Barack Obama se enfrenta a la dificultad principal para llevar a cabo las promesas electorales que le dieron la victoria con un discurso ilusionante. Si no consigue poner en pie el deteriorado y en muchos casos corrupto sistema financiero, la economía no despegará, el paro subirá y la inflación y los tipos de interés se dispararán.
El primer dilema es si el plan de rescate multimillonario para resucitar a los bancos que se encuentran en bancarrota se traducirá en un saneamiento de las finanzas de Wall Street o bien se convertirá en una losa insoportable para el gobierno que puede encontrarse en una nacionalización de facto del sistema financiero cerrando la libre competencia en los mercados.
El plan de rescate fue aprobado in extremis por el ex presidente Bush en el crepúsculo de su mandato cuando las dimensiones de la crisis hacían impresincindible la medida intervencionista que era del todo contradictoria con la filosofía que había imperado en las finanzas americanas desde los tiempos de Ronald Reagan.
Si era contradictoria entonces, lo si gue siendo ahora. Inyectar dinero público a quienes habían gestionado fraudulentamente la confianza de los inversores es un golpe al mismo sistema. Si se salva a los bancos, por qué no hay que salvar a la industria del automóvil, al sector agroalimentario o al siderúrgico.
Obama puede optar por seguir las directrices dictadas por Bush asumiendo todos los riesgos que se ventilarán en la opinión pública y, sobre todo, que encontrarán fuerte resistencia en las dos cámaras en las que el Partido Demócrata tiene mayorías cómodas. Se da la circunstancia que el disponer de una mayoría en la Cámara de Representantes y en el Senado no es sinónimo de tener carta blanca para actuar al margen del Congreso. Carter lo experimentó en 1976.
Las decisiones del presidente están sometidas a los contrapesos del poder en Washington. Los demócratas y republicanos actuan siguiendo las directrices de sus partidos. Pero, sobre todo, tienen muy en cuenta los intereses de sus electores.
Si el plan de rescate de Bush fue votado en contra por muchos republicanos y demócratas no sería extraño que Obama se encontrara con las mismas dificultades. Lo entendía bien el presidente Johnson cuando en los años sesenta decía que el único poder que tenía era el apretar el botón nuclear y no lo podía hacer.
Por mucha que sea la euforia que ha levantado en Estados Unidos y en el mundo entero la elección de Obama, su éxito para poder cumplir las promesas electorales dependerá fundamentalmente de si sabe resucitar la economía de su país. No me imagino en Estados Unidos la frivolidad de Zapatero para tranquilizar a la opinión pública acudiendo a un programa de televisión respondiendo alegremente a preguntas de ciudadanos orillando el papel de las instituciones.
miércoles, enero 28, 2009
lunes, enero 26, 2009
Cainismo en la derecha española
Es un misterio saber quién es la mano negra que está confundiendo a la cúpula del Partido Popular, entregado a un cainismo desenfrenado con actitudes de fuerte animadversión contra los supuestamente allegados o afines.
Es una lucha por el poder en la derecha española que se está ganando a pulso la posibilidad de desbancar a los socialistas en las próximas elecciones generales. En un partido nadie tiene toda la razón, por eso es un partido, pero sin una cierta unidad táctica y estratégica general no puede convencer a la mayoría para que les otorgue la confianza y puedan gobernar. Las urnas castigan las divisiones de los partidos.
No es cuestión de las personalidades que rivalizan legítimamente por el control de un partido. Se trata de dos conceptos divergentes sobre cómo hay que gobernar y cómo tiene que ser Madrid la capital donde se hace y deshace todo lo que ocurre en las tierras peninsulares.
Mariano Rajoy pretende alejarse del radicalismo dialéctico que practicó en los cuatro años en la oposición a Zapatero. Esperanza Aguirre no abandona sus convicciones liberales que, con la ayuda de la derecha mediática más combativa, confía arrinconar a Rajoy y Gallardón antes de las elecciones. No lo tiene fácil si el debate se centra ahora sobre quién ha espiado a quién y dónde están los traidores que han filtrado las supuestas escuchas telefónicas y los informes que aparecen en los periódicos.
No quiero pensar lo que habría ocurrido si estos episodios esperpénticos se hubieran registrado en Barcelona.
Recomiendo a los liberales de todos los sectores que repasen los cuatro ensayos sobre la libertad de Isaiah Berlin, el pensador liberal más importante del siglo pasado, cuyo centenario se celebra este año.
Dice Berlin que lo que esta época necesita no es más fe, una dirección mas severa o una organización más científica, sino, por el contrario, menos ardor mesiánico, más escepticismo culto, más tolerancia con las idiosincrasias, medidas ad hoc más frecuentes para lograr los objetivos en un futuro previsible, más espacio para que los individuos y las minorías cuyos gustos y creencias encuentran poca respuesta entre la mayoría, logren sus fines personales y colectivos.
