viernes, septiembre 29, 2006

Facturas de una guerra equivocada

El presidente Bush ha conseguido que el Senado aprobara sus propuestas para interrogar y juzgar a los extranjeros sospechosos de ser terroristas o colaborar con ellos. Es una respuesta a la sentencia del Tribunal Supremo que en el mes de junio estableció que las prácticas de los tribunales militares introducidas por la administración Bush violaban la ley norteamericana y la legislación internacional.

La nueva ley otorga a los detenidos más derechos legales pero les niega la posibilidad de que puedan defenderse en los tribunales federales. La ley prohibe el uso de la tortura, la violación y los experiomentos biológicos con los sospechosos pero faculta al presidente a decidir otras técnicas de interrogación que no se han dado a conocer.

Más de la mitad de los senadores demócratas votaron en contra. Una circunstancia que no se habría producido hace dos años cuando la guerra contra el terrorismo la lideraba indiscutiblemente el presidente Bush.

No voy a repetir mi posición respecto a una guerra contra el terrorismo que ha sido equivocada en su estrategia y en su ejecución. Lo dice un documento de la propia CIA filtrado en la prensa de Estados Unidos. Dicen los servicios de inteligencia de que el terrorismo ha crecido en el mundo desde que Bush le declaró la guerra.

En Afganistán se están rearmando los talibanes´y las fuerzas de pacificación han pasado al mando de la OTAN convirtiéndose en ejércitos ofensivos. El número de muertos en Iraq sólo son noticia si pasan de cien o si ha sido asesinado un alto representante del régimen de Bagdad.

Saddam Hussein sigue sometido a un juicio interminable. Osama Bin Laden anda perdido en las montañas afganas y paquistaníes lanzando mensajes que desafían la estabilidad occidental. El número de terroristas ha aumentado.

En el caso de Palestina han ganado las elecciones y están en el gobierno. En Líbano, Hizbulá dispone de representación en el parlamento de Beirut a la vez que ha plantado cara militarmente a Israel hasta el punto de tener que desplegar una fuerza multinacional para pacificar el sur del país.

La guerra contra el terrorismo ha sido un fiasco. Es cierto que el territorio norteamericano no ha vuelto a ser atacado desde el 11 de septiembre de 2001. Pero los terroristas de procedencia islámica han efectuado matanzas en Madrid, Londres, Bombay, Bali y muchos otros lugares del mundo.

Estas medidas legislativas son una estrategia de última hora para evitar una debacle en las elecciones legislativas del mes de noviembre. Es normal que en todas las democracias los partidos que están en el gobierno utilicen todos los resortes a su alcance para ganarse el voto de los ciudadanos.

Pero la guerra contra el terrorismo no puede juzgarse sólo en clave americana sino global. Y respecto a Estados Unidos, esstas medidas se apartan peligrosamente de los principios de los padres fundadores de la democracia americana.

El miedo se ha apoderado de las sociedades democráticas occidentales. Un miedo cósmico del que nadie se libra. Lo hemos visto en Berlín esta semana y lo estamos comprobando en muchas partes del mundo donde la seguridad está pasando por encima de la libertad, en muchos casos pisoteándola.

Vuelvo a insistir en una idea ya expuesta: la guerra de Iraq fue construida sobre una mentira y sobre una mentira no se puede edificar una verdad. Lo diga Agamenón o su porquero. Aznar ya pagó el precio, Blair lo está pagando y a los republicanos también les pasarán factura.

Las democracias tienen que defenderse. Sólo cuando tienen razón lo pueden hacer hasta llegar a vencer a quienes amenazan nuestras libertades. Por desgracia para todos, el terrorismo es más fuerte hoy que hace cinco años.

miércoles, septiembre 27, 2006

Miedo a los que dan miedo

La supresión de una ópera de Mozart, Idomeneo, del repertorio de la Deutsche Opera de Berlín por el miedo a provocar reacciones violentas de los islamistas radicales, ha levantado una gran controversia en Alemania y una preocupación por las libertades en toda Europa.

La producción acababa con el rey cretense, Idomeneo, llevando decapitados a Poseidón, Neptuno, Jesucristo, Buda y Mahoma, una escena añadida al original mozartiano por el director de la obra.

La policía berlinesa aconsejó al director artístico de no representar esta ópera por el temor a la violencia de los integristas islámicos. Políticos y académicos han censurado esta decisión en un país de cultura tolerante y democrática desde el fin de la guerra, amenazada ahora por las minorías que han sido protegidas en Alemania desde la libertad y el respeto a sus costumbres y a sus creencias.

Acabo de leer el libro “Sin raíces”, dos conferencias pronunciadas por el presidente del senado italiano, Marcello Pera, que habló en la Universidad Pontificia de Roma y el cardenal Ratzinger que pronunció su discurso en el Senado italiano.

Del pensamiento del Benedicto XVI respecto al Islam tras su cita en Ratisbona de un diálogo entre un emperador Bizantino y un sabio persa, se ha escrito ya casi todo. Pero me han interesado especialmente las aportaciones de Pera, un popperiano que ha bebido en Kant y Hume, al referirse a un relativismo laico y político que Ratzinger señala desde la fe.

Dice Pera que “mientras proclamamos que todas las culturas son iguales, Occidente se siente culpable de los errores que hemos cometido en el mundo”. ¿Por qué hemos de sentirnos culpables, dice Pera, de haber inventado el concepto de libertad, de democracia, de derechos humanos, de los avances de la ciencia y la tecnología, todos los conceptos que pueden tener una aplicación universal al servicio del hombre al margen de sus creencias?

