Las consecuencias de la crisis económica global que estalló en plena campaña electoral norteamericana en el otoño de 2008 han llegado a Europa en este largo invierno de inestabilidad social y de miedo colectivo al futuro. Los gobiernos intentan imponer necesarias medidas de austeridad, países como Grecia tienen que ser rescatados por las economías de la zona euro, las empresas buscan la competitividad recortando personal y aligerar gastos, se habla de bajadas de impuestos y reducción de sueldos, prolongar la edad de jubilación y otras propuestas de ajuste. Es la cuadratura del círculo.
Los manuales indican que una crisis económica de calado es seguida de una crisis social y finalmente de una crisis que cambia el panorama político. Ocurrió en los años treinta y noventa del siglo pasado. Europa tiene que aceptar la realidad, trabajar y esforzarse más, no endeudarse hasta puntos insostenibles. Las tibias manifestaciones del miércoles en varias ciudades españolas es el primer aviso de los suyos al presidente Zapatero que tendrá que decidirse si quiere recorrer la crisis con los sindicatos y sus fieles votantes o bien hace caso a las recomendaciones del Banco de España, de los organismos internacionales y de los analistas que sólo ven la salida de la crisis con las reformas que están ahora en manos de una comisión que no llegará a ningún acuerdo. Es la hora de la verdad.
La situación española no es una excepción en Europa. Grecia quedó paralizada ayer por una huelga general. El tráfico aéreo se colapsó prácticamente en Alemania por la huelga de un día de Lufthansa y paros intermitentes se registraron en Francia en aeropuertos y plantas petrolíferas. El gigante automovilístico Fiat ha despedido temporalmente a treinta mil trabajadores anunciando nuevas acciones que se producirán si la demanda no despierta.
Las protestas y convulsiones sociales se van a repetir a lo largo de este año en muchos países de la Unión. No veremos el fervor revolucionario del mayo francés de 1968 pero sí que sufriremos las consecuencias del descontento general de una Europa que no puede vivir de las rentas que ya no existen para mantener el gasto que comporta la actual economía social de mercado.
Los gobiernos son responsables de cuanto ocurre. Pero también las empresas, los sindicatos, los ciudadanos en general que pensábamos que se podía crecer sin esfuerzo, sin ahorro, con hipotecas y créditos a veinte o treinta años.
Europa ha dado por supuesto que podía gestionar una riqueza que ya no existe sin esforzarse por ser competitiva, apretándose el cinturón, pensando que se podía obviar aquella afirmación del canciller Erhard cuando decía que para repartir la tarta hay que crearla primero.
miércoles, febrero 24, 2010
lunes, febrero 22, 2010
El cementerio de Afganistán
Las guerras que se ganan o pierden claramente en el campo de batalla tienen un desenlace que se traduce en un armisticio, rendición o tratado de paz. Las guerras que se prolongan en el tiempo desgastan a los ejércitos, debilitan a los gobiernos y causan muchas víctimas inocentes. La guerra de Vietnam se perdió en las pantallas de televisión cuando los norteamericanos contemplaban la interminable carnaza de soldados y de vietnamitas en las junglas del sudeste asiático.
La guerra en Afganistán ha derribado el gobierno de coalición holandés este fin de semana al no ponerse de acuerdo sobre el aumento de tropas para sumarse a la dotación de dos mil soldados desplazados en las provincias centrales afganas. Las fuerzas de la OTAN están desplegando una ofensiva para limpiar de talibanes la ciudad de Helmand. Hace varios días los ataques aliados causaron la muerte de doce civiles y el domingo la aviación destrozó a tres minibuses que supuestamente transportaban a talibanes cuando en realidad eran afganos que transitaban por una carretera.
Una potencia militar, aunque esté formada por una alianza de 43 países, puede derrotar a una facción de guerrilleros que se enfrenta a un ejército de casi cien mil soldados. Pero no puede destruir por completo o llevar a la rendición total a un pueblo que no quiere ser dominado por ejércitos extranjeros, especialmente cuando las tropas conquistadoras pertenecen a un estado democrático.
