Sería más interesante que la libertad no se dirimiera a gritos sino tranquilamente, con argumentos, pensando en que el otro existe y tiene también sus razones para pensar igual o de distinta manera que uno mismo.
Josep Fontana recuerda en La época del liberalismo, la existencia de un viejo republicano, José María Bonilla, que hace más de un siglo hacía esta amarga reflexión: “todo cuanto existe en España es contrario a la existencia de la libertad”.
Vivimos afortunadamente en una sociedad democrática y libre en la que las ideas y las opiniones circulan a gran velocidad y en todas direcciones escrutando las acciones de las personas con proyección pública. Todo interesa a nuestra era de consumo de una masa crítica de información sin precedentes.
Pero la libertad es uno de los valores que también hay que reconciliar con los demás. Uno de ellos es la responsabilidad en el sentido que, por ejemplo, una mentira tiene efectos perniciosos al igual que una verdad a medias, por mucha libertad que se invoque. Sería peligroso que nos instaláramos en un ambiente confuso sobre la libertad porque conduciría a un dogmatismo que sería hostil a la propia libertad.
Los liberales, que en Estados Unidos se identifican con el Partido Demócrata, sostienen que las personas no pueden ser libres si son pobres o tienen una educación deficiente, en suma, si no se disfruta de ella con algún grado de igualdad social.
En el debate suscitado por el Estatut de Catalunya, encallado en un Tribunal Constitucional que incumple los requisitos formales en la propia composición de sus miembros, se ha levantado una gran polvareda política y periodística en la que la libertad de los individuos queda supeditada a los intereses de la nación española o de la nación catalana. Los argumentos se esgrimen con pocos matices, se expresan en blanco y negro, con un griterío político y mediático que ensordece.
El Tribunal Constitucional hace un triste papel al no estar al día porque socialistas y populares no se han puesto de acuerdo en renovarlo. Y no parece que tengan intención de hacerlo rápidamente. La conclusión, a mi juicio, va más allá de una decisión jurídica del más alto tribunal que ha de velar por el cumplimiento de la Constitución de 1978.
Parece más bien la constatación de que los dos grandes partidos españoles no aceptan un Estatut que ha hecho todo el recorrido preceptivo para estar en vigor.
lunes, noviembre 30, 2009
miércoles, noviembre 25, 2009
La España que no se gusta
España no les gustaba tal como era y era preciso europeizarla a toda costa. Ésta es una de las conclusiones a las que llega Vicens Vives en su Aproximación a la historia de España, publicada por primera vez en 1955, al referirse al abatimiento peninsular como consecuencia de la pérdida de las colonias y su desprestigio en Europa.
¿Qué es España?, se preguntaron los intelectuales y literatos de la época, una pregunta que ha sido formulada de muy diversas maneras en los últimos cien años mientras la confrontación entre españoles se bañaba con la sangre de la guerra civil, dos largas dictaduras y desencuentros varios.
La Constitución de 1978 inauguraba el periodo más largo de paz, libertad y progreso que ha conocido el país y que ahora vuelve a ponerse en peligro, precisamente por cuestionarse nuevamente la idea de España, esta España siempre inacabada, en tiempos en los que el país está anclado en todas las instituciones políticas, económicas y militares de la comunidad democrática occidental, de las que nuestra turbulenta historia nos situó fuera de ellas.
Sobre qué forma se daría a la futura España que ambicionaban los protagonistas de la generación de 1998, sigo con Vicens Vives, hubo divergencia de miras: “los periféricos, sobre todo los catalanes, predicaron una solución optimista, constructiva, burguesa e historicista; los castellanos, en cambio, se caracterizaron por su pesimismo, el desgarro de su pasado, su aristocratismo y su abstractismo. Ambos grupos tenían su razón de ser en un nacionalismo ardiente, que deseaba quemar etapas y restaurar la grandeza de España. Si ello no era posible, si España estaba muerta, los catalanes, los vascos y los gallegos habrían de renunciar a sobrellevar el peso de Castilla. Todo el problema estaba ahí”.
Las circunstancias han cambiado. España no está muerta, en buena parte porque hace treinta años empezó a escuchar tímidamente a los que le “hablaban en lengua no castellana”, como imploraba Joan Maragall en su conocida Oda a España, escrita precisamente en 1898.