Lo que se debate en el Partido Popular es la España unitaria con la cabeza en Madrid o la España autonómica con el poder repartido y compartido.
Es una lucha por el poder en la derecha española que se está ganando a pulso la posibilidad de desbancar a los socialistas en las próximas elecciones generales. En un partido nadie tiene toda la razón, por eso es un partido, pero sin una cierta unidad táctica y estratégica general no puede convencer a la mayoría para que les otorgue la confianza y puedan gobernar. Las urnas castigan las divisiones de los partidos.
No es cuestión de las personalidades que rivalizan legítimamente por el control de un partido. Se trata de dos conceptos divergentes sobre cómo hay que gobernar y cómo tiene que ser Madrid la capital donde se hace y deshace todo lo que ocurre en las tierras peninsulares.
Mariano Rajoy pretende alejarse del radicalismo dialéctico que practicó en los cuatro años en la oposición a Zapatero. Esperanza Aguirre no abandona sus convicciones liberales que, con la ayuda de la derecha mediática más combativa, confía arrinconar a Rajoy y Gallardón antes de las elecciones. No lo tiene fácil si el debate se centra ahora sobre quién ha espiado a quién y dónde están los traidores que han filtrado las supuestas escuchas telefónicas y los informes que aparecen en los periódicos.
No quiero pensar lo que habría ocurrido si estos episodios esperpénticos se hubieran registrado en Barcelona.
Recomiendo a los liberales de todos los sectores que repasen los cuatro ensayos sobre la libertad de Isaiah Berlin, el pensador liberal más importante del siglo pasado, cuyo centenario se celebra este año.
Dice Berlin que lo que esta época necesita no es más fe, una dirección mas severa o una organización más científica, sino, por el contrario, menos ardor mesiánico, más escepticismo culto, más tolerancia con las idiosincrasias, medidas ad hoc más frecuentes para lograr los objetivos en un futuro previsible, más espacio para que los individuos y las minorías cuyos gustos y creencias encuentran poca respuesta entre la mayoría, logren sus fines personales y colectivos.
Lo que se debate en el Partido Popular es la España unitaria con la cabeza en Madrid o la España autonómica con el poder repartido y compartido.
miércoles, enero 21, 2009
Obama no es un taumaturgo
Tras la emotiva y memorable ceremonia de la inauguración de la presidencia Obama ha llegado la hora de poner en práctica las promesas tan brillantemente expuestas por el nuevo presidente.
El discurso de Obama fue sobrio, centrado y muy realista. La ocasión es única como única es la magnitud de la crisis en la que se encuentra Estados Unidos. Un déficit nacional que ha alcanzado un record difícilmente mesurable, un descontrol de las finanzas, dos guerras abiertas, relaciones deterioradas con buena parte del mundo, una desconfianza entre gobernantes y gobernados y una sensación de haber perdido el liderazgo moral internacional.
El discurso de Obama se refirió a todos estas dificultades y ofreció como remedio una vuelta a los viejos valores como la responsabilidad , el esfuerzo, el trabajo, la honradez y la unidad para superarlas. Ha devuelto la confianza y la ilusión a los americanos y al mundo, a juzgar por el júbilo global medido por la audiencia millonaria en las televisiones de todo el planeta.
La palabra puede inspirar confianza. Tiene un poder casi ilimitado. Los historiadores coindicen en señalar que Churchill resistió y acabó venciendo la ofensiva de Hitler por tres famosos discursos en los que ofrecía sangre, sudor y lágrimas. Reagan derribó el muro de Berlín proclamando ante la pared construída en 1961 un simple "señor Gorbachev, derribe este muro". Y el muro cayó unos meses después.
Pero los problemas están ahí, afectan a millones de americanos, y no se van a superar con bellas y elocuentes palabras. Obama ha suspendido todas las leyes de Bush pendientes de ejecución y ha anunciado el cierre de Guantánamo. Se ha comprometido en dieciseis meses a retirarse de Iraq y concentrar su energía en Afganistán, cementerio de imperios y de ejércitos occidentales.
Tiene que clarificar la posición de su administración en el conflicto entre Israel y los palestinos y construir nuevos puentes de entendimiento con los nuevos gigantes de poder que se reunieron en Washington en el ocaso de la presidencia de Bush.
El gobierno necesita más dólares que nunca en tiempos en los quye se pierden miles de puestos de trabajo al día, no dispone de más ingresos y el consumo no va a despegar de un día para otro. Este panorama explica que Obama no quiera ni pueda actuar solo. La composición de su administración es heterogénea y con grandes expertos de todos los campos.
El criterio de Obama es escoger los mejores al margen de sus criterios que ofrezcan soluciones a través de la discusión y el debate para que el presidentde finalmente decidida la opción que le parezca más oportuna.
Muchos gallos para el mismo gallinero. Demasiadas ideas brillantes para problemas concretos. Que Dios le bendiga, que bendiga a América y que nos bendiga a todos.
