La fiebre de cortar cintas inaugurando obras públicas procede de un virus que se instala en el poder y que se convierte en epidemia cuando se acercan elecciones. Los síntomas de la infección se observan con anuncios de inauguraciones anticipadas y con colocación de últimas y de primeras piedras a los pocos meses de abrirse las urnas.
El presidente Zapatero no ha aportado grandes innovaciones en esta materia. Quienes modestamente advertíamos que el tren veloz no llegaría a la estación de Sants este año, se nos tachaba de pesimistas y desconfiados en el funcionamiento del Estado. Llevo siguiendo semana a semana las obras del AVE desde que las nuevas vías cruzaron el Llobregat a la altura de Martorell. He compartido comentarios con tranquilos jubilados que observan la obra pública desde las rendijas de una verja o desde un improvisado puente colgante.
La ministra Magdalena Álvarez insistía hasta hace diez días en que el calendario presidencial se cumpliría inexorablemente, como si fuera el cambio del ciclo lunar o el avance otoñal de una hora del reloj. Envió a su lugarteniente en infraestructuras, Víctor Morlán, que se plantó en Barcelona para coordinar las obras.
Los episodios recientes son de sobras conocidos. El resultado de tantas prisas es que no hay calendario y no habrá corte de cintas inaugurales antes de las elecciones. Los trenes de cercanías están parcialmente paralizada y el proyecto para que el tren rápido cruce Barcelona rozando los cimientos de la Sagrada Familia ya no es defendido con tanto entusiasmo.
Dice la ministra Álvarez que no va a dimitir mientras cuente con la confianza de Zapatero. No faltaría más. Dimita o no, la gestión de la entrada del AVE en Barcelona puede calificarse como una chapuza de grandes dimensiones.
Dice Acebes que a Zapatero le ha entrado la fiebre inaugural. Todos recordamos las numerosas inauguraciones que Aznar y Álvarez Cascos perpetraron meses antes de marzo de 2004 poniendo las primeras piedras de mecanismos de trasvase de las aguas del Ebro hacia el sur. Allí están.
Al conseller Puigcercós le diría que el traspaso de competencias absoluto en infraestructuras no es ninguna garantía. El Eix Transversal se inauguró por tramos once veces. Ahora hay que rehacerlo de comienzo a fin porque los índices de siniestralidad son un peligro público. El Carmel se hundió creando una crisis en el primer tripartito.
Publicado en La Vanguardia el 30 de octubre de 2007
miércoles, octubre 31, 2007
lunes, octubre 29, 2007
Todos somos huéspedes del otro
En Manhattan se hablan 120 lenguas, nos decía George Steiner en una muy interesante conferencia pronunciada en el Saló del Tinell el martes pasado. En Barcelona, según datos oficiosos, se hablan más de 200. Nueva York y Barcelona son ciudades cosmopolitas y políglotas.
El sociedad neoyorkina es un crisol de culturas, etnias y religiones que se proyectan en todo el país. La sociedad catalana y española son fruto también de sucesivas inmigraciones que han transportado sus identidades modificando las fotos fijas que hemos tenido en cada época.
El proceso norteamericano se remonta a doscientos años. En nuestro caso es consecuencia de nuestra agitada y vieja historia que se pierde en la noche de los tiempos. El respeto al otro, con todas las dificultades e injusticias cometidas en el pasado, ha sido una necesidad impuesta por la fuerza de los hechos en Estados Unidos que han conocido avalanchas masivas de forasteros en periodos muy cortos.
El siglo pasado, Catalunya conoció la llegada masiva de gentes venidas de las tierras hispánicas contribuyendo al progreso y sin afectar seriamente a la convivencia y al respeto mutuos. Tanto es así, que el hoy president de la Generalitat fue uno de esos inmigrantes que llegó desde Córdoba a la edad de 17 años y que habla catalán casi a la perfección porque ha querido y porque ha entendido que la lengua que le ha acogido también es la suya propia.
Los inmigrantes de ayer y los de hoy no llegan en calidad de huéspedes sino con la voluntad de integrarse y de participar en el progreso y en la convivencia que resultará en nueva foto fija que se verá dentro de una generación.
Las imágenes repugnantes de un joven insultando y dando coces a una joven ecuatoriana mientras hablaba con el móvil no se sabe con quién son inquietantes porque rompen con la cultura de acogida del país. Son secuencias que han dado la vuelta al mundo y que señalan a Barcelona como un lugar peligroso, racista, en el que un matón se permite abusar de una persona por el hecho de que sea de fuera.
Que la justicia actúe, que la ley proteja a todos de igual forma, que el gobierno se tome más en serio la seguridad personal de todos los que vivimos y trabajamos aquí, por supuesto, también los recién venidos.
Pero también es preciso que se haga más pedagogía del respeto al otro. En la escuela y en la universidad, en los espacios públicos , en los centros sanitarios, en las calles y en todos los sitios donde se encuentren personas de distintas culturas y procedencias.
Vuelvo a recoger un pensamiento de Steiner en la conferencia del martes cuando dijo que había que promover una nueva antropología social de los corazones y de las mentes. La solución la daba proponiendo que cada uno se sienta huésped del otro en unos tiempos en los que se han derribado las fronteras económicas, sociales y estatales. El enriquecimiento es siempre mutuo.
Publicado en La Vanguardia el 25 de octubre de 2007
El sociedad neoyorkina es un crisol de culturas, etnias y religiones que se proyectan en todo el país. La sociedad catalana y española son fruto también de sucesivas inmigraciones que han transportado sus identidades modificando las fotos fijas que hemos tenido en cada época.
El proceso norteamericano se remonta a doscientos años. En nuestro caso es consecuencia de nuestra agitada y vieja historia que se pierde en la noche de los tiempos. El respeto al otro, con todas las dificultades e injusticias cometidas en el pasado, ha sido una necesidad impuesta por la fuerza de los hechos en Estados Unidos que han conocido avalanchas masivas de forasteros en periodos muy cortos.
El siglo pasado, Catalunya conoció la llegada masiva de gentes venidas de las tierras hispánicas contribuyendo al progreso y sin afectar seriamente a la convivencia y al respeto mutuos. Tanto es así, que el hoy president de la Generalitat fue uno de esos inmigrantes que llegó desde Córdoba a la edad de 17 años y que habla catalán casi a la perfección porque ha querido y porque ha entendido que la lengua que le ha acogido también es la suya propia.
Los inmigrantes de ayer y los de hoy no llegan en calidad de huéspedes sino con la voluntad de integrarse y de participar en el progreso y en la convivencia que resultará en nueva foto fija que se verá dentro de una generación.
Las imágenes repugnantes de un joven insultando y dando coces a una joven ecuatoriana mientras hablaba con el móvil no se sabe con quién son inquietantes porque rompen con la cultura de acogida del país. Son secuencias que han dado la vuelta al mundo y que señalan a Barcelona como un lugar peligroso, racista, en el que un matón se permite abusar de una persona por el hecho de que sea de fuera.
Que la justicia actúe, que la ley proteja a todos de igual forma, que el gobierno se tome más en serio la seguridad personal de todos los que vivimos y trabajamos aquí, por supuesto, también los recién venidos.
Pero también es preciso que se haga más pedagogía del respeto al otro. En la escuela y en la universidad, en los espacios públicos , en los centros sanitarios, en las calles y en todos los sitios donde se encuentren personas de distintas culturas y procedencias.