España ha progresado no solamente por la descentralización administrativa y política, como consecuencia de la implementación de la Constitución de 1978, sino por el espíritu de mutuo reconocimiento que ha hecho que el concepto de Estado centralista hubiera soltado lastre hacia Europa y hacia las Comunidades Autónomas.
Lo que fue un problema insoluble y endémico pasó a ser una solución que ha dado frutos incuestionables. Si la derecha o la izquierda españolas quieren revertir esta realidad se corre un grave riesgo. Si los garantes de la ley y el espíritu de la Constitución no tienen en cuenta la historia y la fuerza de los hechos se les podría achacar la célebre frase atribuida a Tayllerand: es peor que un crimen, es un error.
lunes, noviembre 23, 2009
Las sonrisas sostenibles
Ha nacido la ley de la sostenibilidad entre sonrisas, alfombras rojas, pasarela de ministras y ministros desfilando en formato de entrega de oscars y el presidente Zapatero y su señora Sonsoles descendiendo risueños por una escalera mecánica ante la euforia de una audiencia entregada a la causa.
Felicito al productor de este evento dominguero que tuvo efectos mediáticos muy interesantes y que resume una nueva manera de presentar la política como un gran espectáculo sugestivo para las mayorías que siguen la actualidad sólo a través de la televisión.
Pero cualquier espectador imparcial ha de reconocer la imposibilidad de hacer compatible la fiesta de las sonrisas con la realidad de una sociedad en la que las lágrimas van ganando terreno a las alegrías. José María Ridao recordaba ayer la definición de Karl Marx al catalogar a España como el país de Europa con más leyes y donde menos se cumplían. Un ministro de la Restauración dijo aquello de que “para los amigos, el perdón, para los enemigos, basta con la ley”.
No más leyes, por favor, basta con las vigentes. Me comenta un amigo jurista que la anunciada ley de sostenibilidad para salir de la crisis que por fin se admitió, no puede ser otra cosa que las medidas adoptadas el 14 de agosto de 2008 y ratificadas por un consejo de ministros extraordinario posterior. Aquellas urgentes decisiones no han frenado la desaparición de puestos de trabajo y el aumento del paro que sitúa a España en el liderazgo de la Unión Europea que Zapatero presidirá a partir del primero de enero.
De la misma manera que se construyen situaciones virtuales de gran impacto, se legisla y se planifica a golpe de encuestas, de manifestaciones y de políticas a corto plazo sin pensar que la mejor sostenibilidad es aquella que se fabrica a medio y a largo plazo.
Me temo que la ley de sostenibilidad será un conjunto de medidas que ya están en vigor y que ayer mismo el gobernador del Banco de España decía que eran insuficientes para crear puestos de trabajo. Zapatero ha querido evitar la crisis social sin preocuparse de crear riqueza. Terminará sin crecimiento y con crisis social.
Necesita este tiempo menos espectáculo y más rigor, menos ardor partidista y más medidas que beneficien al conjunto de la sociedad. Menos sonrisas y más acciones de gobierno eficaces.
Felicito al productor de este evento dominguero que tuvo efectos mediáticos muy interesantes y que resume una nueva manera de presentar la política como un gran espectáculo sugestivo para las mayorías que siguen la actualidad sólo a través de la televisión.
Pero cualquier espectador imparcial ha de reconocer la imposibilidad de hacer compatible la fiesta de las sonrisas con la realidad de una sociedad en la que las lágrimas van ganando terreno a las alegrías. José María Ridao recordaba ayer la definición de Karl Marx al catalogar a España como el país de Europa con más leyes y donde menos se cumplían. Un ministro de la Restauración dijo aquello de que “para los amigos, el perdón, para los enemigos, basta con la ley”.
No más leyes, por favor, basta con las vigentes. Me comenta un amigo jurista que la anunciada ley de sostenibilidad para salir de la crisis que por fin se admitió, no puede ser otra cosa que las medidas adoptadas el 14 de agosto de 2008 y ratificadas por un consejo de ministros extraordinario posterior. Aquellas urgentes decisiones no han frenado la desaparición de puestos de trabajo y el aumento del paro que sitúa a España en el liderazgo de la Unión Europea que Zapatero presidirá a partir del primero de enero.
