La política catalana ha dado un inesperado giro con la designación del alcalde Joan Clos como sucesor de José Montilla en la cartera de Industria del gobierno Zapatero. Ha sido una noticia que ha dormido durante semanas en las mentes de media docena de protagonistas implicados directa o indirectamente en esta decisión.
Al mundo periodístico y político nos ha cogido con el paso cambiado. El alcalde de la ciudad más importante gobernada por los socialistas se va al gobierno de Madrid, siguiendo las huellas que en 1982 trazó Narcís Serra convirtiéndose en el ministro de Defensa del gobierno de Felipe González. Lluís Companys fue alcalde de Barcelona unos días tras las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 para ocupar el cargo de gobernador civil el día 16 y ser designado ministro de Marina de junio a noviembre de 1933, cuando las derechas ganaron las elecciones.
Se puede analizar la nueva situación en clave municipal barcelonesa o en términos de política catalana y española. Atando todos los cabos recogidos en estas horas es un movimiento de piezas que va a tener consecuencias en las elecciones autonómicas, municipales y españolas.
La primera incógnita es descifrar si la decisión es obra del ministro Montilla que convence a Zapatero o es el presidente del gobierno el que sugiere a su ministro de Industria que su sucesor catalán tiene que ser el alcalde de Barcelona.
La valoración de sus nueve años como alcalde es prematura. El Forum de las Culturas fue un fracaso desde el punto de vista de sus contenidos pero ha transformado una parte de la ciudad que no tiene que avergonzarse de aquel barrio cutre y miserable que hoy es transitado con cierto orgullo por los barceloneses y por los millones de visitantes que recorren en tropel las avenidas junto al mar.
Barcelona atrae buena parte del turismo internacional y nacional que llega a España. El “National Geographic Magazine” de septiembre sitúa a Barcelona entre las diez ciudades del mundo que merecen una visita.
Joan Clos no ha conseguido eliminar las bolsas de pobreza de la ciudad, la limpieza deja mucho que desear y la seguridad es una preocupación de los que vivimos aquí y de los que nos visitan. Barcelona es la ciudad más cara de España, los jóvenes huyen en busca de viviendas asequibles y el tráfico es caótico.
Pero ya se encargará Xavier Trias que tiene la legítima aspiración a ser el primer alcalde nacionalista de la ciudad, a airear las carencias, que las hay, de la era Clos.
De todo este movimiento de peones auspiciado por Montilla o Zapatero hay una pieza que no me cuadra. No sé si los socialistas catalanes han valorado la figura de Jordi Hereu para darlo a conocer a los barceloneses en sólo nueve meses, al margen de sus méritos o deméritos.
Sea como fuere, el ministro Montilla es suplido por un político conocido que no tomará decisiones importantes sin consultar con su antecesor. Joan Clos ha utilizado una expresión dantesca al bromear sobre su inmediato futuro diciendo que “me voy al infierno”. No le esperan caricias en Madrid sino disparos por tierra, mar y aire desde los frentes mediáticos conservadores de la capital.
El aparato del PSC se ha hecho con el control absoluto del socialismo catalán. Los “nois de Sant Gervasi” han pasado a mejor vida políticamente hablando. Montilla no es la alegría de la huerta y tendrá que envolverse muchas veces con la bandera catalana para ir primero en las elecciones. Zapatero puede ser un activo electoral pero también un veneno si se detecta que es Ferraz y no Nicaragua quien manda en el socialismo catalán.La jugada, sobre el papel, parece de póker. Pero sólo sabremos si ha sido acertada la noche de Todos los Santos.
miércoles, agosto 30, 2006
lunes, agosto 28, 2006
Inmigración, personas y humanismo
La integración o el multiculturalismo son las dos fórmulas que en Europa y en Estados Unidos se afronta el fenómeno de la masiva inmigración que llega desde el mundo musulmán o de otras partes fracasadas del planeta.
En cualquiera de los dos casos, los que deciden dar el paso en busca de horizontes vitales más dignos son mayormente gentes de mediana edad, más bien jóvenes, capaces de afrontar un futuro incierto.
El multiculturalismo ha fracasado en Holanda, una sociedad modélica hasta hace diez años, que se ha consternado por dos asesinatos emblemáticos, el del político populista Pym Fortuny y el del cineasta Van Gogh. El primero por fundar un partido cuyo lema era “Holanda está llena” y no caben más inmigrantes añadiendo que los musulmanes no forman parte de la cultura de los Países Bajos.
El segundo por haber producido una película en la que se ridiculizaban las creencias islámicas. Holanda ha vivido cinco años de confusión, desconcierto y miedo. Se han roto gobiernos y coaliciones y habrá que esperar a las inminentes elecciones para ver de qué manera el fenómeno inmigratorio afectará a la estabilidad política holandesa.
Tanto en Holanda como en Gran Bretaña o en Estados Unidos, el terrorismo no ha sido perpetrado por inmigrantes islámicos recién llegados que obedecen a consignas de movimientos terroristas internacionales que envían sus agentes de destrucción. Son inmigrantes de segunda o tercera generación, de religión musulmana, que se han introducido en el radicalismo terrorista desde las pautas correctas como son el conocimiento de la lengua y la educación recibida en las instituciones académicas nacionales.
