miércoles, julio 26, 2006

Historiadores y políticos

Hace ya mucho tiempo leí unos cuantos libros sobre la guerra civil española y los acontecimientos históricos que la precedieron. Recuerdo la de Hugh Thomas que tuvo un gran impacto entre quienes buscábamos una explicación de cuanto había ocurrido desde la distancia y el apartidismo.

También leí los tres tomos de una biografía de Cambó, libro de Jesús Pabón, muy recomendable todavía hoy, y los "Tres días de julio" de Luís Romero, un recuento exhaustivo y documentado sobre lo que ocurrió en los tres primeros fatídicos días en numerosas ciudades españolas, en las que triunfó el alzamiento y en las que fueron fieles a la República.

Como aficionado a la historia he leído también a Jaume Vicens Vives, a Pierre Vilar, Paul Preston, muchas memorias de los principales actores del conflicto, la de Carles Pi Sunyer, la excelente biografía del general Batet de Hilari Raguer, Stanley Payne, Albert Manent, Solé Sabaté, las reflexiones de Azaña, Borja de Riquer, Josep Fontana, Josep Termes, Santos Julià y una larga lista de títulos, desde posiciones bien diversas, que ocupan muchas estanterías de mi casa.

El último ha sido la guerra civil española de Anthony Beavor, un trabajo excelente y puesto al día. Me atrevo a decir que tengo una cierta idea, incompleta por supuesto, de lo que ocurrió.

Me acuerdo también de la influencia que ejercieron las lecturas de tres ensayos históricos sobre España de Salvador de Madariaga, Américo Castro y Sánchez Albornoz, los tres en el bando perdedor, los dos últimos enfrentados dialécticamente hasta que dejaron el mundo de los vivos.

En una entrevista con Sánchez Albornoz en su residencia de Buenos Aires, anciano ya, me dijo que “la flor de la guerra civil es infecunda”.

La historia es lo que fue y no lo que se quiere que hubiera sido. Y este veredicto, en permanente revisión, está en manos de los historiadores que manejan fuentes y datos hasta ahora desconocidos.

En ningún caso un gobierno puede atribuirse esta facultad porque se corre el riesgo de que se borren figuras importantes, como comprobó dramáticamente Trotsky que fue asesinado por encargo por un catalán en México, después de que Stalin lo borrara previamente de todas las enciclopedias y sus fotografías desaparecieran.

Mañana el gobierno Zapatero va a aprobar un proyecto de ley sobre la memoria histórica. Déjenlo para los historiadores. Hay tantas memorias. Les invito a que lean a Santos Julià en la Revista de Occidente. Dice que imponer una memoria histórica es propio de regímenes totalitarios. Coincido.

lunes, julio 24, 2006

Internet, verdades y realidades

Estábamos el otro día discutiendo en una mesa redonda presidida por Carles Duarte sobre el periodismo en la era digital. Los cambios se están imponiendo desde abajo; las empresas y el periodismo hemos perdido el monopolio de la información. El mundo viaja en círculos superpuestos, horizontales y no verticales, que imponen a las clases dirigentes lo que hay que hacer en cada momento.

El populismo no se encuentra solamente en las repúblicas sudamericanas, proclives a buscar soluciones de emergencia recurriendo a líderes carismáticos, caudillos o autócratas que en nombre de la estabilidad se saltan las leyes que protegen los intereses de los más débiles o los más poderosos.

En la mesa redonda estaba Vicent Partal, pionero en internet en este país; Màrius Serra, filólogo sapientísimo, y Mercè Molist, especializada también en internet.

En el momento del debate con el público se me ocurrió introducir, sin ninguna intencionalidad y sin ánimo alguno de polémica, un elemento que en el periodismo de todos los tiempos, también en el de la era digital, había que tener en cuenta. Dije que el periodista había de buscar la verdad, aquello que se pierde primero cuando una guerra arrincona la razón y el único lenguaje es la fuerza.

La mesa se sobresaltó como si hubiera tocado un tema políticamente incorrecto. Partal respondió enseguida que hay muchas verdades y que nadie puede atribuirse la única y verdadera. Son las verdades las que tienen que convivir sin aplastarse entre sí. Es un argumento vigente que no me siento preparado para combatir. Porque no soy filósofo y ni siquiera intelectual. Escribo artículos sobre cualquier tema con la convicción de que muchos de ustedes que me leen saben mucho más que yo de lo que estoy hablando.

Màrius Serra hizo varias piruetas verbales, magistrales como siempre, y aconsejó que en el punto en el que podíamos confluir es hablar de realidades. El mundo se mueve en los parámetros de las realidades y no en el de las verdades. No me acuerdo de lo que dijo Mercè Molist, pero el debate prosiguió animado sobre si la verdad existe o no existe.

La misma composición de la mesa indicaba que había introducido una cuestión, como ocurre en la mayoría de tertulias, ese arte tan hispano y tan superficial, de la que nos atrevíamos a opinar sin complejos por el hecho de tener una audiencia que nos escucha. Lo importante no es conocer un tema desde el punto de vista académico o intelectual, sino decir lo que a uno se le ocurre sobre la marcha. Especialmente los periodistas, muchos de los cuales somos expertos en generalidades y hablamos de todo a todas horas.