De la misma manera que se construyen situaciones virtuales de gran impacto, se legisla y se planifica a golpe de encuestas, de manifestaciones y de políticas a corto plazo sin pensar que la mejor sostenibilidad es aquella que se fabrica a medio y a largo plazo.
Me temo que la ley de sostenibilidad será un conjunto de medidas que ya están en vigor y que ayer mismo el gobernador del Banco de España decía que eran insuficientes para crear puestos de trabajo. Zapatero ha querido evitar la crisis social sin preocuparse de crear riqueza. Terminará sin crecimiento y con crisis social.
Necesita este tiempo menos espectáculo y más rigor, menos ardor partidista y más medidas que beneficien al conjunto de la sociedad. Menos sonrisas y más acciones de gobierno eficaces.
miércoles, noviembre 18, 2009
Soluciones y parches
La democracia parlamentaria está construida sobre poderes y contrapoderes que se vigilan y se controlan mutuamente. Los jueces hablan por sus autos, el legislativo discute y aprueba leyes y el gobierno las ejecuta con la discrecionalidad que le otorga su mayoría parlamentaria, pero siempre expuesto al cedazo de los medios de comunicación que contribuyen a fabricar la opinión pública que tiene en cuenta las teorías pero sobre todo sus intereses.
Esta es la teoría y el enunciado del modelo. A pesar de ello, el sistema es tan imperfecto que sus costuras se rompen con frecuencia porque los conflictos forman parte de la condición humana. No falla el sistema sino la conducta de quienes lo administran. Cuando esto ocurre se entra en una crisis.
A la larga, las sociedades juzgan más los actos que las intenciones, las realidades más que los discursos. La comedia no es suficiente y se requiere también inteligencia, coraje y honestidad para convencer a una mayoría de ciudadanos. La gente acaba teniendo la última palabra aunque muestre con frecuencia su ingratitud. Churchill y Kohl fueron dos grandes estadistas. El primero resistió solo la agresividad de Hitler y el segundo unificó Alemania cuando parecía una empresa imposible y costosa. Lo hicieron muy bien pero no les volvieron a votar o los echaron de mala manera.
Un gobierno no puede vivir en permanente fragilidad pensando que con discursos y teorías se esconden los problemas que laten en una sociedad. La crisis económica es profunda y empieza a atisbarse una crisis social que el presidente Zapatero ha querido evitar de todos modos, con la complicidad de los sindicatos y con inyecciones monumentales de euros para los más necesitados sin preocuparse igualmente de crear riqueza.
No se entiende que los agentes sociales, el gobierno, los sindicatos y la patronal, no estén en sintonía para aumentar el consumo, crear puestos de trabajo y salir de la crisis. Si no cambia de proceder, habrá crisis social y el despegue de la economía será más lento y más complicado.
Cuando un gobierno o una institución del Estado incumplen su cometido los fusibles del sistema saltan por los aires y la gente protesta en la calle. El gobierno Zapatero empezó a reaccionar y coordinar el conflicto del Alakrana con seriedad cuando la información que venía del buque secuestrado salía de su control y se ponía en evidencia. Igualmente ocurrió con los airados ciudadanos de Santa Coloma o cuando se van cerrando empresas enviando a miles de trabajadores al paro. La precariedad de los agricultores va a estallar en confrontaciones inesperadas.
El fondo de la cuestión es que la sociedad tiene la percepción de que ante la magnitud de la crisis, los gobiernos reaccionan con parches.
lunes, noviembre 16, 2009
El primer presidente del Pacífico
Barack Obama lanzó un mensaje muy claro al inaugurar su gira asiática diciendo que es el primer presidente norteamericano del Pacífico. Nació en Hawai, se educó en Indonesia, se instaló en Chicago, pasó por Harward y aterrizó en el Senado de Washington y finalmente en la Casa Blanca. Lo habitual en los presidentes después de la guerra era proclamarse atlantistas formando alianzas militares, económicas y políticas con Europa para contener el expansionismo soviético.
El eje atlántico está vigente pero la potencia económica y demográfica mundial se está trasladando gradualmente y Obama aprovecha la primera ocasión para levantar acta de que el Pacífico está desplazando al Atlántico.
Japón, Singapur, China y Corea del Sur son el itinerario de la gira presidencial. El plato fuerte es la visita a China con la que Estados Unidos quiere mantener unas buenas relaciones a pesar de las diferencias de fondo entre la democracia americana y el régimen de Pekín.