Bernard-Henry Levy escribió en 2003 un dramático libro sobre el asesinato en Pakistán del periodista del “The Wall Street Jopurnal”, Daniel Pearl, después investigar los móviles y los actores del crimen. Sus pasos le llevaron de Karachi a Londres, de Sarajevo a Dubai, de Kandahar a Los Ángeles ... Indagó en la vida de la víctima y la de sus verdugos.
El cerebro de aquel crimen era un tal Omar Sheij, nacido en Londres, en una familia pakistaní liberal y acomodada, de mentalidad abierta y culta. Tuvo un excelente expediente en la Forest School de Snaresbrook, una institución privada y cara. Obtuvo uno excelente expediente académico cuando más tarde accedió a la London School of Economics.
Era una persona afable, refinada y sutil. Todo se torció tras una estancia en Bosnia en los momentos más dramáticos de la guerra de los Balcanes de los años noventa. El informe oficial de los atentados del 7 de julio de 2005 en Londres indica que los autores de los atentados no fueron adoctrinados en las mezquitas sino en los gimnasios, clubs y movimientos excursionistas.
El multiculturalismo, curiosamente, no alimentó el terror desde los templos musulmanes sino desde la vida civil y desde los mensajes que organizaciones terroristas que alimentaban su odio a Occidente en nombre de la religión del Profeta. La integración es mucho más racional y seguramente la más adecuada. Es el caso de Francia, España, Suecia y muchos otros.
Pero este modelo conduce también al fracaso si a los sobrevenidos se les obstruye el ascensor social y se les niega la meritocracia que está al alcance de cualquier nativo. Los disturbios en los suburbios de las ciudades francesas y los que podemos tener aquí cualquier día sólo se pueden evitar desde el civismo y desde la ciudadanía que nos iguala a todos.
La inmigración sólo cabe tratarla desde un punto de vista antropológico, pensando primero en las personas, en sus derechos y deberes, exigiéndoles las responsabilidades que tenemos todos.
En cualquiera de los dos casos, los que deciden dar el paso en busca de horizontes vitales más dignos son mayormente gentes de mediana edad, más bien jóvenes, capaces de afrontar un futuro incierto.
El multiculturalismo ha fracasado en Holanda, una sociedad modélica hasta hace diez años, que se ha consternado por dos asesinatos emblemáticos, el del político populista Pym Fortuny y el del cineasta Van Gogh. El primero por fundar un partido cuyo lema era “Holanda está llena” y no caben más inmigrantes añadiendo que los musulmanes no forman parte de la cultura de los Países Bajos.
El segundo por haber producido una película en la que se ridiculizaban las creencias islámicas. Holanda ha vivido cinco años de confusión, desconcierto y miedo. Se han roto gobiernos y coaliciones y habrá que esperar a las inminentes elecciones para ver de qué manera el fenómeno inmigratorio afectará a la estabilidad política holandesa.
Tanto en Holanda como en Gran Bretaña o en Estados Unidos, el terrorismo no ha sido perpetrado por inmigrantes islámicos recién llegados que obedecen a consignas de movimientos terroristas internacionales que envían sus agentes de destrucción. Son inmigrantes de segunda o tercera generación, de religión musulmana, que se han introducido en el radicalismo terrorista desde las pautas correctas como son el conocimiento de la lengua y la educación recibida en las instituciones académicas nacionales.
Bernard-Henry Levy escribió en 2003 un dramático libro sobre el asesinato en Pakistán del periodista del “The Wall Street Jopurnal”, Daniel Pearl, después investigar los móviles y los actores del crimen. Sus pasos le llevaron de Karachi a Londres, de Sarajevo a Dubai, de Kandahar a Los Ángeles ... Indagó en la vida de la víctima y la de sus verdugos.
El cerebro de aquel crimen era un tal Omar Sheij, nacido en Londres, en una familia pakistaní liberal y acomodada, de mentalidad abierta y culta. Tuvo un excelente expediente en la Forest School de Snaresbrook, una institución privada y cara. Obtuvo uno excelente expediente académico cuando más tarde accedió a la London School of Economics.
Era una persona afable, refinada y sutil. Todo se torció tras una estancia en Bosnia en los momentos más dramáticos de la guerra de los Balcanes de los años noventa. El informe oficial de los atentados del 7 de julio de 2005 en Londres indica que los autores de los atentados no fueron adoctrinados en las mezquitas sino en los gimnasios, clubs y movimientos excursionistas.
El multiculturalismo, curiosamente, no alimentó el terror desde los templos musulmanes sino desde la vida civil y desde los mensajes que organizaciones terroristas que alimentaban su odio a Occidente en nombre de la religión del Profeta. La integración es mucho más racional y seguramente la más adecuada. Es el caso de Francia, España, Suecia y muchos otros.