Vuelvo a recoger un pensamiento de Steiner en la conferencia del martes cuando dijo que había que promover una nueva antropología social de los corazones y de las mentes. La solución la daba proponiendo que cada uno se sienta huésped del otro en unos tiempos en los que se han derribado las fronteras económicas, sociales y estatales. El enriquecimiento es siempre mutuo.
Publicado en La Vanguardia el 25 de octubre de 2007
viernes, octubre 26, 2007
El Constitucional a merced de los partidos
Que el Tribunal Constitucional de un país no disponga de quorum porque la mayoría de sus miembros estén recusados por instancias varias, es inquietante, es un desastre, es la consecuencia de que la Justicia, en su órgano más alto, está mediatizada por el poder legislativo y ejecutivo.
Es más serio que el AVE que tropieza sin cesar antes de llegar a Barcelona, que un fiscal no llegue a tiempo para estudiar el caso de una acción racista contra una inmigrante, que el robo en un banco o que un crimen.
Si el Tribunal Constitucional no puede actuar con libertad, si tiene que responder a los criterios de los partidos, si no administra la justicia en los casos que afectan a los temas fundamentales de la estructura del Estado, quiere decir que vivimos inseguros.
Si, además, se trata de bloquear o desbloquear un Estatut que ha recorrido legalmente todo el viaje para ser aprobado, quiere decir que hay una parte de España que se quiere excluir. Dicho de otra manera, el Estatut que pasó por todos los requisitos legales y que está en vigor, puede tener los meses contados.
Hemos votado a un Parlament que ha elaborado un Estatut. Se ha trasladado al Congreso de los Diputados que lo ha afeitado convenientemente pero que lo ha aprobado. Se ha sometido a referéndum de la sociedad catalana. Al final, unos recursos puestos por un partido y por el Defensor del Pueblo, detienen la aprobación definitiva del texto.
Si el Tribunal Constitucional está a merced de los partidos políticos, la libertad de todos está en peligro. Si el tribunal de última instancia no actúa con la venda puesta, quiere decir que todo lo demás está a merced del más fuerte, del más demagógico, del mejor posicionado mediáticamente.
No auguro nada positivo para el buen funcionamiento del Estado.
Es más serio que el AVE que tropieza sin cesar antes de llegar a Barcelona, que un fiscal no llegue a tiempo para estudiar el caso de una acción racista contra una inmigrante, que el robo en un banco o que un crimen.
Si el Tribunal Constitucional no puede actuar con libertad, si tiene que responder a los criterios de los partidos, si no administra la justicia en los casos que afectan a los temas fundamentales de la estructura del Estado, quiere decir que vivimos inseguros.
Si, además, se trata de bloquear o desbloquear un Estatut que ha recorrido legalmente todo el viaje para ser aprobado, quiere decir que hay una parte de España que se quiere excluir. Dicho de otra manera, el Estatut que pasó por todos los requisitos legales y que está en vigor, puede tener los meses contados.
Hemos votado a un Parlament que ha elaborado un Estatut. Se ha trasladado al Congreso de los Diputados que lo ha afeitado convenientemente pero que lo ha aprobado. Se ha sometido a referéndum de la sociedad catalana. Al final, unos recursos puestos por un partido y por el Defensor del Pueblo, detienen la aprobación definitiva del texto.
Si el Tribunal Constitucional está a merced de los partidos políticos, la libertad de todos está en peligro. Si el tribunal de última instancia no actúa con la venda puesta, quiere decir que todo lo demás está a merced del más fuerte, del más demagógico, del mejor posicionado mediáticamente.
No auguro nada positivo para el buen funcionamiento del Estado.
miércoles, octubre 24, 2007
Tenemos un problema con la libertad
Sostengo desde hace tiempo que nuestro país tiene un problema con la libertad. No me refiero a la libertad de expresión, de pensamiento o de circular por donde a uno le apetezca. Me refiero a la libertad que no deja espacio para la libertad de los demás. La libertad que no tiene en cuenta el respeto al otro puede conducir a un dogmatismo que se revela más hostil a la propia libertad.
Decía Isaiah Berlin que “todo es lo que es: la libertad es libertad, no igualdad o equidad o justicia o cultura, ni felicidad humana ni una conciencia tranquila. Si la libertad mía, de mi clase o mi país, depende de la desgracia de otra serie de seres humanos, el sistema que promueve esto es injusto e inmoral”. La libertad, añadía, es simplemente uno de los valores que hay que reconciliar con los demás ya que no es una carta ganadora por encima de las demás.
Existe la erosión a la libertad en un mundo como el nuestro en el que las empresas se globalizan a una velocidad vertiginosa y en el que compañías multinacionales pueden vivir al margen de las leyes estatales y de los impuestos del estado, lo que limita notablemente la capacidad de otros gobiernos para controlar sus propias economías y, por lo tanto. limitar las libertades de sus ciudadanos. Este fenómeno no es exclusivo de nuestro país sino que cabalga impunemente por todo el planeta.
Cuando me refiero a nuestra sociedad pienso más bien en una expresión muy castiza, muy española, también sutilmente catalana, que se suele resumir en el “trágala”, en el “te vas a enterar” y en el “hasta aquí podíamos llegar”.
La libertad es garantizada por las Constituciones o por la jurisprudencia en los sistemas democráticos occidentales. Pero, curiosamente, no se puede imponer por ley que no entiende de memorias, de virtudes ni de intenciones. La ley actúa sobre los hechos y sus consecuencias.
La libertad es también respeto a los individuos y a las minorías. En su ensayo “On Liberty”, John Stuart Mill, dice lo siguiente: si toda la Humanidad, menos uno, tuviera una opinión, y sólo una persona tuviera la contraria, la Humanidad no estaría justificada en silenciarla de la misma manera que ese individuo no estaría justificado en silenciar a la Humanidad.
La libertad no se impone. Ni envia a las tinieblas a quienes no comparten la nuestra ni nos tacha del mapa a los que discrepamos de una opinión mayoritaria.
Decía Isaiah Berlin que “todo es lo que es: la libertad es libertad, no igualdad o equidad o justicia o cultura, ni felicidad humana ni una conciencia tranquila. Si la libertad mía, de mi clase o mi país, depende de la desgracia de otra serie de seres humanos, el sistema que promueve esto es injusto e inmoral”. La libertad, añadía, es simplemente uno de los valores que hay que reconciliar con los demás ya que no es una carta ganadora por encima de las demás.
Existe la erosión a la libertad en un mundo como el nuestro en el que las empresas se globalizan a una velocidad vertiginosa y en el que compañías multinacionales pueden vivir al margen de las leyes estatales y de los impuestos del estado, lo que limita notablemente la capacidad de otros gobiernos para controlar sus propias economías y, por lo tanto. limitar las libertades de sus ciudadanos. Este fenómeno no es exclusivo de nuestro país sino que cabalga impunemente por todo el planeta.
Cuando me refiero a nuestra sociedad pienso más bien en una expresión muy castiza, muy española, también sutilmente catalana, que se suele resumir en el “trágala”, en el “te vas a enterar” y en el “hasta aquí podíamos llegar”.
La libertad es garantizada por las Constituciones o por la jurisprudencia en los sistemas democráticos occidentales. Pero, curiosamente, no se puede imponer por ley que no entiende de memorias, de virtudes ni de intenciones. La ley actúa sobre los hechos y sus consecuencias.