En Afganistán se estrellaron tres veces los ejércitos británicos en el apogeo del imperio victoriano. Los soviéticos salieron derrotados de Kabul después de haber ocupado el país durante varios años. Fue el comienzo del fin de la Unión Soviética. La guerra de Afganistán estuvo justificada tras el sangriento atentado del 11 de septiembre de 2001. Se derrocó el régimen de los talibanes y se sustituyó por un gobierno afgano que ha sido incapaz de controlar la situación que está en manos de los señores de la guerra, los cultivadores de opio y los talibanes que han salido de sus escondrijos.
Los ejércitos aliados saben que esta guerra no se va a ganar y que va a causar muchas bajas de civiles. McNamara era jefe del Pentágono cuando se perpetraban los bombardeos masivos sobre Vietnam. Al final de sus días hizo una confesión que supuraba remordimiento: “¿Cuánto mal hay que causar para lograr el bien?”
La guerra en Afganistán ha derribado el gobierno de coalición holandés este fin de semana al no ponerse de acuerdo sobre el aumento de tropas para sumarse a la dotación de dos mil soldados desplazados en las provincias centrales afganas. Las fuerzas de la OTAN están desplegando una ofensiva para limpiar de talibanes la ciudad de Helmand. Hace varios días los ataques aliados causaron la muerte de doce civiles y el domingo la aviación destrozó a tres minibuses que supuestamente transportaban a talibanes cuando en realidad eran afganos que transitaban por una carretera.
Una potencia militar, aunque esté formada por una alianza de 43 países, puede derrotar a una facción de guerrilleros que se enfrenta a un ejército de casi cien mil soldados. Pero no puede destruir por completo o llevar a la rendición total a un pueblo que no quiere ser dominado por ejércitos extranjeros, especialmente cuando las tropas conquistadoras pertenecen a un estado democrático.
En Afganistán se estrellaron tres veces los ejércitos británicos en el apogeo del imperio victoriano. Los soviéticos salieron derrotados de Kabul después de haber ocupado el país durante varios años. Fue el comienzo del fin de la Unión Soviética. La guerra de Afganistán estuvo justificada tras el sangriento atentado del 11 de septiembre de 2001. Se derrocó el régimen de los talibanes y se sustituyó por un gobierno afgano que ha sido incapaz de controlar la situación que está en manos de los señores de la guerra, los cultivadores de opio y los talibanes que han salido de sus escondrijos.
Los ejércitos aliados saben que esta guerra no se va a ganar y que va a causar muchas bajas de civiles. McNamara era jefe del Pentágono cuando se perpetraban los bombardeos masivos sobre Vietnam. Al final de sus días hizo una confesión que supuraba remordimiento: “¿Cuánto mal hay que causar para lograr el bien?”
sábado, febrero 13, 2010
El intelectual y la política
No recuerdo haber firmado manifiestos a favor o en contra de causas grandes o pequeñas, de partidos o de personas. Primero, porque he tenido el privilegio de firmar artículos, crónicas y reportajes durante muchos años en este diario. Segundo, porque no me considero un intelectual sino un periodista que trata de escribir borradores de la realidad que quedarán sepultados en alguna hemeroteca durmiendo la noche de los tiempos en espera de que algún curioso los consulte en diagonal a través de los modernos buscadores de la red.
Encuentro una pretensión exagerada el autodenominarse intelectual. Los franceses lo pusieron de moda y cualquier escritor se cuelga la medalla de intelectual como si fuera la Legión de Honor. En el mundo anglosajón, por el contrario, el intelectual no está muy considerado. Hay buenos o malos periodistas, ensayistas, historiadores, artistas o críticos que aportan sus ideas y sus obras que son aceptadas o criticadas por el gran público.
No he comprendido nunca cómo un autodenominado intelectual pueda identificarse con un partido político de tal forma que se convierta en un propagandista. Podrá, evidentemente, sentir simpatía por una causa política, pensar que sus postulados convienen al país, valorar muy positivamente a sus líderes. Pero si es una persona de pensamiento ha de aceptar que pueden existir otras soluciones y propuestas, otras formas de servir a la sociedad para promover la convivencia y el humanismo.