Si a alguien se le ocurre hablar de la verdad, aunque sea sólo la suya, corre el riesgo de que le tilden de prepotente. Si en el periodismo es imposible saltarse lo políticamente correcto, en política es absolutamente imprescindible, porque se trata de vender las verdades que están en circulación. No hay que decir lo que uno piensa, sino lo que piensa la mayoría. Así se ganan las elecciones y así se gobierna. Así es la democracia, el menos malo de los sistemas de gobierno.

Pero se corre el riesgo de entrar en el terreno de las verdades concurrentes cuando lo que está en juego es el miedo a que cada uno someta sus convicciones a la aprobación de la mayoría. Entiendo que en este contexto cabría enmarcar la falta de liderazgo en el Occidente democrático. No hay líderes porque hay sequedad de ideas propias y convincentes. La idea de verdad ha sido eliminada y sustituida por la de progreso. El progreso mismo es la verdad. Sí y no. Y depende. Me quedo con Dostoievsky cuando, en "Los hermanos Karamazov", pone en boca de un personaje: “Todo pasa, lo único que perdura es la verdad".

domingo, julio 23, 2006

La guerra y el odio

Cada guerra que se gana viene a corroborar la idea de que la guerra terminará con el problema y terminará también con todas las guerras. Se decía de la Gran Guerra de 1914, aquella que fue producto de una crisis de moral de civilización, un fallo de la razón moral en una cultura que había legado al mundo la idea misma de la razón moral. Y esa crisis de la razón moral condujo a la crisis de una moral de civilización que aún está presente en nuestros días.

La guerra es una confesión de fracaso, la señal de que, habiendo agotado todas las vías políticas sólo queda el recurso a la fuerzsa bruta. Cuando hablan las armas, se acaban los discursos. Y la política, en lo esencial, está hecha de discuros, de conversaciones de la búsqueda de compromisos y consensos.

Nada de esto ocurre entre Israel y sus enemigos. Cuando un a guerra se empieza se pone en marcha la irracionalidad, al margen de las razones. Solón, el gran sabio de Grecia, decía que no "te imagines nunca ser el más afortunado antes del último segundo de la última hora de tus últimos días. que nadie se crea inmunizado contra las sorpresas desagradables. Todo éxito es provisional. El insensato que se toma por Dios es más débil que los más débiles.

La paz no llegará pronto porque el odio se ha osificado en las mentes de todos. Decía Goethe que la humanidad siempre seguirá oscilando de un extremo a otro y una de sus partes sufrirá mientras a la otra le irá bien, el egoísmo y la violencia seguirán campando a su anchas como demonios malignos y la lucha de los partidos no tendrá fin.

Las guerras las ganan quienes finalmente tienen razón. Aunque pierdan. Aunque sean humillados y aparentemente destruidos.

Al margen de la violencia, de la sangre, de la muerte que se ha apoderado del sur de Líbano siempre queda pendiente la misma cuestión: ¿están dispuestos a tolerarse, a vivir en paz, a comprenderse, los israelíes y los palestinos, musulmanes o árabes?

Cada vez que muere un solo hombre, mujer o niño, se aleja en el horizonte esta posibilidad. La guerra, en el fondo, no es otra cosa que sustituir la tolerancia por el odio. Es lo que abunda en estos tiempos en la vieja tierra de Oriente Medio. La tierra de Abraham, de Jacob, de Averroes, de David, de Suleimán, de los cruzados, de los otomanos, de los franceses, de los británicos... Es una guerra interminable porque no se quiere aceptar al otro. Así de simple.

jueves, julio 20, 2006

Zapatero y el pañuelo palestino

Los españoles inventamos poco. Miguel de Unamuno lo resumió en un famoso artículo publicado en 1913 en el que afirmaba la célebre frase de "que inventen ellos", refiriéndose a la sequedad creativa española a comienzos del siglo pasado en comparación con el resto de Europa.

Manuel Azaña, preso en un barco fondeado en el puerto de Barcelona en 1934 al ser acusado de inspirar el golpe de Lluís Companys a la República, escribió que "no entro en averiguaciones, pero es manifiesto que en política los españoles inventamos poco".

El invento del Movimiento Nacional que pretendía dar cobertura jurídica a la dictadura franquista acabó con la muerte en la cama del general. Y con los representantes del Movimiento Nacional aplaudiendo fervorosamente en su entierro en las Cortes.

La transición, sin embargo, fue un gran invento que se llegó a poner como ejemplo de cómo pasar de una dictadura a un sistema democrático. Pero el estado de las autonomías, el café para todos de Clavero Arévalo y Adolfo Suárez, no fue un gran invento.

Lo que tiene éxito en el universo democrático es un estado centralizado o un estado federal. El sistema de las autonomías no es homologable en Europa. Pero en este caso ha funcionado durante más de un cuarto de siglo y con bastante éxito. Pero el hecho de que se revisen ahora prácticamente todos los estatutos es una prueba que la patente sólo serviría para una generación.

Ahora asistimos con cierto asombro a lo que se podría calificar como los inventos de Zapatero. Me voy a centrar en la política exterior desarrollada en los casi tres últimos años. Es tan original Zapatero, tan seguro de sus principios y convicciones, que ha conseguido crear relaciones muy tensas con Estados Unidos, el Vaticano e Israel.

El pañuelo palestino que colgaba en el cuello de Zapatero ayer hace presumir varias cosas:

La primera es que no ha viajado ni ha leído mucho.