Pero este modelo conduce también al fracaso si a los sobrevenidos se les obstruye el ascensor social y se les niega la meritocracia que está al alcance de cualquier nativo. Los disturbios en los suburbios de las ciudades francesas y los que podemos tener aquí cualquier día sólo se pueden evitar desde el civismo y desde la ciudadanía que nos iguala a todos.
La inmigración sólo cabe tratarla desde un punto de vista antropológico, pensando primero en las personas, en sus derechos y deberes, exigiéndoles las responsabilidades que tenemos todos.
miércoles, agosto 23, 2006
Enfermedad europea
Copio de un artículo publicado en 1988 por el director de Le Point, mi amigo Claude Imbert, sobre cómo veía la situación en Francia hace 18 años:
"Nuestro país es el hombre enfermo de Europa. Está enfermo de la enfermedad de la época, la enfermedad de la cabeza. Enfermo, en primer lugar, de mentiras por omisión, enfermo de ignorar la degradación mesurable, patente, de su potencia económica, enfermo de la vulgarización de su sistema educativo y de su justicia, enfermo de su envejecimiento demográfico, enfermo de sus gastos sociales que llevan a la jubilación a quienes todavía son capaces de aportar mucho, un síntoma fatal de una parálisis implacable".
En su espléndida biografía de Chirac, el periodista Franz Olivier Giesbert, dice que el presidente se ha convertido en el guardian del cementerio social francés.
Pero lo que ocurre en Francia no es un fenómeno aislado. Se está extendiendo sin darnos cuenta por todo el continente. Viajamos, gastamos, nos divertimos, nos hemos instalado en el llamado bienestar social que no es otra cosa que descargar sobre el Estado lo que tendrían que hacer los ciudadanos.
El Estado es el que ha de ordenar lo que hacen los individuos para prevenir abusos, para mantener el monopolio de la violencia con objeto de que las violencias particulares hagan la vida imposible a los demás, para que se cumplan las leyes, para garantizar los derechos de los desprotegidos, para aplicar la justicia sin favoritismos, para que la riqueza no sea patrimonio de unos cuantos.
El esfuerzo ha desaparecido del vocabulario público. También se nos ha escapado la verdad, la libertad, la solidaridad con los más próximos. Si estos principios se abandonan no tendremos argumentos para abordar la crisis que plantearán los recién llegados que los aplican con más convicción a pesar de que no les damos oportunidades para que puedan ejerecer sus derechos y cumplir con sus obligaciones.
"Nuestro país es el hombre enfermo de Europa. Está enfermo de la enfermedad de la época, la enfermedad de la cabeza. Enfermo, en primer lugar, de mentiras por omisión, enfermo de ignorar la degradación mesurable, patente, de su potencia económica, enfermo de la vulgarización de su sistema educativo y de su justicia, enfermo de su envejecimiento demográfico, enfermo de sus gastos sociales que llevan a la jubilación a quienes todavía son capaces de aportar mucho, un síntoma fatal de una parálisis implacable".
En su espléndida biografía de Chirac, el periodista Franz Olivier Giesbert, dice que el presidente se ha convertido en el guardian del cementerio social francés.
Pero lo que ocurre en Francia no es un fenómeno aislado. Se está extendiendo sin darnos cuenta por todo el continente. Viajamos, gastamos, nos divertimos, nos hemos instalado en el llamado bienestar social que no es otra cosa que descargar sobre el Estado lo que tendrían que hacer los ciudadanos.
El Estado es el que ha de ordenar lo que hacen los individuos para prevenir abusos, para mantener el monopolio de la violencia con objeto de que las violencias particulares hagan la vida imposible a los demás, para que se cumplan las leyes, para garantizar los derechos de los desprotegidos, para aplicar la justicia sin favoritismos, para que la riqueza no sea patrimonio de unos cuantos.
El esfuerzo ha desaparecido del vocabulario público. También se nos ha escapado la verdad, la libertad, la solidaridad con los más próximos. Si estos principios se abandonan no tendremos argumentos para abordar la crisis que plantearán los recién llegados que los aplican con más convicción a pesar de que no les damos oportunidades para que puedan ejerecer sus derechos y cumplir con sus obligaciones.
lunes, agosto 21, 2006
Personas, inmigrantes y elecciones
Temía que la compleja realidad de la inmigración se debatiera en la campaña. No en términos políticos, sociales o humanos, sino con argumentos exclusivamente electoralistas.
Me parece una frivolidad que se proponga a poco más de medio año de las elecciones municipales que los inmigrantes puedan ejercitar su voto. Sin decir cómo, quién, en qué circunstancias, de acuerdo a qué leyes. Se me antoja una frivolidad semejante la respuesta inmediata y poco meditada de destacados dirigentes de CiU que han insinuado que para que los inmigrantes puedan votar primero deben conocer la lengua, la cultura y la identidad catalanas. Otorgar este derecho a los inmigrantes, según Felip Puig, amenaza el proyecto de país de Catalunya.