La buena marcha de los pueblos depende principalmente de la inteligencia, aunque no necesariamente de los intelectuales. Y la inteligencia es útil siempre en todos los ámbitos de la vida. Hay millones de personas que no tienen una gran cultura, han leído más bien poco, pero son inteligentes porque recurren a la sabiduría del sentido común y a un conocimiento aproximado de la condición humana.
Aconsejo desconfiar de los intelectuales que pretenden decir la última palabra sobre todo y, especialmente, de la política. Platón fue un gran filósofo pero un político de pésima calidad que se puso al servicio del tirano de Siracusa y tuvo que huir por piernas de Sicilia. El periodista ha de explicar lo que pasa y el intelectual pensar sobre lo que ocurre. A ambos les ha de satisfacer todo lo que es real, todo lo que es verdadero, rechazar la manipulación, la mentira y la frivolidad. Con modestia siempre.
Encuentro una pretensión exagerada el autodenominarse intelectual. Los franceses lo pusieron de moda y cualquier escritor se cuelga la medalla de intelectual como si fuera la Legión de Honor. En el mundo anglosajón, por el contrario, el intelectual no está muy considerado. Hay buenos o malos periodistas, ensayistas, historiadores, artistas o críticos que aportan sus ideas y sus obras que son aceptadas o criticadas por el gran público.
No he comprendido nunca cómo un autodenominado intelectual pueda identificarse con un partido político de tal forma que se convierta en un propagandista. Podrá, evidentemente, sentir simpatía por una causa política, pensar que sus postulados convienen al país, valorar muy positivamente a sus líderes. Pero si es una persona de pensamiento ha de aceptar que pueden existir otras soluciones y propuestas, otras formas de servir a la sociedad para promover la convivencia y el humanismo.
La buena marcha de los pueblos depende principalmente de la inteligencia, aunque no necesariamente de los intelectuales. Y la inteligencia es útil siempre en todos los ámbitos de la vida. Hay millones de personas que no tienen una gran cultura, han leído más bien poco, pero son inteligentes porque recurren a la sabiduría del sentido común y a un conocimiento aproximado de la condición humana.
Aconsejo desconfiar de los intelectuales que pretenden decir la última palabra sobre todo y, especialmente, de la política. Platón fue un gran filósofo pero un político de pésima calidad que se puso al servicio del tirano de Siracusa y tuvo que huir por piernas de Sicilia. El periodista ha de explicar lo que pasa y el intelectual pensar sobre lo que ocurre. A ambos les ha de satisfacer todo lo que es real, todo lo que es verdadero, rechazar la manipulación, la mentira y la frivolidad. Con modestia siempre.
miércoles, febrero 10, 2010
Haití ya no es noticia
Mañana se cumplirá un mes del terremoto que devastó Haití, el país más pobre de América, causando cientos de miles de muertos y conmoviendo las conciencias de la sociedad global. Los gobiernos se movilizaron, la ayuda alimentaria y el dinero de instituciones públicas y privadas acudieron en pocos días para remediar tanto dolor y tanta miseria. Obama envió varios miles de soldados para neutralizar el desorden, el pillaje y la miseria de un país que vivía una conmoción profunda. Europa celebró una reunión de ministros para aportar infraestructuras, proyectos y coordinación de la miseria.
Los reporteros de diarios, radio y televisión se desplazaron a Puerto Príncipe desde los cuatro puntos cardinales. Mostraron la magnitud de la tragedia, los supervivientes que salían de los escombros después de permanecer sepultados diez o doce días. Grandes y espectaculares imágenes que indigestaron durante dos semanas los estómagos de medio mundo.
El presidente haitiano mostraba su incapacidad para hacer frente a la dramática situación. El secretario general de la ONU se desplazó en persona a los lugares siniestrados por la calamadidad prometiendo ayuda para neutralizar los efectos del terremoto y para reconstruir un país que nunca se ha mantenido en pie.
Las imágenes de Haití han ido desapareciendo de los informativos de televisión. La mayoría de los enviados especiales han sido requeridos en otros focos informativos o simplemente han regresado a sus redacciones de origen. Es ahora cuando me interesa más leer o saber lo que pasa en Haití, cómo se distribuye la ayuda, qué hacen los marines americanos, qué se está reconstruyendo, cómo se cobijan tantos niños que han perdido a sus padres y no saben dónde están.