El discurso de Obama fue sobrio, centrado y muy realista. La ocasión es única como única es la magnitud de la crisis en la que se encuentra Estados Unidos. Un déficit nacional que ha alcanzado un record difícilmente mesurable, un descontrol de las finanzas, dos guerras abiertas, relaciones deterioradas con buena parte del mundo, una desconfianza entre gobernantes y gobernados y una sensación de haber perdido el liderazgo moral internacional.
El discurso de Obama se refirió a todos estas dificultades y ofreció como remedio una vuelta a los viejos valores como la responsabilidad , el esfuerzo, el trabajo, la honradez y la unidad para superarlas. Ha devuelto la confianza y la ilusión a los americanos y al mundo, a juzgar por el júbilo global medido por la audiencia millonaria en las televisiones de todo el planeta.
La palabra puede inspirar confianza. Tiene un poder casi ilimitado. Los historiadores coindicen en señalar que Churchill resistió y acabó venciendo la ofensiva de Hitler por tres famosos discursos en los que ofrecía sangre, sudor y lágrimas. Reagan derribó el muro de Berlín proclamando ante la pared construída en 1961 un simple "señor Gorbachev, derribe este muro". Y el muro cayó unos meses después.
Pero los problemas están ahí, afectan a millones de americanos, y no se van a superar con bellas y elocuentes palabras. Obama ha suspendido todas las leyes de Bush pendientes de ejecución y ha anunciado el cierre de Guantánamo. Se ha comprometido en dieciseis meses a retirarse de Iraq y concentrar su energía en Afganistán, cementerio de imperios y de ejércitos occidentales.
Tiene que clarificar la posición de su administración en el conflicto entre Israel y los palestinos y construir nuevos puentes de entendimiento con los nuevos gigantes de poder que se reunieron en Washington en el ocaso de la presidencia de Bush.
El gobierno necesita más dólares que nunca en tiempos en los quye se pierden miles de puestos de trabajo al día, no dispone de más ingresos y el consumo no va a despegar de un día para otro. Este panorama explica que Obama no quiera ni pueda actuar solo. La composición de su administración es heterogénea y con grandes expertos de todos los campos.
El criterio de Obama es escoger los mejores al margen de sus criterios que ofrezcan soluciones a través de la discusión y el debate para que el presidentde finalmente decidida la opción que le parezca más oportuna.
Muchos gallos para el mismo gallinero. Demasiadas ideas brillantes para problemas concretos. Que Dios le bendiga, que bendiga a América y que nos bendiga a todos.
lunes, enero 19, 2009
Los sueños de mi padre
Es muy recomendable leer la autobiografía de Barack Obama, escrita a los 33 años cuando no pensaba hacer carrera política. Le notificaron por teléfono que su padre, al que habìa conocido muy poco, acababa de morir en Kenia.
De los libros escritos por él y de los muchos publicados sobre su persona, me parece el más indispensable para conocer los rasgos humanos y la personalidad del nuevo presidente. Nace en Honolulu, de padre keniata muy inteligente y aventurero y de madre blanca de Kansas.
Es una autobiografía honesta porque la escribe sin pensar en la política ni en la fama. Es una retrospectiva íntima y personal cuando en Estados Unidos se anunciaba el fin de la historia, la consolidación del libre mercado y la democracia liberal, la sustituciòn de antiguos odios y guerras entre naciones por comunidades virtuales y batallas por la cuota de mercado.
Las reflexiones sobre su todavía corta biografía se centran en tres grandes capítulos: los orígenes en Hawai e Indonesia, su llegada a Chicago para trabajar como organizador comunitario y su regreso a Kenia para saber quién era su padre, dónde había vivido y cuántos hermanos tenía puesto que se había casado tres veces.
Las tres fases de los primeros treinta años de Obama son muy sugestivas. El hecho que sea el primer negro elegido presidente de Estados Unidos es hasta cierto punto irrelevante. Lo que importa es que es un personaje multicultural y multiétnico que no representa la hegemonía blanca y occidental que ha gobernado el mundo desde hace siglos.
No es una casualidad que el presidente Obama llegue a la Casa Blanca cuando el poder demográfico, económico y político del mundo no está exclusivamente en el Atlántico sino también en el Pacífico. Su llegada a Chicago para resolver problemas graves de los barrios negros y muy pobres la hace al margen de la Machine, como se conoce al Partido Demócrata de la ciudad históricamente más corrupta de Estados Unidos.
Obama triunfa con el esfuerzo y de la mano de las iglesias de la ciudad que son un poderoso contrapunto a los trapicheos de la Maquinaria. Es interesante el choque cultural que experimenta cuando pasa varias semanas en Kenia. Descubre con extrañeza sus raíces y las describe con frialdad descriptiva. El Obama de hoy viene de aquel joven que se sincera cuando ni él ni nadie pensaba que hoy sería proclamado presidente.
