Estatut aprobado en Catalunya
El Estatut ha sido aprobado por el Parlament de Catalunya después de 19 meses de tensiones, trifulcas y contradicciones. Me alegra que finalmente se haya conseguido un acuerdo y que los que lo han impulsado expresen júbilo y satisfacción.
Si este Estatut regresara a Barcelona sin retoques y fuera sancionado por el Congreso de los Diputados mi júbilo y mi satisfacción serían también muy grandes.
Hoy es un día histórico. Pero la historia no se detiene y sigue su curso. El final de este Estatut aprobado no está todavía escrito.
Quiero hacer varias consideraciones:
1.- No es el Estatut de todos los catalanes como lo fueron el de 1932 y el de 1979.
2.- Catalunya, una vez más, mueve los cimientos del estado español para cambiar el curso de la organización territorial de España.
3.- Es un Estatut que va más allá de exigir que Catalunya se considere a si misma como una nación con raíces históricas evidentes.
4.- Se ha aprobado dentro del marco de la Constitución pero con la voluntad de que el marco constitucional permita dar un nuevo paso del estado de las autonomías a un estado federal dentro de la pluralidad de los pueblos y naciones peninsulares.
5.- Es un Estatut de corte nacionalista en una sociedad en la que no todos los ciudadanos son nacionalistas.
6.- Habrá un nuevo financiamiento, más justo y más equitativo.
El Estatut es muchas más cosas. Me interesa mucho que los catalanes podamos gozar de más libertades, de más progreso y de instituciones que garanticen los derechos de todos. Me preocupa cómo será diseccionado en el Congreso de los Diputados donde se ha dicho ya que no debería ni admitirse a trámite para su discusión.
Se ha ganado la batalla en . Hoy es un Austerlitz de la historia contemporánea de Catalunya. No quiero pensar que lo que nos espera es un Waterloo.
Estatut y libertad para todos
Hay tantas definiciones de la política que cualquier planteamiento o cualquier ideología pueden tener un acomodo racional en el ámbito de la gestión pública de la vida de los ciudadanos.
He seguido con cierta atención y con un cansancio que pueden compartir muchos catalanes las intervenciones de los distintos grupos para defender, para corregir o para desautorizar el texto estatutario que será sometido a votación el próximo viernes.
Me han interesado todas las ponencias que expresan la sensibilidad de la pluralidad de la sociedad catalana manifestada democráticamente en las urnas. Sería impropio negar la legitimidad de una o varias de las intervenciones porque no coinciden con este o aquel grupo parlamentario. O que no respondan a lo que muchos catalanes aspiran de este Estatuto que tiene que ordenar jurídica, política y socialmente la realidad del país.
Una definición de la política que me interesa particularmente es aquella que dice que la política es lo que hay que aceptar, se quiera o no se quiera, en definitiva, lo que hay que hacer. La razón me dice que lo que hay que hacer ahora es aprobar el Estatut.
Primero porque si un gobierno que ha dedicado casi dos años a redactar un texto estatutario no consigue su principal objetivo es que habríamos estado gobernados por unos irresponsables.
Segundo porque el ridículo no afectaría solamente al gobierno tripartito y a los dos partidos que están en la oposición sino que caería sobre el conjunto de la sociedad catalana que no podría ocultar la frustración por mucho tiempo.
Pero hasta el día de hoy no hemos visto exponer en una sesión parlamentaria los posicionamientos legítimamente contrapuestos de los distintos partidos. El texto del Estatut ha llegado a la sociedad y los catalanes empiezan a saber de qué se trata al ver los matices y las sutilezas del debate del primer día.
Un Estatut no puede tener larga existencia si no es compartido por una gran mayoría de ciudadanos. Si no tiene en cuenta los derechos de las minorías o incluso de los heterodoxos. Una carta fundamental no es una operación táctica y ni siquiera estratégica.
Lo importante no es que se apruebe aquí, se tumbe en Madrid o vuelva lisiado a Catalunya. Lo que ciertamente importa es que garantice la libertad de todos y que permita una cierta comodidad para esta generación y las venideras. No me importa tanto si saldrá o no sino qué saldrá y cómo nos afectará a todos.
