miércoles, abril 27, 2005

Francia y Europa

Los británicos votan el 5 de mayo en elecciones generales. Los franceses lo harán en referéndum el 29 de mayo para pronunciarse sobre la Constitución europea. Las encuestas indican que los laboristas de Blair revalidarán una histórica tercera mayoría, pero en Francia los sondeos señalan que el no a la Constitución va por delante del sí.

Tanto los laboristas como el Gobierno francés son partidarios de la ratificación del tratado constitucional europeo. Pero sus respectivos electorados, por razones distintas, les pueden dar la espalda. Si los británicos llegaran a pronunciarse en contra de la Constitución, sería un pequeño traspiés de un país que ha ido siempre a remolque en la construcción europea.

Pero si Francia dice no, se produciría una gran convulsión en la Unión. Primero porque la Europa que tenemos es fruto de la visión de franceses ilustres y valientes que actuaron con la magnanimidad de los grandes estadistas. Segundo porque el liderazgo europeo quedaría desmochado. Y tercero porque la generosidad de Alemania para europeizarse y sacudirse sus fantasmas se vería truncada por las trifulcas internas de la política francesa.

Napoleón no pudo ver cumplido el sueño de la unidad europea porque la pretendió imponer por la fuerza de las armas y por aquella arrogancia francesa que tanto molesta al resto de los europeos. El embajador británico en París, lord Clarendon, le dijo al emperador en sus días de gloria que “un país que propugna grandes cambios y carece de la voluntad de asumir grandes riesgos está abocado fatalmente a la frivolidad”.

La Europa de que disfrutamos ha sido posible gracias al impulso de la generosidad de los gobiernos y de las sociedades nacionales. Seguir construyendo Europa poniendo por delante los intereses particulares sobre los generales es imposible. Europa es un ámbito de convivencia entre culturas, pueblos y naciones después de que los monstruos goyescos del fascismo y el bolchevismo sembraran la muerte y el terror por todo el continente.

Europa ha conseguido, finalmente, construir una cultura de paz a pesar de las lógicas peleas y desavenencias. Pero ha hecho algo más notable, que es formar la más grande y más estable comunidad de democracias liberales de la historia.Una Europa en la que la poderosa Alemania se ha avenido en ser el motor de esta gigantesca realidad, mientras que Francia lideraba políticamente el proyecto como si fuera el principal y único impulsor. El no de Francia no supondrá el fin de nada. Pero los franceses dejarán de ser la referencia.

lunes, abril 25, 2005

Amanecer en Gallípoli

La toma de Estambul se prolongó durante ocho trágicos meses en la estrecha franja de agua que separa Europa de Asia. Los imperios de este mundo volvieron a chocar en la primera gran guerra de la modernidad que marcaría lo que Winston Churchill, protagonista frustrado de aquella batalla, llamaría el siglo del hombre corriente porque fue el hombre corriente el que más experimentaría el sufrimiento.

Al amanecer del domingo el primer ministro de Australia, el de Nueva Zelanda y el príncipe Carlos de Inglaterra rememoraron el desembarco de tropas australianas y neozelandesas en la península de Gallípoli hace ahora noventa años. El príncipe Carlos leyó un salmo y una docena de coronas fueron depositadas en lo que se convirtió en el primer gran cementerio masivo de soldados muertos en acciones de guerra. La guerra se planteó entre las potencias del Centro, formadas por Alemania, Austria Hungría y el imperio Otomano, contra los aliados liderados por el Imperio Británica, Francia, Rusia y más tarde Estados Unidos.

Australia y Nueva Zelanda se unieron a los aliados en un bautismo de fuego que forjó su identidad nacional.La toma de Gallípoli se convirtió en una carnicería. Nueve mil soldados australianos murieron en aquella batalla que decidiría el curso de una guerra de desgaste y de muertes masivas. También perderían la vida nueve mil franceses, más de veinte mil británicos e irlandeses y ochenta mil soldados turcos en una lucha por tierra y por mar siendo Winston Churchill el primer lord del Almirantazgo de la Flota Real británica.