La libertad es también respeto a los individuos y a las minorías. En su ensayo “On Liberty”, John Stuart Mill, dice lo siguiente: si toda la Humanidad, menos uno, tuviera una opinión, y sólo una persona tuviera la contraria, la Humanidad no estaría justificada en silenciarla de la misma manera que ese individuo no estaría justificado en silenciar a la Humanidad.
La libertad no se impone. Ni envia a las tinieblas a quienes no comparten la nuestra ni nos tacha del mapa a los que discrepamos de una opinión mayoritaria.
lunes, octubre 22, 2007
Un país con tres presidentes
Había un país con tres presidentes. El primero gobernó durante casi un cuarto de siglo y era tenido por hombre grande, estadista, constructor de la patria, conocedor de vidas y haciendas de sus conciudadanos.
El primer presidente hizo muchas cosas para el país. Una dictadura anterior le envió a la cárcel por defender la existencia de una lengua y una cultura. Un hombre de gran voluntad, leído, al que no le temblaron las piernas cuando le querían destruir políticamente. Trabajador infatigable, llegó a pensar que el país sería un desastre el día que dejara la presidencia.
El segundo presidente había sido un gran alcalde de la capital del país. Modernizó la ciudad, organizó unos Juegos Olímpicos, consiguió un efecto llamada para millones de turistas que han convertido la ciudad en lugar de visita para personas de los cinco continentes.
Llegó un momento en que, inesperadamente, abandonó la alcaldía y se fue a vivir a Roma. Me consta que se lo pasó muy bien en la capital italiana. Hizo amigos y se comportaba como un personaje del Renacimiento, transitando con un utilitario y hablando con todo quisque sobre el presente y el futuro.
Pertenecía al partido socialista que no le quería en demasía pero le necesitaba. Sus correligionarios le rogaron que regresara a su ciudad para encabezar una candidatura que se batiera con el primer presidente. A la primera no lo consiguió. A la segunda tampoco derrotó al delfín del primer presidente pero llegó a la presidencia con la combinación parlamentaria de dos partidos progresistas y de izquierda.
Ahí empezó el calvario del segundo presidente. La corona de espinas que colocó frívolamente en la cabeza de uno de sus socios en visita oficial a Jerusalén se convertiría en una metáfora de la corona que llevaría hasta que la oposición y sus correligionarios de partido le invitaron a que convocara elecciones anticipadas y no se presentara como candidato de los suyos.
El segundo presidente tenía una vena poética. Era un hombre culto, desinteresado y honesto. Su abuelo, uno de los poetas laureados del país, había escrito piezas muy bellas y comprometidas en tiempos turbulentos. Dos artículos breves fueron censurados en su día pero más tarde verían la luz y todavía hoy son una referencia política y humanista.
El segundo presidente fue visitado por una enfermedad que se manifestó tímidamente pero que fue diagnosticada como cierta y que le iba a privar gradualmente de sus facultades. Algunas de sus declaraciones eran erráticas y desconcertantes.
Un sábado del mes de octubre del año 2007 convocó a las personas más próximas y desde un hospital modernista de su ciudad anunció que tenía los primeros síntomas de la enfermedad de Alzheimer. Dijo que se sentía un privilegiado porque sabría quién era porque sus conciudadanos le reconocerían.
Su último objetivo sería combatir la enfermedad. No sólo por lo que le afectaba a él personalmente sino para aliviar el dolor que comporta el Alzheimer para quien lo sufre y para los que están más próximos a él. Era su última batalla.
El tercer presidente conocía los síntomas de la enfermedad de su antecesor. Junto con el presidente del Estado del que el país en cuestión formaba parte, decidieron precipitar su alejamiento de la política activa. Con una frialdad propia de los que conocen y utilizan los resortes del poder, se buscaron fórmulas para que el recambio fuera lo más farisaico posible.
La estima ciudadana hacia el segundo presidente ha subido como la espuma en los últimos días. Por reconocimiento, por compasión y por humanidad.
El tercer presidente ha tenido una reacción correcta y ha dicho lo que tenía que decir. El presidente del gobierno del Estado mantuvo una conversación amable con él. Pero el primer presidente, 72 horas después del anuncio del comienzo de la enfermedad, no ha dicho nada.
No descarto que lo haya visitado o llamado por teléfono. Pero, en cualquier caso, no hay ninguna manifestación pública sobre la situación de su sucesor en los momentos que escribo este post. Entre las virtudes del primer presidente no se encuentra la generosidad. El tercero ha actuado con corrección política.
Lo más interesante es que el segundo presidente no le debe importar ni lo uno ni lo otro.
El primer presidente hizo muchas cosas para el país. Una dictadura anterior le envió a la cárcel por defender la existencia de una lengua y una cultura. Un hombre de gran voluntad, leído, al que no le temblaron las piernas cuando le querían destruir políticamente. Trabajador infatigable, llegó a pensar que el país sería un desastre el día que dejara la presidencia.
El segundo presidente había sido un gran alcalde de la capital del país. Modernizó la ciudad, organizó unos Juegos Olímpicos, consiguió un efecto llamada para millones de turistas que han convertido la ciudad en lugar de visita para personas de los cinco continentes.
Llegó un momento en que, inesperadamente, abandonó la alcaldía y se fue a vivir a Roma. Me consta que se lo pasó muy bien en la capital italiana. Hizo amigos y se comportaba como un personaje del Renacimiento, transitando con un utilitario y hablando con todo quisque sobre el presente y el futuro.
Pertenecía al partido socialista que no le quería en demasía pero le necesitaba. Sus correligionarios le rogaron que regresara a su ciudad para encabezar una candidatura que se batiera con el primer presidente. A la primera no lo consiguió. A la segunda tampoco derrotó al delfín del primer presidente pero llegó a la presidencia con la combinación parlamentaria de dos partidos progresistas y de izquierda.
Ahí empezó el calvario del segundo presidente. La corona de espinas que colocó frívolamente en la cabeza de uno de sus socios en visita oficial a Jerusalén se convertiría en una metáfora de la corona que llevaría hasta que la oposición y sus correligionarios de partido le invitaron a que convocara elecciones anticipadas y no se presentara como candidato de los suyos.
El segundo presidente tenía una vena poética. Era un hombre culto, desinteresado y honesto. Su abuelo, uno de los poetas laureados del país, había escrito piezas muy bellas y comprometidas en tiempos turbulentos. Dos artículos breves fueron censurados en su día pero más tarde verían la luz y todavía hoy son una referencia política y humanista.
El segundo presidente fue visitado por una enfermedad que se manifestó tímidamente pero que fue diagnosticada como cierta y que le iba a privar gradualmente de sus facultades. Algunas de sus declaraciones eran erráticas y desconcertantes.
Un sábado del mes de octubre del año 2007 convocó a las personas más próximas y desde un hospital modernista de su ciudad anunció que tenía los primeros síntomas de la enfermedad de Alzheimer. Dijo que se sentía un privilegiado porque sabría quién era porque sus conciudadanos le reconocerían.
Su último objetivo sería combatir la enfermedad. No sólo por lo que le afectaba a él personalmente sino para aliviar el dolor que comporta el Alzheimer para quien lo sufre y para los que están más próximos a él. Era su última batalla.
El tercer presidente conocía los síntomas de la enfermedad de su antecesor. Junto con el presidente del Estado del que el país en cuestión formaba parte, decidieron precipitar su alejamiento de la política activa. Con una frialdad propia de los que conocen y utilizan los resortes del poder, se buscaron fórmulas para que el recambio fuera lo más farisaico posible.
