Washington.
Es cierto que si Henry Kissinger y Yasser Arafat han sido galardonados con el Nobel de la Paz, cualquiera puede optar a este galardón.Es cierto que sin palabras y sin el convencimiento de su significado es difícil vivir y que perder esa fe en el lenguaje es abandonarlo casi todo.
Pero decía Goethe en sus conversaciones con Eckermann que el “estilo de un escritor es la impronta fiel de su interior. Si alguien quiere un estilo claro, que tenga antes las cosas claras en su alma, y si alguien pretende escribir en un estilo grandioso, que su personalidad también lo sea”.
Sabemos las promesas de Obama sobre Guantánamo, Iraq, Afganistán y la nueva proyección internacional de Estados Unidos. Hasta ahora han sido bellos discursos. Conciliar guerra y paz es posible en la literatura. En política es mucho más complicado.
lunes, diciembre 07, 2009
El nombre de la cosa
Las sociedades valoran más los actos que las intenciones, las realidades que los discursos, la solución de los problemas que las teorías sobre cómo resolverlos. Tanto discurso sobre la Constitución en un nuevo aniversario del periodo más largo de progreso, convivencia y libertad que ha conocido nuestra historia, es sospechoso y no augura nada bueno.
Es paradójico que tanta invocación constitucional coincida con la tensión política creada por la incapacidad del tribunal que tiene que dictar sentencia sobre el recurso del Estatut catalán. El problema no es la Constitución sino quienes la tienen que interpretar.
Establecía José Bono un simil deportivo al afirmar el papel arbitral de la Constitución como ley suprema a la que todas las demás leyes tienen que ajustarse. Pero no dijo el presidente del Congreso que los máximos árbitros llevan tres años sin emitir una sentencia y que no se atreven a silbar el final del partido. Esta inexplicable demora desprestigia al alto tribunal y hace daño a la misma Constitución.
El pacto de la transición no fue jurídico sino político. Se alcanzó con la meta colectiva de respetar la diversidad, especialmente al tratar aquellos que no compartían las metas comunes y para ofrecer salvaguardias adecuadas para los derechos fundamentales.
Diversidad cultural, ideológica y territorial. El Estado autonómico es algo más que una descentralización administrativa que cede competencias con sus presupuestos respectivos. Es la aceptación de que no hay una única manera de ser español como no hay una sola forma de ser vasco, catalán, andaluz o madrileño.
Soy de la opinión de que los derechos individuales preceden a los de los pueblos y a los de los estados. Las democracias de corte anglosajón, la británica y la norteamericana, constituyen un estado social que descansa en la libertad de cada uno en escoger las opciones que mejor le parezcan. No hay inconveniente en que Escocia sea un Reino o que Tejas sea un Estado.
Según parece, el tema encallado en el Constitucional es que los catalanes se consideren una nación. ¿Tan importante es el nombre de la cosa cuando otras autonomías, como la andaluza, proclame que es una realidad nacional? Lo importante es asegurar la lealtad de los ciudadanos a un proyecto común compartido que no debe necesariamente ser unívoco. El federalismo alemán es una pauta.
Es paradójico que tanta invocación constitucional coincida con la tensión política creada por la incapacidad del tribunal que tiene que dictar sentencia sobre el recurso del Estatut catalán. El problema no es la Constitución sino quienes la tienen que interpretar.
Establecía José Bono un simil deportivo al afirmar el papel arbitral de la Constitución como ley suprema a la que todas las demás leyes tienen que ajustarse. Pero no dijo el presidente del Congreso que los máximos árbitros llevan tres años sin emitir una sentencia y que no se atreven a silbar el final del partido. Esta inexplicable demora desprestigia al alto tribunal y hace daño a la misma Constitución.
El pacto de la transición no fue jurídico sino político. Se alcanzó con la meta colectiva de respetar la diversidad, especialmente al tratar aquellos que no compartían las metas comunes y para ofrecer salvaguardias adecuadas para los derechos fundamentales.
Diversidad cultural, ideológica y territorial. El Estado autonómico es algo más que una descentralización administrativa que cede competencias con sus presupuestos respectivos. Es la aceptación de que no hay una única manera de ser español como no hay una sola forma de ser vasco, catalán, andaluz o madrileño.
Soy de la opinión de que los derechos individuales preceden a los de los pueblos y a los de los estados. Las democracias de corte anglosajón, la británica y la norteamericana, constituyen un estado social que descansa en la libertad de cada uno en escoger las opciones que mejor le parezcan. No hay inconveniente en que Escocia sea un Reino o que Tejas sea un Estado.
Según parece, el tema encallado en el Constitucional es que los catalanes se consideren una nación. ¿Tan importante es el nombre de la cosa cuando otras autonomías, como la andaluza, proclame que es una realidad nacional? Lo importante es asegurar la lealtad de los ciudadanos a un proyecto común compartido que no debe necesariamente ser unívoco. El federalismo alemán es una pauta.
miércoles, diciembre 02, 2009
Laberinto de Obama en Afganistán
Enviar más tropas norteamericanas ahora para retirarlas todas en el 2011. Este podría ser un resumen del anuncio del presidente Obama de enviar otros treinta mil soldados a Afganistán que se unirán a los casi setenta mil desplegados en ese fiero país de Asia central.