De los libros escritos por él y de los muchos publicados sobre su persona, me parece el más indispensable para conocer los rasgos humanos y la personalidad del nuevo presidente. Nace en Honolulu, de padre keniata muy inteligente y aventurero y de madre blanca de Kansas.
Es una autobiografía honesta porque la escribe sin pensar en la política ni en la fama. Es una retrospectiva íntima y personal cuando en Estados Unidos se anunciaba el fin de la historia, la consolidación del libre mercado y la democracia liberal, la sustituciòn de antiguos odios y guerras entre naciones por comunidades virtuales y batallas por la cuota de mercado.
Las reflexiones sobre su todavía corta biografía se centran en tres grandes capítulos: los orígenes en Hawai e Indonesia, su llegada a Chicago para trabajar como organizador comunitario y su regreso a Kenia para saber quién era su padre, dónde había vivido y cuántos hermanos tenía puesto que se había casado tres veces.
Las tres fases de los primeros treinta años de Obama son muy sugestivas. El hecho que sea el primer negro elegido presidente de Estados Unidos es hasta cierto punto irrelevante. Lo que importa es que es un personaje multicultural y multiétnico que no representa la hegemonía blanca y occidental que ha gobernado el mundo desde hace siglos.
No es una casualidad que el presidente Obama llegue a la Casa Blanca cuando el poder demográfico, económico y político del mundo no está exclusivamente en el Atlántico sino también en el Pacífico. Su llegada a Chicago para resolver problemas graves de los barrios negros y muy pobres la hace al margen de la Machine, como se conoce al Partido Demócrata de la ciudad históricamente más corrupta de Estados Unidos.
Obama triunfa con el esfuerzo y de la mano de las iglesias de la ciudad que son un poderoso contrapunto a los trapicheos de la Maquinaria. Es interesante el choque cultural que experimenta cuando pasa varias semanas en Kenia. Descubre con extrañeza sus raíces y las describe con frialdad descriptiva. El Obama de hoy viene de aquel joven que se sincera cuando ni él ni nadie pensaba que hoy sería proclamado presidente.
miércoles, enero 14, 2009
Hillary Clinton y el "smart power"
Hillary Clinton ha puesto en circulación un nuevo concepto para definir la política exterior americana que será dirigida por la ex primera dama y contrincante del presidente electo Obama en las primarias demócratas.
En su comparecencia para ser confirmada en el cargo de nueva Secretaria de Estado en el Senado dijo que Estados Unidos desplegarán el smart power, una combinación de idealismo y realismo para recuperar la credibilidad moral perdida en los dos mandatos de Bush.
La nueva frase puede significar inteligencia y elegancia alejándose del hard power de Bush que pensó que exclusivamente con la fuerza podía defenderse la seguridad de Estados Unidos y del mundo. La política exterior americana, dijo Hillary Clinton, debe basarse en un "maridaje de principios y pragmatismo, no en una ideología rígida, sino en hechos y evidencias y no en emociones y prejuicios".
La novedad que tendrá que afrontar la presidencia Obama es que por primera vez en mucho tiempo Estados Unidos no pueden retirarse del mundo pero tampoco lo pueden dominar, tal como pensaron los ideológos de Washington al término de la guerra fría que fue ganada a la Unión Soviética con una combinación de poder duro y poder blando.
Que nadie piense que con la presidencia Obama se acabarán las guerras en el mundo, que habrá una paz inmediata entre Israel y los palestinos, que Rusia será una democracia de corte occidental o que Pakistán dejará de ser una bomba de relojería para los intereses de las democracias.
Estados Unidos no ha pretendido nunca ocupar el mundo entero. Ha ido a las guerras instaurando unos cuantos gobiernos amigos y ha vuelto a casa con la convicción de haber establecido alianzas para su seguridad nacional a pesar de construir complicidades con Arabia Saudí, Egipto, el Chile de Pinochet o la España de Franco que no comparten o no han compartido los valores democráticos.
Los enemigos en la guerra fría eran la Unión Soviética, China y todos los regímenes comunistas que formaban un bloque antiamericano. Estados Unidos ganaron aquella guerra con el realismo de aliarse con socios incómodos y corruptos pero con el objetivo último de derrotar a su más temible enemigo que estaba en el Kremlin.
La política exterior americana ha sido una lucha constante entre el realismo simbolizado por el presidente Theodore Roosevelt y el idealismo de la seguridad colectiva de Woodrow Wilson que vino a Europa proclamando el derecho de la autodeterminación de los pueblos. Obama sabe que Estados Unidos es un país todavía imprescindible pero no suficiente.
El smart power es una buena idea para corregir el rumbo de la administración Bush y recuperar el idealismo para contar con los nuevos y poderosos agentes que operan en el mundo.
