Rosa Díez ha abandonado solemnemente el Partido Socialista porque no se siente identificada con el partido de Zapatero, con su idea de España, con la política de un partido en el que ha militado durante 30 años. Deja también su acta de diputada en el Parlamento Europeo.
Me parece muy bien que la señora Díez deje su partido. No es la primera ni será la última. La política no es estática y la lista de militantes que han cruzado la línea divisoria de un partido es interminable. Winston Churchill lo hizo en dos ocasiones. El presidente Sarkozy está reclutando a peces muy gordos del socialismo francés hacia el liberalismo conservador de su gobierno.
En el mundo clásico, en Grecia y en Roma, los aristócratas de las grandes familias no estaban quietos. Se movían, según sus intereses. Francia vió como el héroe de Verdún, el mariscal Pétain, pactaba con Hitler. Muchos políticos franquistas siguieron en sus cargos, se renovaron, cambiaron y se convirtieron en demócratas de toda la vida.
Lo importante no es el cambio de camiseta. Lo que cuenta es dónde se va a alinear, qué ideas tiene, cómo va a jugar. La cosa es más interesante que el nombre. Qué rentable es la idea de preservar la sagrada unidad de España.
Bienvenida a la diversidad, señora Rosa Díez, ha hecho usted lo que consideró más conveniente. Pero puestos a ingresar en Basta Ya, pienso que sería más útil para el país que se afiliara al Partido Popular. Y si Rajoy, o su sucesor, gana las elecciones, igual la tendríamos de ministra en primavera.
viernes, agosto 31, 2007
miércoles, agosto 29, 2007
Mandela, Churchill y Lincoln
Nelson Mandela se levanta en la plaza de Westminster con una estatua de tamaño natural. Junto a George Lincoln y Winston Churchill. Una estatua de bronce ha sido descubierta con el reconocimiento de Inglaterra, de su gobierno, de sus instituciones y de sus gentes.
Estoy contento. Mandela es uno de los grandes de nuestro tiempo. Un hombre que luchó por la justicia sin recurrir a la venganza. Convirtió una dictadura racial en una democracia multiétnica. Pasó 27 años en la cárcel por in en contra del apartheid sudafricano.
Tenía la razón y la minoría blanca se la negaba. En sus tiempos de cárcel reflexionó mucho. Era el símbolo de la liberación de su pueblo. Y lo consiguió porque una injusticia no puede durar siempre.
Inglaterra le rindió un homenaje de héroe. Sudáfrica fue una colonia británica. Winston Churchill experimentó sus primeras lides periodísticas en la guerra de los boers de finales del siglo antepasado. Hoy estarán juntos ante el parlamento de Westminster, inmovilizados por el bronce que les da la gloria pero vivos en la memoria colectiva del mundo libre.
Churchill venció a la perversidad del nazismo y Mandela superó la crueldad del odio racial. Lincoln suprimió la esclavitud. Enhorabuena para el líder sudafricano que pudo ver en vida cómo Gran Bretaña le rendía los honores merecidos.
Estoy contento. Mandela es uno de los grandes de nuestro tiempo. Un hombre que luchó por la justicia sin recurrir a la venganza. Convirtió una dictadura racial en una democracia multiétnica. Pasó 27 años en la cárcel por in en contra del apartheid sudafricano.
Tenía la razón y la minoría blanca se la negaba. En sus tiempos de cárcel reflexionó mucho. Era el símbolo de la liberación de su pueblo. Y lo consiguió porque una injusticia no puede durar siempre.
Inglaterra le rindió un homenaje de héroe. Sudáfrica fue una colonia británica. Winston Churchill experimentó sus primeras lides periodísticas en la guerra de los boers de finales del siglo antepasado. Hoy estarán juntos ante el parlamento de Westminster, inmovilizados por el bronce que les da la gloria pero vivos en la memoria colectiva del mundo libre.