No disparen, por favor
Me sorprendió el análisis de Mariano Rajoy sobre la redacción del Estatut en su conferencia ante el poder financiero y político catalanes en la misma sede de la Caixa. Venía a decir el líder popular que si el texto progresaba las libertades de los catalanes se verían afectadas.
Don Mariano proseguía la cantinela mediática de los altavoces de la derecha española que recelan y desprecian cualquier iniciativa que venga de Barcelona. Ya sea un estatut, una Opa, una victoria del Barça o una buena cosecha.
En Catalunya se nos escapan los presos, se hunden barrios enteros, hay corrupción a raudales, somos incapaces de llegar a un acuerdo después de meses y meses de discusiones estatutarias, fagocitamos el ahorro de los indefensos españoles, pretendemos controlar el agua, la electricidad, el petróleo y las autopistas del gran solar ibérico. Somos, en definitiva, insolidarios con el resto de peninsulares con el avieso objetivo de destruir la unidad española.
Ante estas exageraciones me sitúo naturalmente del lado del eslabón más frágil en esta cadena de despropósitos. No por sentirme catalán con apellidos que perduran en las montañas y llanos leridanos desde hace casi ocho siglos sino porque creo que esta ofensiva es injusta y desproporcionada.
Los que abandonamos el sueño a partir de las seis de la mañana sabemos que a esa hora nos van a pegar cuatro tortas desde la emisora episcopal venga o no a cuento. Si hay motivo, que los hay a veces, claro que los hay, la paliza nos deja magullados hasta media mañana.
A veces tengo la sensación de que al salir a la calle alguna autoridad competente me va a detener acusado de lucir una catalanidad causante de todos los males que aflijen a la patria española.
Pero vuelvo a las libertades amenazadas de las que hablaba Rajoy. Y lo hago partiendo de la base de que la libertad de cada uno de los catalanes es más importante que todos los estatutos del mundo reunidos. Pienso que se ha tejido una complicidad poco sutil entre la clase política y la periodística al margen de la opinión de los catalanes.
Decía ayer Anton Costas que falta espíritu social crítico en Catalunya. No puedo estar más de acuerdo con el catedrático de Economía. Los diarios, los tertulianos y los políticos hemos acaparado el debate sin preocuparnos de lo que piensa la gente que asiste desconcertada a este deshojar incierto de la margarita estatutaria.
Ya sé que así tiene que ser, que los políticos y los creadores de opinión somos parte consustancial de la vida democrática del país. Pero la sociedad civil, tan sólida y tan real, apenas ha dicho nada. No he escuchado voces de juristas experimentados, de empresarios, de publicitarios y de todo el entramado de la emprendedora y demasiado silenciosa sociedad civil catalana.
Se apruebe o no el Estatut el día 30, la gran mayoría de catalanes no sabrá de qué se trata, si sus libertades van a ser más o menos respetadas y si la vida será más digna una vez obtenido el nuevo marco jurídico y político para Catalunya.
Da la impresión de que el Estatut, hasta donde yo pueda saber, es más bien una carrera para los líderes que lo han impulsado que un nuevo instrumento para la libertad de las gentes.
Me preocupa, por ejemplo, que el viernes por la noche una botella de líquido inflamable fuera arrojada en la sede del Partido Popular en la calle Urgell. Que semejantes ataques se hayan repetido en los últimos meses en la sedes populares de Sant Cugat, Barberà del Vallès, el barrio barcelonés de Gràcia y en Figueres. Nadie habla de ello.
Cuando la libertad de un solo catalán, sea del PP o de ERC, está amenazada hay que enviar a la policía para que levante acta y se proceda judicialmente. La libertad es lo que hace progresar a las sociedades a pesar de las crisis.
Ay si el enemigo está dentro
Los americanos empiezan a desfilar tímidamente por el Mall de Washington para protestar contra la guerra de Iraq. Así surgió el movimiento contra Vietnam. Una madre que ha perdido el hijo en Bagdad lidera el movimiento. Acampó durante semanas delante del rancho de Bush en Texas y ahora abandera una protesta nacional.
Los ejércitos abren las guerras con la euforia de los vencedores. Pronto empieza a llegar la cara más sucia de todo conflicto: las listas de las bajas, los féretros envueltos en la bandera nacional, los hospitales abarrotados de heridos y la prolongación incierta de la contienda.