La deriva populista de la política es uno de los grandes peligros que atraviesan las democracias occidentales cuyas clases dirigentes escuchan con gran atención las señales demoscópicas de sus sociedades respectivas y dejan para mejor ocasión proponer soluciones razonables.
En Estados Unidos, el 12 por ciento de la población, más de 35 millones, no ha nacido en territorio norteamericano. A esa cifra hay que añadir más de diez millones de gentes que viven sin papeles y sin reconocimiento jurídico, a pesar de los esfuerzos del gobierno en taponar los agujeros por los que penetran en el espacio norteamericano personas que arriesgan abandonan sus tierras y arriesgan sus vidas en busca de un horizonte vital más digno.
El ministro del Interior francés, Nicholas Sarkozy, agita la cuestión inmigratoria y ha propuesto la expulsión de 25.000 familias que viven en Francia de forma ilegal. Es una opción populista que puede frenar el avance de la ultra derecha de Le Pen y le puede conducir a la presidencia.
Los problemas derivados de la inmigración masiva en las democracias occidentales tienen causas muy diversas y profundas. Las enormes diferencias económicas entre los países de salida y acogida son principales. La baja natalidad en Europa es otra. La ausencia de libertades en los puntos de origen hace que el progreso sea imposible y por eso salen los jóvenes y mejor preparados para ayudar a salir de la miseria a sus más próximos.
Veo con mis propios ojos, en las calles que se asfaltan en estos calores de agosto, al pie de las gruas de la construcción que sobrevuelan ciudades grandes y pequeñas, acompañando con sillas de ruedas a nuestros mayores, a personas que hacen un servicio que la mayoría de nosotros no estamos en condición de prestar.
Si es catalán todo el que vive y trabaja en Catalunya, hay que buscar soluciones para que esta definición no quede desvirtuada. La foto del país ha cambiado de forma muy sustancial en muy poco tiempo. Esperar que llegue una campaña electoral para lanzar el debate de la inmigración indica que los verdaderos problemas se orillan y se lanzan sobre la parrilla populista en cuanto llegan las urnas.
Hay que hacerse a la idea de que todos los que están tendrán que tener los mismos derechos y las mismas obligaciones que los que nacimos aquí. Roma dió la ciudadanía a todos los que vivían en lo que hoy es Italia el año 70. En el año 313, el emperador Caracalla la concedió a todos los súbditos del imperio. Lo que ocurre es que al inmigrante no lo queremos tratar como persona sino como un instrumento para suplir nuestras carencias.
El PP aprobó tres leyes de Extranjerías. Zapatero ha regularizado a más de un millón. Y siguen llegando por tierra, mar y aire. Menos demagogia y más racionalidad, más leyes y más recursos para abordar seriamente el problema más complejo al que los sucesivos gobiernos no han querido o no han sabido dar salida.
Me parece una frivolidad que se proponga a poco más de medio año de las elecciones municipales que los inmigrantes puedan ejercitar su voto. Sin decir cómo, quién, en qué circunstancias, de acuerdo a qué leyes. Se me antoja una frivolidad semejante la respuesta inmediata y poco meditada de destacados dirigentes de CiU que han insinuado que para que los inmigrantes puedan votar primero deben conocer la lengua, la cultura y la identidad catalanas. Otorgar este derecho a los inmigrantes, según Felip Puig, amenaza el proyecto de país de Catalunya.
La deriva populista de la política es uno de los grandes peligros que atraviesan las democracias occidentales cuyas clases dirigentes escuchan con gran atención las señales demoscópicas de sus sociedades respectivas y dejan para mejor ocasión proponer soluciones razonables.
En Estados Unidos, el 12 por ciento de la población, más de 35 millones, no ha nacido en territorio norteamericano. A esa cifra hay que añadir más de diez millones de gentes que viven sin papeles y sin reconocimiento jurídico, a pesar de los esfuerzos del gobierno en taponar los agujeros por los que penetran en el espacio norteamericano personas que arriesgan abandonan sus tierras y arriesgan sus vidas en busca de un horizonte vital más digno.
El ministro del Interior francés, Nicholas Sarkozy, agita la cuestión inmigratoria y ha propuesto la expulsión de 25.000 familias que viven en Francia de forma ilegal. Es una opción populista que puede frenar el avance de la ultra derecha de Le Pen y le puede conducir a la presidencia.
Los problemas derivados de la inmigración masiva en las democracias occidentales tienen causas muy diversas y profundas. Las enormes diferencias económicas entre los países de salida y acogida son principales. La baja natalidad en Europa es otra. La ausencia de libertades en los puntos de origen hace que el progreso sea imposible y por eso salen los jóvenes y mejor preparados para ayudar a salir de la miseria a sus más próximos.
Veo con mis propios ojos, en las calles que se asfaltan en estos calores de agosto, al pie de las gruas de la construcción que sobrevuelan ciudades grandes y pequeñas, acompañando con sillas de ruedas a nuestros mayores, a personas que hacen un servicio que la mayoría de nosotros no estamos en condición de prestar.