La segunda es que no sabe con quién se juega los cuartos.

La tercera es que los aliados de España tampoco están en Europa. Felicitó a Schröder por pensar que había ganado las elecciones y ahora se las tiene que ver con Ángela Merkel que es la canciller. No ha establecido relaciones fluidas con Blair. Con la Francia de Chirac, agotada y perdida, mejor no fomentar alianzas. Italia está partida y Prodi tiene muchos problemas en el interior hasta que pueda construir la telaraña de alianzas en Europa y el mundo.

La cuarta es que Chaves y Morales, en Venezuela y Bolívia, han cultivado el populismo que es un peligro para las libertades de todos. Los dos caudillos han visitado Madrid, se han abrazado con Zapatero, y han exhibido su alianza con España con la sombra de Fidel Castro al fondo.

Es el cuadro de la política exterior española en estos momentos. Estoy simplificando mucho pero Zapatero ni siquiera es un socialdemócrata a la usanza europea. Es un radical que pretende ser una referencia en el mundo. Un nuevo invento que no dará resultados positivos para los españoles. Al tiempo.

miércoles, julio 19, 2006

Hombre mata a hombre

Las víctimas inocentes no pueden culpar a nadie. Han muerto. Es tan muerto un muerto por la democracia, la dictadura, el terrorismo, los fanatismos de cualquier escudería. Todos son víctimas de la violencia humana. Me decía el otro día un antropólogo que el hombre es el único ser que ataca a su semejante. Es una evidencia.

Leo una historia de la ciudad de Kufa, un centro histórico de la vieja Mesopotamia, que visité en un par de ocasiones durante la guerra entre Iraq e Irán al final de los ochenta. Regresaba de Babilonia y pasé también por Kerala.

La crónica dice lo siguiente: " al menos 60 personas murieron y más de un centenar resultaron heridas en un atentado suicida con coche bomba en la ciudad chií de Kufa. El autor aparcó su furgoneta en la esquina de un popular mercado, muy cerca de la entrada de una mezquita, y comenzó a ofrecer trabajo a los que estaban por allí. Una vez repleto el vehículo de personas, el suicida lo hizo estallar."

No sé si el suicida era chií, sunita, kurdo o extranjero. Tampoco sé si se inmolaba en nombre de Al Qaeda, de los partidarios de uno u otro bando, si era una de los centenares de hombres y mujeres que se han suicidado matando. Un ser humano que comete esta barbaridad es un asesino de inocentes. Es una persona que lleva el mal dentro, seguramente pensando que hace un gran bien. Cuánto mal se ha cometido en el mundo por los que se creían o nos podemos creer buenos.

Me da igual que sea contra la indeseada presencia de soldados americanos y británicos en Iraq. Esta actitud es repugnante. No es que sea la "condición humana". Es algo más. Es que el mal circula con impunidad en el ancho mundo. En Oriente lo vemos actuar en nombre de la seguridad, de un estado, de una memoria o de una ideología.

Puedo comprender la situación desesperada de un suicida que toma una decisión tan definitiva. Lo que no es aceptable es que sea una persona la que matando a muchos, cuantos más mejor, se inmola. No hay causa que lo justifique. No forma parte de nuestra cultura ni nuestra civilización.

lunes, julio 17, 2006

70 años del 18 de julio

No son lo mismo los valores republicanos que los valores de la II República española que hoy hace setenta años recibió un golpe de muerte que dió paso a la guerra civil y a una dictadura de casi cuarenta años.

Siempre me ha impresionado el final de la pequeña obra “ Velada de Benicarló”, escrita por el presidente Manuel Azaña que resume su pensamiento cuando la guerra estaba ya perdida, con las palabras de “paz, piedad, perdón”.

Olvidar la historia, decía Edmund Burke, en sus reflexiones sobre la Revolución Francesa, es abrir la puerta al disparate. Y es famosa la reflexión de William Faulkner cuando decía que “el pasado nunca está muerto, ni siquiera está pasado. A Ernest Lluch le gustaba citar a Benedetto Croce cuando se refería a la historia como el pasado que no pasa.

Los valores de la II República española desembocaron en una tragedia de la que ninguna de las facciones que lucharon se salva con un mínimo de dignidad. Resumo un artículo del ex president Jordi Pujol en estas páginas hace unos días, que “en Catalunya todos fuimos verdugos y todos fuimos mártires. Como sociedad y, a menudo, en una misma familia”.

La revisión de la historia como instrumento político para arrojarla a la cara del adversario me parece una falta de honestidad intelectual. Viene ocurriendo en España con la aparición de una escuela revisionista, en la que se encuentran autores muy vendidos como Pio Moa y César Vidal, que afirman que la responsabilidad de la guerra fue exclusivamente de los republicanos que a partir de 1934, desde la revolución de Asturias y el golpe de Companys contra la República, se obligó a Franco a levantarse.

Me parece igualmente deshonesto el impulsar una ley de la memoria histórica que pretende arrancar desde 1939 obviando lo ocurrido desde 1931 y, si me apuran, desde 1923. Me parecería más adecuado una ley sobre la verdad histórica, con todas sus imprecisiones, como la que el presidente Nelson Mandela y el arzobispo anglicano Desmond Tutú impulsaron en Africa del Sur al poner fin al indecente “apartheid” de la minoría blanca sudafricana.