Si no eres consciente de los valores y de la dignidad de tu propia cultura, entonces no sientes la necesidad de defenderla y consideras la exportación de estos conceptos como una imposición de una forma de vida sobre otra igualmente digna y respetable.

Cunde la idea en Europa de que el terrorismo es una guerra reactiva y no agresiva. No es así. La violencia viene del otro lado. Benedicto XVI parece que quiso poner de relieve el abismo entre un Dios sin racionalidad, el Islam de los radicales, y una racionalidad sin Dios, el relativismo que circula en Occidente

lunes, septiembre 25, 2006

Tiempo de irse pero no de desaparecer

El momento más desconcertante para un líder político es cuando pierde el control de su destino. Incluso para aquellos dirigentes que han marcado una época. Le ocurrió a González, a Thatcher, a Kohl, a Pujol y a tantos como han existido. La política es severa, cruel a veces, implacable y cíclica.

El ejemplo más actual es Tony Blair, un primer ministro que ha abierto una tercera vía en la izquierda europea, y que ahora asiste al último congreso laborista en Manchester como primer ministro y líder del partido, después de haber ganado tres elecciones consecutivas, algo que ningún laborista había conseguido.

Blair no controla ni siquiera el calendario de su salida. Él ha trazado la fecha de caducidad en un año. Pero los acontecimientos se pueden precipitar y verse en el trance de abandonar el gobierno mucho antes.

Harold Wilson solía decir que una semana es un plazo muy largo en política. Tanto es así que el mes de marzo de 1976 nos convocó a centenares de periodistas en Westminster para anunciar misteriosamente su dimisión.

Sus declaraciones en el sentido de que había perdido el interés por la política porque sus tres cortos periodos como primer ministro habían cambiado muy poco las cosas, no resultaban creíbles.

Blair ha introducido un concepto menos dogmático, más flexible y menos ideológico de la política. En su conferencia en Manchester el sábado dijo que los británicos estaban disgustados con el Partido Laborista por haber dedicado demasiadas energías en las intrigas internas sobre su sucesión olvidándose de los intereses de la gente.

El electorado es cada vez más más inteligente de lo que creen los políticos. Porque dispone de toda la información y es capaz de tener criterio propio al margen de los rifirrafes que nos suministran sin pudor en las imprescindibles campañas electorales.

La izquierda europea ha despreciado a Tony Blair. Porque no ha sido capaz de establecer puentes sólidos entre la administración Bush y la Unión Europea. Pero, básicamente, porque ha traicionado los principios fundacionales de los partidos de izquierda.

Blair abrazó los conceptos thatcheristas de libre mercado pero mantuvo la presencia incuestionable del Estado en el empleo, la educación y la salud. No es una casualidad que tanto Sarkozy como Ségolène Royal se hayan declarado blairistas, cada uno a su manera. Wouter Bos, el líder laborista holandés, dice haberse inspirado en Blair. Incluso el conservador sueco, Fredrik Reinfeldt, ha confesado sus tendencias blairistas al buscar en el centro sociológico los votos que han desbancado a la socialdemocracia sueca.

No parece que Blair sea objeto de estudio e inspiración para la derecha española liderada por Mariano Rajoy, conducida en buena parte por los muecines mañaneros de las ondas y por los aprendices de Watergates de pacotilla.

La historia política de Blair nos habla de que los políticos son importantes, los programas también, pero lo que cuenta es el liderazgo, la convicción y la seguridad que dan a quienes van a ser gobernados. No lo reconoce Blair pero su alianza con Bush en Iraq le ha apartado de la opinión pública. Ese ha sido su gran fracaso. Una guerra sin justificación, con muchos miles de muertos y sin salida militar y política a la vista.

Gordon Brown ha sido el eterno sustituto de Blair y su contrincante en el seno del gobierno como ministro de Hacienda. Cuando ayer proclamaba su lealtad al primer ministro, la señora Cherie Blair dicen que dijo: “esto es mentira”.

El problema del laborismo británico ya no es Blair sino Gordon Brown al que le pisa los talones demoscópicos un joven conservador, David Cameron, que con una sola frase enterró el thatcherismo y el blairismo: “la sociedad existe, pero es distinta del Estado”, una versión más moderna que la frase de Thatcher invocando los individuos por encima de la sociedad.

Tanta juventud asomando en los altos puestos de mando de Europa es una invitación a la retirada de cuantos nos divertimos, y mucho, desde lo alto de las columnas de la edad, del paso del tiempo que lo devora todo, del distanciamiento que nos pruduce haberlas visto de todos los colores. Empujen todo lo que quieran pero no nos echen. Ya nos iremos.

domingo, septiembre 24, 2006

Apocalipsis Aznar

Aznar habla un inglés macarrónico, sin acento identificable, extraño y sincopado. Pero lo habla y se le entiende. Al menos eso es lo que él cree. Ninguno de sus antecesores monclovitas puede decir lo mismo. Aplaudo su voluntad y su pertinacia.

Zapatero es negado para los idiomas. Adolfo Suárez, al menos, en una conferencia de prensa ofrecida en la embajada española en Londres, dijo que no hablaba muy bien inglés y después de decir "good morning" pasó a la lengua de Cervantes. No es que no lo hablara muy bien. No tenía ni idea.

Aznar se descuelga en universidades y foros conservadores de Estados Unidos con visiones apocalípticas sobre las desgracias que nos esperan. Tiene un aire cada vez más charlotinesco, severo, salido de algunos personajes de la película Alatriste.

Pero cada uno es como es, tiene el aspecto que tiene y habla como puede para hacerse entender. Mientras una facción del Partido Popular está encallada en el 11 de marzo de 2004, siguiendo algunos exaltados muecines mediáticos madrileños, hay otro segmento nada despreciable que observa con inquietud que con este discurso que mira exclusivamente al pasado no volverán al poder.