Los aliados perdieron la batalla ante un bravo ejército turco del que empezó a despuntar la figura de Kemal Atatürk que se convertiría en el líder nacional que daría forma a la Turquía moderna.En una ceremonia posterior para honrar a las víctimas turcas de la batalla asistieron los representantes de los aliados y el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, que resaltó el hecho de que las naciones que lucharon entre sí hace casi cien años hoy han establecido una alianza de amistad y cooperación. El mundo ha olvidado Gallípoli, la Gran Guerra y cuantas guerras se han sucedido en Europa en el pasado siglo. Guerras que se han olvidado pero que son la historia trágica de un continente que eligió la confrontación entre los estados y olvidó la posibilidad de entenderse.

Una Europa que se ha destruido a sí misma varias veces hasta llegar a la conclusión resumida en el “basta ya” que los principales contendientes proclamaron después de la guerra que acabó hace ahora sesenta años.

La Unión Europea no es un pacto entre estados para ser más fuertes o para distribuir la desigual riqueza que generan los veinticinco países que forman parte de la Unión. El principal objetivo de la Unión Europea, tan frágil y tan pendiente de la voluntad de los ciudadanos que la hacen posible, es que no haya más guerras entre los europeos. Puede que esta ambición a muchos les parezca secundaria porque no se observa en el horizonte un enfrentamiento entre Francia y Alemania o entre Polonia y Rusia o entre Italia y España. Es cierto. No hay peligros de guerras entre nosotros. Pero no está de más recordar que lo propio de Europa en los últimos quince siglos es entregarse a guerras fratricidas y absurdas, ya sean por motivos dinásticos, religiosos, políticos o económicos.

Sesenta años de paz y de reconstrucción europea ya no son un breve paréntesis histórico. Es una realidad que ha sido posible gracias a la cesión de soberanía, de competencias, de ejércitos nacionales poderosos y a una voluntad de convivir entre los que formamos parte de la misma civilización.

miércoles, abril 20, 2005

Juicios prematuros

La voz tranquila de un hombre seguro era la impresión que desprendían las primeras palabras de Benedicto XVI al asomarse al balcón del Vaticano en el atardecer del martes. El nuevo Papa es la continuidad de Juan Pablo II con el que trabajó muy de cerca y estableció una larga amistad a lo largo de más de un cuarto de siglo. Los cardenales no optaron por un cambio brusco sino por un continuismo calculado escogiendo una personalidad y una biografía distintas para interpretar la misma letra pero con música nueva.

El nuevo Papa es inteligente, trabajador, culto, espiritual y políglota, cualidades que pondrá en juego para llegar a las multitudes sin recurrir a las comparecencias masivas que hicieron célebre a su antecesor. Pienso que por razones de carácter y también de edad. Su primera homilía como Pontífice se centró en un compromiso por la paz y por la unidad de los cristianos, dos retos que precisan unas dosis incansables de diálogo y persuasión.

De todo lo que he leído estos días me ha interesado especialmente un encuentro a comienzos del año pasado entre el cardenal Ratzinger y Jürgen Habermas, el filósofo europeo de la racionalidad secular, en el que de alguna manera se repetía la pugna ideológica entre Voltaire y Benedicto XIV de hace casi trescientos años. Aquel siglo lo ganó Voltaire que fue una de las piezas clave de la Revolución Francesa que estallaría unos años después de su muerte.

Benedicto XVI es un hombre de pensamiento que volverá a abrir el viejo diálogo entre fe y razón, entre los valores de dos tradiciones, la religiosa y la secular, que se han disputado su influencia en el mundo moderno. A pesar de ser el encargado de defender la ortodoxia católica, Joseph Ratzinger es un hombre de diálogo. Lo decía en su encuentro con Habermas al reclamar la “necesaria relación entre la razón y la fe que se necesitan mutuamente”.

No sé cómo será el pontificado de Benedicto XVI. Pero desde su fama de ortodoxo puede abrir un diálogo entre culturas, entre religiones y entre sistemas políticos que tratan a la persona de forma muy dispar. Los conservadores son los que también han propiciado grandes cambios en la historia de la humanidad. Podemos estar ante un Papa que opte más por el diálogo que por el choque frontal de civilizaciones que han vaticinado algunos profetas de desgracias futuras.