Si es catalán todo el que vive y trabaja en Catalunya, hay que buscar soluciones para que esta definición no quede desvirtuada. La foto del país ha cambiado de forma muy sustancial en muy poco tiempo. Esperar que llegue una campaña electoral para lanzar el debate de la inmigración indica que los verdaderos problemas se orillan y se lanzan sobre la parrilla populista en cuanto llegan las urnas.
Hay que hacerse a la idea de que todos los que están tendrán que tener los mismos derechos y las mismas obligaciones que los que nacimos aquí. Roma dió la ciudadanía a todos los que vivían en lo que hoy es Italia el año 70. En el año 313, el emperador Caracalla la concedió a todos los súbditos del imperio. Lo que ocurre es que al inmigrante no lo queremos tratar como persona sino como un instrumento para suplir nuestras carencias.
El PP aprobó tres leyes de Extranjerías. Zapatero ha regularizado a más de un millón. Y siguen llegando por tierra, mar y aire. Menos demagogia y más racionalidad, más leyes y más recursos para abordar seriamente el problema más complejo al que los sucesivos gobiernos no han querido o no han sabido dar salida.
jueves, agosto 17, 2006
Gunter Grass y la conciencia
El premio Nobel de Literatura, Gunter Grass, nos comunica ahora que fue miembro de las juventudes hitlerianas, las Waffen SS, que combatió a las fuerzas soviéticas que avanzaban sobre Berlín. Era una unidad especial que tuvo un papel relevante en la conducción de cientos de miles de judíos, gitanos y demás "untermenschen" a los hornos crematorios.
Las biografías evolucionan y no hay fotos fijas en la historia de nadie. No se trata de que Grass, a sus 17 años y cuando la guerra estaba terminando, formara parte de aquella tenebrosa unidad de elite. Lo que sorprende es que Grass haya tardado tanto tiempo, más de sesenta años, en revelar esta secuencia de su trayectoria vital.
Los cínicos aducen que Grass ha querido publicitar su libro que ha sido puesto a la venta quince días antes de la fecha prevista. Otros se han apresurado a disculparle diciendo que en cualquier caso era un pecado de juventud en un país que estaba en guerra y en el que la libertad no existía.
El premio Nobel ha sido la conciencia crítica de Alemania. Ha participado en todos los movimientos en contra la guerra, desde Vietnam a Iraq, es un activista de la antiglobalización y ha expresado sus críticas contra el liberal capitalismo de muchas formas.
Gunter Grass recuerda que como prisionero de guerra de las tropas norteamericanas vio cómo los soldados maltrataban a sus colegas negros. Me dí cuenta de que el racismo existía y era practicado por las tropas vencedoras, ha dicho en una entrevista. No deja de ser paradójico que el racismo de las tropas americanas le sacudiera la conciencia, él que había pertenecido a una unidad de elite que practicaba el racismo hasta causar la muerte ignominiosa.
Grass nos ha hablado de la superioridad de los perdedores frente a los vencedores. Alemania pidió perdón y purgó todos los pecados del pasado. Es cierto. Pero podía haber añadido, aunque fuera de pasada, que él formó parte de un instrumento perverso del nazismo. Sólo debía decirlo. No para que se enturbiara su biografía literaria sino para que se supiera.
Ha sido Grass y otras mentes lúcidas de la post guerra quienes han repartido carnets de conducta, de buenos y malos, de auténticos y de falsos. Todos ellos cargados de un antiamericanismo sin matices. Premios Nobel como Dario Fo, Harold Pinter y José Saramago.
Gracias por vuestro esfuerzo en distinguir entre el bien y el mal, entre los que tienen una hoja de servicios inmaculada y los que la tienen manchada por ser reaccionarios y trogloditas. Pero, en el caso de Gunter Grass, habría sido más ejemplarizante si nos hubiera explicado todo su pasado y no esperar tanto tiempo en recordarnos su biografía entera.
Las biografías evolucionan y no hay fotos fijas en la historia de nadie. No se trata de que Grass, a sus 17 años y cuando la guerra estaba terminando, formara parte de aquella tenebrosa unidad de elite. Lo que sorprende es que Grass haya tardado tanto tiempo, más de sesenta años, en revelar esta secuencia de su trayectoria vital.
Los cínicos aducen que Grass ha querido publicitar su libro que ha sido puesto a la venta quince días antes de la fecha prevista. Otros se han apresurado a disculparle diciendo que en cualquier caso era un pecado de juventud en un país que estaba en guerra y en el que la libertad no existía.
El premio Nobel ha sido la conciencia crítica de Alemania. Ha participado en todos los movimientos en contra la guerra, desde Vietnam a Iraq, es un activista de la antiglobalización y ha expresado sus críticas contra el liberal capitalismo de muchas formas.
Gunter Grass recuerda que como prisionero de guerra de las tropas norteamericanas vio cómo los soldados maltrataban a sus colegas negros. Me dí cuenta de que el racismo existía y era practicado por las tropas vencedoras, ha dicho en una entrevista. No deja de ser paradójico que el racismo de las tropas americanas le sacudiera la conciencia, él que había pertenecido a una unidad de elite que practicaba el racismo hasta causar la muerte ignominiosa.