El propio Rajoy se desmarcó de Aznar que se sorprendía de que los musulmanes no hubieran pedido todavía perdón por haber invadido España en el año 711. Las Nuevas Generaciones del PP van en la dirección centrista. Javier Arenas afirma que sólo se pueden ganar las elecciones desde la pista central.

El problema es si este cambio de rumbo será percibido por la sociedad que tiene la idea de que el PP de Aznar y de Rajoy no saben perder y están cabalgando a lomos de unos cuantos radicales que centran su discurso en una conspiración que les echó del poder y que estaba auspiciada por el terrorismo islámico, ETA, Rubalcaba y los socialistas, la prensa vendida a la izquierda, la policía y la guardia civil al servicio del cambio de tortilla, jueces que no instruyen con criterios jurídicos y no sé cuantas cosas más.

A Josep Piqué le tratan como apestado. Y es de lo suyos. Y no digamos a Ruíz Gallardón que se dedica todo el día a zascandillear a la presidenta madrileña, Esperanza Aguirre. Han llegado a acuñar la frase de Picardón (ya me entienden, Piqué y Gallardón), como en tiempos recientes se referían a Rovireche para establecer el lazo entre Carod Rovira y el lehendakari Ibarretxe.

Todo esto es poco serio, poco europeo, escasamente democrático. La libertad se lo traga todo, lo permite todo, lo aguanta todo.

Pero llegarán las urnas y esa misma libertad se pronunciará solemnemente. No auguro grandes alegrías a los apocalípticos que liderados todavía por Aznar piensan que la mayoría de ciudadanos somos imbéciles.

viernes, septiembre 22, 2006

Secretos que son noticia

En tiempos de guerra hay que saber donde están los enemigos. Pero también los amigos. Decía Churchill que no hay nada peor respecto a los aliados que no tenerlos.

Vivimos en plena explosión del conocimiento global. Los secretos en política existen. Pero acaban sabiéndose más pronto que tarde. Hungría es un triste ejemplo de esta semana. Los secretos circulan entre los gobiernos. Entre aliados y entre adversarios. El espionaje está bien patente en la Biblia cuando hace aproximadamente seis mil años Josué envió a unos personajes a explorar Jericó.

Ahora nos dice el general Musharraf, presidente de Pakistán, país aliado de Estados Unidos, que un alto cargo de la Casa Blanca llamó al jefe de la inteligencia pakistaní para pedirle colaboración en la guerra que se preparaba para derrocar a los talibanes de Afganistán.

Se trataba de Richard Armitage que en nombre de la Casa Blanca advertía a Pakistán que si no colaboraba con la guerra contra los talibanes de Kabul podía ser recibir la visita devastadora de la bomba nuclear que devolvería a Pakistán "a la edad de piedra".

Musharraf se sorprendió por la brutalidad de la amenaza pero acabó cediendo el espacio aéreo a la flota aérea norteamericana. La única condición a la que no cedió fue la de prohibir las manifestaciones de paquistaníes contra Estados Unidos.

La alianza entre Washington y Pakistán no es de carácter político sino estratégico y militar. Como la que mantienen Estados Unidos y Arabia Saudí.

No deja de ser paradójico que sea en la frontera entre Pakistán y Afganistán donde supuestamente se esconde Osama Bin Laden. La guerra de Iraq fue una demostración de fuerza. La de Afganistán era el primer golpe contra el terrorismo internacional. En los dos países hay inestabilidad, tropas extranjeras, conflictos civiles y un futuro muy incierto.

Las guerras no son un juego de naipes. Una vez se ponen en marcha, vale todo. La mentira y la trampa, los abusos, las torturas y las traiciones.

Lo que ocurre es que en las democracias todo se acaba sabiendo y los líderes que pusieron en marcha el conflicto tienen que dar cuenta a su opinión pública y, eventualmente, en las urnas. Cuando las democracias creen tener la razón en una guerra son implacables. Pero cuando la pierden, sus gobiernos son más vulnerables que los enemigos que supuestamente derrotaron.

Me gustaría conocer los detalles de la conversación que el presidente Bush y el general Musharraf mantendrán hoy en Washington. Son aliados de conveniencia que comparten estrategias y criterios militares. Y nada más.

No transcurrirá mucho tiempo para enterarnos de las miserias y abusos de esta guerra que, como todas, son el paradigma de la irracionalidad y del juego sucio. La guerra no se ha inventado ahora. Pero es la más inhumana de las soluciones de los conflictos.

jueves, septiembre 21, 2006

Samuel Eto'o y Johan Cruyff

Samuel Eto’o tiene mal genio. Ya lo sabemos. Se negó a contestar una pregunta en catalán al terminar el partido del Barça contra el Racing de Santander. Tampoco la contestó en castellano.

La pregunta la hacía una periodista de Catalunya Ràdio que convirtió en noticia lo que era un simple malhumor del internacional camerunés.

Artur Mas, candidato a la presidencia de la Generalitat por CiU, solicitó que Eto’o pidiera perdón por tamaño desaire a nuestra lengua. Y el camerunés, manso y compungido, dio las explicaciones que consideró necesarias para hacerse perdonar aquel desliz. Todos felices.

Mientras Eto’o hablaba en la radio pública catalana, Jordi Basté, entrevistaba en RAC1 a Johan Cruyff que es la quintaesencia del catalanismo y el barcelonismo. Hasta el punto que el presidente del Barça, Jan Laporta, afirmó el día de su proclamación en las elecciones no celebradas por falta de candidatos que se inspiraba “en los principios cruyffistas”.