En su comparecencia para ser confirmada en el cargo de nueva Secretaria de Estado en el Senado dijo que Estados Unidos desplegarán el smart power, una combinación de idealismo y realismo para recuperar la credibilidad moral perdida en los dos mandatos de Bush.
La nueva frase puede significar inteligencia y elegancia alejándose del hard power de Bush que pensó que exclusivamente con la fuerza podía defenderse la seguridad de Estados Unidos y del mundo. La política exterior americana, dijo Hillary Clinton, debe basarse en un "maridaje de principios y pragmatismo, no en una ideología rígida, sino en hechos y evidencias y no en emociones y prejuicios".
La novedad que tendrá que afrontar la presidencia Obama es que por primera vez en mucho tiempo Estados Unidos no pueden retirarse del mundo pero tampoco lo pueden dominar, tal como pensaron los ideológos de Washington al término de la guerra fría que fue ganada a la Unión Soviética con una combinación de poder duro y poder blando.
Que nadie piense que con la presidencia Obama se acabarán las guerras en el mundo, que habrá una paz inmediata entre Israel y los palestinos, que Rusia será una democracia de corte occidental o que Pakistán dejará de ser una bomba de relojería para los intereses de las democracias.
Estados Unidos no ha pretendido nunca ocupar el mundo entero. Ha ido a las guerras instaurando unos cuantos gobiernos amigos y ha vuelto a casa con la convicción de haber establecido alianzas para su seguridad nacional a pesar de construir complicidades con Arabia Saudí, Egipto, el Chile de Pinochet o la España de Franco que no comparten o no han compartido los valores democráticos.
Los enemigos en la guerra fría eran la Unión Soviética, China y todos los regímenes comunistas que formaban un bloque antiamericano. Estados Unidos ganaron aquella guerra con el realismo de aliarse con socios incómodos y corruptos pero con el objetivo último de derrotar a su más temible enemigo que estaba en el Kremlin.
La política exterior americana ha sido una lucha constante entre el realismo simbolizado por el presidente Theodore Roosevelt y el idealismo de la seguridad colectiva de Woodrow Wilson que vino a Europa proclamando el derecho de la autodeterminación de los pueblos. Obama sabe que Estados Unidos es un país todavía imprescindible pero no suficiente.
El smart power es una buena idea para corregir el rumbo de la administración Bush y recuperar el idealismo para contar con los nuevos y poderosos agentes que operan en el mundo.
martes, enero 13, 2009
La banalidad del lenguaje
Las imágenes de la guerra que se libra en la franja de Gaza repugnan la sensibilidad de millones de personas. Los que pensamos que esta ofensiva militar fomentará más el odio y no resolverá el endémico conflicto entre israelíes y palestinos, nos movemos en el dilema de respeto y admiración al pueblo judío y el sufrimiento absurdo de tantos palestinos que viven en condiciones infrahumanas y son víctimas de una guerra cuyo balance de muertos es desproporcionado.
Por muy justificadas que sean las razones de Israel y Hamas para entregarse a esta barbarie debe existir una fórmula para detener la violencia.
Israel ha privado de un territorio propio a los palestinos que quedaron dentro de las tierras conquistadas en su fulgurante guerra de junio de 1967. Mientras no se resuelva este contencioso satisfactoriamente por las dos partes no habrá paz, ni con el poderío militar de Israel ni con las acciones terroristas de Hamas en cuyos estatutos se escribe que "el profeta, que Alá le bendiga y le dé la salvación, ha dicho: el día del Juicio no llegará hasta que los musulmanes combatan contra los judíos (matando a los judíos). Cuando el judío se esconda detrás de piedras y árboles, las piedras y los árboles dirán: Oh musulmanes, oh Abdulla, hay un judío detrás de mí, ven a matarlo."
Produce escalofrío y se entiende el radical enfrentamiento entre dos pueblos que tienen insuperables dificultades para convivir. Ya sé que es imposible tener una posición equidistante sin que seas acusado por unos o por otros. La misma ministra de Exteriores israelí, Tzipi Livni, ha dicho que se está con Israel o contra Israel.
Depende en qué y cuándo.
Lo que me inquieta de este conflicto es la banalidad del lenguaje. Cambiar el sentido de las palabras, dijo primero Montaigne y luego Lewis Carroll, es el primer paso para deformar la realidad.
Hablar de genocidio en Gaza es adulterar su significado si se compara con el exterminio de seis millones de judíos de varias nacionalidades europeas que sufrieron torturas, asesinatos y viajes macabros a las cámaras de gas.
Es un genocidio lo que ocurrió en los campos de la muerte de Camboya, la hambruna provocada por Stalin en Ucrania, la matanza de armenios por parte de los turcos en 1915, la eliminación de una etnia en Ruanda en los años noventa. Encuentro desproporcionadas las pancartas que hablan de genocidio en Gaza. Es otra cosa
Por muy justificadas que sean las razones de Israel y Hamas para entregarse a esta barbarie debe existir una fórmula para detener la violencia.