El Pentágono dispone de una web actualizada con las estadísticas de la guerra. www.defenselink.mil/news Da cuenta de 1.907 bajas y 14.641 heridos. Las cifras se mueven cada día. Si la proporción se mantiene puede ser que cuando se cumplan cinco años del 11 de septiembre de 2001 sean más los americanos muertos en la guerra contra el terrorismo que las víctimas de los atentados de Al Qaeda en Estados Unidos.
El problema para el presidente Bush no está tanto en Iraq como en el propio Washington donde la incertidumbre sobre el desenlace de la guerra va erosionando la popularidad del presidente.
En tiempos de guerra hay solo un régimen y es el régimen jacobino. Ay del gobierno que no reduzca a los enemigos del interior. Pero en una democracia es imposible silenciar a los disidentes. Especialmente cuando el curso de la guerra es adverso.
Los imperios coloniales europeos temían más a lo que ocurría en la metrópoli que a las vicisitudes del campo de batalla. El caso Dreyfus en Francia provocó la victoria de Gran Bretaña en la batalla africana de Fashoda. Vietnam se perdió en Washington.Fue De Gaulle quien puso fin a la guerra de Argelia despuès de haber prometido lo contrario.
Las democracias no pueden ganar una guerra si sus ciudadanos no están con los ejércitos que luchan.
El miedo on-line
El mal que uno se imagina es siempre insoportable pero el que se sufre es habitualmente llevadero. Lo decía François Mitterrand, uno de los políticos más cínicos que ha producido la Europa moderna, un personaje que como Napoleón y De Gaulle sabían que la historia les juzgaría por lo que habían hecho pero sobre todo por las ocurrencias que escribían en sus íntimas reflexiones.
El miedo está en el futuro. El presente siempre se supera porque el tiempo no se detiene. Acabamos de ver cómo 139 pasajeros sobrevolaron tres horas la inmensa ciudad de Los Ángeles contemplando desde el interior del avión cómo se veía la catástrofe que estaba en curso y que era ampliamente escenificada por las televisiones que emitían desde allá abajo.
No tengais miedo al miedo había dicho Franklin D. Roosevelt al entrar en la segunda guerra mundial. Pero el miedo se había apoderado del presente para el pasaje del avión de la compañía Jet Blue que vivía en directo la inminente tragedia.
Se retransmitía cómo sería el horrible del choque, qué dimensión tendrían las llamas, la preparación de las ambulancias, la despedida que los pasajeros cursaban dramáticamente a sus familiares. Los pilotos informaban de las dificultades como si anunciaran la temperatura que encontrarían en el aeropuerto de destino.
Estamos viendo cómo se vive en directo la evacuación de cientos de miles de tejanos mientras el ojo tenebroso del huracán se acerca a las costas de Texas y Luisiana. Las guerras también se ofrecen on-line. El 11 de septiembre de 2001 fue una retransmisión viva con toques de juicio final. Los fuegos de artificio mientras Rumsfeld saltaba de júbilo cuando su aviación golpeaba indiscriminadamente Bagdad era la apocalipsis para los habitantes de las orillas del Tigris.
El miedo ya no está en un incierto futuro. Lo llevamos todos en el cuerpo porque ya no queda espacio para la fantasía ni para la providencia. La muerte sigue siendo un misterio pero puede llegar a vivirse en directo. La ventaja es que se dispone de un tiempo razonable para dar el salto y prepararse para la otra orilla.
Acabo también con Mitterrand cuando acudió de noche a visitar a su amigo filósofo Jean Guitton. Le pregunto qué había al otro lado. El humanista cristiano le contestó que no lo sabía pero que entre el misterio y el absurdo se quedaba con el misterio.
Las crisis son democráticas
La temperatura política de una sociedad democrática no se mide por las propuestas de sus gobernantes sino por la satisfacción de los gobernados cuando aprueban mayoritariamente las decisiones del ámbito público que les afectan. Un sistema libre está en permanente crisis, muy al contrario de una tiranía que niega y ahoga los problemas con medidas arbitrarias y despóticas que caen sobre las espaldas de los ciudadanos indefensos.
La democracia tiene siempre una bala en la recámara que consiste en esperar a las próximas elecciones para pasar factura a quienes han hecho un mal uso de las facultades delegadas en las urnas.