Recomiendo el estudio de la obra de Josep María Solé Sabaté sobre la historia de la República y la guerra civil con el tenebroso inventario de víctimas, de discursos ideológicos y de irracionalidad en los dos bandos.

Otro estudio completo, riguroso y muy trabajado sobre el terreno es el que acaba de publicar Albert Manent en “La guerra civil i la repressió del 1939 a 62 pobles del Camp de Tarragona”. Es hora de revisar nuestra memoria colectiva. Pero toda.

Albert Manent ha huido del sesgo ideológico, político y social. Se ha limitado a enumerar a todas las víctimas que cayeron en los tres años de la guerra en las comarcas tarraconenses y también a todos los que fueron condenados, ejecutados, encarcelados y juzgados por el ejército vencedor por la ley de Responsabilidades Políticas dictada por Franco en febrero de 1939. Están todos, con nombres y apellidos.

Que hubo represión después de 1939 es evidente y se puede documentar. Pero también la hubo en la España republicana donde miles de personas encontraron la muerte por el hecho de ser ricos, creyentes o de derechas.

En mayo de 1937 hubo en Barcelona una matanza de comunistas que no obedecían a Stalin sino a Trotski. Andreu Nin fue víctima de aquellas represalias entre comunistas. También recomiendo la “Historia de las dos Españas” de Santos Julià, en la que se pone de relieve que el conflicto no empezó en 1931 sino que venía incubándose desde el siglo antepasado. Memoria, sí. Pero basada en la verdad lo más objetivada posible.

domingo, julio 16, 2006

Irracionalidad, miedo y rabia

El miedo, la rabia y la irracionalidad han descendido de nuevo sobre las mentes de los que habitan la vasta región de Oriente Medio. Las macabras escenas no son nuevas. Han formado el paisaje humano de aquellas tierras desde hace siglos, mucho antes de que Flavio Josefo nos relatara en sus "Guerras judías" la destrucción de Jerusalén por parte del emperador Tito, el año 70 de nuestra era.

La fuerza ha ganado casi siempre a la razón. Lo nuevo en estas lamentables circunstancias es que la fuerza la tienen todos los contendientes. Y la información también. Y, lo que es más novedoso, también se acogen a la práctica democrática de celebrar elecciones.

Ha habido elecciones en Líbano, en Iraq y en Palestina. Sus gobiernos son democráticos desde el punto de vista formal. Pero no disponen de instituciones democráticas, de equilibrio de poderes, de respeto a la ley, de tener en cuenta los intereses contrapuestos de todos los ciudadanos. Carecen de una prensa libre.

Lo más inquietante de la situación, como señalaba Thomas Friedman el sábado, es que el radicalismo islámico ha aprendido que a través de las urnas se puede islamizar el mundo musulmán.

La diferencia entre las democracias de Israel, Líbano, Palestina e Iraq es que en los tres últimos países las discrepancias se purgan convenientemente, se aplastan si hace falta, se borran del mapa.

En 1991 se celebró la primera vuelta de las elecciones en Argelia. No hubo segunda vuelta porque los militares se dieron cuenta de que el Frente Islámico de Salvación (FIS) las ganaría cómodamente. No hubo democracia por el temor a que un partido radical islámico que había causado muchas muertes pudiera alcanzar el poder.

Así parecía también en Palestina donde finalmente ganó Hamás. En Líbano, Hizbulá consiguió representación parlamentaria y entró en el gobierno frágil que ahora es golpeado por Israel. En Iraq, la gran mayoría de ciudadanos acudieron a las urnas a pesar de la inseguridad y las amenazas de los radicales. Salió un gobierno democrático, representativo, pero que es incapaz de imponer un mínimo de orden en el país.

Irán también es democrático si se entiende por ello que los ciudadanos son convocados a las urnas. Ganó la facción más radical, la heredera de la revolución islámica de 1979, y el primer ministro está prosiguiendo con su enriquecimiento de uranio para obtener eventualmente la bomba nuclear y, además, dice abiertamente que Israel no tiene derecho a existir y que hay que borrarlo del mapa.

En Egipto hay elecciones pero no hay libertad. Lo mismo ocurre en otros países, reinos y emiratos de la región donde una minoría, normalmente muy acaudalada, mantiene la ficción de que son democracias cuando, a lo más, son dictaduras o autocracias.

La batalla se libra en el interior del mundo árabe. Los que son elegidos democráticamente, como era el caso de Al Fatah, son un nido de corrupción y los que consiguen el poder desde una trayectoria violenta, utilizan el terror para conseguir sus objetivos.

No es el presidente palestino el que incita a atacar Israel. Tampoco el presidente iraquí es el que impulsa las luchas fratricidas en un país que salía de una larga dictadura. En Líbano, los ministros de Hizbulá son minoritarios, pero no tienen inconveniente en utilizar la fuerza para atacar a Israel o a la disidencia interna. En Irán hay muchos ciudadanos que no comparten la ideología radical del régimen.

El problema en esos países es que no hay clase media acomodada, no hay educación, los mullahs y los clérigos dictan las reglas de la política y, al final, las crisis se suceden de forma continua. Se confunde la legitimidad de un gobierno con la facultad de las facciones que forman parte de esos gobiernos para hacer política de partido.

Lo más inquetante es que todos disponen de información, de armas, de estrategias que se sobreponen unas a otras. Cada uno utiliza estos instrumentos para defender las causas de sus ideas particulares y no los intereses de la nación en general.