Churchill venció a la perversidad del nazismo y Mandela superó la crueldad del odio racial. Lincoln suprimió la esclavitud. Enhorabuena para el líder sudafricano que pudo ver en vida cómo Gran Bretaña le rendía los honores merecidos.
lunes, agosto 27, 2007
Dos protagonistas europeos
En una semana han traspasado dos grandes europeistas, amigos de España y enamorados de Catalunya. Raymond Barre y Gaston Thorn fueron primeros ministros de Francia y de Luxemburgo. Los dos frecuentaban Barcelona y con los dos tuve el privilegio de conversar sin prisas. Recuerdo el agradable almuerzo que compartimos con Thorn en casa de Carlos Sentís en Callella de Palafrugell o la larga entrevista que junto con Jaime Arias le hicimos a Barre en un hotel barcelonés.
Escribía Jorge Semprún hace un año en El País que Europa no fue un invento de izquierdas, sino de los grupos democristianos, que convirtieron Alemania y Francia en el gran motor de un proyecto supranacional que hizo de la democracia uno de sus pilares esenciales.
Me permito añadir que también la socialdemocracia, desde Paul-Henri Spaak hasta Helmut Schmidt pasando por Jacques Delors, François Mitterrand y Felipe González contribuyeron de forma principal en la inesperada genialidad de convertir un continente zurcido de guerras y conflictos históricos en un gran espacio de convivencia y prosperidad a pesar de las naturales convulsiones del último medio siglo.
Como dice Mark Leonard en su poco divulgado libro “Por qué Europa liderará el siglo XXI”, la genialidad de la generación de los Monnet, Schuman, De Gasperi ... consistió en desarrollar una mano invisible europea que propiciase el nacimiento de una sociedad ordenada, a partir del interés nacional de cada país.
A los europeístas de conveniencia que invocan Europa como coartada para saltarse directamente el estado al que pertenecen, para lo bueno y para lo malo, les invitaría a que se fijaran en las biografías de estos dos europeístas, muy francés Barre y muy luxemburgués Thorn, para que tomaran nota de que Europa no es un supuesto táctico o estratégico sino un convencimiento para construir una sociedad más justa, más libre, más decente, en la que todos nos podamos sentir cómodos.
Pienso en el europeismo carolingio de fuertes raíces históricas de Jordi Pujol y en el más universalista de Pasqual Maragall que en estos tiempos propone soluciones valientes que rompan los estereotipos de las visiones desde lo alto del campanario.
Barre ha recibido los honores de Sarkozy que lo ha calificado como un “espíritu libre e independiente”. Su experiencia internacional y la suavidad de sus puntos de vista, ha dicho el acelerado presidente de Francia, le convirtieron en una personalidad única entre los actores políticos del país.
Raymond Barre era un economista que fue primer ministro desde 1976 a 1981 bajo la presidencia de Giscard D'Estaign quien le calificó como “le meilleur économiste de France” , fue vicepresidente de la Comisión Europea, alcalde de Lyon y candidato a la presidencia en dos ocasiones.
Barre era un profesional de la economía y de la política, abierto a Estados Unidos y Japón y empeñado en la ampliación de la Unión Europea que hoy agrupa a 27 países, muy distintos pero con trazos culturales y de civilización parecidos, que ejercen un gran poder de persuasión en el mundo.
Gaston Thorn fue primer ministro del pequeño ducado de Luxemburgo entre 1974 y 1979. Formó parte de la resistencia contra la ocupación nazi y en su periodo como presidente de la Comisión Europea puso los pilares para abrir nuevas vías de integración, en su día, de Grecia, España y Portugal.
Dos personajes que pensaban localmente y actuaban mundialmente, antes de que llegara la globalización. Dos políticos preparados, humanizados, que desde sus posiciones democristianas pensaban que el multiculturalismo invocado por tantos no equivale a un relativismo de valores.