No sé cuáles son esos principios. Podrían incluirse los deportivos y los humanitarios. Pero si no recuerdo mal era Cruyff quien siendo entrenador del Barça colocó a su hijo y a su yerno en el primer equipo. Entiendo que Laporta, fiel a esos principios, introdujera a su cuñado en la anterior Junta del Barça.

Pero este no es el tema. Mientras a Eto’o se le invitaba al arrepentimiento en la noche del martes, Cruyff proclamaba a Basté a la misma hora que hablaba catalán y que lo entendía perfectamente. No lo quería hablar porque así disponía de más tiempo para meditar las respuestas que le formulaban los periodistas. Lleva más de treinta años viviendo en Catalunya.

Al camerunés se le aplica sin contemplaciones la corrección política lingüística. A Johan Cruyff se le otorga solemnemente la Creu de Sant Jordi. Por cierto, el genio holandés (y no lo digo con sarcasmo) ya ha dicho que no podrá asistir a la entrega por parte del president Maragall en el Liceu. La excusa es que tiene otros compromisos previos en una televisión de su país.

Eto'o no debe entender nada. Cruyff lo entiende todo.

martes, septiembre 19, 2006

El alto precio de la mentira

Hace cincuenta años, este mes de octubre, Nikita Kruschev aplastaba violentamente una revuelta de los húngaros que se rebelaban contra el régimen comunista y contra la dependencia de la Unión Soviética. Fue una revolución frustrada para conquistar la libertad.

Medio siglo después, los húngaros se manifiestan contra su gobierno, sitian la televisión y perpetran destrozos en las calles de Budapest. No es una revuelta a favor de la libertad sino de la transparencia y de la verdad.

El primer ministro, Ferenc Gyurscsany, dijo en una reunión del partido hace unos meses que había mentido "por la mañana, al mediodía y por la noche" para ser reelegido. La grabación fue emitida por la televisión y radio públicas. Estas mentiras han sido asumidas por el propio primer ministro que las ha calificado como auténticas pero que no piensa dimitir a pesar del malestar causado entre sus conciudadanos.

Muchos de los manifestantes eran de derecha o de extrema derecha. Da lo mismo. La mentira es mentira, aunque haya pasado por las urnas. El primer ministro falseó datos de la economía húngara sabiendo que no eran ciertos. Mintió. Las palabras tienen a veces más fuerza que los hechos y, antes y ahora, la mentira tiene un alto precio.

Hungría quiere ingresar en la zona euro a pesar de tener un déficit proyectado para 2006 de un 10.1 por ciento del producto interior bruto.

El presidente de Hungría, Laszlo Sloyom, cursó una reprimenda a su primer ministro por haber traicionado la fe de los húngaros en la democracia sabiendo que mentía en algo que importa tanto a la gente como es la economía nacional y particular. El presidente pidió al primer ministro que reconociera públicamente su error.

Sobre mentiras no se pueden construir verdades. Ni en las dictaduras ni en los sistemas democráticos. Una de las causas del desorden internacional, no la única, es la gran mentira de personajes como George Bush, Tony Blair y José María Aznar que incendiaron un país que vivía bajo una dictadura y ahora se prepara para una guerra civil.

Aznar y Blair han pagado por sus mentiras. A Bush le van a pasar cuentas en las elecciones legislativas del mes de noviembre.

lunes, septiembre 18, 2006

El Papa y el Islam

Una cita del Papa Benedicto XVI de un emperador bizantino a finales del siglo XIV ha encendido una hoguera de conflictos en el mundo musulmán y ha llevado al Papa a lamentarse, a afligirse, por las reacciones de su discurso académico pronunciado en la Universidad de Ratisbona.

Sabemos poco del Islam. Y cada día queremos saber menos del Cristianismo. Cuando se produce un choque del calibre que se viene registrando en los últimos años tenemos tendencia a fijarnos en los titulares y enhebramos análisis y comentarios con un desconocimiento de las causas y efectos de un enfrentamiento que se remonta muchos siglos.

Shamir Khalil Samir, egipcio, jesuita y profesor de cultura árabe y de estudios islámicos en la Universidad Saint-Joseph de Beirut, publicó hace dos años un libro entrevista titulado “Cien preguntas sobre el Islam” en el que responde de forma esquemática al desconocimiento del Islam de los lectores occidentales.

Dice el jesuita egipcio que hay dos interpretaciones del Corán respecto a la violencia. Una lectura que opta por los versículos que invitan a la tolerancia respecto a los otros creyentes y otra lectura que prefiere los versículos que incitan al conflicto y a la jihad o guerra santa.

El Papa dijo el domingo que el texto del emperador bizantino no expresa su pensamiento personal. Leyendo su discurso de trescientas líneas se llega a la conclusión de que la difusión de la fe mediante la violencia es irracional. Este es el eje central de su parlamento. No es una casualidad que su primera y única encíclica de su pontificado llevara el título de “Dios es amor”.

Las protestas en muchas capitales islámicas continuan y las palabras de Benedicto XVI del domingo no van a disminuir la ira de tantos musulmanes. Una monja italiana fue asesinada el domingo en Somalia, tres periodistas norteamericanos fueron obligados a convertirse formalmente al Islam antes de ser liberados en el sur del Líbano hace unas semanas. Salman Rushdie ha vivido una amarga experiencia por haber criticado en su famoso libro Versos Satánicos las prácticas irracionales del Islam. Los dibujos publicados en un diario danés hace unos meses levantaron una polvareda mundial.

La lista de acciones violentas reivindicadas posteriormente en nombre de la religión son interminables. La libertad de pensamiento, de prensa, de difusión de opiniones no se da en el universo musulmán. No es un conflicto religioso sino político.