Salvo algunas excepciones, como el enviado especial de La Vanguardia, Félix Flores, que sigue enviando crónicas sobre el trauma de la catástrofe, las noticias sobre Haití ya no salen en portada y ni siquiera en las páginas interiores. Las televisiones ya han pasado página. Ya no hay imágenes, queda el dolor de los supervivientes.
En esta cultura del impacto y de la imagen en la que estamos inmersos sólo importa lo inmediato, lo que sobresalta en un momento concreto, los desgarradores videos del sufrimiento, el mostrar el dolor de los demás durante una o dos semanas. La tragedia se diluye, se olvida, se pierde en los recuerdos emotivos de los golpes caprichosos de la naturaleza.
No vamos a marear al personal sobre una catástrofe que ya se ha mostrado abriendo los informativos de todo el mundo. Es ahora, a mi juicio, cuando el periodismo tendría que recorrer la desgraciada república de Haití y explicarnos qué pasa. Cómo añoro el periodismo de Kapusinski. Se habría quedado varias semanas más y nos haría el gran relato de la post tragedia.
Los reporteros de diarios, radio y televisión se desplazaron a Puerto Príncipe desde los cuatro puntos cardinales. Mostraron la magnitud de la tragedia, los supervivientes que salían de los escombros después de permanecer sepultados diez o doce días. Grandes y espectaculares imágenes que indigestaron durante dos semanas los estómagos de medio mundo.
El presidente haitiano mostraba su incapacidad para hacer frente a la dramática situación. El secretario general de la ONU se desplazó en persona a los lugares siniestrados por la calamadidad prometiendo ayuda para neutralizar los efectos del terremoto y para reconstruir un país que nunca se ha mantenido en pie.
Las imágenes de Haití han ido desapareciendo de los informativos de televisión. La mayoría de los enviados especiales han sido requeridos en otros focos informativos o simplemente han regresado a sus redacciones de origen. Es ahora cuando me interesa más leer o saber lo que pasa en Haití, cómo se distribuye la ayuda, qué hacen los marines americanos, qué se está reconstruyendo, cómo se cobijan tantos niños que han perdido a sus padres y no saben dónde están.
Salvo algunas excepciones, como el enviado especial de La Vanguardia, Félix Flores, que sigue enviando crónicas sobre el trauma de la catástrofe, las noticias sobre Haití ya no salen en portada y ni siquiera en las páginas interiores. Las televisiones ya han pasado página. Ya no hay imágenes, queda el dolor de los supervivientes.
En esta cultura del impacto y de la imagen en la que estamos inmersos sólo importa lo inmediato, lo que sobresalta en un momento concreto, los desgarradores videos del sufrimiento, el mostrar el dolor de los demás durante una o dos semanas. La tragedia se diluye, se olvida, se pierde en los recuerdos emotivos de los golpes caprichosos de la naturaleza.
No vamos a marear al personal sobre una catástrofe que ya se ha mostrado abriendo los informativos de todo el mundo. Es ahora, a mi juicio, cuando el periodismo tendría que recorrer la desgraciada república de Haití y explicarnos qué pasa. Cómo añoro el periodismo de Kapusinski. Se habría quedado varias semanas más y nos haría el gran relato de la post tragedia.
lunes, febrero 08, 2010
Ya no valen más trampas
Muchas crisis de la historia se han enderezado con discursos claros y valientes admitiendo la gravedad de la situación. La palabra de Ulises convenció a Agamenón de que la fuerza no era suficiente para conquistar Troya y tras un largo discurso sobre las miserias de la guerra propone actuar con astucia y acabar con los hijos de Príamo introduciendo un caballo de madera, con el vientre repleto de soldados que en una noche destrozan al enemigo en su propia fortaleza.
De Gaulle se dirigió a los franceses a través de la BBC el 18 de junio de 1940 en un discurso que se estudia todavía en las escuelas de Francia. Habló de la ignominiosa rendición del régimen de Vichy al avasallamiento de Hitler. Nacía la Francia libre con un discurso que pedía a sus paisanos sumarse a la resistencia.