Israel ha privado de un territorio propio a los palestinos que quedaron dentro de las tierras conquistadas en su fulgurante guerra de junio de 1967. Mientras no se resuelva este contencioso satisfactoriamente por las dos partes no habrá paz, ni con el poderío militar de Israel ni con las acciones terroristas de Hamas en cuyos estatutos se escribe que "el profeta, que Alá le bendiga y le dé la salvación, ha dicho: el día del Juicio no llegará hasta que los musulmanes combatan contra los judíos (matando a los judíos). Cuando el judío se esconda detrás de piedras y árboles, las piedras y los árboles dirán: Oh musulmanes, oh Abdulla, hay un judío detrás de mí, ven a matarlo."
Produce escalofrío y se entiende el radical enfrentamiento entre dos pueblos que tienen insuperables dificultades para convivir. Ya sé que es imposible tener una posición equidistante sin que seas acusado por unos o por otros. La misma ministra de Exteriores israelí, Tzipi Livni, ha dicho que se está con Israel o contra Israel.
Depende en qué y cuándo.
Lo que me inquieta de este conflicto es la banalidad del lenguaje. Cambiar el sentido de las palabras, dijo primero Montaigne y luego Lewis Carroll, es el primer paso para deformar la realidad.
Hablar de genocidio en Gaza es adulterar su significado si se compara con el exterminio de seis millones de judíos de varias nacionalidades europeas que sufrieron torturas, asesinatos y viajes macabros a las cámaras de gas.
Es un genocidio lo que ocurrió en los campos de la muerte de Camboya, la hambruna provocada por Stalin en Ucrania, la matanza de armenios por parte de los turcos en 1915, la eliminación de una etnia en Ruanda en los años noventa. Encuentro desproporcionadas las pancartas que hablan de genocidio en Gaza. Es otra cosa
miércoles, enero 07, 2009
Odios acumulados
Una de las justificaciones de la Gran Guerra de 1914 es que sería una guerra para terminar con todas las guerras. Lamentablemente no fue así si se recuerdan las grandes matanzas en los campos de batalla que se registraron en el siglo pasado.
Winston Churchill escribía libros sobre las guerras en las que participó cuando era apartado o se apartaba de la política activa.Describió en tres grandes volúmenes la historia de la Primera Guerra Mundial y volvió a escribir otros cinco tomos sobre la Segunda. No le fue otorgado el premio Nobel de la Paz pero sí el de Literatura en 1953, "por su magistral descripción de la historia y por su brillante oratoria al defender los valores humanos".
Decía Churchill que el siglo XX ha sido calificado como el siglo del common man, porque es el hombre de la calle el que más ha sufrido. Las víctimas civiles se contaron por millones en las grandes o pequeñas guerras del pasado siglo. El contraste entre la Primera Guerra Mundial y la Segunda es sobrecogedor.
Cuenta Eric Hobsbawm que "solamente el 5 por ciento de las víctimas de la primera guerra eran civiles. En la segunda, el porcentaje se elevó hasta el 66 por ciento y en la actualidad, la proporción de víctimas civiles de cualquier guerra se sitúa entre el 80 y el 90 por ciento del total.Las guerras ya no se libran entre ejércitos sino entre pueblos.
Las víctimas, por lo tanto, son personas que con frecuencia poco tienen que ver con el conflicto. Pero la propaganda de las partes contendientes encuentra siempre razones para justificar tantas muertes absurdas y sin sentido. La guerra cada vez resuelve menos problemas, es más, los hace mayores y más sanguinarios. No voy a entrar en quién es más culpable de la matanza que se está perpetrando en la franja de Gaza, unos seiscientos kilómetros cuadrados en los que viven un millón y medio de personas. Demasiada historia, poca geografía y muchos odios acumulados.
La pasión y radicalización que suscita esta guerra no permite matizar ni analizar fríamente la situación. Leí que la ministra de Asuntos Exteriores y candidata a presidir el gobierno en las inminentes elecciones, Tzipi Livni, dijo que se estaba con unos o con otros. Pues, mire, depende.Israel no debería sorprenderse del rechazo a esta guerra en muchas partes del mundo porque la proporcionalidad de las fuerzas es muy desigual y porque las posibilidades de conseguir el objetivo de la paz se alejan en vez de acercarse.
Sholomo Ben Ami, ex embajador de Israel en España y ex vicepresidente del gobierno israelí tiene escrito que "la simplista idea clasewitziana de que la acción militar termina conduciendo a la solución política ya no puede convencer a nadie. La "victoria" no supone la paz, sencillamente porque siempre habrá guerra después de la guerra".