La estima ciudadana hacia el segundo presidente ha subido como la espuma en los últimos días. Por reconocimiento, por compasión y por humanidad.
El tercer presidente ha tenido una reacción correcta y ha dicho lo que tenía que decir. El presidente del gobierno del Estado mantuvo una conversación amable con él. Pero el primer presidente, 72 horas después del anuncio del comienzo de la enfermedad, no ha dicho nada.
No descarto que lo haya visitado o llamado por teléfono. Pero, en cualquier caso, no hay ninguna manifestación pública sobre la situación de su sucesor en los momentos que escribo este post. Entre las virtudes del primer presidente no se encuentra la generosidad. El tercero ha actuado con corrección política.
Lo más interesante es que el segundo presidente no le debe importar ni lo uno ni lo otro.
viernes, octubre 19, 2007
Pakistán, una bomba de relojería
Los Bhutto son a Pakistán lo que los Nehru-Gandhi son a la India. Sagas de familias ilustradas, educadas en Europa, demócratas, que han sido víctimas del fanatismo de unos y la intransigencia de otros. Indira Gandhi murió asesinada. Ali Bhutto fue condenado a pena de muerte y ejecutado.
Benazir Bhutto, su hija, llegó triunfalmente a Karachi tras ocho años de un exilio autoimpuesto. Su padre fue presidente y primer ministro. Fue ejecutado después de un controvertido y confuso juicio en el que se le acusaba de haber ordenado la muerte de un oponente político.
En la ciudad de Rawalpindi se puede ver un pequeño monumento recordando la muerte de Bhutto, en tiempos del general Zia-ul-Haq, un militarote que murió en un misterioso atentado a bordo de un avión.
Benazir Bhutto fue dos veces primera ministra. Más de medio millón de personas la vitorearon por las calles de Karachi. Un suicida se inmoló causando una explosión, seguida de otra unos minutos antes, que causó 130 muertos.
la vuelta de Benazir Bhutto ha quedado teñida de sangre. Los autores de esta mantanza pueden ser de los partidarios de quien ordenó la muerte de su padre, de terroristas de Al Qaeda o de los servicios de inteligencia que no siempre están controlados por el gobierno. En el trágico asesinato del periodista americano, Daniel Pearl, los tenebrosos servicios de espionaje pakistaníes tuvieron mucho que ver.
En enero hay elecciones parlamentarias a las que Benazir Bhutto se va a presentar después de un pacto con el general Musharraf.
Pakistán es una bomba de relojería. El general Musharraf es aliado de Estados Unidos. El núcleo dirigente de Al Qaeda se supone que está escondido en las montañas que lindan con Afganistán. Pakistán tiene la bomba atómica. Sus relaciones con India son difíciles por el contencioso de Cachemira.
Bhutto podría ser una fórmula para salir de la dictadura de Musharraf. Pero son tantos los intereses, las ideologías entrecruzadas, el terror practicado por las facciones que han mandado en Pakistán desde que se separó de la India por motivos religiosos, cuando los dos países consiguieron la independencia de Gran Bretaña en 1947, que la violencia es inevitable.
Si Pakistán estuviera en manos de los extremistas islámicos sería un auténtico problema para India, Estados Unidos y el mundo entero.
Benazir Bhutto, su hija, llegó triunfalmente a Karachi tras ocho años de un exilio autoimpuesto. Su padre fue presidente y primer ministro. Fue ejecutado después de un controvertido y confuso juicio en el que se le acusaba de haber ordenado la muerte de un oponente político.
En la ciudad de Rawalpindi se puede ver un pequeño monumento recordando la muerte de Bhutto, en tiempos del general Zia-ul-Haq, un militarote que murió en un misterioso atentado a bordo de un avión.
Benazir Bhutto fue dos veces primera ministra. Más de medio millón de personas la vitorearon por las calles de Karachi. Un suicida se inmoló causando una explosión, seguida de otra unos minutos antes, que causó 130 muertos.
la vuelta de Benazir Bhutto ha quedado teñida de sangre. Los autores de esta mantanza pueden ser de los partidarios de quien ordenó la muerte de su padre, de terroristas de Al Qaeda o de los servicios de inteligencia que no siempre están controlados por el gobierno. En el trágico asesinato del periodista americano, Daniel Pearl, los tenebrosos servicios de espionaje pakistaníes tuvieron mucho que ver.
En enero hay elecciones parlamentarias a las que Benazir Bhutto se va a presentar después de un pacto con el general Musharraf.
Pakistán es una bomba de relojería. El general Musharraf es aliado de Estados Unidos. El núcleo dirigente de Al Qaeda se supone que está escondido en las montañas que lindan con Afganistán. Pakistán tiene la bomba atómica. Sus relaciones con India son difíciles por el contencioso de Cachemira.
Bhutto podría ser una fórmula para salir de la dictadura de Musharraf. Pero son tantos los intereses, las ideologías entrecruzadas, el terror practicado por las facciones que han mandado en Pakistán desde que se separó de la India por motivos religiosos, cuando los dos países consiguieron la independencia de Gran Bretaña en 1947, que la violencia es inevitable.
Si Pakistán estuviera en manos de los extremistas islámicos sería un auténtico problema para India, Estados Unidos y el mundo entero.
martes, octubre 16, 2007
Redefiniciones de la izquierda
La izquierda italiana ha cambiado de alianzas, de nombres y de líderes. Ha estado dentro y fuera del gobierno con fórmulas complejas que han agrupado a ex comunistas, radicales y socialistas de el Olivo, de la Margherita y de cuantos residuos del debacle provocado por la caída del comunismo en Europa en los años noventa.
Walter Veltroni, alcalde de Roma, ha ganado un referéndum para que quien quisiera votar se declarara a favor o en contra de un nuevo partido, el Partido Democrático, que vendría a ser un crisol de fuerzas de izquierdas y progresistas que mirarían más hacia el centro que hacia los extremos.
Pasqual Maragall ha dedicado esfuerzos y discursos a esta causa. El ex president de la Generalitat considera que la izquierda clásica necesita reciclarse y mirarse en un espejo mucho más amplio que, sin perder sus convicciones ideológicas, piense más en los ciudadanos que en los partidos. Uno de los éxitos de los tres mandatos de Tony Blair, hasta que le llegó la hora fatal de Iraq, fue el de no querer cambiar el país sino cambiar el partido.
Veltroni viene a proponer una nueva formación que guarde una cierta semejanza con el Partido Demócrata de Estados Unidos. Un partido transversal, aglutinador de creencias y posiciones plurales, que tenga como objetivo rendir cuentas con el electorado antes que con su propio partido.
Esta americanización de la política europea se está imponiendo por la vía de los hechos.
Nicolas Sarkozy se ha comido con guisantes a la izquierda francesa en los últimos meses. El futuro de la presidencia Sarkozy está por ver. Sus impulsos, prisas y volteretas inesperadas desconciertan al personal. Pero el hecho cierto es que el partido socialista está viendo cómo Sarkozy le ficha a figuras emblemáticas y no tiene un líder indiscutible para afrontar la travesía del desierto que le espera.
En Alemania, Ángela Merkel ha desconcertado a la socialdemocracia hasta el punto que está sirviendo en un gobierno democratacristiano en espera de rehacer el discurso y buscar un líder.
Gordon Brown parecía seguir la senda de Tony Blair encandilando al personal pero ha cometido el error de no adelantar unas elecciones que todavía podía haber ganado.