La crisis está en el mundo musulmán, con una Liga Árabe que se lava las manos de todas las crisis y con unos movimientos democráticamente elegidos para formar parte de los gobiernos que van por su cuenta.

Israel tiene la gran ventaja de que su democracia, hecha a medida de los ciudadanos de origen judío, tiene más contrapesos y está sujeta a la observación de todo el mundo porque se cuenta entre las democracias occidentales.

Estados Unidos y Europa han de reaccionar. No solamente para parar a Israel en esta guerra en la que siempre hay más víctimas de sus adversarios que suyas propias, sino para hacer cumplir los mínimos requisitos de orden democrático. No de una democracia descontrolada por sus propios protagonistas.

Mientras eso no ocurra nos espera un verano muy sangriento.

jueves, julio 13, 2006

Recuerdos de Beirut

Hablo a primeras horas de la mañana con mi colega y amigo Tomás Alcoverro. Vive en Beirut desde hace más de treinta años. Es el más veterano corresponsal en aquellas convulsas tierras orientales. Le pregunto cómo está, si su vida corre peligro, qué significa esta nueva ofensiva israelí sobre Líbano.

Alcoverro es inefable, único, en la historia del periodismo de los últimos tiempos. Ha conocido y observado todos los conflictos de Oriente desde el año 1970. Observa los hechos con la distancia que aporta sabiduría a quien ha visto tanto sufrimiento, tanta irracionalidad, tanto desastre en unas tierras que no viven en paz, en la que la libertad occidental es inconcebible, pero son lo que son.

Tomás es un hombre de matices, una riqueza impropia en una zona del mundo en el que los claroscuros no existen. Todo es blanco o negro. Fuerza o sumisión. Alcoverro vuelve a referirse al temor de la entrada de la noche beirutí.

Hace muchos años le visité en plena guerra civil libanesa. El aeropuerto estaba destruido y había que cruzar la aduana sobre escombros. Tomás me esperaba al fondo del aeropuerto de lo que un día fue la capital de la Suiza de Oiente. Vestía traje blanco, zapato marrones, un auténtico personaje de Thomas Mann de la Muerte en Venecia.

Desde el fondo gritó "rais, rais", jefe, jefe, y los aturdidos funcionarios del aeropuerto no me pidieron ni siquiera el pasaporte. Nos acercamos a un destartalado aparcamiento. Al coche de Alcoverro le faltaba una puerta trasera. Me dijo que era la forma más segura para que no le robaran el coche.

Nos dirigimos al centro de Beirut atravesando los campos de Sabra i Shatila que desprendían el humo de la destrucción causada por el ejército israelí que invadió Líbano en 1982 y que dirigía Ariel Sharon. Centenares de muertos fue el balance de aquella matanza. Tuvieron que transcurrir dieciocho años hasta que la invasión de Israel del sur de Líbano acabara en una retirada sin haber conseguido su objetivo.

Recordamos aquellas vivencias de guerra, aquellas incursiones en el fuego cruzado de Beirut para comprar una alfombra, de nuestro viaje accidentado al valle de la Bekaa para llegar finalmente a la hermosa ciudad de Balbek, con almuerzo en el vetusto hotel Palmira. Echamos una ojeada al libro de firmas en el que constaba la que Alfonso XIII estampó en los años veinte.

Alcoverro hacía esta mañana una distinción interesante entre el grupo Hezbollah, que tiene ministros en el gobierno de Beirut, y el Hamás palestino que está en el gobierno palestino. No son lo mismo. Aunque los dos practican la violencia indiscriminada. Uno en el interior de Israel y el otro en el norte de la Galilea. El gobierno de Jerusalén ha abierto un nuevo frente contra dos grupos, los dos en los gobiernos palestino y libanés, que no pueden hacer frente al poderoso ejército israelí pero que continuarán sus ataques terroristas o de insurgencia contra Israel.

Hay una novedad en la actual situación. Tanto Hamás como Hezbollah controlan canales de televisión que llegan a sus respectivas poblaciones pero que tienen una versión traducida al hebreo que puede ser sintonizada en el interior de Israel.

La batalla que se libra en Oriente, desde Indonesia a Palestina, no es entre ejércitos sino entre canales de información, entre ideas y entre odios. Los que se plantan ante Israel tienen un instrumento nuevo, el de la informaición y la propaganda que llega a todos los rincones de la región.

Soy muy partidario de la existencia del estado de Israel. Por razones históricas y humanitarias. Los judíos tenían derecho a un estado propio después de tantos siglos de persecución en toda Europa y después de la perversa experiencia del genocidio practicado por Hitler, por el Holocausto para destruir una raza, una cultura y una manera de ver las cosas, una manera de ser.

Pero como dice un judío notorio, lúcido, un judío que dice que no se puede dimitir de ser judío, la creación del estado de Israel en tierras ocupadas por otros durante siglos fue un error. Se trata de George Steiner que con cierta tristeza afirma que los judíos han pasado de ser un pueblo perseguido a un pueblo que para defenderse se convierte en verdugo.

El conflicto es endémico. Tiene tintes culturales, étnicos, religiosos entre dos civilizaciones que no encuentran un punto de acuerdo para convivir. Recuerdos de Beirut que escribo esta mañana de julio mientras pienso que la radicalidad y la fuerza no traerá la paz en la región.