Churchill convenció a los británicos que no se rendirían a los bombardeos nazis prometiéndoles que sólo con sangre sudor y lágrimas podrían vencer a lo que calificó como la encarnación del mal. Habló, fue sincero y los ingleses le siguieron en aquellas horas sublimes.
No es peor la actual situación que la que vivía el país en 1977. Fue el discurso de Enrique Fuentes Quintana en vísperas de los Pactos de la Moncloa el que marcó el punto de inflexión para salir del caos que tenía confundido al gobierno Suárez. El profesor Fuentes reconoció la cruda realidad y solicitó el apoyo de todos para salir adelante prometiendo a la ciudadanía explicar con transparencia la verdad de la situación.
Este discurso realista brilla por su ausencia en los largos titubeos del presidente Zapatero que actúa en solitario, sin los colaboradores adecuados, dando bandazos con medidas de urgencia que con frecuencia han sido contradictorias.
No sé si Zapatero está todavía a tiempo. Pero si quiere salvar la situación y su pellejo político sería urgente que se dirigiera a todo el país, nos hablara de la magnitud de la crisis, reconociera sus errores y ofreciera medidas para empezar a salir del hoyo, tras un debate serio y civilizado en el Parlamento.
Si quiere contentar a todos, vale más que no hable. Si piensa en clave electoral, tampoco. Él es el presidente y no saldremos del miedo si no se implican también el resto de partidos y sindicatos. Hace falta transparencia, generosidad y valentía. No valen las trampas. Las urnas ya dirán lo suyo en su momento.
De Gaulle se dirigió a los franceses a través de la BBC el 18 de junio de 1940 en un discurso que se estudia todavía en las escuelas de Francia. Habló de la ignominiosa rendición del régimen de Vichy al avasallamiento de Hitler. Nacía la Francia libre con un discurso que pedía a sus paisanos sumarse a la resistencia.
Churchill convenció a los británicos que no se rendirían a los bombardeos nazis prometiéndoles que sólo con sangre sudor y lágrimas podrían vencer a lo que calificó como la encarnación del mal. Habló, fue sincero y los ingleses le siguieron en aquellas horas sublimes.
No es peor la actual situación que la que vivía el país en 1977. Fue el discurso de Enrique Fuentes Quintana en vísperas de los Pactos de la Moncloa el que marcó el punto de inflexión para salir del caos que tenía confundido al gobierno Suárez. El profesor Fuentes reconoció la cruda realidad y solicitó el apoyo de todos para salir adelante prometiendo a la ciudadanía explicar con transparencia la verdad de la situación.
Este discurso realista brilla por su ausencia en los largos titubeos del presidente Zapatero que actúa en solitario, sin los colaboradores adecuados, dando bandazos con medidas de urgencia que con frecuencia han sido contradictorias.
No sé si Zapatero está todavía a tiempo. Pero si quiere salvar la situación y su pellejo político sería urgente que se dirigiera a todo el país, nos hablara de la magnitud de la crisis, reconociera sus errores y ofreciera medidas para empezar a salir del hoyo, tras un debate serio y civilizado en el Parlamento.
Si quiere contentar a todos, vale más que no hable. Si piensa en clave electoral, tampoco. Él es el presidente y no saldremos del miedo si no se implican también el resto de partidos y sindicatos. Hace falta transparencia, generosidad y valentía. No valen las trampas. Las urnas ya dirán lo suyo en su momento.
miércoles, febrero 03, 2010
Zapatero reza en Washington
El presidente Zapatero se recogerá hoy en oración en un almuerzo en un hotel de Washington y podrá saludar al presidente Obama que también asistirá a este encuentro que reune anualmente a cientos de personas. Habría sido una descortesía que Zapatero hubiera rechazado la invitación a la plegaria del Desayuno Nacional de la Oración que es un acto de carácter religioso pero con repercusiones políticas que no se le escapan a nadie.