En España, qué les voy a decir, no está escrito en ninguna parte que Zapatero vuelva a ganar las elecciones. En buena parte, porque ha querido cambiar el país sin tener en cuenta a la gente que vivimos en él.
Walter Veltroni, alcalde de Roma, ha ganado un referéndum para que quien quisiera votar se declarara a favor o en contra de un nuevo partido, el Partido Democrático, que vendría a ser un crisol de fuerzas de izquierdas y progresistas que mirarían más hacia el centro que hacia los extremos.
Pasqual Maragall ha dedicado esfuerzos y discursos a esta causa. El ex president de la Generalitat considera que la izquierda clásica necesita reciclarse y mirarse en un espejo mucho más amplio que, sin perder sus convicciones ideológicas, piense más en los ciudadanos que en los partidos. Uno de los éxitos de los tres mandatos de Tony Blair, hasta que le llegó la hora fatal de Iraq, fue el de no querer cambiar el país sino cambiar el partido.
Veltroni viene a proponer una nueva formación que guarde una cierta semejanza con el Partido Demócrata de Estados Unidos. Un partido transversal, aglutinador de creencias y posiciones plurales, que tenga como objetivo rendir cuentas con el electorado antes que con su propio partido.
Esta americanización de la política europea se está imponiendo por la vía de los hechos.
Nicolas Sarkozy se ha comido con guisantes a la izquierda francesa en los últimos meses. El futuro de la presidencia Sarkozy está por ver. Sus impulsos, prisas y volteretas inesperadas desconciertan al personal. Pero el hecho cierto es que el partido socialista está viendo cómo Sarkozy le ficha a figuras emblemáticas y no tiene un líder indiscutible para afrontar la travesía del desierto que le espera.
En Alemania, Ángela Merkel ha desconcertado a la socialdemocracia hasta el punto que está sirviendo en un gobierno democratacristiano en espera de rehacer el discurso y buscar un líder.
Gordon Brown parecía seguir la senda de Tony Blair encandilando al personal pero ha cometido el error de no adelantar unas elecciones que todavía podía haber ganado.
En España, qué les voy a decir, no está escrito en ninguna parte que Zapatero vuelva a ganar las elecciones. En buena parte, porque ha querido cambiar el país sin tener en cuenta a la gente que vivimos en él.
domingo, octubre 14, 2007
Alfonso Guerra y el conde de Romanones
Cuando algunos van de Romanones, hay que ponerse serios. Es una frase de Alfonso Guerra el día de la Fiesta Nacional del 12 de Octubre. Acudió a saludar al Rey porque "algunos van de Romanones". La frase no la he captado del todo. Pero ha sido un titular interesante. Tan interesante que no se ha entendido. Pero ha tenido un gran efecto.
Guerra es un político que hizo teatro antes de formar tandem con Felipe González y conquistar el poder para los socialistas ahora hace un cuarto de siglo. Listo, inteligente, sagaz, tiene el don resumir en una sola frase una situación. ¿Recuerdan cuando le echó en cara a Adolfo Suárez que era el tahúr del Missisippi?
¿Por qué escogió al conde de Romanones, 17 veces ministro y 3 veces presidente del gobierno con Alfonso XIII, del partido liberal de Sagasta y Canalejas, inmensamente rico y hombre cultivado?
No lo sé. Pero Romanones fue el prototipo de político ilustrado y zascandil de la Restauración alfonsina. Fue diputado liberal por Guadalajara desde 1891 a 1923. A veces sin ser siquiera el candidato de su propio partido.
Fue monárquico, anglófilo y liberal. No participó en la dictadura de Primo de Rivera y fue multado con medio millón de pesetas por haber participado en la Sanjuanada de 1926 contra el dictador. Pero al caer la monarquía formaba parte del gobierno Aznar que dio paso a la República.
En 1936 pasó a Francia desde San Sebastián y regresó después de la guerra civil dedicándose a escribir, a hacer dinero y a presidir academias. Es autor de la célebre frase "qué tropa, joder, qué tropa", cuando su secretario le anunció que no había conseguido ningún voto a pesar de que todos los miembros de la Real Academia se lo habían prometido solemnemente.
Ir de Romanones puede decir cualquier cosa. Guerra lo pudo interpretar como una forma de aprovecharse de la situación, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia. Poca sustancia cuando lo que está en juego son intereses de altos vuelos. Romanones era cojo.
En sus tiempos, alguien lanzó el siguiente acertijo que he escuchado de boca de un castellano viejo: cojo, sinvergüenza y de Guadalajara: Romanones.
Guerra es un político que hizo teatro antes de formar tandem con Felipe González y conquistar el poder para los socialistas ahora hace un cuarto de siglo. Listo, inteligente, sagaz, tiene el don resumir en una sola frase una situación. ¿Recuerdan cuando le echó en cara a Adolfo Suárez que era el tahúr del Missisippi?
¿Por qué escogió al conde de Romanones, 17 veces ministro y 3 veces presidente del gobierno con Alfonso XIII, del partido liberal de Sagasta y Canalejas, inmensamente rico y hombre cultivado?
No lo sé. Pero Romanones fue el prototipo de político ilustrado y zascandil de la Restauración alfonsina. Fue diputado liberal por Guadalajara desde 1891 a 1923. A veces sin ser siquiera el candidato de su propio partido.
Fue monárquico, anglófilo y liberal. No participó en la dictadura de Primo de Rivera y fue multado con medio millón de pesetas por haber participado en la Sanjuanada de 1926 contra el dictador. Pero al caer la monarquía formaba parte del gobierno Aznar que dio paso a la República.
En 1936 pasó a Francia desde San Sebastián y regresó después de la guerra civil dedicándose a escribir, a hacer dinero y a presidir academias. Es autor de la célebre frase "qué tropa, joder, qué tropa", cuando su secretario le anunció que no había conseguido ningún voto a pesar de que todos los miembros de la Real Academia se lo habían prometido solemnemente.
Ir de Romanones puede decir cualquier cosa. Guerra lo pudo interpretar como una forma de aprovecharse de la situación, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia. Poca sustancia cuando lo que está en juego son intereses de altos vuelos. Romanones era cojo.
En sus tiempos, alguien lanzó el siguiente acertijo que he escuchado de boca de un castellano viejo: cojo, sinvergüenza y de Guadalajara: Romanones.
viernes, octubre 12, 2007
Europa gana la carrera de los Nobel 2007
Los premios Nobel son un termómetro de la salud cultural de un país, su aportación a la civilización, su auténtico esfuerzo para mejorar las artes, las ciencias y el humanismo.
Europa está cosechando los trofeos más preciados en este año 2007. Dos alemanes, un francés y dos británicos han conseguido los laureles en física, medicina, química y literatura. El de la Paz, el más discutible y discutido históricamente, ha recaído sobre Al Gore, ex vicepresidente norteamericano, ex candidato a la presidencia, que ha sido galardonado por el miedo que ha metido en el cuerpo de la Humanidad por los apocalípticos vaticinios del cambio climático.
Los premios Nobel de la Paz son muy conyunturales y, a veces, no resisten el paso del tiempo. Henry Kissinger y Yasser Arafat son dos galardones que hoy son discutidos.
Hubo un tiempo en el que lo que hoy es Europa acaparaba los premios Nobel. Leo en the Wall Street Journal que desde 1901 a 1950, Europa obtuvo el 73 por ciento de los premios Nobel. En el siguiente medio siglo la clasificación europea bajó al 33 por ciento y en el milenio actual se ha reducido al 24 por ciento.