A su paso por Shanghai, Obama se encontró con un grupo de universitarios conlos que conversó abiertamente en inglés sin que el debate fuera transmitido por la televisión china. Estados Unidos, dijo, no quiere imponer ningún sistema a nadie pero señaló que hay ciertos derechos y libertades que son universales. Derechos que son aplicables a todos los pueblos, incluidas las minorías étnicas y religiosas. China es una potencia imparable pero es un país autoritario en el que no hay elecciones, los periódicos son censurados, se controla Internet y el que se pronuncia contra el gobierno acaba en la cárcel.
Obama les comentó a los universitarios que la libertad “me obliga a escuchar opiniones que no son de mi gusto”. No lleva ni un año en la Casa Blanca y ha experimentado el contratiempo de la crítica en los medios, en la oposición y en su propio partido. Su popularidad ha descendido notablemente. Son las reglas de juego.
Obama no sólo se refirió a la libertad de información sino también a los derechos de las minorías étnicas y religiosas. El gobierno de Pekín reprimió duramente a los musulmanes de Uighur y considera al Dalai Lama un enemigo del estado por reclamar los derechos de los tibetanos. China puede llegar a ser la primera potencia económica mundial y dominar los continentes. Pero si el régimen no abre las puertas a la libertad serán los chinos los que la reclamarán.
El eje atlántico está vigente pero la potencia económica y demográfica mundial se está trasladando gradualmente y Obama aprovecha la primera ocasión para levantar acta de que el Pacífico está desplazando al Atlántico.
Japón, Singapur, China y Corea del Sur son el itinerario de la gira presidencial. El plato fuerte es la visita a China con la que Estados Unidos quiere mantener unas buenas relaciones a pesar de las diferencias de fondo entre la democracia americana y el régimen de Pekín.
A su paso por Shanghai, Obama se encontró con un grupo de universitarios conlos que conversó abiertamente en inglés sin que el debate fuera transmitido por la televisión china. Estados Unidos, dijo, no quiere imponer ningún sistema a nadie pero señaló que hay ciertos derechos y libertades que son universales. Derechos que son aplicables a todos los pueblos, incluidas las minorías étnicas y religiosas. China es una potencia imparable pero es un país autoritario en el que no hay elecciones, los periódicos son censurados, se controla Internet y el que se pronuncia contra el gobierno acaba en la cárcel.
Obama les comentó a los universitarios que la libertad “me obliga a escuchar opiniones que no son de mi gusto”. No lleva ni un año en la Casa Blanca y ha experimentado el contratiempo de la crítica en los medios, en la oposición y en su propio partido. Su popularidad ha descendido notablemente. Son las reglas de juego.
Obama no sólo se refirió a la libertad de información sino también a los derechos de las minorías étnicas y religiosas. El gobierno de Pekín reprimió duramente a los musulmanes de Uighur y considera al Dalai Lama un enemigo del estado por reclamar los derechos de los tibetanos. China puede llegar a ser la primera potencia económica mundial y dominar los continentes. Pero si el régimen no abre las puertas a la libertad serán los chinos los que la reclamarán.
miércoles, noviembre 11, 2009
Recuerdos de noviembre
A las once horas del día 11 de noviembre de 1918 se firmó el armisticio de la Gran Guerra en los bosques de Compiègne, a cien kilómetros de París. Se acababa la guerra que “iba a terminar con todas las guerras” con el triste legado de diez millones de muertos en los campos de batalla europeos, se descomponían cuatro imperios, se instalaba el principio de autodeterminación impulsado por el presidente norteamericano Woodrow Wilson, se puso en marcha la Revolución de Octubre de 1917 y se recomponía una vez más el mapa de los estados en Europa.
Hoy ha sido el día del recuerdo en muchas capitales europeas. En Londres se repitió el ritual de la presentación de coronas de flores ante el cenotafio de Whitehall con los líderes de los partidos políticos luciendo una amapola roja en el ojal, todos vestidos de negro, en señal de luto por la primera gran matanza en lo que se ha considerado la primera guerra civil europea del siglo XX.
El presidente Sarkozy y la canciller Merkel recordaron igualmente en París lo que fue una horrorosa carnicería entre los ejércitos combatientes. En casi todos los pueblos de Francia se levanta un monolito en el que figuran los caídos en aquella guerra. Los muertos de la II Guerra Mundial constan a continuación de los de la Gran Guerra.