Las reacciones desmesuradas, violentas, contra lo que se dice en Occidente sobre el Islam son una muestra de que la lectura más radical de los textos coránicos es utilizada políticamente como lo repetían ayer los Hermanos Musulmanes desde Egipto, Hamas desde Palestina y varios dirigentes religiosos en muchas partes del mundo.

He tenido ocasión de leer varios libros del cardenal Ratzinger desde que fue elegido Papa. He descubierto un hombre de pensamiento, profundo, respetuoso con los demás y con todas las religiones, de manera muy especial con las otras dos creencias monoteístas, el el Judaismo y el Islam.

Insiste una y otra vez en utilizar la razón para llegar a la fe. El verdadero problema de nuestros días, dice, es la ceguera de la razón para percibir la inmensa dimensión no natural de la realidad.

Me imagino la inquietud y malestar del Papa al ver cómo una frase que no constituía el mensaje central de su discurso es utilizada para fomentar acciones violentas desproporcionadas en el mundo musulmán en contra de su persona y también contra Occidente en general.

Los musulmanes no se sienten amenazados por nuestros principios morales sino por el mal uso que se pueda hacer de ellos, con el cinismo propio de una cultura secularizada que niega sus propios principios básicos sustituyendo el concepto de verdad por el de progreso.

Pase lo que pase, no es aconsejable abandonar la razón para acercarse a la fe o para alejarse de ella. Y mucho menos, actuar en política irracionalmente.

domingo, septiembre 17, 2006

El polvorín de América Latina

La sombra del desencanto, de la chapuza y de la política populista es muy alargada en América Latina. El esperpéntico espectáculo mexicano no se entiende desde Europa y tampoco desde Estados Unidos.

Un país de las dimensiones de México no puede ser bicéfalo. Un presidente oficialmente declarado y otro que llena las calles prometiendo que va a gobernar en paralelo es tan confuso como incierto.

Calderón y López Obrador se proclaman presidentes. El primero con las urnas a cuestas. El segundo con lo que supuestamente dijeron las urnas. El populismo, el caudillismo, la revolución bolivariana está recorriendo América Latina. Se ha apoderado de Venezuela, de Bolívia y ahora ha llegado a México.

Cuba no cuenta porque no es un régimen populista sino una dictadura clásica, con racionamiento para los ciudadanos, con propaganda por todas las esquinas, con falta de las libertades más elementales.

Lo que ocurre en Argentina o Brasil no puede asimilarse a la revolución bolivariana del inefable caudillo Hugo Chávez que asiste como un médico de cabecera al decrépito Fidel Castgro. El rumbo de las corrientes de fondo que circulan por América Latina no augura nada bueno. La democracia es una caricatura ridicula en Venezuela o Bolívia.

Lo que no estaba previsto es que esta infección llegara a México, el país más importante de habla hispana y vecino de Estados Unidos donde un diez por ciento de su población es de procedencia mexicana.

Había un tiempo en que lo que ocurría en América Latina era una cuestión marginal, propio de países colonizados por los españoles que tampoco contábamos mucho en el mundo. América Latina tiene recursos energéticos, tiene una fuerza demográfica formidable y sus ciudadanos saben lo que ocurre en el mundo.

Un continente desconcertado, en plena época de globalización, tiene consecuencias en todo el mundo. Las clases dirigentes han fracasado en toda América Latina. El fracaso no es de hoy. Viene de lejos, de muy lejos.

No se ha practicado la justicia, no se ha repartido la riqueza y el poder ha permanecido en manos de muy pocos. El populismo es intrínsecamente malo porque es la antesala del fascismo. Pero los políticos y las clases dirigentes no han leído el signo de los tiempos.

Lo más fácil es señalar a Estados Unidos como fuente principal de las desgracias. Pero el mal está dentro. Está en la corrupción de antes y de ahora, en la falta de respeto a los demás, en un caudillismo que no tiene en consideración la libertad de todos.

América Latina es un polvorín.

viernes, septiembre 15, 2006

Insólito acuerdo entre PSOE y PP

No hay acuerdo posible entre el PSOE y el PP. En la Ley de la memoria histórica discrepan frontalmente. En el proceso de paz con ETA, también. Al igual que en la nueva organización territorial de España.

El pacto es imposible en una política unitaria sobre la inmigración. Los encontronazos son surrealistas sobre la autoría de los atentados del 11 de marzo de 2004 con teorías conspirativas y con encarcelados que son utilizados como pruebas.
Pero, oh sorpresa, los dos grandes partidos, los socialistas y los populares, se han puesto de acuerdo para impedir un cierto control del aeropuerto del Prat por parte de la Generalitat.
La Opa de Gas Natural sobre Endesa fue interpretada en un principio como un peligro de que desde Barcelona se controlara y gestionara buena parte del mercado energético nacional.
Salió el señor Pizarro con la Constitución en la mano para invocar sus derechos. Luego, socialistas y populares, no encuentran problema en que sea una empresa alemana la que controle el consumo de la energía de los españoles. Antes alemana que catalana.
Los que no tenemos intención alguna de abandonar España, tenemos la sensación de que no formamos parte de ella. Nos niegan algo tan elemental como la gestión del aeropuerto de Barcelona. Unidad de destino en la navegación aérea. Es triste.
Menos mal que Europa es una referencia incuestionable y una garantía para que sean los ciudadanos y no las estructuras petrificadas de los estados las que defiendan la pluralidad de las sociedades.

miércoles, septiembre 13, 2006

Humanitarios de boquilla

Me sorprendió ver a un equipo de la televisión de Senegal filmando en tierras leridanas cómo viven sus compatriotas que han llegado a Europa después de travesías inhumanas, inciertas y fatigosas.