La potencia dominante en los premios Nobel ha sido Estados Unidos que ha consetguido el 62 por ciento en los siete años de este siglo.
Un Premio Nobel no se improvisa. Suele ser otorgado a personalidades que han dedicado toda una vida al estudio y a la investigación. A pesar de la buena cosecha europea de este año, hay que preocuparse por dos cosas importantes:
1.- La salud de las universidades. En un estudio reciente hecho por una agencia china, sitúa sólo a Oxford y Cambridge entre las 20 mejores universidades del mundo. entre las 100 mejores, 34 son europeas y 100 son norteamericanas.
2.- Los presupuestos que se dedican a Investigación y Desarrollo que alimentan los laboratorios de los premios Nobel de dentro de medio siglo. La Unión Europea dedica sólo el 1.9 por ciento de su producto interior bruto a Investigación y Desarrollo mientras que Estados Unidos llega al 2.6 por ciento.
En estos tiempos de grandes fusiones empresariales, de creación de riqueza, de expansión del comercio, la Universidad y su dotación presupuestaria, no disponen de los recursos necesarios para contribuir al progreso de la Humanidad.
El académico y el científico no tienen el prestigio que tenían hace años. No están bien pagados. Muchos emigran a Estados Unidos y otros se quedan en sus círculos intelectuales sin más ambición que el seguir en una cierta penuria.
He estado unos días en Frankfurt y he quedado muy satisfecho de que la cultura catalana haya sido invitada especial en la Feria del Libro. Es todo un acontecimiento para una cultura de un país pequeño.
Lo que importa, de verdad, es dotar de instrumentos y presupuestos a nuestras universidades para aportar progresos de gigante en los campos de la ciencia, la literatura y las humanidades.
La cultura no se limita a una buenas relaciones públicas. Requiere, además, esfuerzo, trabajo, medios, voluntad para innovar y para salir de los cónclaves cerrados en los que se encuentran muchos centros de investigación y cultura.
Buen año para Europa. Pero si los gobiernos y las empresas no se deciden por la Investigación y el Desarrollo, si no saben apreciar el valor de la inversión en las universidades y la cultura, no llegaremos muy lejos.
Europa está cosechando los trofeos más preciados en este año 2007. Dos alemanes, un francés y dos británicos han conseguido los laureles en física, medicina, química y literatura. El de la Paz, el más discutible y discutido históricamente, ha recaído sobre Al Gore, ex vicepresidente norteamericano, ex candidato a la presidencia, que ha sido galardonado por el miedo que ha metido en el cuerpo de la Humanidad por los apocalípticos vaticinios del cambio climático.
Los premios Nobel de la Paz son muy conyunturales y, a veces, no resisten el paso del tiempo. Henry Kissinger y Yasser Arafat son dos galardones que hoy son discutidos.
Hubo un tiempo en el que lo que hoy es Europa acaparaba los premios Nobel. Leo en the Wall Street Journal que desde 1901 a 1950, Europa obtuvo el 73 por ciento de los premios Nobel. En el siguiente medio siglo la clasificación europea bajó al 33 por ciento y en el milenio actual se ha reducido al 24 por ciento.
La potencia dominante en los premios Nobel ha sido Estados Unidos que ha consetguido el 62 por ciento en los siete años de este siglo.
Un Premio Nobel no se improvisa. Suele ser otorgado a personalidades que han dedicado toda una vida al estudio y a la investigación. A pesar de la buena cosecha europea de este año, hay que preocuparse por dos cosas importantes:
1.- La salud de las universidades. En un estudio reciente hecho por una agencia china, sitúa sólo a Oxford y Cambridge entre las 20 mejores universidades del mundo. entre las 100 mejores, 34 son europeas y 100 son norteamericanas.
2.- Los presupuestos que se dedican a Investigación y Desarrollo que alimentan los laboratorios de los premios Nobel de dentro de medio siglo. La Unión Europea dedica sólo el 1.9 por ciento de su producto interior bruto a Investigación y Desarrollo mientras que Estados Unidos llega al 2.6 por ciento.
En estos tiempos de grandes fusiones empresariales, de creación de riqueza, de expansión del comercio, la Universidad y su dotación presupuestaria, no disponen de los recursos necesarios para contribuir al progreso de la Humanidad.
El académico y el científico no tienen el prestigio que tenían hace años. No están bien pagados. Muchos emigran a Estados Unidos y otros se quedan en sus círculos intelectuales sin más ambición que el seguir en una cierta penuria.
He estado unos días en Frankfurt y he quedado muy satisfecho de que la cultura catalana haya sido invitada especial en la Feria del Libro. Es todo un acontecimiento para una cultura de un país pequeño.
Lo que importa, de verdad, es dotar de instrumentos y presupuestos a nuestras universidades para aportar progresos de gigante en los campos de la ciencia, la literatura y las humanidades.
La cultura no se limita a una buenas relaciones públicas. Requiere, además, esfuerzo, trabajo, medios, voluntad para innovar y para salir de los cónclaves cerrados en los que se encuentran muchos centros de investigación y cultura.
Buen año para Europa. Pero si los gobiernos y las empresas no se deciden por la Investigación y el Desarrollo, si no saben apreciar el valor de la inversión en las universidades y la cultura, no llegaremos muy lejos.
jueves, octubre 11, 2007
El desprecio de la razón
He terminado estos días el extenso y divulgativo libro El Mundo Clásico, la epopeya de Grecia y Roma, de Robin Lane Fox (Crítica). Es un paseo por la civilización de la que venimos, con sus contradicciones, sus éxitos y fracasos, las guerras y las muertes de miles de hombres.
Me han interesado especialmente los perfiles finales de Plinio el Viejo y de su sobrino, Plinio el Joven, que compartían su interés por la política, su admiración a Cicerón que fue asesinado por los partidarios de Marco Antonio al que le dedicó sus famosas Filípicas, su desprecio por las intrigas romanas y sus escapadas al campo en el que poseían varias mansiones y tierras cultivadas por millares de esclavos.
La Historia Natural de Plinio el Viejo fue un referente para estudiar los comportamientos de la naturaleza a lo largo de los siglos. Gozaba de la sombra estirada que le proyectaban los cipreses a su alrededor y observaba los frutales, laureles, plántanos y viñedos que contemplaba desde sus lujosas villas.
Murió, como se sabe, aquel fatídico 24 de agosto del año 79 cuando el Vesubio escupió por su cráter la muerte y el horror que sepultaron las ciudades de Pompeya y Herculano. Plinio el Viejo se acercó para comprobar aquel macabro espectáculo de ira natural y para socorrer algunos amigos que vivían en las laderas del volcán en la inmensa bahía de Nápoles. Parece que murió asfixiado por los gases que se apoderaron de toda la bahía napolitana. Plinio el Joven contó las últimas horas de su tío en una carta a Tácito escrita 27 años después.
Lo que nos ha llegado de aquel mundo clásico es la visión de las minorías selectas, cultas, ricas y casi siempre senatoriales, militares, sectarias a favor del poder del momento y sin piedad en la conspiración y crítica contra los que gobernaban sin contar con ellos.
Los dos Plinios nos ofrecen un paisaje humano contradictorio. Por una parte participaban de los favores imperiales y se alineaban en las intrigas romanas pero, por otra, recomendaban la sencillez, los valores de la pequeña Italia del norte, de la región de Como, lejos de la corrupción y la demagogia de las minorías que agitaban las siempre turbias aguas políticas del imperio.