Los juicios prematuros son siempre arriesgados, especialmente en lo que se refiere a los papas que han dado grandes sorpresas cuando han empezado a ejercer su magisterio.

lunes, abril 18, 2005

Vascos y catalanes

El president Pujol siempre ha dicho que la política en el País Vasco es muy distinta de la de Catalunya. Las visitas del ex president a Euskadi no eran frecuentes a pesar de las muchas complicidades que pudieran tener dos gobiernos nacionalistas que miraban a Madrid con más recelo que afinidad, ya fueran los socialistas o los populares quienes gobernaran en España.

Siguiendo las intervenciones de los líderes vascos en la noche electoral del domingo, esta diferencia se hacía tan patente como siempre. La sociedad vasca aparecía dividida radicalmente. El lehendakari aceptaba que el plan Ibarretxe había descarrilado definitivamente. Pero no abandonaba su objetivo de liderar la política vasca, que se podría resumir en crear una situación en la que el control del país debía seguir estando en las manos habituales, es decir, en un grupo identitario que no contempla la posibilidad de que “los otros” tomen el relevo.

Mientras seguía los resultados del domingo, pensaba en lo que acostumbra a decir Josep Maria Bricall cuando se refiere a que la política no es la recreación del pasado sino la administración del futuro.

La sociedad vasca es plural. Pero también está fragmentada por posiciones que no aceptan la legitimidad del adversario para gobernar el país. La sociedad catalana, afortunadamente, es una y en ella caben todas las posiciones hasta el punto de que ha sido posible un cambio político después de la larga etapa del nacionalismo de Jordi Pujol sin que nadie crea tener el patrimonio exclusivo para gobernar el país. Dicho de otra manera, la sociedad catalana está integrada políticamente y la vasca no lo está.

Las reivindicaciones catalanas tienen un poso identitario incuestionable. Pero hemos llegado a un punto avanzado de las negociaciones para la redacción del Estatut y las cuestiones más importantes se basan en las competencias y en la financiación, dos cuestiones que hacen referencia a los intereses de todos, nacionalistas o no, de izquierdas o de derechas, de aquí de toda la vida o llegados hace diez o treinta años.

La reivindicación nacional catalana no pierde de vista los intereses de todos los que viven y trabajan en Catalunya. No es casual el hecho de que el pacto del Tinell fuera cocinado por Joan Puigcercós, del Ripollès, y José Montilla, alcalde de Cornellà, llegado al Baix Llobregat cuando tenía 17 años procedente de un pueblo cordobés. El pacto fue negociado y escrito, naturalmente, en catalán por dos personas ideológicamente muy distantes.

Los dos defendían los intereses de sus partidos pero pensaban en todos, catalanes de siempre y catalanes nuevos.La integración de la sociedad catalana no es obra de una ideología sino de una manera de ser. A ello han contribuido históricamente el viejo PSUC, el president Tarradellas, los socialistas catalanes que hicieron el pacto con el PSOE en 1978 y muy especialmente el president Pujol, que desde un nacionalismo integrador consiguió que la sociedad catalana no se quebrara durante su largo mandato.

Catalunya no cree en una afirmación nacional excluyente porque el nacionalismo ha derivado hacia una integración social y no se ha convertido en un instrumento de dominación de unos sobre otros. A trancas y barrancas, con todos los problemas y dificultades que se quiera, las diferencias entre Maragall y Mas no son insuperables porque hay un sentido profundo de catalanidad que puede ser compartido por todos, incluso por el PP que dirige Josep Piqué.

Otra diferencia fundamental es que en Euskadi se ha vertido mucha sangre inocente con motivaciones políticas y en Catalunya nos hemos limitado a hacer política. Todo es más normal aquí.

domingo, abril 17, 2005

ETA se fortalece

ETA ha condicionado la política vasca y la española durante muchos años. Los resultados de las elecciones del domingo no han cambiado la situación. Los nueve escaños conseguidos por Batasuna, disfrazada bajo las siglas del Partido Comunista de las Tierras Vascas, no serán decisorios.

Pero el doce por ciento de votos conseguidos por Batasuna indican que son demasiados los vascos que directa o indirectamente apoyan a ETA y simpatizan con sus tesis que van desde el acercamiento de los presos hasta una peregrina visión de liberación de Euskadi.