Fue la guerra de los pueblos porque fueron los pueblos los que nutrieron a los ejércitos de toda Europa con el reclutamiento obligatorio de los que tenían la edad para ir al frente. Murieron los jóvenes universitarios, los de las clases menestrales y los obreros. Era la primera gran hecatombe europea del siglo XX que pondría fin a muchos siglos de hegemonía mundial.
Recorriendo los Atlas históricos se advierte que lo más habitual entre los reinos, las naciones y los estados de Europa es la guerra. Los conflictos se convirtieron en endémicos desde que el cardenal Richelieu declaró la razón de estado, aquella idea que prioriza los intereses de la estructura del estado por encima de las voluntades de sus ciudadanos.
Se me ocurre relacionar aquel 11 de noviembre de 1918 con el 9 de noviembre de 2009 en el que viejos aliados y antiguos enemigos celebraron en Berlín el veinte aniversario de la caída del Muro. Europa certificaba su conciliación después de un siglo de violencia, guerras y dictaduras que causaron la muerte a ochenta millones de europeos, según las estimaciones más conservadoras.
Al término de la última gran tragedia unos cuantos europeos dijeron basta a la guerra. Adenauer, De Gasperi, Monet, Schumann, Spaak y otros impulsaron el movimiento de paz, libertad, convivencia y progreso que se ha convertido en la Unión Europea cuyo objetivo fundamental no es otro que evitar la guerra. Todo lo demás es secundario si tenemos en cuenta el historial de nuestras guerras.
Hoy ha sido el día del recuerdo en muchas capitales europeas. En Londres se repitió el ritual de la presentación de coronas de flores ante el cenotafio de Whitehall con los líderes de los partidos políticos luciendo una amapola roja en el ojal, todos vestidos de negro, en señal de luto por la primera gran matanza en lo que se ha considerado la primera guerra civil europea del siglo XX.
El presidente Sarkozy y la canciller Merkel recordaron igualmente en París lo que fue una horrorosa carnicería entre los ejércitos combatientes. En casi todos los pueblos de Francia se levanta un monolito en el que figuran los caídos en aquella guerra. Los muertos de la II Guerra Mundial constan a continuación de los de la Gran Guerra.
Fue la guerra de los pueblos porque fueron los pueblos los que nutrieron a los ejércitos de toda Europa con el reclutamiento obligatorio de los que tenían la edad para ir al frente. Murieron los jóvenes universitarios, los de las clases menestrales y los obreros. Era la primera gran hecatombe europea del siglo XX que pondría fin a muchos siglos de hegemonía mundial.
Recorriendo los Atlas históricos se advierte que lo más habitual entre los reinos, las naciones y los estados de Europa es la guerra. Los conflictos se convirtieron en endémicos desde que el cardenal Richelieu declaró la razón de estado, aquella idea que prioriza los intereses de la estructura del estado por encima de las voluntades de sus ciudadanos.
Se me ocurre relacionar aquel 11 de noviembre de 1918 con el 9 de noviembre de 2009 en el que viejos aliados y antiguos enemigos celebraron en Berlín el veinte aniversario de la caída del Muro. Europa certificaba su conciliación después de un siglo de violencia, guerras y dictaduras que causaron la muerte a ochenta millones de europeos, según las estimaciones más conservadoras.
Al término de la última gran tragedia unos cuantos europeos dijeron basta a la guerra. Adenauer, De Gasperi, Monet, Schumann, Spaak y otros impulsaron el movimiento de paz, libertad, convivencia y progreso que se ha convertido en la Unión Europea cuyo objetivo fundamental no es otro que evitar la guerra. Todo lo demás es secundario si tenemos en cuenta el historial de nuestras guerras.
lunes, noviembre 09, 2009
Cayó por su propia insolvencia
El día que se levantó el Muro de Berlín en agosto de 1961 me encontraba en Alemania como muchos jóvenes que corrían la aventura de viajar por Europa en auto-stop. A las pocas semanas de haber caído hace ahora veinte años volví a visitar Berlín y pude llevarme una piedra que arranqué de una pared todavía no derruida del todo y que conservo como elemento decorativo.