Escribía Jorge Semprún hace un año en El País que Europa no fue un invento de izquierdas, sino de los grupos democristianos, que convirtieron Alemania y Francia en el gran motor de un proyecto supranacional que hizo de la democracia uno de sus pilares esenciales.
Me permito añadir que también la socialdemocracia, desde Paul-Henri Spaak hasta Helmut Schmidt pasando por Jacques Delors, François Mitterrand y Felipe González contribuyeron de forma principal en la inesperada genialidad de convertir un continente zurcido de guerras y conflictos históricos en un gran espacio de convivencia y prosperidad a pesar de las naturales convulsiones del último medio siglo.
Como dice Mark Leonard en su poco divulgado libro “Por qué Europa liderará el siglo XXI”, la genialidad de la generación de los Monnet, Schuman, De Gasperi ... consistió en desarrollar una mano invisible europea que propiciase el nacimiento de una sociedad ordenada, a partir del interés nacional de cada país.
A los europeístas de conveniencia que invocan Europa como coartada para saltarse directamente el estado al que pertenecen, para lo bueno y para lo malo, les invitaría a que se fijaran en las biografías de estos dos europeístas, muy francés Barre y muy luxemburgués Thorn, para que tomaran nota de que Europa no es un supuesto táctico o estratégico sino un convencimiento para construir una sociedad más justa, más libre, más decente, en la que todos nos podamos sentir cómodos.
Pienso en el europeismo carolingio de fuertes raíces históricas de Jordi Pujol y en el más universalista de Pasqual Maragall que en estos tiempos propone soluciones valientes que rompan los estereotipos de las visiones desde lo alto del campanario.
Barre ha recibido los honores de Sarkozy que lo ha calificado como un “espíritu libre e independiente”. Su experiencia internacional y la suavidad de sus puntos de vista, ha dicho el acelerado presidente de Francia, le convirtieron en una personalidad única entre los actores políticos del país.
Raymond Barre era un economista que fue primer ministro desde 1976 a 1981 bajo la presidencia de Giscard D'Estaign quien le calificó como “le meilleur économiste de France” , fue vicepresidente de la Comisión Europea, alcalde de Lyon y candidato a la presidencia en dos ocasiones.
Barre era un profesional de la economía y de la política, abierto a Estados Unidos y Japón y empeñado en la ampliación de la Unión Europea que hoy agrupa a 27 países, muy distintos pero con trazos culturales y de civilización parecidos, que ejercen un gran poder de persuasión en el mundo.
Gaston Thorn fue primer ministro del pequeño ducado de Luxemburgo entre 1974 y 1979. Formó parte de la resistencia contra la ocupación nazi y en su periodo como presidente de la Comisión Europea puso los pilares para abrir nuevas vías de integración, en su día, de Grecia, España y Portugal.
Dos personajes que pensaban localmente y actuaban mundialmente, antes de que llegara la globalización. Dos políticos preparados, humanizados, que desde sus posiciones democristianas pensaban que el multiculturalismo invocado por tantos no equivale a un relativismo de valores.
miércoles, agosto 22, 2007
Quién manda en el mundo
En el exhaustivo recorrido por la antigüedad greco romana (El Mundo Clásico, Crítica), Robin Lane Fox evoca la epopeya de Grecia y Roma, desde Homero hasta Adriano, manteniendo tres constantes que marcan el auge y la caída de los pueblos y sociedades mediterráneas hasta el siglo segundo.
Habla de la libertad, la justicia y el lujo. Un lujo que cabría equiparar en nuestros tiempos a la prosperidad, al bienestar y a la administración generosa de los patrimonios que acostumbraban a estar en manos de unos pocos que los lucían ostensivamente.
Siempre que se rompía el equilibrio entre estas tres variantes de la libertad, la justicia y el lujo se entraba en períodos de turbulencias cambiando gobernantes, emperadores y clases dirigentes. El río baja siempre igual pero el agua nunca es la misma, decía Heráclito, mientras que Parménides negaba el movimiento afirmando que la realidad es una, estable y permanente.