Entiendo que los israelíes se defiendan asediados en una isla en medio de un inmenso océano de árabes que niegan la misma existencia del estado de Israel. No se trata únicamente de Hezbollah y de Hamás sino de estados importantes como Siria e Irán que desde la estructura política, militar e ideológica dicen explícita o implícitamente que Israel no tiene el derecho a existir.

Un error, un gran error, por parte de todos. Todo arranca de la guerra de los Seis Días de junio de 1967 en la que Moshe Dayan enarboló la bandera de David en lo alto del Templo de Jerusalén, mezquita musulmana hoy en día, asegurando que aquel estandarte permanecería para siempre en lo alto del pináculo del Templo.

Aquella brillante batalla militar se convirtió en una amarga victoria. Se ocuparon los territorios y no se dió una salida social, política y nacional a quienes no se consideran israelíes ni pueden serlo porque el Estado de Israel no los acepta.

Quiero finalmente hacer una distinción que me parece importante. Una cosa es la gran consideración, el afecto, que siento por el pueblo judío y otra muy distinta es la actuación de los gobiernos de Jerusalén que, como todos, cometen errores aunque sea por la digna causa de su defensa como pueblo.

martes, julio 11, 2006

Terror globalizado

El terrorismo globlalizado ha tomado la iniciativa, juega con los nervios de la sociedad global, mata indiscriminadamente y no da la cara ni se sabe quién lo dirige. Pero existe, mata y atemoriza.

Ya no hay campo de batalla ni línea de frente. Es un fenómeno al que no se puede combatir con ejércitos ni con bombas convencionales.

No hay retaguardia ni cuartel general visible. Cualquier ciudadano puede ser soldado a su pesar y condenado en potencia. Cabe la posibilidad de que la internacionalización del terrorismo sea la de transformar, por medio del terror, a la humanidad entera en una colectividad de muertos vivientes, apáticos y tetanizados por la evidencia de su vulnerabilidad intrínseca.

El siglo XXI se presenta incierto. Se busca la seguridad desde la inseguridad. Se recortan las libertades a ciegas y los Estados no tienen recetas para combatir esta borrachera de sangre y muerte sin saber de dónde procede.

La historia nos recuerda que ninguna democracia ha sido derribada por el terror pero todas las democracias han sido heridas por sus enemigos invisibles y, muy especialmente, por el uso indiscriminado de la fuerza para combatir el mal que se cierne sobre la humanidad entera.

El primer ministro de la India ha pedido calma a una población de casi mil mmillones de habitantes, la democracia más numerosa del mundo.

El problema es que el Estado moderno, nacido después de la Paz de Wesfalia en 1648 terminando la guerra de los Treinta Años en Europa, no está preparado para combatir con eficacia este chorreo de muertes indiscriminadas en Iraq, Palestina, Israel, India, chechenia, Londres, Madrid, Nueva York, Indonesia y cualquier otro rincón del mundo.

Es hora de reflexionar y de usar la inteligencia en el sentido más amplio de la palabra. Por qué se producen esos ataques, quiénes los auspician, dónde están, qué pretenden. Son preguntas que se debaten en los círculos académicos pero no han llegado a las mesas de los gobiernos que disparan no se sabe contra quien.

lunes, julio 10, 2006

Benedicto XVI y Zapatero

Parece como si la ausencia del presidente Zapatero en la Misa del Papa en Valencia fuera el gran tema de la primera visita de Benedicto XVI a España. No le doy mayor importancia ni creo que se la haya dado el Papa. Al fin y al cabo era un acto litúrgico al que no se invitaba a nadie, ni siquiera a Rodríguez Zapatero. Un acto, en el más puro estilo evangélico, en el que el jefe de la Iglesia universal dijo lo que consideraba oportuno sobre la familia.

La Constitución, además, establece la separación entre Iglesia y Estado que se declara aconfesional en estos términos: “ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”.

Pienso que si Zapatero hubiera asistido a la Misa no habría perdido nada y ausentándose ha trazado una línea divisoria innecesaria entre creyentes y no creyentes, todos ellos objeto de las acciones del gobierno. El Estado y la Iglesia se mueven en ámbitos paralelos que pueden coincidir en muchos puntos pero que es arriesgado separar de forma radical.

El Conde de Cavour, artífice de la unidad italiana junto con Garibaldi y Mazzini, no era precisamente un católico identificado con el Papa al que acabó arrebatándole los Estados Pontificios con el movimiento y los ejércitos que se formaron en el Piamonte y se adueñaron de Roma confinando al Papa Pio IX en el castillo de Sant Angelo.

Cavour es autor de la frase “la libertad de la Iglesia dentro de un Estado libre” en el que no habría sumisión de la Iglesia al Estado ni al revés. Me atrevería a decir que la Iglesia tiene hoy más influencia en la sociedad italiana que cuando la Democracia Cristiana gobernaba el país en crisis política permanente para evitar que los comunistas entraran en el gobierno.

Es cierto que España se ha descristianizado de forma evidente en los últimos treinta años. Pero no debe ser tan generalizado el fenómeno a juzgar por las concentraciones masivas de católicos cada vez que viene el Papa en visita de Estado o pastoral a nuestro país.