Es irrelevante qué pasaje bíblico escogerá el presidente español para leerlo ante un público tan poderoso como heterogéneo. Tampoco importa si Zapatero pedirá algo al Altísimo. Lo que seguramente pasará por su cabeza es por qué su nuevo encuentro con Obama se produce en estas insospechadas circunstancias, después de que la Casa Blanca haya suspendido el viaje presidencial a la cumbre europea del mes de mayo.
También puede rumiar Zapatero sobre las últimas cifras de paro en España que han superado los cuatro millones de personas sin trabajo. Pasarán por su mente los informes de las instituciones internacionales que sitúan a España en los últimos puestos de la recuperación económica de los países ricos. Seguramente reflexionará también sobre la advertencia de los sindicatos españoles que han sacado el fantasma de la huelga general si el gobierno sigue adelante con su propósito de prolongar la edad de jubilación hasta los 67 años. Felipe González ya lo experimentó el 14 de diciembre de 1988.
Qué ingratitud, podrá pensar, la de los sindicatos a los que ha protegido especialmente para garantizar la paz social rechazando realizar las necesarias reformas estructurales. A lo mejor recuerda aquella célebre sentencia de Churchill al acusar al primer ministro Chamberlain, que fue a pactar con Hitler en Munich el año 1938, y que decía: “habéis sacrificado el honor por tratar de evitar la guerra, pero terminaréis teniendo guerra y deshonor”. Puede tener una huelga general y no haber realizado las reformas laborales para salir más rápido de la crisis que está reventando las hechuras de la economía española.
Pero su gran frustración puede ser que la presidencia rotatoria española no ha conseguido atraer la atención de Obama para que acudiera a la cumbre prevista en el mes de mayo. Quizás Zapatero no ha sabido leer con atención el articulado del Tratado de Lisboa que establece que la presidencia de la Unión Europea está en manos de Herman van Rompuy y que la política exterior debe ser gestionada por la baronesa Ashton.
Estamos en periodo de adaptación del Tratado de Lisboa y Obama habrá visto que Europa todavía no tiene teléfono fijo a quien llamar. La presidencia de la UE está en Bruselas y las fotos oficiales de las cumbres son virtuales. Zapatero no tiene por qué rezar pero sí tiene que estar preocupado.
Es irrelevante qué pasaje bíblico escogerá el presidente español para leerlo ante un público tan poderoso como heterogéneo. Tampoco importa si Zapatero pedirá algo al Altísimo. Lo que seguramente pasará por su cabeza es por qué su nuevo encuentro con Obama se produce en estas insospechadas circunstancias, después de que la Casa Blanca haya suspendido el viaje presidencial a la cumbre europea del mes de mayo.
También puede rumiar Zapatero sobre las últimas cifras de paro en España que han superado los cuatro millones de personas sin trabajo. Pasarán por su mente los informes de las instituciones internacionales que sitúan a España en los últimos puestos de la recuperación económica de los países ricos. Seguramente reflexionará también sobre la advertencia de los sindicatos españoles que han sacado el fantasma de la huelga general si el gobierno sigue adelante con su propósito de prolongar la edad de jubilación hasta los 67 años. Felipe González ya lo experimentó el 14 de diciembre de 1988.
Qué ingratitud, podrá pensar, la de los sindicatos a los que ha protegido especialmente para garantizar la paz social rechazando realizar las necesarias reformas estructurales. A lo mejor recuerda aquella célebre sentencia de Churchill al acusar al primer ministro Chamberlain, que fue a pactar con Hitler en Munich el año 1938, y que decía: “habéis sacrificado el honor por tratar de evitar la guerra, pero terminaréis teniendo guerra y deshonor”. Puede tener una huelga general y no haber realizado las reformas laborales para salir más rápido de la crisis que está reventando las hechuras de la economía española.
Pero su gran frustración puede ser que la presidencia rotatoria española no ha conseguido atraer la atención de Obama para que acudiera a la cumbre prevista en el mes de mayo. Quizás Zapatero no ha sabido leer con atención el articulado del Tratado de Lisboa que establece que la presidencia de la Unión Europea está en manos de Herman van Rompuy y que la política exterior debe ser gestionada por la baronesa Ashton.