Viajando por cualquier orilla del Mediterráneo se observa el gigantesco drama de lo transitorio, de la destrucción, de la caída de grandes imperios que sólo han perdurado petrificados en edificios medio derruídos.
Una mirada a los estratos de civilizaciones sepultadas en el Mediterráneo me ha trasladado a nuestros días de prosperidad en los que parece que no habrá más crisis y que la superioridad militar, económica y tecnológica de Occidente controlará el mundo sirviendo a los intereses de las sociedades democráticas y avanzadas.
Podemos estar ante un punto de inflexión, ante un cambio muy profundo, que no se producirá en un fin de semana pero que nos puede sorprender dentro de unos años cuando se compruebe que la libertad, la justicia y la prosperidad no son iguales para todos.
Un mundo en el que el derecho no regula las actividades de los ciudadanos que actuan globalmente y en el que se toman decisiones sin que nadie tenga que dar cuenta de ellas. Una situación en la que la participación en el mercado sustituye a la participación en la política y en el que el consumidor ocupa el lugar de la persona.
Dice el historiador Eric Hobsbawm, nonagenario, que la baja calidad intelectual de los políticos democráticos está bastante generalizada y la retórica de los hombres y mujeres públicos se desvirtúa ante la confrontación de los dos elementos del actual proceso de política democrática que han adquirido un carácter progresivamente más central: el papel de los medios de comunicación modernos y la expresión de la opinión pública a través de la acción directa de ciudadanos globales.
En un mundo cada vez más globalizado y transnacional, los gobiernos nacionales conviven con fuerzas que ejercen cuando menos el mismo impacto que ellos en la vida cotidiana de sus ciudadanos, pero que se encuentran, en distintos grados, fuera de su control.
El mercado, cuando se mueve exclusivamente en los parámetros del éxito y de los beneficios, olvidándose de la libertad y la justicia, no es un complemento a la democracia liberal sino una alternativa paralela que actúa sin rendir cuentas a nadie y que, consecuentemente, acaba sustituyendo a la política que es la que debe administrar los intereses comunes.
La acción política es importante pero con frecuencia está sometida a decisiones que se toman en lugares remotos, por personajes anónimos y designados por consejos de administración, que no tienen en cuenta el bien común sino su ánimo de lucro.
Pienso que hay que devolver a la política su dimensión de centralidad para administrar los intereses contrapuestos de las personas. La finalidad no es otra que construir una sociedad más justa y más libre. Más democrática. Espero que lleguemos a tiempo.
Habla de la libertad, la justicia y el lujo. Un lujo que cabría equiparar en nuestros tiempos a la prosperidad, al bienestar y a la administración generosa de los patrimonios que acostumbraban a estar en manos de unos pocos que los lucían ostensivamente.
Siempre que se rompía el equilibrio entre estas tres variantes de la libertad, la justicia y el lujo se entraba en períodos de turbulencias cambiando gobernantes, emperadores y clases dirigentes. El río baja siempre igual pero el agua nunca es la misma, decía Heráclito, mientras que Parménides negaba el movimiento afirmando que la realidad es una, estable y permanente.
Viajando por cualquier orilla del Mediterráneo se observa el gigantesco drama de lo transitorio, de la destrucción, de la caída de grandes imperios que sólo han perdurado petrificados en edificios medio derruídos.
Una mirada a los estratos de civilizaciones sepultadas en el Mediterráneo me ha trasladado a nuestros días de prosperidad en los que parece que no habrá más crisis y que la superioridad militar, económica y tecnológica de Occidente controlará el mundo sirviendo a los intereses de las sociedades democráticas y avanzadas.
Podemos estar ante un punto de inflexión, ante un cambio muy profundo, que no se producirá en un fin de semana pero que nos puede sorprender dentro de unos años cuando se compruebe que la libertad, la justicia y la prosperidad no son iguales para todos.