Afrontamos el fenómeno de la inmigración pensando exclusivamente en nosotros, en nuestra seguridad, en nuestra identidad, en nuestra cultura, olvidándonos de los otros, de los que vienen, de esas personas que han perdido la esperanza y que llegan aquí también para ayudar generosamente a quienes han dejado detrás.

Los senegaleses verán por televisión la suerte que les espera a los suyos en un mundo hostil y desconfiado. Pero nosotros no sabemos lo que pasa allí, lo que les mueve, cuánto cuesta embarcarse en los cayucos dominados por mafias impresentables.

Aquí reaccionamos con el miedo que llevamos en el cuerpo ante una avalancha humana que no podemos asumir de forma tan descontrolada y sin orden ni concierto.

Tony Blair lanzó un discurso de ayuda a África que ha tenido pocos resultados. Bush se dió una vuelta por el continente diciendo más o menos lo mismo. Rubalcaba se presentó en Senegal para hablar con su colega de Dakar sobre cómo detener la fuga masiva de senegaleses hacia Canarias.

Había un tiempo en que el discurso oficial pasaba por el desplazamiento de empresas hacia los países emisores de los sobrantes humanos de la globalización. Ahora, el discurso es levantar fronteras, leyes defensivas, repatriar a ilegales e impedir que tantas multitudes acaben con nosotros.

El gobierno Zapatero y el resto de gobiernos de la Unión se limitan a invocar el impacto positivo que la inmigración tiene sobre nuestras economías. ¿Nada más? ¿Es este el discurso?

La Fundación Bill y Melinda Gates se ha unido a la Fundación Rockefeller para lanzar un multimillonario proyecto en el África subsahariana que revolucionará la producción de alimentos y reducirá la pobreza y el hambre para decenas de millones de personas.

Me parece muy bien que fundaciones privadas acometan esas empresas. Pero lamento que no sean los gobiernos europeos, humanitarios de boquilla, los que actúen automáticamente con propuestas positivas y constructivas para resolver el problema en su origen. La retórica electoral a costa de los sobrevenidos me parece demagogia.

lunes, septiembre 11, 2006

Cinco años de terror

Pienso que sería una frivolidad atribuir el miedo global en el que vivimos después del 11 de septiembre de 2001 a la respuesta de Estados Unidos a la tragedia provocada por una veintena de terroristas suicidas que atacaron por sorpresa los símbolos más emblemáticos de la economía, la política y el poder norteamericanos.

En los últimos cinco años hemos comprobado que el terrorismo de procedencia islámica ha sacudido indiscriminadamente a ciudadanos inocentes de Madrid, Londres, Marruecos, Turquía, India, Bali y otros rincones del planeta donde los fanáticos que se ciñen con bombas y se suicidan matando son mucho más numerosos que los que podíamos pensar.

La primera reflexión es que la fuerza para mantener la seguridad nacional o global no se mide ya solamente en términos de ejércitos, de aviones, de cohetes o de hegemonía militar. El equilibrio de fuerzas tiene otros parámetros. Un fanático que se proponga causar la muerte indiscriminada inmolándose en un estadio de fútbol o en un supermercado repleto de clientes, lo puede hacer con la simple voluntad de quitarse la vida y cumplir lo que considera un deber patriótico o religioso.

Bush y cuantos se unieron a su causa para destrozar el terrorismo en el mundo han golpeado a cañonazos para destruir a mosquitos.

Pero el terrorismo de Al Qaeda y de otros movimientos asimilados ya no son una secta marginal sino una organización global con militantes nativos dentro de Europa y en el interior mismo de Estados Unidos. Acabamos de saber que grupos de futuros suicidas son reclutados en Barcelona para ser instruidos en lugares secretos.

Las televisiones nos suministran alocuciones de líderes integristas islámicos amenazando que atacarán de nuevo, por sorpresa y sin anunciar previamente sus atentados indiscriminados.

Las dos guerras derivadas de los ataques de hace cinco años han derrocado a regímenes sangrientos e impresentables en Afganistán e Iraq generando, a su vez, una resistencia armada en el interior que se enfrenta civilmente o bien ataca cuando puede a los poderosos ejércitos que invadieron esos territorios.

La guerra de Afganistán contó con la aprobación internacional. Pero en Kabul la inseguridad pone en grandes dificultades a las tropas aliadas para mantener la estabilidad de un caótico país.La guerra antiterrorista ha causado más de cien mil muertos y el número de desplazados, desde Líbano a Iraq pasando por otros países del Golfo alcanza la cifra de cuatro millones.

Irán, un país hostil pero que no representaba una amenaza directa, se ha convertido en la potencia más importante de la región que suministra ideas y armas a Hizbulá, a Hamás y cualquier movimiento que pretenda unirse a la guerra contra Occidente. Su presidente repite sin rubor que Israel no merece existir y sigue adelante con su proyecto de obtener uranio enriquecido y disponer de la bomba atómica.

Aznar se fue. Bush y Blair acusan la impopularidad de haber desatado una guerra sin pensar en cómo podía terminarse. Rusia, la Unión Europea, China y varios regímenes populistas sudamericanos se han distanciado de la estrategia seguida por Washington.