El plan Ibarretxe se estrelló en el Congreso de los Diputados y ha sido desautorizado por el electorado vasco. Es inútil insistir en esta opción tan obsesivamente defendida por el lehendakari.

No cabe otra salida que buscar soluciones en el diálogo que con tanto empeño proclamaba Ibarretxe. Pero tendrá que ser un diálogo desde la humildad y no desde la prepotencia. Un diálogo en el que participen todos. Incluso el Partido Popular.

Una sociedad tan radicalmente dividida no puede avanzar ni progresar. Es hora de recomponer las complicidades entre nacionalistas y no nacionalistas. Si ETA anunciara el fin de la violencia y depusiera las armas se habría dado el gran paso. Mientras esto no ocurra la paz política y social estará muy lejos.

miércoles, abril 13, 2005

Los lienzos de Botero

La historia la escriben los vencedores a la espera de que el tiempo ofrezca nuevos datos que permitan modificarla o rehacerla. Una definición clásica y muy simple de la historia es el recuento de cuanto han hecho y han sufrido los individuos que han formado parte de grupos humanos.

Decía Isaiah Berlin que la historia es lo que los historiadores deciden que sea. Es interesante cuando uno se sumerge en una narración histórica estudiar primero al historiador.

El historiador raramente es un político o un militar, que no pueden entretenerse en recopilar todos los datos que ellos mismos han generado. Julio César o Marco Aurelio reflexionaron y escribieron sobre la guerra de las Galias o las que se libraban en los confines del imperio romano. Sus libros son imprescindibles para valorar sus hazañas. Pero no los únicos.

A los dos años del comienzo de la guerra de Iraq es el presidente Bush quien sugiere titulares ciertamente optimistas. Las elecciones han llevado a un kurdo como presidente del país, un chií es primer ministro y los suníes que tanto boicotearon las elecciones tienen a seis ministros en el Gobierno. Es un éxito objetivable.

Al conmemorar el segundo aniversario del comienzo de la guerra Bush no fue muy modesto al pintar la “marea de libertad” que sube en Afganistán, Iraq, Palestina, Líbano, Egipto y Arabia Saudí. En una arenga a las tropas cerca de su rancho en Crawford proclamó que los terroristas están perdiendo y los iraquíes asumen con coraje su propia defensa.

Es una visión política hecha por su principal protagonista que la historia se encargará de matizar. Mientras Bush hablaba a sus soldados en la base militar de Fort Hood, su secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, regañaba a los nuevos dirigentes iraquíes para que no se dejaran llevar por el sectarismo y la corrupción.

El decir que en Iraq y Afganistán hay libertad porque se ha votado no equivale a que en Bagdad y Kabul las democracias estén consolidadas. Las mismas fricciones tribales, las luchas de los señores de la guerra, los enfrentamientos étnicos endémicos siguen su curso a pesar de la intervención militar. El goteo de muertos es diario.

El mismo día que Bush proclamaba los avances de la libertad en Oriente Medio, el pintor colombiano Fernando Botero presentaba una gran exposición de cuerpos deformados sobre los abusos cometidos en la cárcel de Abu Ghraib. Napoleón es juzgado en España de muchas maneras, pero también por los fusilamientos del Dos de Mayo inmortalizados por Francisco de Goya. Los lienzos de Botero también son pruebas para la historia.

lunes, abril 11, 2005

Alemanes y japoneses

En Weimar fue un domingo de tristes emociones mientras un millar de personas, víctimas o parientes de las víctimas del campo de concentración de Buchenwald, se reunían en el Teatro Nacional de la ciudad en cuya entrada se levantan dos grandes estatuas de Goethe y Schiller. Se conmemoraba el sesenta aniversario de la liberación del campo por las tropas norteamericanas. Jorge Semprún, superviviente de aquella tragedia, recordó su amarga experiencia.

El canciller Schröder expresaba la vergüenza que deben sentir los alemanes por “el hambre, la enfermedad, el terror sádico y la muerte sistemática” que costó la vida a más de cincuenta mil internados entre los que se encontraban judíos, prisioneros de guerra soviéticos y otros grupos humanos detestados por el régimen de Hitler.