Un mundo en el que el derecho no regula las actividades de los ciudadanos que actuan globalmente y en el que se toman decisiones sin que nadie tenga que dar cuenta de ellas. Una situación en la que la participación en el mercado sustituye a la participación en la política y en el que el consumidor ocupa el lugar de la persona.
Dice el historiador Eric Hobsbawm, nonagenario, que la baja calidad intelectual de los políticos democráticos está bastante generalizada y la retórica de los hombres y mujeres públicos se desvirtúa ante la confrontación de los dos elementos del actual proceso de política democrática que han adquirido un carácter progresivamente más central: el papel de los medios de comunicación modernos y la expresión de la opinión pública a través de la acción directa de ciudadanos globales.
En un mundo cada vez más globalizado y transnacional, los gobiernos nacionales conviven con fuerzas que ejercen cuando menos el mismo impacto que ellos en la vida cotidiana de sus ciudadanos, pero que se encuentran, en distintos grados, fuera de su control.
El mercado, cuando se mueve exclusivamente en los parámetros del éxito y de los beneficios, olvidándose de la libertad y la justicia, no es un complemento a la democracia liberal sino una alternativa paralela que actúa sin rendir cuentas a nadie y que, consecuentemente, acaba sustituyendo a la política que es la que debe administrar los intereses comunes.
La acción política es importante pero con frecuencia está sometida a decisiones que se toman en lugares remotos, por personajes anónimos y designados por consejos de administración, que no tienen en cuenta el bien común sino su ánimo de lucro.
Pienso que hay que devolver a la política su dimensión de centralidad para administrar los intereses contrapuestos de las personas. La finalidad no es otra que construir una sociedad más justa y más libre. Más democrática. Espero que lleguemos a tiempo.
lunes, agosto 20, 2007
Periodistas legendarios
La muerte de Lord Deedes, a los 94 años, cuando en el umbral de la muerte estaba escribiendo su último artículo desde el lecho, ha merecido fugaces referencias en nuestra prensa. Bill Deedes era un gran desconocido para los miles de periodistas que fabricamos con los parámetros de los nuevos tiempos el llamado régimen de la opinión pública.
Deedes era una leyenda en el periodismo británico. Fue corresponsal de guerra, ministro en el gobierno Macmillan, director del gran diario conservador “The Daily Telegraph”, pero, por encima de todo, era un personaje educado, leído, irónico y viajado. Trataba a los más recién incorporados jóvenes periodistas de “my lord” y escribía deliciosas frases para criticar a los conservadores como una que le hizo famoso cuando afirmó que “los tories deberían subirse los pantalones”.
Le ví en alguna ocasión tomándose una pinta de cerveza en el pub King and Keys que estaba al lado del magestuoso edificio que el Telegraph tenía en Fleet Street. Era mayor. Pero nunca fue viejo. Su figura me evocaba la de William Rees-Mogg, que fue director del The Times, cuando Rupert Murdoch no había salido de Australia. Le sigo leyendo cada lunes.
O la de Indro Montanelli, sarcástico y lúcido, que tenía a los lectores de su parte aunque a veces no a los propietarios de los medios en los que escribía o dirigía. Se enfrentó con Berlusconi. Perdió pero siguió siendo un periodista de referencia.
Personajes con criterio propio, no siempre coincidente con la corrección política tan al uso en todos los tiempos y en todos los países.
Pienso que el periodismo es una de las profesiones que mejoran con el tiempo, la experiencia, la capacidad de relacionar y la de entender el mundo desde el privilegio de haber transitado por la historia sin mancharse el vestido, contrastando puntos de vista y sabiendo rectificar posiciones cuando la evidencia de los hechos así lo aconseja.