Los norteamericanos han conmemorado con dolor y rabia la tragedia de hace cinco años. El terrorismo masivo perpetrado por fundamentalistas islámicos es un peligro que nos afecta a todos. La estrategia seguida ha dado resultados negativos. Siguen ahí, en medio de nosotros, dispuestos a castigar a Occidente ofreciendo todas las vidas que haga falta. Churchill decía que la guerra es una cuestión demasiado importante para dejarla en manos de los generales. La respuesta tiene que ser política, más inteligente y más efectiva.

viernes, septiembre 08, 2006

La democracia y los más débiles

Llegan campañas electorales y los partidos ofrecerán sus programas a la sociedad. Un partido no tiene nunca toda la razón, por eso es un partido.

La democracia es la capacidad de aceptar la imperfección de las cosas humanas. El deseo de lo absoluto, en la historia de la administración de los intereses siempre contrapuestos de las gentes, es enemigo del bien que se realiza en la vida cotidiana de los ciudadanos.

Vivimos en una sociedad abierta, de libre discusión, con existencia de instituciones para proteger la libertad y amparar a los más débiles. Las leyes son precisamente el instrumento para que los más poderosos no cometan abusos que perjudiquen a los que nada tienen ni a nadie que les pueda ayudar.

Los valores sobre los que descansa la democracia, como la realización posible de la sociedad abierta popperiana, sólo se sostienen por las convicciones de los que la dirigen. Ideas que se presentan a los ciudadanos para que las asuman. Y no al revés.

Las propuestas tienen que ser aceptadas por la mayoría. Pero la mayoría no puede convertirse en depositaria de la verdad. A veces la mayoría puede equivocarse y no hace falta recurrir a ejemplos bien desgraciados como el que se produjo el 31 de enero de 1933 en Alemania. Si la mayoría tiene siempre razón el derecho puede ser pisoteado porque lo único que cuenta es el poder del más fuerte.

La democracia tiene que proteger también a los más débiles, a los más necesitados, a las minorías que tienen tanto derecho a existir y a expresarse como las mayorías. Merecen respeto. Sin tener en cuenta a las minorías las democracias pueden caer en la tentación de la verdad absoluta del Estado sin tener en cuenta el gran valor del individuo, de su conciencia y de sus intereses por muy marginales que puedan parecer.

miércoles, septiembre 06, 2006

Goethe y Mann desde la distancia

Una gran novela leída con calma y tranquilidad en los largos días de verano es tanto o más gratificante que un viaje al fin del mundo, un crucero por el Mediterráneo o una cena exquisita y exclusiva en las mansiones de la Costa Brava o en los poblados confortables y artificiales de la Cerdanya que miran a Puigcerdà con la altanería de los adinerados.

Estas vacaciones escogí una obra de un genio de la literatura alemana hablando de otro alemán que un siglo antes le superó en genialidad poética y en grandeza de lenguaje. “Carlota en Weimar” de Thomas Mann fue publicada en 1939 cuando el autor se encontraba en el exilio en Estocolmo y vislumbraba la amenaza que el nazismo suponía para el pueblo y la cultura de Alemania.

La imaginación de Mann resucita a Goethe contándonos lo que pudo haber ocurrido en el encuentro entre el poeta y el personaje de Carlota, la protagonista de la pequeña novela que dió fama a Goethe en su novela “Las desventuras del joven Werther”, un librito que su admirado Napoleón releía en sus noches de insomnio en la expedición a Egipto para situar a sus ejércitos a los pies de las pirámides y pronunciar aquella ridícula sentencia de que “cuarenta siglos de historia os contemplan”.

La espléndida traducción de Francisco Ayala, más de cien años a sus espaldas y todavía lúcido, sitúa el encuentro entre el amor apasionado de su juventud, Carlota, y el más grande de los poetas en lengua alemana. Los dos ya situados en el ocaso de su vida. El genio de Weimar porque convirtió a Carlota en un mito romántico de su tiempo y a la protagonista porque supo construir su propia vida con plenitud a pesar de no haber correspondido al delicado empeño de Goethe en conquistarla y hacerla suya.

El capítulo séptimo puede considerarse como uno de los más remarcables monólogos interiores de todos los tiempos penetrando en los rincones sicológicos del alma humana con una naturalidad poética asombrosa. La grandeza, hace decir Mann a Goethe, sólo a la vejez se alcanza. Un joven puede ser un genio, pero no puede ser grande.

El ya anciano Goethe se da cuenta del mal causado a una joven de Weimar, delicada y atractiva, aireando sus sentimientos y mezclándolos con sus pasiones refinadas, para producir una obra maestra.

Los dos personajes observan la vida desde el crepúsculo de su existencia. Se exhiben sin pudor, hablan de lo que pudo haber sido y no fue, de sus trayectorias, de sus frustaciones y de la soberbia que esconde nuestras miserias de juventud o de madurez. La soledad, a pesar de su fama, les embarga a los dos.

lunes, septiembre 04, 2006

Zapatero va por libre

Los que estuvieron en la campa leonesa de Rodiezmo en olor de multitudes de mineros pudieron comprobar la euforia del presidente Zapatero al comenzar la tercera temporada de su mandato al frente del gobierno.

Las secuencias de las imágenes eran exultantes. La economía crece por encima de la media europea, las pensiones más bajas subirán el doble de la media, España enviará unos mil soldados al sur de Líbano, en son de paz y no de guerra, la derecha está arrinconada en su nostalgia y la victoria en las elecciones previstas para 2008 está prácticamente descontada si no se produce un altibajo.

Vivimos en el país de las maravillas, un país sin problemas, que avanza, que crea empleo y que tiene una voz autónoma en el mundo. Me inquieta tanto triunfalismo mientras los dos grandes proyectos de esta legislatura, la paz con ETA y la nueva estructura territorial del Estado, tienen un recorrido y un final inciertos.