Grass nos ha hablado de la superioridad de los perdedores frente a los vencedores. Alemania pidió perdón y purgó todos los pecados del pasado. Es cierto. Pero podía haber añadido, aunque fuera de pasada, que él formó parte de un instrumento perverso del nazismo. Sólo debía decirlo. No para que se enturbiara su biografía literaria sino para que se supiera.
Ha sido Grass y otras mentes lúcidas de la post guerra quienes han repartido carnets de conducta, de buenos y malos, de auténticos y de falsos. Todos ellos cargados de un antiamericanismo sin matices. Premios Nobel como Dario Fo, Harold Pinter y José Saramago.
Gracias por vuestro esfuerzo en distinguir entre el bien y el mal, entre los que tienen una hoja de servicios inmaculada y los que la tienen manchada por ser reaccionarios y trogloditas. Pero, en el caso de Gunter Grass, habría sido más ejemplarizante si nos hubiera explicado todo su pasado y no esperar tanto tiempo en recordarnos su biografía entera.
jueves, agosto 03, 2006
Hemingway y la blogosfera
No imaginaba Ernest Hemingway cuando escribió la célebre novela “Adiós a las armas” en 1929 que llegaría un día en que el título de su obra se materializaría de forma muy distinta a sus experiencias como voluntario para conducir ambulancias en Italia durante la Gran Guerra de 1914.
Hemingway sería transferido al ejército italiano resultando herido de gravedad. Después de la guerra fue corresponsal del “Toronto Star” hasta que se marchó a vivir a París, donde los escritores exiliados Ezra Pound y Gertrude Stein le animaron a dedicarse a la literatura. Pasó largas temporadas en Florida, en España y en África. Regresó a España durante la Guerra Civil como corresponsal de guerra, trabajo que continuó en la Segunda Guerra Mundial.
Conoció en directo la brutalidad de las armas. En España le estallaron dos bombas en su hotel, un taxi le acercó a la muerte en medio de un apagón de los bombardeos y en 1954 su avión se estrelló en África. Murió en Ketchum (Idaho) el 2 de julio de 1961, suicidándose con un tiro de escopeta.
No sospechaba Hemingway que el lenguaje y las imágenes servidas en tiempo real a todo el planeta llegarían a ser tan importantes como las armas. El premio Nobel de Literatura (1954) reflejó en sus novelas a hombres y mujeres despojados de los valores en los que antes creían pero que seguían viviendo despreciando toda forma de cinismo excepto sus necesidades afectivas. Había otros tipos, de carácter simple y emociones primitivas, como los boxeadores y los toreros, luchando por causas banales en batallas absurdas.
“Adiós a las armas” es una historia sentimental entre un oficial sanitario americano y una enfermera inglesa que trabaja en medio de los devastadores efectos de las armas de los dos bandos.Las guerras no las preparan y organizan los pueblos. Son los reyes de antaño, los políticos de ahora, los intereses del momento, los que organizan las matanzas de hombres, mujeres y niños.
En estos días de dramático conflicto entre Israel y sus vecinos surge la fuerza del lenguaje y de las imágenes que demuestran que detrás de cada acción de guerra hay numerosas personas que abominan la violencia y que desde la clandestinidad que ofrece Internet establecen un diálogo fluido, amistoso, humanizado, mientras las bombas o los misiles caen en los dos campos sembrando la muerte y la destrucción.
Recuerdo las escenas descritas por George Orwell en su “Homenaje a Cataluña” durante la Guerra Civil española en las que soldados nacionales y republicanos se reunían en tierra de nadie en los llanos leridanos para intercambiar cigarrillos o para jugar esporádicos partidos de fútbol.
En el sur de Líbano y en Israel fluye estos días un diálogo entre gentes que no podrían saludarse a la luz del día. En la blogosfera, compuesta por cientos de miles de “bloggers” diseminados por el vasto mundo, también se está librando esta guerra que no es con armas sino con palabras, con razones, con insultos a veces, pero siempre manteniendo abiertas las vías de comunicación que los gobiernos mantienen cerradas a cal y canto.
Me imagino que muchos de ustedes pensarán que son visiones fabuladas de un periodista que en el mes de agosto no sabe de qué escribir. Les puedo asegurar que no es así. Hay un mundo subterráneo, sin fronteras, que mantiene conectada a toda la humanidad en tiempo real y sin distancias, que hace circular las ideas y la información que va teniendo tanta fuerza como las de las armas y los ejércitos.
No sé si el mundo que nos aguarda será mejor o peor. Lo que sí se percibe es un cambio radical en las costumbres, en el entretenimiento, en la paz y en la guerra y, sobre todo, en las relaciones entre los que toman las decisiones y los que las tendrían que aceptar.