El pragmatismo conciliador de Obama es ciertamente un contrapunto potente a las impetuosas certezas morales de George Bush. Obama no ha recurrido a los errores de su antecesor para salir del laberinto de Afganistán. No puede mirar al pasado para resolver los conflictos del presente.
Pero debería haberlo hecho porque la presencia militar de Estados Unidos en Iraq y la gran coalición internacional en Afganistán que cuenta con casi cuarenta mil soldados no fue iniciativa suya. Las tropas desplegadas en Iraq tienen un calendario de retirada. Las de Afganistán, también, aunque con la extraña fórmula de enviar otros treinta mil soldados.
El síndrome del presidente Johnson le acecha. Sabía su antecesor que reclutar más soldados para enviarlos al infierno de Vietnam en los años sesenta era una equivocación. Y, sin embargo, lo hizo. Por la presión del ejército que le prometía ganar la guerra y por defensar a un gobierno en Saigón que era tan corrupto y tan ilegítimo como el que hoy controla Kabul y sus alrededores.
La guerra en Afganistán está perdida en las praderas de las planicies afganas y en las montañas del Himalaya. Los rusos se lo han advertido y los británicos lo saben por experiencia al haber perdido tres guerras en aquella parte del mundo a finales del siglo XIX. La experiencia reciente demuestra que, efectivamente, se derrocó el régimen de los talibanes que fue la incubadora de terroristas que cometieron el atentado más sangriento que han conocido Estados Unidos en su historia.
El mundo se puso al lado de Washington tras la tragedia del 11 de septiembre de 2001. La intervención militar en Afganistán recibió los apoyos de la comunidad internacional. Pero los talibanes siguen causando bajas a las tropas norteamericanas y a las de la coalición internacional.
En Alemania se ha cobrado la dimisión de un ministro por haber mentido sobre un bombardeo sobre civiles. La canciller Merkel duda sobre el envío de más tropas. El presidente Zapatero sigue haciéndose perdonar el pecado de la primera semana de su mandato al ordenar la retirada de Iraq y ahora se rinde a las insinuaciones de Obama para enviar más soldados a Afganistán.
Al igual que en Vietnam, la guerra de Afganistán está ya perdida en la opinión pública internacional, la norteamericana también. No es una guerra popular. Mantener a un gobierno llamado democrático que no ha sido elegido democráticamente es una contradicción. No es sorprendente que la popularidad de Obama haya descendido en picado
El pragmatismo conciliador de Obama es ciertamente un contrapunto potente a las impetuosas certezas morales de George Bush. Obama no ha recurrido a los errores de su antecesor para salir del laberinto de Afganistán. No puede mirar al pasado para resolver los conflictos del presente.
Pero debería haberlo hecho porque la presencia militar de Estados Unidos en Iraq y la gran coalición internacional en Afganistán que cuenta con casi cuarenta mil soldados no fue iniciativa suya. Las tropas desplegadas en Iraq tienen un calendario de retirada. Las de Afganistán, también, aunque con la extraña fórmula de enviar otros treinta mil soldados.
El síndrome del presidente Johnson le acecha. Sabía su antecesor que reclutar más soldados para enviarlos al infierno de Vietnam en los años sesenta era una equivocación. Y, sin embargo, lo hizo. Por la presión del ejército que le prometía ganar la guerra y por defensar a un gobierno en Saigón que era tan corrupto y tan ilegítimo como el que hoy controla Kabul y sus alrededores.
La guerra en Afganistán está perdida en las praderas de las planicies afganas y en las montañas del Himalaya. Los rusos se lo han advertido y los británicos lo saben por experiencia al haber perdido tres guerras en aquella parte del mundo a finales del siglo XIX. La experiencia reciente demuestra que, efectivamente, se derrocó el régimen de los talibanes que fue la incubadora de terroristas que cometieron el atentado más sangriento que han conocido Estados Unidos en su historia.
El mundo se puso al lado de Washington tras la tragedia del 11 de septiembre de 2001. La intervención militar en Afganistán recibió los apoyos de la comunidad internacional. Pero los talibanes siguen causando bajas a las tropas norteamericanas y a las de la coalición internacional.
En Alemania se ha cobrado la dimisión de un ministro por haber mentido sobre un bombardeo sobre civiles. La canciller Merkel duda sobre el envío de más tropas. El presidente Zapatero sigue haciéndose perdonar el pecado de la primera semana de su mandato al ordenar la retirada de Iraq y ahora se rinde a las insinuaciones de Obama para enviar más soldados a Afganistán.
Al igual que en Vietnam, la guerra de Afganistán está ya perdida en la opinión pública internacional, la norteamericana también. No es una guerra popular. Mantener a un gobierno llamado democrático que no ha sido elegido democráticamente es una contradicción. No es sorprendente que la popularidad de Obama haya descendido en picado
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