Una profesión que no crea noticias sino que las cuenta. Pienso en el admirado Carlos Sentís o en mi amigo del alma, Jaime Arias. También en Carlos Nadal o José Casán Herrera, el “gran Casán”, que junto a los desaparecidos Santiago Nadal o Lorenzo Gomis fueron mis maestros en mi diario hace ya unos cuantos años.
Periodistas abiertos a todos los puntos de vista pero de ninguna manera indiferentes a las actitudes de los que producen las noticias.
Lord Deedes fue protagonista inesperado de una de las novelas más agudas sobre el periodismo. La escribió Evelyn Waugh inspirándose en un periodista de 22 años que llegaba a Abisinia para cubrir por el Morning Post la inminente invasión de Mussolini en 1935.
La novela, “Scoop”, se tradujo al castellano como Noticia Bomba. Deedes era un novato y llegó a Addis Abebba con un equipaje que pesaba casi 300 kilos. Waugh se aburría cubriendo el mismo conflicto para el Daily Mail y quedó admirado por el cofre y las maletas del recién llegado.
Y escribió la novela que evidencia la fragilidad de nuestra profesión, empujada por las prisas y el desorden. El protagonista, supuestamente Deedes, triunfa con fantasías. Relata grandes batallas inexistentes que los que cubren la guerra de verdad no conocen recibiendo reprimendas desde las redacciones de Londres.
Al final, todo el cuerpo de prensa se traslada allí donde no pasa nada, un villorrio donde reina la más absoluta paz. Sus colegas narran también enfrentamientos sanguinarios y la guerra auténtica se desplaza allí donde decían los periodistas que se libraba. Una guerra mediática, virtual, basada en verdades construidas sobre mentiras o medias verdades. Se podría decir que no hemos prosperado demasiado.
Deedes era una leyenda en el periodismo británico. Fue corresponsal de guerra, ministro en el gobierno Macmillan, director del gran diario conservador “The Daily Telegraph”, pero, por encima de todo, era un personaje educado, leído, irónico y viajado. Trataba a los más recién incorporados jóvenes periodistas de “my lord” y escribía deliciosas frases para criticar a los conservadores como una que le hizo famoso cuando afirmó que “los tories deberían subirse los pantalones”.
Le ví en alguna ocasión tomándose una pinta de cerveza en el pub King and Keys que estaba al lado del magestuoso edificio que el Telegraph tenía en Fleet Street. Era mayor. Pero nunca fue viejo. Su figura me evocaba la de William Rees-Mogg, que fue director del The Times, cuando Rupert Murdoch no había salido de Australia. Le sigo leyendo cada lunes.
O la de Indro Montanelli, sarcástico y lúcido, que tenía a los lectores de su parte aunque a veces no a los propietarios de los medios en los que escribía o dirigía. Se enfrentó con Berlusconi. Perdió pero siguió siendo un periodista de referencia.
Personajes con criterio propio, no siempre coincidente con la corrección política tan al uso en todos los tiempos y en todos los países.
Pienso que el periodismo es una de las profesiones que mejoran con el tiempo, la experiencia, la capacidad de relacionar y la de entender el mundo desde el privilegio de haber transitado por la historia sin mancharse el vestido, contrastando puntos de vista y sabiendo rectificar posiciones cuando la evidencia de los hechos así lo aconseja.
Una profesión que no crea noticias sino que las cuenta. Pienso en el admirado Carlos Sentís o en mi amigo del alma, Jaime Arias. También en Carlos Nadal o José Casán Herrera, el “gran Casán”, que junto a los desaparecidos Santiago Nadal o Lorenzo Gomis fueron mis maestros en mi diario hace ya unos cuantos años.
Periodistas abiertos a todos los puntos de vista pero de ninguna manera indiferentes a las actitudes de los que producen las noticias.
Lord Deedes fue protagonista inesperado de una de las novelas más agudas sobre el periodismo. La escribió Evelyn Waugh inspirándose en un periodista de 22 años que llegaba a Abisinia para cubrir por el Morning Post la inminente invasión de Mussolini en 1935.