Se ha contado todo sobre los frenéticos acontecimientos de aquellos días de noviembre en Berlín y las consecuencias que tuvieron en el mundo entero. Con la caída del muro se derrumbaba también la Unión Soviética que desde el momento de su fundación se hizo llamar república de trabajadores y campesinos pero que acabó privando a sus trabajadores de los derechos que gozaban en el mundo libre.
El comunismo ha tenido una gran fuerza e influencia en la historia reciente hasta el punto que la universidad de Cambridge, una de las más prestigiosas de Europa, suministró al Kremlin los espías más incondicionales y más eficaces, una metáfora del papel central que el comunismo significó en el pensamiento europeo en el siglo pasado.
El comunismo no cayó en Europa central con las revueltas de la República Democrática Alemana en 1953, con las de Hungría en 1956 o las de Checoslovaquia en 1968. Se derrumbó sin disparar un solo tiro, desde dentro, con la aprobación implícita del Kremlin gobernado por Gorbachev.
Uno de los historiadores marxistas vivos más respetados, Eric Hobsbawm, lo expresó con gran llaneza al decir que “por la naturaleza de su ideología, el comunismo pretendía ser juzgado por su éxito pero no tenía un plan alternativo en caso de fracasar”. El sistema soviético no se derrumbó por las teorías intelectuales sino por la fuerza de los hechos.
Se llegó a la paradoja, según cuenta el radical y brillante historiador británico A.J.P. Taylor, de que hubiera más comunistas en el Departamento de Estado en Washington que en las fábricas de automóviles Ford si alguien se hubiera entretenido en buscarlos.
El comunismo como sistema político no concibió otro tribunal que el de la historia y fue la historia el que, irónicamente, se encargó de hacerlo desaparecer porque no fue aceptado finalmente por las sociedades a las que pretendía hacer más felices sin libertad. Se extinguió como una candela cuando ya no tiene cera.
Se ha contado todo sobre los frenéticos acontecimientos de aquellos días de noviembre en Berlín y las consecuencias que tuvieron en el mundo entero. Con la caída del muro se derrumbaba también la Unión Soviética que desde el momento de su fundación se hizo llamar república de trabajadores y campesinos pero que acabó privando a sus trabajadores de los derechos que gozaban en el mundo libre.
El comunismo ha tenido una gran fuerza e influencia en la historia reciente hasta el punto que la universidad de Cambridge, una de las más prestigiosas de Europa, suministró al Kremlin los espías más incondicionales y más eficaces, una metáfora del papel central que el comunismo significó en el pensamiento europeo en el siglo pasado.
El comunismo no cayó en Europa central con las revueltas de la República Democrática Alemana en 1953, con las de Hungría en 1956 o las de Checoslovaquia en 1968. Se derrumbó sin disparar un solo tiro, desde dentro, con la aprobación implícita del Kremlin gobernado por Gorbachev.
Uno de los historiadores marxistas vivos más respetados, Eric Hobsbawm, lo expresó con gran llaneza al decir que “por la naturaleza de su ideología, el comunismo pretendía ser juzgado por su éxito pero no tenía un plan alternativo en caso de fracasar”. El sistema soviético no se derrumbó por las teorías intelectuales sino por la fuerza de los hechos.
Se llegó a la paradoja, según cuenta el radical y brillante historiador británico A.J.P. Taylor, de que hubiera más comunistas en el Departamento de Estado en Washington que en las fábricas de automóviles Ford si alguien se hubiera entretenido en buscarlos.
El comunismo como sistema político no concibió otro tribunal que el de la historia y fue la historia el que, irónicamente, se encargó de hacerlo desaparecer porque no fue aceptado finalmente por las sociedades a las que pretendía hacer más felices sin libertad. Se extinguió como una candela cuando ya no tiene cera.
miércoles, noviembre 04, 2009
Obama, sueños y realidades
La elección de Barack Obama como presidente de Estados Unidos hace un año fue un acontecimiento histórico. The Washington Post titulaba en portada Obama makes history mientras miles de washingtonianos rodeaban la manzana de la calle 14 para hacerse con un ejemplar en recuerdo de aquella victoria que situaba a un negro en la Casa Blanca.
El punto de inflexión de la elección de Obama era algo más que un cambio de la política de casi todas las presidencias desde Ronald Reagan en 1980 hasta George W. Bush, con los dos mandatos de Bill Clinton incluídos.