Mientras el presidente hablaba en las campas leonesas la selección española de baloncesto conquistaba por primera vez la copa del mundo, viento en popa a toda vela, a pesar de que más de un millar de subsaharianos arriesgaban sus vidas en esos momentos para alcanzar las islas Canarias.

Los viajes de María Teresa Fernández de la Vega por varias capitales europeas no han conseguido que la Unión tomara conciencia del agujero africano de inmigrantes que revela tanta desesperación y miseria de los que se juegan sus vidas para alcanzar horizontes vitales más dignos.La voz autónoma del presidente Zapatero consiste en no moverse de la península, ajeno a las grandes corrientes políticas que circulan por el mundo, contentándose finalmente en reunir a un numeroso grupo de embajadores para discutir la tragedia que afecta a tantos miles de personas que vergonzosamente llegan a nuestras costas.

En un mundo inevitablemente globalizado la autonomía de que presume el presidente del gobierno es una actitud arriesgada. Recuerdo el gran salto que dió España a mitad de los ochenta, con un gobierno socialista que por definición histórica es internacionalista, cuando el país entró en los grandes clubes internacionales de los que había estado ausente durante más de dos siglos.

Se ingresó en la Unión Europea, en la Alianza Atlántica, en todos los foros democráticos del mundo. A pesar de los incuestionables éxitos del gobierno Zapatero, la realidad es que las relaciones con nuestros socios naturales no son excelentes. No ha habido un encuentro con el presidente norteamericano, Israel no cuenta a España entre sus amigos y las tensiones con el Vaticano son evidentes. Los vínculos personales y políticos con Tony Blair, Ángela Merkel y Jacques Chirac no pasan de la cordialidad que se estila entre jefes de gobierno. Me temo que la autonomía de Zapatero sea más bien un cierto aislamiento que su antecesor, Felipe González, supo superar manteniendo contactos sólidos y fluidos con Mitterrand, Reagan, Thatcher y Kohl.

Me parece oportuno el compromiso de Zapatero al enviar tropas españolas al Líbano, como la presencia de soldados en Afganistán, América Central, Bosnia y otros enclaves de los conflictos mundiales en los que con mandato de las Naciones Unidas se participa en misiones de paz. Pero tengo la sensación de que estas decisiones pueden responder a hacerse perdonar la mediocre política exterior del gobierno español en los últimos tres años. En las relaciones internacionales es muy difícil recuperar el tiempo perdido.

Por último, quisiera sugerir a Mariano Rajoy que es mucho mejor que nuestras tropas estén desplazadas en misiones de paz por el mundo que se dediquen a salvar la patria, como han venido haciendo en los dos últimos siglos.

viernes, septiembre 01, 2006

La democracia es la gran víctima

Un senador californiano dijo a mediados del siglo antepasado que la primera víctima de la guerra es la verdad. Siempre ha sido así. Con las armas desaparece la transparencia, se esconde el derecho y huyen las discusiones académicas. En la guerra, como en la guerra, me contaba mi padre que oía en los frentes del Ebro en el año 1937. Todo valía. Y todo vale.

La guerra es abominable porque la racionalidad deja vía libre a las pasiones y a la fuerza. Lo decisivo es ganar, no importa cómo. El museo que se ha inaugurado hace un tiempo en Washington sobre la historia del espionaje, contaba Eusebi Val en una bonita crónica en La Vanguardia, es la historia de las traiciones, de las mentiras, de las suposiciones, de la justificación de los medios, cualquiera que sean, para alcanzar los fines.

Simplemente quería hacer esta reflexión antes de irme de fin de semana. Pero no sobre la verdad sino sobre algo también muy importante como la libertad. Decía George Bush después de los atentados del 11 de septiembre que "hemos entrado en un nuevo tipo de guerra, una guerra contra aquellos que odian la libertad".

Una frase muy celebrada en su momento pero que hoy no se sostiene. La exportación de la democracia a Oriente Medio ha dado frutos agrios. La primera víctima de la guerra contra el terrorismo han sido precisamente las libertades que se querían exportar.

Vamos a cambiar las reglas de juego, preconizaba un entusiasta Donald Rumsfeld mientras los cielos de Bagdad se iluminaban con una pirotecnia destructiva y letal.

La realidad no les ha dado la razón a aquellos que quisieron introducir la libertad y la democracia por la fuerza. Cinco años después de aquella sacudida que sufrió Estados Unidos, después de la "patriotic Act" y de la declaración de la guerra preventiva, tenemos caos en Iraq, a pesar de una fuerza en presencia de decenas de miles de soldados, una guerra en Líbano que no ha terminado, miles de soldados de la ONU para apagar el fuego de las pasiones entre árabes e israelíes...

Estamos estancados en el endémico conflicto entre Israel y Palestina. Irán desafía a Estados Unidos en particular y a Occidente en general prosiguiendo con su programa para enriquecer uranio y disponer en su momento de la bomba atómica.

¿Qué ha hecho mal Estados Unidos? ¿Qué hemos hecho mal todos los occidentales? No hemos valorado la fuerza del adversario. Pensábamos que todo se arreglaba con la hegemonía militar y resulta que detrás de la miseria y el atraso de sociedades que no se han subido al carro de la modernidad, hay miles de personas que tienen sentimientos, que trabajan para sobrevivir, que también son patriotas, que no aceptan que se les imponga la democracia de acuerdo con los parámetros de otros.

¿Qué sentido tiene recoger millones de euros para reconstruir Líbano si la aviación israelí acaba de destruirlo? ¿No habría sido mejor medir las consecuencias de un ataque que, a pesar de su superioridad militar, no podía conseguir la eliminación del adversario que está confundido con el terreno, con la población y contra el odio a todo lo que viene de Occidente?