La novela, “Scoop”, se tradujo al castellano como Noticia Bomba. Deedes era un novato y llegó a Addis Abebba con un equipaje que pesaba casi 300 kilos. Waugh se aburría cubriendo el mismo conflicto para el Daily Mail y quedó admirado por el cofre y las maletas del recién llegado.
Y escribió la novela que evidencia la fragilidad de nuestra profesión, empujada por las prisas y el desorden. El protagonista, supuestamente Deedes, triunfa con fantasías. Relata grandes batallas inexistentes que los que cubren la guerra de verdad no conocen recibiendo reprimendas desde las redacciones de Londres.
Al final, todo el cuerpo de prensa se traslada allí donde no pasa nada, un villorrio donde reina la más absoluta paz. Sus colegas narran también enfrentamientos sanguinarios y la guerra auténtica se desplaza allí donde decían los periodistas que se libraba. Una guerra mediática, virtual, basada en verdades construidas sobre mentiras o medias verdades. Se podría decir que no hemos prosperado demasiado.
martes, agosto 14, 2007
El turismo perdido
Ningún viaje es demasiado largo y peligroso, si te devuelve a casa. Es la reflexión que se hace Ulises al volver de su expedición militar y turística por el Mediterráneo. El viajar era privilegio de los diplomáticos, los aventureros, las cortes itinerantes, los caballeros andantes, los colonizadores, los comerciantes, los perseguidos y los perseguidores, los periodistas y escritores.
El mundo era conocido por unos pocos que contaban sus experiencias oralmente o por escrito a los sedentarios cuyos horizontes terminaban en lo que hoy conoceríamos como los límites de la comarca o de la nación.
Ya no se viaja. Se hace turismo. Un turismo de masas que convierte a los aeropuertos en campos de concentración humana, colas impresionantes, maletas amontonadas y llenas de objetos superfluos, prisas y aglomeraciones. Las carreteras transportan millones y millones de gentes de un lugar a otro. Los trenes ruedan a velocidades superiores y los cruceros arrojan miles de turistas en los puertos más emblemáticos del recorrido masivo habitual.
El viajero no se moviliza por topofobia huyendo de cada lugar en vez de ir al encuentro de lo que busca. Viajar saboreando las cosas y las gentes que salen al paso, observarlas, entenderlas y valorarlas desde la perspectiva del otro, es todo lo contrario del turismo de masas que pone una cruz en París, Moscú o Roma con la idea de que alguna de estas ciudades históricas es ya conocida.
No me imagino esperando en puntos de salida atestados de personal a Joseph Conrad, a Goethe, a Kapuscinsky, a Kaplan o a Winston Churchill viajando por mundos desconocidos dejando piezas literarias que perduran en el tiempo. El viajar comporta hacerse una cierta idea de lo que se ve, descender a los detalles, fijarse en los hábitos de las gentes que uno se encuentra.
Leí hace años un relato de Josep Pla en un viaje que realizó en autobús desde Washington a Baltimore. Hice este trayecto en los ochenta y no podía creer cómo el escritor empurdanés llegara a describir con tanta precisión, con tantos adjetivos exactos, con los colores y los olores que perduran.
Viajar no pide prisas. Hacer turismo es una experiencia precipitada y más o menos caótica con la preocupación de no perder las maletas, encontrar el hotel previsto y visitar los lugares previstos en las guías. El turista no llega sino que huye hasta regresar al lugar de partida.
Si se ha socializado la información, si la globalización ha acortado el espacio y el tiempo, si lo que ocurre en cualquier lugar del planeta se nos entrega en directo por cualquiera de los soportes que nos bombardean de noticias, es lógico que los humanos nos hayamos puesto en marcha por el simple placer de trasladarnos de un lugar a otro.