La elocuencia del senador por Illinois, su discurso impecable a la manera de Abraham Lincoln y John Kennedy, su complicidad con la juventud, la colaboración de diez millones de ciudadanos para conseguir la victoria, la introducción de Internet para movilizar a millones de americanos fueron un mérito del presidente Obama.
Pero mientras me paseaba por las calles de Washington hoy hace un año, pensaba también que su elección era un mérito de la capacidad integradora de un país en el que los blancos anglosajones han dejado de tener asegurada la hegemonía. Le votaron casi todos los negros, una mayoría de hispanos, muchos asiáticos y también blancos de todo el expectro social que querían deshacerse de una administración que les había llevado a dos guerras con futuro incierto y a una pérdida de la credibilidad norteamericana en todo el mundo.
La campaña electoral se libró en plena cascada de la crisis económica que metió el miedo en el cuerpo a muchos americanos. El lema de Obama, la audacia de la esperanza, invitaba al giro histórico que se registró en las urnas el 4 de noviembre de 2008.
Ha transcurrido un año y Obama sigue cautivando por su discurso, por sus gestos y por su habilidad por conectar con las gentes. Pero su desgaste lo recogió la misma noche del martes pasado con la derrota de los candidatos demócratas a los puestos de gobernador en Virginia y New Jersey.
Pretendía introducir un sistema sanitario universal y se ha quedado a medias. Es paradójico que el país occidental que gasta más en la salud de sus ciudadanos sea el que más gentes tenga sin cobertura sanitaria. Su objetivo se ha quedado a medio camino.
Otro adversario de peso es Rupert Murdoch, el gran propietario de diarios, radios y televisiones, que pasó a la ofensiva con la cadena Fox News hasta el punto de obligar a la Casa Blanca a contraatacar con un dispositivo de comunicación instalado en el área de presidencia con el único objetivo de neutralizar las informaciones de la Fox. Un error.
En política exterior ha recuperado el respeto del mundo. Pero tiene guerras abiertas en Iraq y Afganistán sin alternativas para salir de ellas victorioso. Le quedan todavía tres años para convertir la esperanza en realidades.
El punto de inflexión de la elección de Obama era algo más que un cambio de la política de casi todas las presidencias desde Ronald Reagan en 1980 hasta George W. Bush, con los dos mandatos de Bill Clinton incluídos.
La elocuencia del senador por Illinois, su discurso impecable a la manera de Abraham Lincoln y John Kennedy, su complicidad con la juventud, la colaboración de diez millones de ciudadanos para conseguir la victoria, la introducción de Internet para movilizar a millones de americanos fueron un mérito del presidente Obama.
Pero mientras me paseaba por las calles de Washington hoy hace un año, pensaba también que su elección era un mérito de la capacidad integradora de un país en el que los blancos anglosajones han dejado de tener asegurada la hegemonía. Le votaron casi todos los negros, una mayoría de hispanos, muchos asiáticos y también blancos de todo el expectro social que querían deshacerse de una administración que les había llevado a dos guerras con futuro incierto y a una pérdida de la credibilidad norteamericana en todo el mundo.
La campaña electoral se libró en plena cascada de la crisis económica que metió el miedo en el cuerpo a muchos americanos. El lema de Obama, la audacia de la esperanza, invitaba al giro histórico que se registró en las urnas el 4 de noviembre de 2008.
Ha transcurrido un año y Obama sigue cautivando por su discurso, por sus gestos y por su habilidad por conectar con las gentes. Pero su desgaste lo recogió la misma noche del martes pasado con la derrota de los candidatos demócratas a los puestos de gobernador en Virginia y New Jersey.
Pretendía introducir un sistema sanitario universal y se ha quedado a medias. Es paradójico que el país occidental que gasta más en la salud de sus ciudadanos sea el que más gentes tenga sin cobertura sanitaria. Su objetivo se ha quedado a medio camino.
Otro adversario de peso es Rupert Murdoch, el gran propietario de diarios, radios y televisiones, que pasó a la ofensiva con la cadena Fox News hasta el punto de obligar a la Casa Blanca a contraatacar con un dispositivo de comunicación instalado en el área de presidencia con el único objetivo de neutralizar las informaciones de la Fox. Un error.