Nadie es imprescindible y siempre hay nuevas personas con nuevas ideas y nuevos proyectos para restablecer la necesaria confianza entre los políticos y los ciudadanos. La crisis que vivimos en esta última milla de la aprobación del Estatut nos afecta muy directamente a los catalanes. Pero también hay crisis en España con la articulación de un modelo territorial que no es compartido por aproximadamente la mitad de los ciudadanos españoles que viven o que vivimos instalados en la permanente dualidad de las dos maneras de entender la gobernabilidad de un país tan complejo.
Y hay crisis en Alemania que ha quedado instalada en la confusión, incapaz de designar un canciller que pueda reconducir las necesarias reformas para levantar a la tercera economía mundial y la primera de Europa. La crisis constitucional la tiene también la Unión Europea que no dispondrá de un marco constitucional adecuado en los próximos años.
La primera potencia mundial está en crisis con una guerra de Iraq que tiene una salida incierta, con el añadido de una caótica gestión de los efectos del huracán Katrina que ha puesto de relieve que el adelgazamiento del Estado puede llevar a la indefensión de los más desprotegidos.
Lo recuerda Rafael Jorba en su libro sobre catalanismo o nacionalismo al afirmar que la política democrática no representa ni la negación del conflicto ni la superación de la naturaelza humana sino su aceptación. Se mueve a medio camino entre el pesimismo de Hobbes y el optimismo de Rousseau.
Afortunadamente las crisis se superan siempre desde la libertad aunque lógicamente alguien tiene que pagar el precio de los platos que rompió. Se han roto muchos platos en el romántico proceso de la elaboración del nuevo Estatut de Catalunya. Saldremos de esta crisis pero las urnas, cuando sea, pasarán factura.
Sin gobierno en Alemania
Alemania amaneció el lunes con un nuevo Bundestag pero sin un gobierno claro y definido. El canciller Kohl acabó con la saga de grandes líderes alemanes, democristianos y socialdemócratas, que convirtieron a un país destruido por la guerra en la primera potencia europea y la tercera economía mundial. Una de las ironías de la historia es que Alemania ha salido fortalecida en Europa de todas las guerras que perdió en el siglo pasado.
Helmut Kohl ha sido el último líder con el carisma necesario para desarrollar una política clara al estilo de Adenauer en los años sesenta, Brandt en los setenta y Schmidt en los ochenta. Su reto de unificar Alemania a pesar de los costes económicos y sociales convirtieron a una nación dividida en el gigante de Europa con los pies de barro de su propio éxito.
Es un tópico que Alemania tiene los estudiantes más viejos, los pensionistas más jóvenes y los trabajadores más caros. El problema es cuánto tiempo puede soportar la sociedad alemana este generoso estado del bienestar sin comprometer seriamente su futuro. Es lo que hizo el canciller Schröder al propiciar unas reformas que son necesarias, incluso desde un planteamiento socialdemócrata.
Reformar la economía más poderosa de Europa y hacerla más competitiva no es fácil. El canciller fue elegido en 1998 con la promesa de reducir los tres millones y medio de parados. Hoy la cifra del desempleo asciende a más del once por ciento y supera los cinco millones. El crecimiento de la economía alemana en los últimos años es el más bajo de la Unión Europea. Schröder comprendió la necesidad de las reformas pero las empezó tarde y de forma incompleta.En parte debido a la oposición dentro de su propio partido que le ha abandonado y se ha presentado a las elecciones de la mano de Oskar Lafontaine y los comunistas consiguiendo más de cincuenta escaños. Y en parte también por la presión de la economía globalizada que no entiende de fronteras, nacionalismos, derecha o izquierda, norte o sur.
Para encauzar la deteriorada economía alemana, Angela Merkel ofreció las recetas neoliberales más académicas pensando en las tesis que llevaron al poder a Margaret Thatcher en 1979 en Gran Bretaña. No tanto por ser también la primera mujer que llegaba a la cancillería en Berlín sino por una liberalización radical de la economía de la mano de Paul Kirchhof que llegó a proponer una tarifa plana, igual para todos, del impuesto sobre la renta. Las tesis de Merkel eran incluso demasiado radicales para los propios votantes democracristianos.