El conflicto, en mi opinión, se reaviva cuando desde el gobierno se quiere imponer a la Iglesia sus reglas o cuando la jerarquía católica no tiene en cuenta la esfera de competencias del gobierno que democráticamente legisla según sus criterios.

La visita del Papa no consistía en señalar el conflicto entre el gobierno Zapatero y la jerarquía católica española. Ha sido una visita como cabeza de la Iglesia que es universal y que no tiene el objetivo de imponer sino de proponer. Joseph Ratzinger expuso lo que puede considerarse una regla general en todo el mundo, es decir, que la familia es la unión entre un hombre y una mujer con vocación de permanencia.

No veo que este criterio pueda cambiarse ya que forma parte de aquellas “leyes no escritas de los dioses”, como señaló Antígona a Creonte mucho antes de que naciera el cristianismo.Se puede arrinconar a la Iglesia pero no se conseguirá silenciarla por muchas que sean las miserias de los cristianos.

La influencia de las iglesias, tanto la católica como la reformada o la ortodoxa, fue determinante para que los pueblos de la Europa del Este recuperaran su libertad. La autoridad espiritual de Juan Pablo II en su nativa Polonia contribuyó con sus obispos y el brazo político de Solidaridad a liquidar el régimen. El cardenal Tomasek, a sus ochenta años y desde el castillo de Praga era una referencia para la resistencia checoslovaca. La iglesia luterana alemana asumió el mismo papel y el pastor Tökes hizo lo propio en la Rumania transilvana. Stalin derribó la catedral de Cristo Salvador en el centro de Moscú y construyó una piscina al aire libre. Hoy se vuelve a levantar el templo en el mismo lugar.

Que nadie corra demasiado, que no empuje nadie, la realidad es tozuda y no tolera las prisas. Las cosas no se cambian de un día para otro. Y las que son importantes no cambian nunca aunque adquieran nuevas formas.

jueves, julio 06, 2006

Naturaleza y estupidez

Contra la estupidez hasta los dioses luchan en vano. La estupidez de muchos gobernantes, la de los que manejan hilos decisivos desde la sombra, la de los que se creen salvadores de la humanidad, de los locutores y opinadores que marean, que mareamos al personal, no tiene límites y es impredecible.

Dice Alejandro Baricco que ha recreado la Ilíada en una edición de bolsillo que la estupidez tiene los pies ligeros y ni siquiera roza el suelo, pero camina sobre la cabeza de los hombres para su perdición. Y se apodera de ellos, uno tras otro, cuando más le apetece.

La estupidez no necesita talento. Y si lo tiene prescinde de él. Nos sorprende en cualquier esquina, en cualquier decisión, en todo momento. Sólo la detectamos cuando se ha apoderado de nosotros, cuando las acciones estúpidas han sido ya perpetradas.

Recomiendo el distanciamiento ambiental, el distanciamiento de nosotros mismos, ver las cosas desde otra óptica, en otro entorno, en la tranquilidad de situaciones que nos permitan ver nuestra propia estupidez.

A mí me va bien para contemplar mi propia estupidez acudir al campo, a la naturaleza, al ciclo natural de las estaciones, a la observación del comportamiento de los árboles, de las plantas, de los ríos. Recuerdo al excelente actor AlecGuiness que decía en una ocasión que cuando llegaba a un escenario para filmar una película, lo primero que hacía era acudir al zoológico de la ciudad y pasarse horas contemplando el comportamiento de los animales. Muchos de sus gestos y reacciones, decía, los he aprendido observando a los animales.

La naturaleza no entiende de bromas. Siempre es veraz, siempre es seria, siempre es severa. Ella siempre tiene razón, mientras que los fallos y errores tenemos que atribuírselos en todo momento al hombre. La naturaleza, así lo entendía Goethe, desprecia a todo aquel que no esté a su altura, entregándose y revelando sus secretos únicamente a quien es capaz de detectarlos.

Es contemplando la naturaleza cuando la persona puede entrenarse con la razón para ver la estupidez de sus propias actitudes. Es estúpido quien cree que todo lo hace bien. O quien desprecia a los demás. O quien no sea capaz de entender, amar o tener compasión. Es ante la majestuosidad de la naturaleza cuando los valores racionales, morales y emocionales del hombre pueden articularse mejor. El que no cree en el misterio de la vida es bastante estúpido.

miércoles, julio 05, 2006

En Mogadiscio no se ve el Mundial

De los cientos de millones de personas que vieron el partido entre Alemania e Italia, dos murieron asesinadas en un cine de una perdida pequeña ciudad en el centro de Somalia.

El grupo armado que se hace llamar la Unión de los Tribunales Islámicos, tomó el control de la capital, Mogadiscio, el 5 de junio pasado después de una lucha sangrienta con los señores de la guerra que dominaban buena parte del país después de la frustrada intervención militar ordenada por el presidente Clinton en 1993.

Los nuevos dueños de la situación en Mogadiscio han decretado la ley islámica estricta que prohibe, entre otras cosas, las salas de cine y la retransmisión de los Mundiales de fútbol por insertar anuncios de alcohol explícitos o implícitos. Estos talibanes somalíes controlan la parte más poblada del país mientras el gobierno reconocido por las Naciones Unidas se encuentra aislado e indefenso en la ciudad interior de Baidoa.