En política exterior ha recuperado el respeto del mundo. Pero tiene guerras abiertas en Iraq y Afganistán sin alternativas para salir de ellas victorioso. Le quedan todavía tres años para convertir la esperanza en realidades.
lunes, noviembre 02, 2009
Millet y los pretorianos
La corrupción expuesta en los sumarios de los casos Millet y Pretoria ha producido gran desazón entre los catalanes. Un amigo me comentaba el otro día que estaba triste por el grado de indignidad que mostraban las imágenes de personas exhibidas con esposas antes de entrar en la Audiencia Nacional.
Tampoco pude evitar el sentimiento de compasión que producen situaciones innecesariamente crueles que comportan una condena a priori de quienes se someten al primer interrogatorio de un sumario que va a determinar la culpabilidad o inocencia de los presuntos delincuentes.
A la luz de estos dos casos que han sacudido la conciencia política y cívica de Catalunya se puede deducir que estamos en un país aturdido, derrotado y humillado por un juez que nos envía la Guardia Civil para sacar nuestras vergüenzas a la luz pública.
Soy de la opinión de que Catalunya goza de buena salud. Lo que el inefable y errático juez Garzón ha puesto de relieve es la mala salud de una cierta idea de Catalunya que en nombre de la patria o de los partidos políticos permitía cultivar impunemente la corrupción en ayuntamientos o en despachos de influyentes personajes que conseguían operaciones urbanísticas desviando cuantiosas sumas de dinero hacia bolsillos particulares.
En nombre de la patria se pueden hacer grandes cosas honorables. Son muchos los catalanes que lo han hecho y lo seguirán haciendo. Pero no se puede robar, extorsionar o perjudicar al bien común envuelto en la bandera nacional, en un apellido fuera de toda duda, en nombre de la promoción de la cultura o cualquier otra causa digna.
Pero tampoco se puede delinquir en nombre de un partido político hegemónico en el territorio más densamente poblado de Catalunya. Ni en nombre de la nación ni tampoco en nombre de un partido. En este sentido, me parece que desenmascarar a los Millet y a los pretorianos que actuaban para lucrarse personalmente y sin escrúpulos al margen de la ley tiene más de positivo que de negativo.
Catalunya saldrá fortalecida de este trance que nos ha situado frente al espejo para descubrir que somos, más o menos, como los demás. Saldrá fortalecida si aprende la lección y los responsables de las instituciones públicas rinden cuentas con transparencia, sometidos al cedazo de los electores y la opinión pública
Tampoco pude evitar el sentimiento de compasión que producen situaciones innecesariamente crueles que comportan una condena a priori de quienes se someten al primer interrogatorio de un sumario que va a determinar la culpabilidad o inocencia de los presuntos delincuentes.
A la luz de estos dos casos que han sacudido la conciencia política y cívica de Catalunya se puede deducir que estamos en un país aturdido, derrotado y humillado por un juez que nos envía la Guardia Civil para sacar nuestras vergüenzas a la luz pública.
Soy de la opinión de que Catalunya goza de buena salud. Lo que el inefable y errático juez Garzón ha puesto de relieve es la mala salud de una cierta idea de Catalunya que en nombre de la patria o de los partidos políticos permitía cultivar impunemente la corrupción en ayuntamientos o en despachos de influyentes personajes que conseguían operaciones urbanísticas desviando cuantiosas sumas de dinero hacia bolsillos particulares.
En nombre de la patria se pueden hacer grandes cosas honorables. Son muchos los catalanes que lo han hecho y lo seguirán haciendo. Pero no se puede robar, extorsionar o perjudicar al bien común envuelto en la bandera nacional, en un apellido fuera de toda duda, en nombre de la promoción de la cultura o cualquier otra causa digna.
Pero tampoco se puede delinquir en nombre de un partido político hegemónico en el territorio más densamente poblado de Catalunya. Ni en nombre de la nación ni tampoco en nombre de un partido. En este sentido, me parece que desenmascarar a los Millet y a los pretorianos que actuaban para lucrarse personalmente y sin escrúpulos al margen de la ley tiene más de positivo que de negativo.
Catalunya saldrá fortalecida de este trance que nos ha situado frente al espejo para descubrir que somos, más o menos, como los demás. Saldrá fortalecida si aprende la lección y los responsables de las instituciones públicas rinden cuentas con transparencia, sometidos al cedazo de los electores y la opinión pública
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