Recurrían a la racionalidad y al sentido común. Se debería estudiar un día la masa de resentimientos que impulsan a la inteligencia contemporánea a desdeñar la razón y la verdad en favor de la pasión y el odio.
Aun a riesgo de repetirme quiero insistir en que el mundo no podría existir si no fuera tan sencillo. Una sencillez que está al alcance de cualquiera si estos días se da una vuelta por los campos que entregan los frutos con una puntualidad inexorable, tras sequías o lluvias, con vientos o días de sol, agotando el ciclo estacional que está a punto de desnudar a todo árbol de hojas caducas.
Me impresiona la variedad de higos que van madurando gradualmente durante semanas, sus gustos exquisitos y distintos, su flacidez mustia cuando nadie los recoge y acaban destripados y aplastados en el suelo. La variedad de los viñedos refleja el notable ingenio de los modernos agricultores que cuidan las uvas con el mimo con que el pastor guardaba las ovejas.
Los olivos empiezan a decantar sus ramas con aceitunas cada día más amarillentas hasta pasar el definitivo color negro de mediados de noviembre. Los manzanos muestran la fruta madura que no pudo recogerse en anteriores visitas. Las almendras se han abierto y esperan una leve sacudida para desprenderse del árbol. Nada que ver con las trifulcas urbanas.
Me han interesado especialmente los perfiles finales de Plinio el Viejo y de su sobrino, Plinio el Joven, que compartían su interés por la política, su admiración a Cicerón que fue asesinado por los partidarios de Marco Antonio al que le dedicó sus famosas Filípicas, su desprecio por las intrigas romanas y sus escapadas al campo en el que poseían varias mansiones y tierras cultivadas por millares de esclavos.
La Historia Natural de Plinio el Viejo fue un referente para estudiar los comportamientos de la naturaleza a lo largo de los siglos. Gozaba de la sombra estirada que le proyectaban los cipreses a su alrededor y observaba los frutales, laureles, plántanos y viñedos que contemplaba desde sus lujosas villas.
Murió, como se sabe, aquel fatídico 24 de agosto del año 79 cuando el Vesubio escupió por su cráter la muerte y el horror que sepultaron las ciudades de Pompeya y Herculano. Plinio el Viejo se acercó para comprobar aquel macabro espectáculo de ira natural y para socorrer algunos amigos que vivían en las laderas del volcán en la inmensa bahía de Nápoles. Parece que murió asfixiado por los gases que se apoderaron de toda la bahía napolitana. Plinio el Joven contó las últimas horas de su tío en una carta a Tácito escrita 27 años después.
Lo que nos ha llegado de aquel mundo clásico es la visión de las minorías selectas, cultas, ricas y casi siempre senatoriales, militares, sectarias a favor del poder del momento y sin piedad en la conspiración y crítica contra los que gobernaban sin contar con ellos.
Los dos Plinios nos ofrecen un paisaje humano contradictorio. Por una parte participaban de los favores imperiales y se alineaban en las intrigas romanas pero, por otra, recomendaban la sencillez, los valores de la pequeña Italia del norte, de la región de Como, lejos de la corrupción y la demagogia de las minorías que agitaban las siempre turbias aguas políticas del imperio.
Recurrían a la racionalidad y al sentido común. Se debería estudiar un día la masa de resentimientos que impulsan a la inteligencia contemporánea a desdeñar la razón y la verdad en favor de la pasión y el odio.
Aun a riesgo de repetirme quiero insistir en que el mundo no podría existir si no fuera tan sencillo. Una sencillez que está al alcance de cualquiera si estos días se da una vuelta por los campos que entregan los frutos con una puntualidad inexorable, tras sequías o lluvias, con vientos o días de sol, agotando el ciclo estacional que está a punto de desnudar a todo árbol de hojas caducas.
Me impresiona la variedad de higos que van madurando gradualmente durante semanas, sus gustos exquisitos y distintos, su flacidez mustia cuando nadie los recoge y acaban destripados y aplastados en el suelo. La variedad de los viñedos refleja el notable ingenio de los modernos agricultores que cuidan las uvas con el mimo con que el pastor guardaba las ovejas.
Los olivos empiezan a decantar sus ramas con aceitunas cada día más amarillentas hasta pasar el definitivo color negro de mediados de noviembre. Los manzanos muestran la fruta madura que no pudo recogerse en anteriores visitas. Las almendras se han abierto y esperan una leve sacudida para desprenderse del árbol. Nada que ver con las trifulcas urbanas.
martes, octubre 09, 2007
Los consejos de un regente de Francia
El breviario de los políticos es una pequeña obra del cardenal Mazarino, nombrado purpurado por intermediación de otro cardenal, Richelieu, que le llevó a convertirse en regente de Francia a la muerte de Luis VIII. Tras su muerte legó al Papa su fortuna y su gran biblioteca al pueblo de Francia.
He leído el libro de un tirón. Todo lo que edita Jaume Vallcorba en El Acantilado merece la atención de cualquier lector cultivado. Es un Maquiavelo de una persona que se encontró con el poder y que fue criticado por su procedencia italiana, por el aumento de los impuestos y por la debilidad del gobierno. Contó con el apoyo del joven Luís XIV y de Ana de Austria.
Me quedo con el resumen que él mismo hace de su obra y que divide en cinco apartados:
Simula, disimula, no confies en nadie, habla bien de todo el mundo y prevé lo que vas a hacer.
No hemos avanzado mucho en este campo. La política es más antigua que la tos. El cinismo y la hipocresía campan por sus respetos. Hace una recomendación que me parece actual: compórtate con todos tus amigos como si se tuvieran que convertir en enemigos tuyos.
Estos consejos vienen del siglo XVII. No hagas valer toda tu fuerza para que nadie crea que has llegado al límite de tu poder.
La política es necesaria, imprescindible para dirimir los intereses contrapuestos de las gentes. Pero la política no trabaja con manos limpias y conoce y abusa de la condición humana. No sé por qué nos alarmamos de las luchas por el poder. Han existido siempre.
He leído el libro de un tirón. Todo lo que edita Jaume Vallcorba en El Acantilado merece la atención de cualquier lector cultivado. Es un Maquiavelo de una persona que se encontró con el poder y que fue criticado por su procedencia italiana, por el aumento de los impuestos y por la debilidad del gobierno. Contó con el apoyo del joven Luís XIV y de Ana de Austria.
Me quedo con el resumen que él mismo hace de su obra y que divide en cinco apartados:
Simula, disimula, no confies en nadie, habla bien de todo el mundo y prevé lo que vas a hacer.
No hemos avanzado mucho en este campo. La política es más antigua que la tos. El cinismo y la hipocresía campan por sus respetos. Hace una recomendación que me parece actual: compórtate con todos tus amigos como si se tuvieran que convertir en enemigos tuyos.
Estos consejos vienen del siglo XVII. No hagas valer toda tu fuerza para que nadie crea que has llegado al límite de tu poder.
La política es necesaria, imprescindible para dirimir los intereses contrapuestos de las gentes. Pero la política no trabaja con manos limpias y conoce y abusa de la condición humana. No sé por qué nos alarmamos de las luchas por el poder. Han existido siempre.
viernes, octubre 05, 2007
No perder el tren ni el tiempo
Me cuesta sumarme a la corriente tan extendida y tan endémica de mirarnos cada mañana al espejo y descubrir que somos feos, que nos atacan, que en Madrid, Valencia o Bilbao la situación es mucho mejor y que nuestras desgracias vienen de fuera.