Los alemanes tuvieron miedo y no le han querido dar un mandato claro. Ha ganado pero no puede formar gobierno abriendo un periodo de incertidumbre sobre el futuro inmediato. Los alemanes no han querido desmantelar el estado del bienestar pero tampoco han otorgado la confianza a Schröder para que lo mantenga aunque sea debidamente reformado.
Europa necesita el liderazgo de Alemania pero los alemanes no han querido designar a una figura indiscutible. Los alemanes prefieren en su conjunto una gran coalición como la que en 1966 permitió la entrada de los socialdemócratas por primera vez en la historia de la Alemania moderna.
Pero los partidos rechazan la gran coalición y muy especialmente Merkel y Schröder que intentan construir coaliciones rivales con partidos minoritarios. En el fondo, el gran tema de estas elecciones es el papel del Estado en un mundo en el que la economía globalizada y liberal está ganando, hoy por hoy, la partida. Los alemanes se han pronunciado por menos Estado pero no han dado su visto bueno a que todo lo regule el mercado. Es la gran cuestión que planea sobre toda Europa.
El mal menor y el mal mayor
El terrorismo es una forma violenta de hacer política y con su violencia defiende causas en nombre de un pueblo, una nación o una ideología. Los terroristas son muy pocos en comparación con los que dicen representar. El peligro que plantea el terrorismo es su vertiente política.
Una sociedad puede rehacerse después de una gran tragedia como la del huracán Katrina, la de los miles de muertos en las carreteras o cualquier otra catástrofe que siegue vidas humanas. Las víctimas de una bomba terrorista adquieren una nueva dimensión porque son instrumentalizadas para cambiar por la fuerza una situación política.
Si el terrorismo es una forma de hacer política es preciso combatirlo políticamente, con argumentos, y no dejarlo exclusivamente en manos de la policía o el ejército. Michael Ignatieff, en un espléndio ensayo sobre el mal menor y la ética política en tiempos de terror, establece seis tipos de terrorismo: insurrecional, el de una sola causa, el de liberación colonial, el independentista, el defensivo de una ocupación extranjera y el terrorismo global.
La historia los ha conocido y padecido todos con una sucesión de actos violentos que han causado miles de víctimas inocentes en nuestros días y en tiempos pasados. Ha habido terroristas que luego han sido primeros ministros como es el caso de Begin y Shamir en Israel. Otros han llegado a ministros o presidentes de república como Edmund de Valera en Irlanda.
La novedad está en el terrorismo global de carácter nihilista que actúa sin una sede concreta, con miles de voluntarios a la inmolación, sin ejércitos y sin estados, confuso y difuso en el mundo. En palabras de Bin Laden “es recomendable porque va contra los tiranos, agresores y enemigos de Alá”. Si la vida de un suicida puede sacrificarse, piensan, también pueden sacrificarse las vidas de los demás.
No hace falta recordar el gran error que comportó ir a una guerra basada en una mentira. El error se comprueba desgraciadamente cada día mientras decenas y centenares de iraquíes caen víctimas de la violencia de unos y de otros mientras la débil democracia en Bagdad es incapaz de garantizar un mínimo de orden y seguridad.
Es evidente que el mundo democrático tiene que librar batalla contra el terrorismo de corte islámico. Pero coincido con Ignatieff en que el mal menor de la respueta, una guerra por ejemplo, no puede convertirse en un mal mayor que acabe creando más problemas de los que existían.
Ortega y Azaña revisitados
Todos los problemas políticos, señores diputados, tienen un punto de madurez, antes del cual están ácidos y pasado ese punto, se corrompen, se pudren. Son palabras del discurso que Manuel Azaña pronunció en las Cortes de la República en 1932 mientras se discutía el Estatuto de autonomía catalán.
Es interesante repasar los dos discursos principales de aquel debate en el que Ortega y Gasset introduce su tesis de que Catalunya nunca estará satisfecha y que sólo cabe conllevar el problema catalán, mientras que Azaña defiende que sí que es posible y que el problema catalán sólo puede ser resuelto con la participación, la comprensión, y la compresión entre España y Catalunya.
Los dos discursos los ha editado recientemente el Círculo de Lectores con un interesante prólogo de José María Ridao. Vale la pena releerlos porque los paralelismos entre las posiciones orteguiana y azañista en la política española siguen vigentes setenta años después. Han cambiado los nombres y las formaciones políticas, pero las dos visiones sobre España continúan vigentes.