Somalia ha sido refugio de talibanes y radicales terroristas islámicos desde hace más de diez años. Ocupados y preocupados por la guerra de Iraq y por la situación en Afganistán, Somalia se proyecta como una nueva pesadilla para la lucha contra el terrorismo internacional.

El atentado contra la embajada americana en Kenia en 1998 y el que causó muchas víctimas en un hotel de Tanzania en 2002 fueron preparados y dirigidos por radicales que estaban organizados en Somalia.

Ahora hay un gobierno islámico en Mogadiscio y otro de carácter civil en Baidoa. Las organizaciones internacionales africanas, la ONU y la Unión Europea conocen el germen de desestabilización y de acciones de terror que comportan la Unión de Tribunales Islámicos que se ha apoderado de Mogadiscio.

En la capital se han concentrado árabes, afganos, pakistaníes, palestinos y sirios. Estamos ante un nuevo laboratorio de ideas y de estrategas integristas que ensayan sus acciones en los países vecinos siguiendo el discurso del aquel mullah Omar que escapó en motocicleta de los bombardeos norteamericanos en Afganistán y que se autoproclamaba emir de un califato naciente en Asia Central.

Somalia ha permanecido quince años sin gobierno a merced de clanes, de señores de la guerra y de intereses occidentales.La guerra global contra el terrorismo es algo más que una batalla convencional, con ejércitos y fronteras. Es una guerra de ideas que no se gana sólo con la fuerza porque las ideas se filtran y son de los que se las quieren hacer propias.

El combate no es de ejércitos sino de ideas. Occidente las podía hacer circular y convencer con el poder blando sin necesidad de recurrir al poder duro. La guerra será larga.

lunes, julio 03, 2006

Las crisis y la lógica de Zapatero

Seguir y valorar la trayectoria de un presidente de gobierno suele hacerse con más conocimiento en el segundo mandato o bien con la distancia del tiempo cuando su paso por el poder ha sido efímero.

No es el caso del presidente Rodríguez Zapatero que sin enseñar todas las cartas en los ejes básicos de su política las ha mostrado todas.

Se me ocurrió el viernes hacer un paralelismo en la web de La Vanguardia entre Zapatero y el protagonista de la película “El Gran Salto” de los hermanos Cohen. El factor suerte jugó decisivamente en el inventor de Hula Hoop y también parece que ha jugado en la carrera política del presidente del gobierno.

Leí finalmente el breve prólogo que Zapatero dedica al libro del ministro Jordi Sevilla, “De nuevo socialismo” (Crítica 2002) cuando no era presidente y no parecía que podía serlo.

Dice Zapatero que la “ideología significa idea lógica y en política no hay ideas lógicas, hay ideas sujetas a debate que se aceptan con un proceso deliberativo pero nunca por la evidencia de una deducción lógica”.

Si algo caracteriza a la izquierda, continua Zapatero, es su rebeldía intelectual, la permanente discusión de su propio pensamiento y el rechazo de cualquier ortodoxia, sobre todo aquellas que se fundan en la tradición, el prejuicio o el poder.

Estamos ante un presidente del gobierno que no se rige por la lógica. Así no termina de sorprendernos. Me escribe un socialista que ocupó cargos en altas instituciones del Estado en la llamada época felipista, que Zapatero tiene una tendencia natural al perpetuo criticismo y al revisionismo.

Con crisis accedió a la secretaría del partido, en medio de una crisis llegó a La Moncloa y si seguimos el hilo de su biografía mantuvo la secretaría del partido en León en perpetuo estado de crisis durante doce años con la federación socialista castellana tensada constantemente por las corrientes sindicales, políticas, los mineros, los agrarios, demostrando que era un genio en el cambio de caballos a mitad de la carrera. Del guerrismo se arrimó al felipismo pasando por izquierda socialista.

El que le plantea una crisis la pierde. Maragall es la última víctima pero anteriormente pasaron por sus trituradoras José Bono y Francisco Vázquez. Siempre que Mariano Rajoy le plantee una crisis la va a perder. Es más, saldrá esquilmado. Dice mi interlocutor ex alto cargo socialista que es la apoteósis barroca de la política.

Un jurista de prestigio va mucho más allá y me dice que estamos delante de un personaje de la nueva generación, ligero de equipaje ideológico, con un déficit de formación y con una brutal ambición de alcance personal. Duran Lleida lo definía el domingo como un radical y no como un socialista.

Lo clásico tendrá que esperar. Solbes, un clásico, le facilita el colchón para que esa crisis permanente se convierta en una batidora de conceptos tradicionales, haciendo polvo ideas y valores, desde los demócrata cristianos hasta los de la socialdemocracia clásica.

Jacobino como Azaña pero con la diferencia de que forma parte del mundo postcultural que lee los periódicos gratuitos en el tren o en las playas. Si el anuncio de la apertura de negociaciones con ETA lo hubiera hecho en los pasillos de los Comunes y no en la Cámara lo habrían arrojado al Támesis.

Si pactas, te acepta. Sino, sigue adelante.El rearme ideológico de la España eterna de Aznar ha dado paso a un paisano de Valladolid, criado en León, con aspecto de Fabrizzio del Dongo pasado por el Corte Inglés que hace lo que le viene en gana y las gentes le aplauden. Cuando le convenga volverá a ser un líder de orden y clásico. Sobrevivirá. El PP, con gritos, empujones y rabietas, consigue que se afiance. Sólo con talento político se le puede responder.