Winston Churchill escribía libros sobre las guerras en las que participó cuando era apartado o se apartaba de la política activa.Describió en tres grandes volúmenes la historia de la Primera Guerra Mundial y volvió a escribir otros cinco tomos sobre la Segunda. No le fue otorgado el premio Nobel de la Paz pero sí el de Literatura en 1953, "por su magistral descripción de la historia y por su brillante oratoria al defender los valores humanos".
Decía Churchill que el siglo XX ha sido calificado como el siglo del common man, porque es el hombre de la calle el que más ha sufrido. Las víctimas civiles se contaron por millones en las grandes o pequeñas guerras del pasado siglo. El contraste entre la Primera Guerra Mundial y la Segunda es sobrecogedor.
Cuenta Eric Hobsbawm que "solamente el 5 por ciento de las víctimas de la primera guerra eran civiles. En la segunda, el porcentaje se elevó hasta el 66 por ciento y en la actualidad, la proporción de víctimas civiles de cualquier guerra se sitúa entre el 80 y el 90 por ciento del total.Las guerras ya no se libran entre ejércitos sino entre pueblos.
Las víctimas, por lo tanto, son personas que con frecuencia poco tienen que ver con el conflicto. Pero la propaganda de las partes contendientes encuentra siempre razones para justificar tantas muertes absurdas y sin sentido. La guerra cada vez resuelve menos problemas, es más, los hace mayores y más sanguinarios. No voy a entrar en quién es más culpable de la matanza que se está perpetrando en la franja de Gaza, unos seiscientos kilómetros cuadrados en los que viven un millón y medio de personas. Demasiada historia, poca geografía y muchos odios acumulados.
La pasión y radicalización que suscita esta guerra no permite matizar ni analizar fríamente la situación. Leí que la ministra de Asuntos Exteriores y candidata a presidir el gobierno en las inminentes elecciones, Tzipi Livni, dijo que se estaba con unos o con otros. Pues, mire, depende.Israel no debería sorprenderse del rechazo a esta guerra en muchas partes del mundo porque la proporcionalidad de las fuerzas es muy desigual y porque las posibilidades de conseguir el objetivo de la paz se alejan en vez de acercarse.
Sholomo Ben Ami, ex embajador de Israel en España y ex vicepresidente del gobierno israelí tiene escrito que "la simplista idea clasewitziana de que la acción militar termina conduciendo a la solución política ya no puede convencer a nadie. La "victoria" no supone la paz, sencillamente porque siempre habrá guerra después de la guerra".
martes, enero 06, 2009
Hablan las armas
La solución del endémico conflicto entre Israel y los palestinos no será militar. La historia demuestra, a su vez, que tampoco parece que pueda alcanzarse por medios políticos o diplomáticos. Desde la creación del estado de Israel se han sucedido las guerras y los acuerdos de paz.
La sangrienta invasión del ejército israelí de la franja de Gaza señala un nuevo punto álgido de tiempos de guerra. Hablan las armas y la política está en silencio respetando las vacaciones de Navidad y limitándose a hacer vagas declaraciones sobre la urgencia de detener las hostilidades.
La diplomacia internacional, desde las Naciones Unidas a Estados Unidos pasando por la Unión Europea, empiezan a reaccionar ante la magnitud de la tragedia. El presidente Sarkozy llegará hoy a la región cuando los muertos palestinos han superado el medio millar. Una delegación de alto nivel de la UE se desplazará también a la zona mientras en Washington el presidente Obama prepara su discurso inaugural y la formación del nuevo ejecutivo.
Las dos partes esgrimen sus razones amparadas en la legitimidad de la defensa de su seguridad en el caso de Israel y en la ya vieja idea de los palestinos de no tolerar la existencia del estado de Israel. Los sucesivos gobiernos de Jerusalén han contado con el apoyo militar de Washington y los grupos radicales palestinos cuentan con la ayuda material y la carga ideológica de Irán y Siria, aunque no de la mayoría de gobiernos árabes que temen más a los grupos radicales como Hamas y Hezbollah que al propio estado de Israel.
Decía Isaiah Berlin, un pensador judío de gran prestigio, que "los judíos han estado en el exilio desde la Diáspora, y ahora, para poder escapar de sus dificultades y cargas, se han exiliado por voluntad propia a un enorme gueto propio, que todavía posee todas las propiedades de aquellos de los que surgió, además de las incomodidades propias de Oriente Medio".
El ejército israelí no se enfrenta con otro ejército sino con la hostilidad insaciable de milicianos a los que no se podrá someter por la superioridad militar. Volverán a aparecer con distintos nombres y en diferentes lugares. Israel no ha sido generoso con la mayoría de los palestinos que quieren vivir en paz, con estado propio, y no ser víctimas de la demagogia de las minorías que beben de las fuentes de la revolución islámica de 1979 en Teherán que promovió el odio a todo lo occidental.
La sangrienta invasión del ejército israelí de la franja de Gaza señala un nuevo punto álgido de tiempos de guerra. Hablan las armas y la política está en silencio respetando las vacaciones de Navidad y limitándose a hacer vagas declaraciones sobre la urgencia de detener las hostilidades.