Como consecuencia de aquel acalorado debate sobre el Estatut se limitó el alcance de las competencias solicitadas, aunque el texto no fue aprobado.Algunos historiadores coinciden en que el golpe de Estado frustrado de agosto de 1932 contra la República, propiciado por el general Sanjurjo, facilitó la ratificación definitiva, que se aprobó el 9 de septiembre de aquel mismo año.
La política tiene sus mecanismos propios, que con frecuencia reciben decisivas influencias que no guardan relación con lo que se está debatiendo. La política suele ir por un lado y los hechos modifican su trayectoria hasta desfigurarlos por otro. Tener razón demasiado pronto o demasiado tarde es lo mismo que equivocarse.
A la madurez o acidez de la que hablaba Manuel Azaña cabría añadir lo que decía el primer ministro británico Harold Macmillan al afirmar que la esencia de la política es el timing, la cronología, el hacer las cosas en su momento, cuando están al punto.
Vivimos días de tensión política mientras se retoca el texto estatutario devuelto por el Consell Consultiu en el que se señalaban varios artículos anticonstitucionales y otros de dudosa constitucionalidad. Los socios del tripartito, con su presidente a la cabeza, insisten en que se aprobará el Estatut y que se enviará al Congreso con la preceptiva mayoría que saldrá de la Cámara catalana, es decir, con los votos de CiU, que son imprescindibles.
La música que llega de la formación liderada por Artur Mas desafina de la sinfonía voluntariosa del tripartito. Un conseller de peso en el Govern me comentaba en los actos de la Diada que la aprobación del Estatut puede ir del canto de un duro después de hablar con un destacado dirigente de CiU, que le insinuó que su formación podía inclinarse finalmente a favor del no. Artur Mas ha presentado su última oferta modificada advirtiendo que sólo votarán afirmativamente si el Estatut lleva incorporado un buen modelo de financiación. Pueden decir no.
Pronto sabremos si el texto estatutario sale de Barcelona debidamente refrendado. Sea cual fuere el resultado, habrá que ir preparando un plan B en el caso de que el Estatut no salga de Catalunya y tener a mano un plan C en el probable supuesto de que el Congreso tumbe la propuesta que le llegue del Parlamento catalán.
Desconozco si el tripartito dispone de estos planes de emergencia. Deduzco que la decisión será agotar la legislatura, ya que no está en la intención de Maragall convocar anticipadamente a las urnas. Lo que no alcanzo a ver es cómo se va a gobernar hasta el final si este fracaso se materializa.
Sobran discursos
Leía el otro día que una joven periodista le preguntó al primer ministro británico, Harold Macmillan, qué es lo que más temía en la política. Los hechos, joven, los hechos, contestó el tranquilo líder conservador de los años sesenta.
Cuando los hechos contradicen al discurso político, los gobiernos empiezan a sufrir. Si todavía siguen flotando cadáveres en las calles inundadas de Nueva Orléans, si la electricad y el agua no se han restablecido, si la televisión presenta en directo la tragedia de miles de ciudadanos que han huído o que se resisten a abandonar la ciudad, todos los discursos sobran.
Si con ciento cincuenta mil soldados en Iraq no se controla al país, si la anunciada democracia se trastorna en guerra étnica y civil, si los féretros de soldados caídos en Bagdad siguen llegando clandestinamente a la patria, si no se percibe una salida de aquel tenebroso laberinto, los discursos sobran.
Bush se enfrenta a los hechos después de haberse envuelto en un discurso para democratizar al mundo entero. La causa es noble pero la forma de ejecutarla ha sido un fiasco. Los diques que reventaron en Nueva Orléans se llevarán por delante también su política de fuerza en Bagdad.
Que llegan los leridanos
Dan miedo estos tres ilustres leridanos constituidos en poderoso lobby para poner en manos del tripartito catalán la electricidad, el gas y el petróleo de todos los españoles. La patria está en peligro y hay que salvarla. Recurriendo a Bill Clinton cabría decir aquello que no es el Estatut, estúpido, es la energía, es la economía, es el poder lo que está en juego.