El catalanismo político, desde Almirall hasta Pujol y Maragall, ha llenado más páginas de diarios sobre cómo tiene que ser España que cómo es y debe ser Catalunya. La corriente central del catalanismo mayoritario se ha fijado históricamente en tener más autogobierno y en intentar cambiar la idea de España. De nuevo estamos en ello. No hay que despreciar la fuerza de Catalunya si nos atenemos a la historia de dos últimos siglos. Para lo bueno y para lo menos bueno.
El desapego mutuo entre españoles y catalanes ha subido de tono. Con una diferencia que no me parece irrelevante respecto a lo que ya ocurrió cuando se aprobó el primer Estatut en 1933. Catalunya tenía entonces una gran dosis de autoestima y de orgullo nacional porque era muy fuerte económicamente y culturalmente. Hasta hace bien poco, Catalunya llevaba una generación de ventaja respecto a España. Y su importancia venía del propio peso de las cosas. Era una realidad.
Me parece imprescindible que tengamos un instrumento jurídico, político y económico que nos permita desarrollar todas nuestras potencialidades. El nuevo Estatut va en esta dirección aunque para sectores que no circulan por la corriente central del catalanismo político les parezca insuficiente hasta el punto de acariciar la idea de la bilateralidad con España o incluso la ruptura con el Estado.
Son aspiraciones legítimas pero no mayoritarias. Mientras no se alcance la mayoría suficiente para tomar decisiones de este calibre, sugiero que nos miremos al espejo y veamos qué es lo que nos ocurre, cómo podemos fortalecer nuestra enconomía en el ámbito global, cómo podemos hacer de la cultura catalana y la que se hace en Catalunya, los nuevos motores para sentirnos más seguros y más tranquilos.
Hay que aspirar a la excelencia en todos los campos y abandonar el discurso político quejica. Hay que mirar a Madrid porque es donde se fraguan los presupuestos pero mirarnos más a nosotros mismos y proyectarnos al mundo.
Pero no podemos olvidar lo que hace a las sociedades grandes y fuertes. Me refiero a la educación, a la secundaria y universitaria, a la investigación, a la biomedicina, a la industria farmacéutica, a los hospitales, a las escuelas de negocio, a la creación de conocimiento, a la especialización, a la construcción de una sociedad más justa y más libre.
Ser más sabios para hablar y actuar con el lenguaje de la modernidad y ser así más influyentes en Madrid, en Europa y en el mundo. No perder el tren y no perder el tiempo.
El catalanismo político, desde Almirall hasta Pujol y Maragall, ha llenado más páginas de diarios sobre cómo tiene que ser España que cómo es y debe ser Catalunya. La corriente central del catalanismo mayoritario se ha fijado históricamente en tener más autogobierno y en intentar cambiar la idea de España. De nuevo estamos en ello. No hay que despreciar la fuerza de Catalunya si nos atenemos a la historia de dos últimos siglos. Para lo bueno y para lo menos bueno.
El desapego mutuo entre españoles y catalanes ha subido de tono. Con una diferencia que no me parece irrelevante respecto a lo que ya ocurrió cuando se aprobó el primer Estatut en 1933. Catalunya tenía entonces una gran dosis de autoestima y de orgullo nacional porque era muy fuerte económicamente y culturalmente. Hasta hace bien poco, Catalunya llevaba una generación de ventaja respecto a España. Y su importancia venía del propio peso de las cosas. Era una realidad.
Me parece imprescindible que tengamos un instrumento jurídico, político y económico que nos permita desarrollar todas nuestras potencialidades. El nuevo Estatut va en esta dirección aunque para sectores que no circulan por la corriente central del catalanismo político les parezca insuficiente hasta el punto de acariciar la idea de la bilateralidad con España o incluso la ruptura con el Estado.
Son aspiraciones legítimas pero no mayoritarias. Mientras no se alcance la mayoría suficiente para tomar decisiones de este calibre, sugiero que nos miremos al espejo y veamos qué es lo que nos ocurre, cómo podemos fortalecer nuestra enconomía en el ámbito global, cómo podemos hacer de la cultura catalana y la que se hace en Catalunya, los nuevos motores para sentirnos más seguros y más tranquilos.
Hay que aspirar a la excelencia en todos los campos y abandonar el discurso político quejica. Hay que mirar a Madrid porque es donde se fraguan los presupuestos pero mirarnos más a nosotros mismos y proyectarnos al mundo.
Pero no podemos olvidar lo que hace a las sociedades grandes y fuertes. Me refiero a la educación, a la secundaria y universitaria, a la investigación, a la biomedicina, a la industria farmacéutica, a los hospitales, a las escuelas de negocio, a la creación de conocimiento, a la especialización, a la construcción de una sociedad más justa y más libre.
Ser más sabios para hablar y actuar con el lenguaje de la modernidad y ser así más influyentes en Madrid, en Europa y en el mundo. No perder el tren y no perder el tiempo.
martes, octubre 02, 2007
Sócrates, Heródoto y los frívolos tiempos
Transitando por el mundo clásico tropiezas sin darte cuenta con los los gigantes de la antigüedad. No me refiero a los guerreros, reyes o dictadores. Hoy me llaman la atención dos figuras que podrían pasear por nuestras calles y sus palabras y pensamientos nos resultarían familiares.
Sócrates fue el más grande de todos los atenienses. Y fue grande porque era modesto, honrado, cumplió la ley y él mismo se aplicó la cicuta. No era rico ni apuesto, no escribió nunca un libro ni nunca recibio premios.
El propio oráculo de Delfos lo declaró el hombre más sabio de Grecia. Era tan sabio que conocía su propia ignorancia. Planteaba constantes preguntas sobre la ética y los valores.
La otra figura es el historiador Heródoto, el que el desaparecido periodista Kapuscinski llevaba siempre en su maleta para releerlo.
Decía Herodoto que hay muchas cosas evidentes. Como, por ejemplo, que el orgullo precede a una caída y que el exceso de buena suerte conduce a una debacle, que una conducta realmente ofensiva recibe a menudo su merecido castigo, que las cosas humanas son muy inestables, que las costumbres de las diversas sociedades son muy distintas unas de otras...
Nada nuevo. Sócrates y Heródoto entenderían a la perfección la frágil salud de nuestros frívolos tiempos.
Sócrates fue el más grande de todos los atenienses. Y fue grande porque era modesto, honrado, cumplió la ley y él mismo se aplicó la cicuta. No era rico ni apuesto, no escribió nunca un libro ni nunca recibio premios.
El propio oráculo de Delfos lo declaró el hombre más sabio de Grecia. Era tan sabio que conocía su propia ignorancia. Planteaba constantes preguntas sobre la ética y los valores.
La otra figura es el historiador Heródoto, el que el desaparecido periodista Kapuscinski llevaba siempre en su maleta para releerlo.
Decía Herodoto que hay muchas cosas evidentes. Como, por ejemplo, que el orgullo precede a una caída y que el exceso de buena suerte conduce a una debacle, que una conducta realmente ofensiva recibe a menudo su merecido castigo, que las cosas humanas son muy inestables, que las costumbres de las diversas sociedades son muy distintas unas de otras...
Nada nuevo. Sócrates y Heródoto entenderían a la perfección la frágil salud de nuestros frívolos tiempos.
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