La diplomacia internacional, desde las Naciones Unidas a Estados Unidos pasando por la Unión Europea, empiezan a reaccionar ante la magnitud de la tragedia. El presidente Sarkozy llegará hoy a la región cuando los muertos palestinos han superado el medio millar. Una delegación de alto nivel de la UE se desplazará también a la zona mientras en Washington el presidente Obama prepara su discurso inaugural y la formación del nuevo ejecutivo.
Las dos partes esgrimen sus razones amparadas en la legitimidad de la defensa de su seguridad en el caso de Israel y en la ya vieja idea de los palestinos de no tolerar la existencia del estado de Israel. Los sucesivos gobiernos de Jerusalén han contado con el apoyo militar de Washington y los grupos radicales palestinos cuentan con la ayuda material y la carga ideológica de Irán y Siria, aunque no de la mayoría de gobiernos árabes que temen más a los grupos radicales como Hamas y Hezbollah que al propio estado de Israel.
Decía Isaiah Berlin, un pensador judío de gran prestigio, que "los judíos han estado en el exilio desde la Diáspora, y ahora, para poder escapar de sus dificultades y cargas, se han exiliado por voluntad propia a un enorme gueto propio, que todavía posee todas las propiedades de aquellos de los que surgió, además de las incomodidades propias de Oriente Medio".
El ejército israelí no se enfrenta con otro ejército sino con la hostilidad insaciable de milicianos a los que no se podrá someter por la superioridad militar. Volverán a aparecer con distintos nombres y en diferentes lugares. Israel no ha sido generoso con la mayoría de los palestinos que quieren vivir en paz, con estado propio, y no ser víctimas de la demagogia de las minorías que beben de las fuentes de la revolución islámica de 1979 en Teherán que promovió el odio a todo lo occidental.
domingo, enero 04, 2009
Reflexiones sobre la guerra
He escogido de mis libros subrayados tres citas que pueden ayudar a reflexionar sobre la naturaleza de la guerra en estos tiempos en los que hablan las bombas y se han callado las palabras y la inteligencia está dormida.
La primera es de José Antonio Marina en su libro "Los sueños de la razón". Dice así: Cada guerra que se gana viene a corroborar la idea de que la guerra terminará con el problema y terminará también con todas las guerras. Toda gran guerra ha pretendido ser la última, sin conseguirlo, porque utilizando un argumento bélico no puede alcanzarse la paz, sino, a lo sumo, la tregua.
La segunda es de Alessandro Baricco en su versión novelada de la Ilíada de Homero. Escribe lo siguiente: Entonces reunió Ulises a los príncipes en asamblea. Y con aquella voz grave, de la que él sólo era capaz, empezó a hablar: amigos, vosotros seguís confiando en vuetras armas y en vuestro coraje. Pero mientras tanto vamos envejeciendo aqui, sin gloria, consumiéndonos en una guerra sin fin. Creedme: será con la inteligencia, y no con la fuerza, como nosotros conquistaremos Troya.
La última es de George Weigel que en su libro "Política sin Dios" escribe: la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra, fue producto de una crisis de moral de civilización, un fallo de la razón moral en una cultura que había legado al mundo la idea misma de "razón moral". Y esa crisis de la razón moral condujo a la crisis de una moral de civilización que aún está presente hoy en día.
Coincido con las tres consideraciones. Agradeceré que me hagan llegar las suyas. Muchas gracias y Feliz Año 2009.
La primera es de José Antonio Marina en su libro "Los sueños de la razón". Dice así: Cada guerra que se gana viene a corroborar la idea de que la guerra terminará con el problema y terminará también con todas las guerras. Toda gran guerra ha pretendido ser la última, sin conseguirlo, porque utilizando un argumento bélico no puede alcanzarse la paz, sino, a lo sumo, la tregua.
La segunda es de Alessandro Baricco en su versión novelada de la Ilíada de Homero. Escribe lo siguiente: Entonces reunió Ulises a los príncipes en asamblea. Y con aquella voz grave, de la que él sólo era capaz, empezó a hablar: amigos, vosotros seguís confiando en vuetras armas y en vuestro coraje. Pero mientras tanto vamos envejeciendo aqui, sin gloria, consumiéndonos en una guerra sin fin. Creedme: será con la inteligencia, y no con la fuerza, como nosotros conquistaremos Troya.
La última es de George Weigel que en su libro "Política sin Dios" escribe: la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra, fue producto de una crisis de moral de civilización, un fallo de la razón moral en una cultura que había legado al mundo la idea misma de "razón moral". Y esa crisis de la razón moral condujo a la crisis de una moral de civilización que aún está presente hoy en día.
Coincido con las tres consideraciones. Agradeceré que me hagan llegar las suyas. Muchas gracias y Feliz Año 2009.
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