Rajoy nos advierte del atentado contra la competencia, los intereses de los consumidores y la libertad. Arias Cañete en entrevista matutina decía ayer que es partidario de aplicar la libertad de mercado y permitir que una empresa europea actúe como caballero blanco presentando una contraopa que frustre la operación de Gas Natural y su accionista mayoritario, La Caixa.
Las tertulias han cambiado de registro. La gestión y el control de la energía se puede ir de las manos y escapar del auténtico lobby que funciona en España y que abarca el poder financiero, el político, el mediático y el funcionarial del Estado con sede en Madrid. Y hay que actuar.
Lo que molesta es que una entidad financiera con sede en Catalunya, un gran éxito empresarial y financierro catalanes, pueda llegar a gestionar y controlar el sector de la energía en España y tener una gran proyección europea y mundial. Como si Barcelona estuviera en Singapur o como si los catalanes fuéramos de Birmania, con todo el respeto a los birmanos.
Esta percepción que agita parte de la opinión pública española es el fruto del nacionalismo españolista más rancio y decimonónico. ¿Por qué no repasan las hemerotecas y comprueban a quién otorgó el PP de Aznar las presidencias de Telefónica, Caja Madrid, Repsol... en el momento de las privatizaciones?
Ricard Fornesa es de la Seu d'Urgell y preside La Caixa; Antoni Brufau es de Mollerussa y está al frente de Repsol; Salvador Gabarró es de Sant Guim de Freixenet y dirige Gas Natural. Su familia construía molinos de viento que generaban energía para los payeses de la siempre seca Segarra. Ingenieros industriales y abogados del Estado.
Vamos, la izquierda pura y dura que gestiona el gran capital del país para entregarlo al tripartito que, a su vez, está en el trance de destruir la unidad de España. Un poco de seriedad, señores, que estamos en el siglo XXI. La prensa europea habla de esta OPA en términos empresariales. Aquí aplicamos el manual del perfecto centralista hispano.Están dando argumentos al independentismo catalán.
La furia del Katrina
La catástrofe del huracán Katrina va mucho más allá de la lentitud y de la caótica gestión para mitigar la tragedia vivida por decenas de miles de personas atrapadas por las aguas y los vientos enfurecidos que hace una semana se abatieron sobre la ciudad y el área de Nueva Orleans.
Me aburre el discurso antiamericano venga o no a cuento, esté o no justificado, que desde Europa se hace sobre cualquier decisión política que venga de Estados Unidos. Sin ir más lejos, ayer escuché por la radio a una señora muy enfadada porque desde Europa se envíen medio millón de comidas empaquetadas para socorrer a las víctimas del país más poderoso de la Tierra. No sé distinguir el envío de ayuda humanitaria en función de la raza, la clase social o el Gobierno que tienen que padecer los afectados por una gran tragedia.
No hay que leer la prensa europea para percatarse de la pésima gestión del Gobierno Bush que parece no haberse dado cuenta de la magnitud de la crisis del Katrina. En Estados Unidos incluso los medios ultraconservadores tienen problemas para salir en defensa de Bush en esta crisis que va a tener muchas consecuencias en la política interior norteamericana. La gestión de esta tragedia confirma la opinión compartida por muchos de que este presidente es el más mediocre de la historia norteamericana reciente.
Una primera constatación es que la sociedad americana está más dividida que nunca. Incluso en esta catástrofe natural se ha escindido hasta el punto de que el diario más emblemático del país haya encabezado su editorial del viernes con un título muy revelador: "Esperando a un líder". Una segunda observación es la creciente impopularidad de Bush incluso antes del huracán a causa principalmente del caos en Iraq a pesar de la presencia de más de cien mil soldados en ese país, que está más cerca de una guerra civil entre etnias que de una democracia parlamentaria.
La tercera me la ha recordado un excelente libro de Barbara Tuchman, "The March of folly", en la que esta historiadora recientemente fallecida hace un estudio desde la guerra de Troya hasta Vietnam poniendo de relieve que todos los gobiernos en todas las circunstancias históricas han sabido lo que no debían hacer y a pesar de ello lo hicieron. Recuerda Tuchman que Felipe II sabía que no podía sostener cinco guerras paralelas en Europa. Lo hizo y el imperio español empezó su ocaso.