El canciller pidió perdón a las víctimas y a sus familiares y evocó que la siniestra historia de Buchenwald continuó después de la derrota nazi cuando el campo se convirtió en una prisión estalinista en la que murieron varios miles de internados.En varias ciudades chinas, muy lejos de Weimar, miles de manifestantes se concentraban en la embajada japonesa en Pekín y en los consulados nipones de Cantón y Shenzhen para protestar contra la revisión de los libros de texto japoneses sobre la ocupación de China entre 1931 y 1945.

Japón aspira a ocupar un puesto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Esta aspiración japonesa ha removido la memoria de los chinos que durante trece años fueron ocupados por el imperio del Sol Naciente que formó parte más tarde del eje entre Berlín, Tokio y Roma.

En sus espléndidas crónicas de China, Rafael Poch nos recuerda que entre veinte y treinta millones de chinos murieron durante la cruel ocupación de su país por los japoneses. En los libros de texto que entrarán en vigor en próximo curso se habla de aquella invasión como del “incidente de China”. La matanza de Naking, en la que murieron entre cien mil y trescientos mjl chinos, se presenta como “dudosa” o como “motivo de debate”. Las manifestaciones no están autorizadas en China. Pero varios miles de ciudadanos se concentraron ante la embajada japonesa y ante la residencia del embajador rompiendo cristales y causando otros desperdicios. El ministro de Exteriores japonés ha pedido una disculpa a las autoridades chinas que no ha llegado todavía.

Utilizando el correo electrónico, páginas de Internet y mensajes de móviles, las inesperadas concentraciones atacaron restaurantes japoneses, vallas publicitarias y anuncios de coches nipones. Una campaña popular ha recogido veintemillones de firmas en China pidiendo el boicot comercial a los productos japoneses.

Estos dos hechos, en Weimar y en China, tienen en común las barbaridades cometidas por la Alemania nazi y el régimen totalitario japonés durante la última guerra. El ex canciller alemán, Helmut Schmidt, ha escrito páginas interesantes sobre las diferencias entre Alemania y Japón al enfrentarse a las causas y consecuencias de la guerra. La principal causa de las diferencias, dice, es que a los japoneses les ha faltado el sentido de la culpabilidad.

Los alemanes han pedido perdón y han aceptado la culpa mientras que los japoneses no han asunmido este sentido nacional de haber cometido tantos abusos y barbaries. La historia de Alemania es una historia trágica, pero también es una historia de generosidad que en estos momentos les permite situarse en la vanguardia de una expansión democrática y universalista de la idea de Europa.

Los japoneses han protagonizado un milagro económico universal. Pero se les ha olvidado pedir perdón a media Asia.

miércoles, abril 06, 2005

La gran pregunta

Es apasionante seguir lo que se escribe, se dice y se ve sobre la muerte del Papa, los respetos multitudinarios que reciben sus restos en la basílica de San Pedro, los preparativos del cónclave, las predicciones sobre el sucesor y todo lo que envuelve a un hecho de una gran repercusión que ha llegado a todos los rincones del mundo.

Es apasionante porque se produce una sinceridad poco frecuente cuando se escribe o se habla de noticias mediáticamente más habituales. Lo que está ocurriendo en Roma lo sabemos porque lo vemos en directo, en idiomas propios o ajenos, en canales nacionales o internacionales.

La novedad está en bucear por los convencimientos más íntimos y personales de cuantos escribimos o hablamos sobre una cuestión que Juan Pablo II ha puesto abiertamente sobre la conciencia del mundo. La grandeza del personaje no está tanto en las colas interminables de Roma ni en las audiencias televisivas millonarias.

Me parece que la grandeza está en que su muerte ha removido las conciencias de muchos ciudadanos del mundo ante el hecho de la trascendencia. Dice George Steiner, un brillantísimo intelectual judío, que sólo hay una cuestión importante sobre la que todos, de alguna manera, nos pronunciamos. La resume en una pregunta elíptica: ¿está o no está?. Existe o no. Hay o no hay vida después de la muerte, en definitiva, existe Dios o no existe.

El Papa no ha inventado nada. Ha recogido lo que está escrito en el Nuevo Testamento y ha recordado que la vida tiene más sentido si contempla la trascendencia que si se termina bruscamente en el momento de la muerte. Un sentido trascendente desemboca en una esperanza que hace más comprensible la existencia.