Estamos en periodo de adaptación del Tratado de Lisboa y Obama habrá visto que Europa todavía no tiene teléfono fijo a quien llamar. La presidencia de la UE está en Bruselas y las fotos oficiales de las cumbres son virtuales. Zapatero no tiene por qué rezar pero sí tiene que estar preocupado.
lunes, febrero 01, 2010
El progreso y el silencio del conocimiento
El progreso de las naciones no hace ruido. En todo caso no nace de la política ni de los discursos. Empieza en la escuela y se consolida en la universidad. En un paseo por los campos de Eton, a los pies del castillo de Windsor, me comentaba hace años Augusto Assia que la batalla de Waterloo se ganó en las aulas y en los campos de deporte de la más elitista de las escuelas inglesas, la puerta de entrada más segura para estudiar en Cambridge y Oxford.
Se me ocurre que si parte de las energías empleadas en el debate político de los últimos años se hubieran desviado a cómo mejorar nuestro sistema educativo, y no me refiero sólo a las siempre definitivas leyes de educación, el país respiraría con mucho más oxígeno.
Acabo de leer que China ha experimentado un crecimiento en investigación científica superior al de cualquier otro país en los últimos treinta años. Hace unos meses Javier Solana nos decía que China produce 400.000 ingenieros cada año. Con más de diez mil publicaciones científicas analizadas se detecta que los investigadores chinos han multiplicado por 64 el número de trabajos presentados desde 1981. Sólo Estados Unidos adelanta a China.
También se descubre que Rusia era la segunda potencia en investigación en la era soviética y hoy ha sido desplazada por India y Brasil. No es una casualidad que las potencias políticas y económicas sean también las primeras en educación, investigación y desarrollo. El estudio publicado por el Financial Times observa tres factores en el aumento espectacular del conocimiento en China.
El primero es la gran inversión del gobierno de Pekín en investigación y desarrollo, desde la escuela hasta los postgrados de la universidad. El segundo es la fluidez de los conocimientos hacia las aplicaciones comerciales e industriales. El tercero es favorecer la diáspora de miles de investigadores hacia Estados Unidos y Europa permitiéndoles trabajar, por ejemplo, medio año en el extranjero y el resto en el propio país.
Es cierto que la renta per cápita de los chinos es inferior a la de Europa y Estados Unidos. Pero el camino emprendido para consagrarse como una gran potencia del conocimiento es el acertado. Diez universidades chinas están muy bien situadas en el ranking educativo mundial. Toda esta realidad es silenciosa pero es el primer síntoma de vitalidad de un país.
Se me ocurre que si parte de las energías empleadas en el debate político de los últimos años se hubieran desviado a cómo mejorar nuestro sistema educativo, y no me refiero sólo a las siempre definitivas leyes de educación, el país respiraría con mucho más oxígeno.
Acabo de leer que China ha experimentado un crecimiento en investigación científica superior al de cualquier otro país en los últimos treinta años. Hace unos meses Javier Solana nos decía que China produce 400.000 ingenieros cada año. Con más de diez mil publicaciones científicas analizadas se detecta que los investigadores chinos han multiplicado por 64 el número de trabajos presentados desde 1981. Sólo Estados Unidos adelanta a China.
También se descubre que Rusia era la segunda potencia en investigación en la era soviética y hoy ha sido desplazada por India y Brasil. No es una casualidad que las potencias políticas y económicas sean también las primeras en educación, investigación y desarrollo. El estudio publicado por el Financial Times observa tres factores en el aumento espectacular del conocimiento en China.
El primero es la gran inversión del gobierno de Pekín en investigación y desarrollo, desde la escuela hasta los postgrados de la universidad. El segundo es la fluidez de los conocimientos hacia las aplicaciones comerciales e industriales. El tercero es favorecer la diáspora de miles de investigadores hacia Estados Unidos y Europa permitiéndoles trabajar, por ejemplo, medio año en el extranjero y el resto en el propio país.
Es cierto que la renta per cápita de los chinos es inferior a la de Europa y Estados Unidos. Pero el camino emprendido para consagrarse como una gran potencia del conocimiento es el acertado. Diez universidades chinas están muy bien situadas en el ranking educativo mundial. Toda esta realidad es silenciosa pero es el primer síntoma de vitalidad de un país.
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