Los bajos costes y la expansión de la industria hotelera en entornos plácidos y pacíficos facilitan este formidable trasiego de hombres y mujeres de todos los países con una capacidad adquisitiva media. El turismo masificado es una revolución que era impensable hace sólo treinta años.
Es un fenómeno extraordinariamente positivo que nos pone al alcance las maravillas de los más apartados lugares del mundo. La revolución digital ha permitido que se deje constancia gráfica de lo que se ha visto. Se fotografía todo y en todas partes. En unos segundos las imágenes pueden estar en poder de los que se han quedado o en una web para que las puedan ver cuantos quieran.
El problema es si el turismo multitudinario es simplemente la consecuencia de una sociedad opulenta que construye crisis absurdas en los aeropuertos y carreteras o es más bien una oportunidad para conocer a otras tierras y culturas
El mundo era conocido por unos pocos que contaban sus experiencias oralmente o por escrito a los sedentarios cuyos horizontes terminaban en lo que hoy conoceríamos como los límites de la comarca o de la nación.
Ya no se viaja. Se hace turismo. Un turismo de masas que convierte a los aeropuertos en campos de concentración humana, colas impresionantes, maletas amontonadas y llenas de objetos superfluos, prisas y aglomeraciones. Las carreteras transportan millones y millones de gentes de un lugar a otro. Los trenes ruedan a velocidades superiores y los cruceros arrojan miles de turistas en los puertos más emblemáticos del recorrido masivo habitual.
El viajero no se moviliza por topofobia huyendo de cada lugar en vez de ir al encuentro de lo que busca. Viajar saboreando las cosas y las gentes que salen al paso, observarlas, entenderlas y valorarlas desde la perspectiva del otro, es todo lo contrario del turismo de masas que pone una cruz en París, Moscú o Roma con la idea de que alguna de estas ciudades históricas es ya conocida.
No me imagino esperando en puntos de salida atestados de personal a Joseph Conrad, a Goethe, a Kapuscinsky, a Kaplan o a Winston Churchill viajando por mundos desconocidos dejando piezas literarias que perduran en el tiempo. El viajar comporta hacerse una cierta idea de lo que se ve, descender a los detalles, fijarse en los hábitos de las gentes que uno se encuentra.
Leí hace años un relato de Josep Pla en un viaje que realizó en autobús desde Washington a Baltimore. Hice este trayecto en los ochenta y no podía creer cómo el escritor empurdanés llegara a describir con tanta precisión, con tantos adjetivos exactos, con los colores y los olores que perduran.
Viajar no pide prisas. Hacer turismo es una experiencia precipitada y más o menos caótica con la preocupación de no perder las maletas, encontrar el hotel previsto y visitar los lugares previstos en las guías. El turista no llega sino que huye hasta regresar al lugar de partida.
Si se ha socializado la información, si la globalización ha acortado el espacio y el tiempo, si lo que ocurre en cualquier lugar del planeta se nos entrega en directo por cualquiera de los soportes que nos bombardean de noticias, es lógico que los humanos nos hayamos puesto en marcha por el simple placer de trasladarnos de un lugar a otro.
Los bajos costes y la expansión de la industria hotelera en entornos plácidos y pacíficos facilitan este formidable trasiego de hombres y mujeres de todos los países con una capacidad adquisitiva media. El turismo masificado es una revolución que era impensable hace sólo treinta años.
Es un fenómeno extraordinariamente positivo que nos pone al alcance las maravillas de los más apartados lugares del mundo. La revolución digital ha permitido que se deje constancia gráfica de lo que se ha visto. Se fotografía todo y en todas partes. En unos segundos las imágenes pueden estar en poder de los que se han quedado o en una web para que las puedan ver cuantos quieran.
El problema es si el turismo multitudinario es simplemente la consecuencia de una sociedad opulenta que construye crisis absurdas en los aeropuertos y carreteras o es más bien una oportunidad para conocer a otras tierras y culturas
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