Hemingway sería transferido al ejército italiano resultando herido de gravedad. Después de la guerra fue corresponsal del “Toronto Star” hasta que se marchó a vivir a París, donde los escritores exiliados Ezra Pound y Gertrude Stein le animaron a dedicarse a la literatura. Pasó largas temporadas en Florida, en España y en África. Regresó a España durante la Guerra Civil como corresponsal de guerra, trabajo que continuó en la Segunda Guerra Mundial.
Conoció en directo la brutalidad de las armas. En España le estallaron dos bombas en su hotel, un taxi le acercó a la muerte en medio de un apagón de los bombardeos y en 1954 su avión se estrelló en África. Murió en Ketchum (Idaho) el 2 de julio de 1961, suicidándose con un tiro de escopeta.
No sospechaba Hemingway que el lenguaje y las imágenes servidas en tiempo real a todo el planeta llegarían a ser tan importantes como las armas. El premio Nobel de Literatura (1954) reflejó en sus novelas a hombres y mujeres despojados de los valores en los que antes creían pero que seguían viviendo despreciando toda forma de cinismo excepto sus necesidades afectivas. Había otros tipos, de carácter simple y emociones primitivas, como los boxeadores y los toreros, luchando por causas banales en batallas absurdas.
“Adiós a las armas” es una historia sentimental entre un oficial sanitario americano y una enfermera inglesa que trabaja en medio de los devastadores efectos de las armas de los dos bandos.Las guerras no las preparan y organizan los pueblos. Son los reyes de antaño, los políticos de ahora, los intereses del momento, los que organizan las matanzas de hombres, mujeres y niños.
En estos días de dramático conflicto entre Israel y sus vecinos surge la fuerza del lenguaje y de las imágenes que demuestran que detrás de cada acción de guerra hay numerosas personas que abominan la violencia y que desde la clandestinidad que ofrece Internet establecen un diálogo fluido, amistoso, humanizado, mientras las bombas o los misiles caen en los dos campos sembrando la muerte y la destrucción.
Recuerdo las escenas descritas por George Orwell en su “Homenaje a Cataluña” durante la Guerra Civil española en las que soldados nacionales y republicanos se reunían en tierra de nadie en los llanos leridanos para intercambiar cigarrillos o para jugar esporádicos partidos de fútbol.
En el sur de Líbano y en Israel fluye estos días un diálogo entre gentes que no podrían saludarse a la luz del día. En la blogosfera, compuesta por cientos de miles de “bloggers” diseminados por el vasto mundo, también se está librando esta guerra que no es con armas sino con palabras, con razones, con insultos a veces, pero siempre manteniendo abiertas las vías de comunicación que los gobiernos mantienen cerradas a cal y canto.
Me imagino que muchos de ustedes pensarán que son visiones fabuladas de un periodista que en el mes de agosto no sabe de qué escribir. Les puedo asegurar que no es así. Hay un mundo subterráneo, sin fronteras, que mantiene conectada a toda la humanidad en tiempo real y sin distancias, que hace circular las ideas y la información que va teniendo tanta fuerza como las de las armas y los ejércitos.
No sé si el mundo que nos aguarda será mejor o peor. Lo que sí se percibe es un cambio radical en las costumbres, en el entretenimiento, en la paz y en la guerra y, sobre todo, en las relaciones entre los que toman las decisiones y los que las tendrían que aceptar.
La democracia ha de tener razón
Contaba Paul Kennedy en un memorable artículo después del 11 de septiembre de 2001 que en aquella mañana en la que caían los símbolos más visibles de la cultura americana, había ochocientos mil marines que dominaban los mares y los océanos gozando de la “pax americana” después de la victoria en la guerra fría.
En el Pacífico, Índico, Atlántico, los mares del sur, el Mediterráneo, el Ártico... señoreaban los modernos buques de guerra norteamericanos garantizando el nuevo orden mundial que marcaba el fin de la historia. La democracia y las leyes del mercado, según la célebre tesis del profesor Fukuyama, eran los paradigmas de las generaciones futuras que vivirían en libertad, paz y progreso.
La realidad ha desautorizado las tesis de Fukuyama y se va abriendo paso la teoría de Hunttington sobre el choque de civilizaciones que tan denostada fue por las mentes bien pensantes europeas. Aquel 11 de septiembre fue un día desgraciado para Estados Unidos y para la hegemonía americana al comprobar que a pesar de su gran potencia eran vulnerables en el corazón mismo de Manhattan y en el Pentágono.
El mundo ha experimentado en los últimos diez años movimientos tectónicos de gran envergadura. Me parece que el principal es la socialización del conocimiento a través de las nuevas tecnologías que no entienden de la historia, del pasado y de la fuerza y permiten dominar en tiempo real y sin los inconvenientes del espacio, la realidad de cada momento.
No habrá una tercera guerra mundial. Lo que sí podemos asistir es a la primera guerra mundializada en la que no existan fronteras, ni ejércitos, ni estados mayores, parámetros con los que se libraban las guerras en el pasado.
No son muchos, unos millares a lo máximo, los que desafían la fuerza de Estados Unidos, Israel y Occidente en general. Pero disponen de una organización sofisticada en la que mezclan la ideología del sacrificio con la causa que descansa sobre dos pilares básicos: la religión y la voluntad de destruir o defenderse de lo que conocemos como civilización occidental, basada en la filosofía griega, el derecho romano y la religión judeo cristiana.