El pensamiento político de los que rodean a Bush diseñó que Estados Unidos puede y debe exportar la democracia a todo el mundo. La fuerza de sus ejércitos lo va a conseguir porque la libertad es el bien más preciado en la historia. Pero no ha sido así en Oriente Medio como amargamente nos lamentamos todos.
En 1928 el Mississippi se desbordó y causó una desgracia devastadora en Nueva Orleans y su área de influencia. El Gobierno federal no estuvo a la altura, y los caciques locales del sur, tampoco. Herbert Hoover, más tarde presidente, se encargó de gestionar la ayuda y fue acusado del diferente tratamiento a las víctimas en razón de su color y condición social. Un movimiento populista en contra del sistema causó estragos hasta la llegada de Roosevelt, que supuso un paso de gigante para hacer frente al desequilibrio provocado por un capitalismo rampante.
La cuarta y última reflexión es que hemos visto la parte más fea de la sociedad opulenta. Hemos visto pobreza y desamparo, rabia y críticas al sistema. El liberalismo ningunea al Estado. Pero lo que ha faltado en Nueva Orleans ha sido precisamente Estado, dejando al descubierto los egoísmos particulares. Habrá que volver a aquello que creo decía Popper: “Todo el mercado posible, pero todo el Estado necesario”.
Gigante con pies de barro
Vaya por delante mi compasión por los cientos de miles de norteamericanos que han perdido su casa y viven momentáneamente como refugiados en los estados alejados de los efectos devastadores del huracán Katrina.
La fuerza descontrolada de la naturaleza se ha cobrado cientos de muertes en el sur de Estados Unidos. Varias decenas de miles esperan ser evacuados de la inundada y destruida Nueva Orleans. El hambre, el pillaje, el fuego, las explosiones y las infecciones amenazan la vida de los que han sobrevivido la tragedia y esperan la salvación que no llega.
La gestión de esta tragedia ha sido catastrófica. El presidente Bush reaccionó tarde y mal. Hoy se ha paseado por las zonas siniestradas con un discurso paternalista y patriótico que no remedia el sufrimiento de tantas gentes.
¿Cómo es posible que la primera potencia mundial tarde cinco días en resolver una crisis de esta magnitud? ¿Cómo es posible que se mantengan más de cien mil soldados en un país lejano y no se pueda socorrer a los propios ciudadanos que lo que necesitan son medios para salir de la crisis?
El gigante ha mostrado los pies de barro. El país más poderoso de la tierra ha sido incapaz de ayudar a los más necesitados, los más pobres, los ancianos y los niños que no pudieron escapar de la tragedia.
El Katrina ha hecho algo más que destruir vidas y haciendas. Ha puesto de relieve que el gran estado imperial que domina los mares y los continentes no ha podido proteger a sus propios ciudadanos cinco días después de la gran tragedia.
El discurso del odio
Si el objetivo de la guerra de Iraq era combatir el terrorismo el resultado no puede ser más lamentable. Es una guerra inútil sin un buen comienzo, sin apoyo internacional y con decenas de víctimas por todas partes.
Hay más terrorismo hoy en Iraq que hace tres años. El precio del petróleo es el más caro de la historia y Estados Unidos ha tenido que desenterrar las reservas de crudo. Iraq está más próximo a una guerra civil que a una concordia nacional. Irán se dispone a construir la bomba nuclear. Israel ha tenido que cambiar de estrategia y retirar a los colonos de Gaza y parte de Cisjordania.
El error de la guerra es irrevocable. La vida sigue y es urgente que Estados Unidos y Europa encuentren una salida inteligente y eficaz para neutralizar el discurso del odio que se ha multiplicado con la presencia de ejércitos occidentales en la zona y ha alimentado el fanatismo del terror.
No podemos dejar en manos de los fanáticos el nuevo orden mundial. Ni de los militaristas que pensaron que la democracia se impone por las armas ni de los integristas islámicos que matan en Londres, Madrid, Nueva York y allí donde quieran.
Ya tenemos suficiente con defendernos de la fuerza destructora de la naturaleza, de los huracanes, de los sunamis, de la sequía y de la dureza de la vida ordinaria. No añadamos más sufrimiento por la frivolidad de unos cuantos. El mundo no puede estar en manos de iluminados que fomentan el miedo y siembran el desconcierto en la mente de los humanos.