Un componente de odio se ha ido acumulando a lo largo de los siglos. Los choques entre Occidente y Oriente datan de hace doce siglos. Los califatos de Bagdad y Damasco llegaron hasta el centro de Francia en el siglo VIII. Luego vinieron las Cruzadas y más tarde el sitio de Viena por los otomanos.
La diferencia de los choques entre dos maneras de ver el mundo, el pasado y el presente, es que ahora hay una gran desigualdad de fuerzas, a favor de Occidente, pero la inteligencia está al abasto de unos y otros, de todos, y no es preciso disponer de ejércitos ni estados para hacer la guerra.
El problema es que ha habido un gran movimiento de tierras en el subsuelo mundial sin que las clases dirigentes hayan percibido su alcance. Al Qaeda, Hezbollah y Hamas no disponen de estados, ni siquiera Palestina lo es, ni de ejércitos, ni de estructuras de mandos identificadas. Si se captura o se mata a los supuestos dirigentes de estos movimientos, la actividad destructiva continua porque el poder no es personal sino que obedece a una causa que una minoría ha conseguido introducir en las mentes y en las voluntades de millones de musulmanes.
Las tres patas sobre las que descansan las instituciones occidentales, que son la democracia, la libertad y el imperio de la ley, no van a ser derrotadas. Pero siempre que la razón esté de nuestra parte. Matar a inocentes para destruir al enemigo es moralmente inaceptable y aumentará el odio en sociedades que rechazan la modernidad pero que utilizan el conocimiento copiado de Occidente para destruir precisamente la modernidad.
En el Pacífico, Índico, Atlántico, los mares del sur, el Mediterráneo, el Ártico... señoreaban los modernos buques de guerra norteamericanos garantizando el nuevo orden mundial que marcaba el fin de la historia. La democracia y las leyes del mercado, según la célebre tesis del profesor Fukuyama, eran los paradigmas de las generaciones futuras que vivirían en libertad, paz y progreso.
La realidad ha desautorizado las tesis de Fukuyama y se va abriendo paso la teoría de Hunttington sobre el choque de civilizaciones que tan denostada fue por las mentes bien pensantes europeas. Aquel 11 de septiembre fue un día desgraciado para Estados Unidos y para la hegemonía americana al comprobar que a pesar de su gran potencia eran vulnerables en el corazón mismo de Manhattan y en el Pentágono.
El mundo ha experimentado en los últimos diez años movimientos tectónicos de gran envergadura. Me parece que el principal es la socialización del conocimiento a través de las nuevas tecnologías que no entienden de la historia, del pasado y de la fuerza y permiten dominar en tiempo real y sin los inconvenientes del espacio, la realidad de cada momento.
No habrá una tercera guerra mundial. Lo que sí podemos asistir es a la primera guerra mundializada en la que no existan fronteras, ni ejércitos, ni estados mayores, parámetros con los que se libraban las guerras en el pasado.
No son muchos, unos millares a lo máximo, los que desafían la fuerza de Estados Unidos, Israel y Occidente en general. Pero disponen de una organización sofisticada en la que mezclan la ideología del sacrificio con la causa que descansa sobre dos pilares básicos: la religión y la voluntad de destruir o defenderse de lo que conocemos como civilización occidental, basada en la filosofía griega, el derecho romano y la religión judeo cristiana.
Un componente de odio se ha ido acumulando a lo largo de los siglos. Los choques entre Occidente y Oriente datan de hace doce siglos. Los califatos de Bagdad y Damasco llegaron hasta el centro de Francia en el siglo VIII. Luego vinieron las Cruzadas y más tarde el sitio de Viena por los otomanos.
La diferencia de los choques entre dos maneras de ver el mundo, el pasado y el presente, es que ahora hay una gran desigualdad de fuerzas, a favor de Occidente, pero la inteligencia está al abasto de unos y otros, de todos, y no es preciso disponer de ejércitos ni estados para hacer la guerra.
El problema es que ha habido un gran movimiento de tierras en el subsuelo mundial sin que las clases dirigentes hayan percibido su alcance. Al Qaeda, Hezbollah y Hamas no disponen de estados, ni siquiera Palestina lo es, ni de ejércitos, ni de estructuras de mandos identificadas. Si se captura o se mata a los supuestos dirigentes de estos movimientos, la actividad destructiva continua porque el poder no es personal sino que obedece a una causa que una minoría ha conseguido introducir en las mentes y en las voluntades de millones de musulmanes.
Las tres patas sobre las que descansan las instituciones occidentales, que son la democracia, la libertad y el imperio de la ley, no van a ser derrotadas. Pero siempre que la razón esté de nuestra parte. Matar a inocentes para destruir al enemigo es moralmente inaceptable y aumentará el odio en sociedades que rechazan la modernidad pero que utilizan el conocimiento copiado de Occidente para destruir precisamente la modernidad.
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