Son conocidas las visitas que el presidente Mitterrand hacía al filósofo Jean Guitton, de noche y un poco a escondidas. Le preguntaba el presidente sobre lo “qué hay más allá” y el pensador francés le contestaba que entre el absurdo y el misterio se quedaba con el misterio.

Se puede leer lo que está ocurriendo en Roma estos días desde muchos ángulos. El efecto mediático universal, los métodos antiguos y legendarios sobre la celebración del cónclave, las corrientes que naturalmente existen y han existido dentro de la Iglesia -recordemos que la primera gran pelea se remonta al año setenta cuando en el primer concilio de Jersusalén Pedro y Pablo discreparon abierta y calurosamente-, el futuro Papa y cuanto más se quiera añadir. Pero el gran atractivo es que en plena post modernidad el Papa ha planteado una cuestión tan vieja y tan nueva como el destino final del hombre.

lunes, abril 04, 2005

Un líder espiritual

Cuando se hayan diluido las emociones y vivencias de estos días, se podrá empezar a escribir el borrador de la historia del Papa que ha aglutinado el interés y la curiosidad del mundo que ha vivido por primera vez en directo la agonía y la muerte de un Pontífice.

El juicio a estas horas es incompleto y es difícil valorar la personalidad de Juan Pablo II en su dimensión global si se señalan sólo sus facetas de forma fragmentada. Es una opinión extendida de que ha sido un Papa muy avanzado en cuestiones sociales y muy conservador en temas morales y de costumbres.Pienso que la distinción es recurrente, pero que sólo es una aproximación a la valoración que merecerá este pontificado que ha dejado una profunda huella en la historia de nuestro tiempo.

Me cuesta creer que millones de personas en todo el mundo le hayan aclamado a lo largo de más de un cuarto de siglo simplemente porque es un Papa mediático. Es cierto que ha ido en busca de las gentes utilizando las modernas tecnologías. Pero no habría acercado a su persona tantos hombres y mujeres de todos los pueblos y culturas si no hubiera tenido algo que decirles. Se me antoja que su principal mensaje ha sido el de recordar, con gran impacto en la opinión pública, la dimensión religiosa del ser humano al margen de que sus enseñanzas hayan sido o no asumidas por cuantos las escucharon.

Ha sido un hombre de paz que se ha pronunciado claramente contra las guerras. Fue una de las voces más rotundamente contrarias a la última que impulsó Bush en Iraq. Y también se pronunció en contra de la primera del Golfo. Decía que la imposición de ideas o de formas de vida de un ser humano sobre otro utilizando la violencia es inaceptable. Y añadía que el terrorismo es doloroso para las víctimas, pero también para los que lo perpetran.

Ha sido el Papa que ha visitado por primera vez una sinagoga y también una mezquita. El Gobierno de Jerusalén le ha considerado un amigo de Israel y del judaísmo, mientras que los palestinos le han agradecido la defensa de su causa. Otorgó el perdón a quien intentó asesinarle, Ali Agca, y ha pedido perdón por los errores que ha cometido la Iglesia católica a lo largo de los siglos.

Juan Pablo II utilizó la magia del Papado para llevar al vasto mundo la pedagogía de la dignidad de los hombres y mujeres de todas las procedencias y condiciones. Fue un factor determinante en el cambio sin violencia en su Polonia natal y dio un gran empujón para que la Europa dividida por la última guerra encontrara nuevamente su unidad. El muro de Berlín cayó por la debilidad de los sistemas que lo habían levantado. Pero también por el empeño del Papa en derribarlo para recuperar la libertad de los pueblos europeos.

No ha aceptado la vía del capitalismo desbocado que intenta probar, principalmente desde la sociedad norteamericana, que se puede adorar a Dios y al dinero al mismo tiempo.El mundo no es mejor ni peor hoy que al comienzo de su pontificado. A pesar de su peregrinaje por todo el planeta, tenemos una gran pobreza material en el Tercer Mundo y una pobreza espiritual en el Primero, que vive satisfecho de sus legítimos logros, de sus comodidades, de su bienestar y de su seguridad sin aportar soluciones para un mayor equilibrio de la riqueza en el planeta.

La solidaridad y la justicia universales no se pueden ejecutar sólo desde posiciones éticas o morales. Es tarea de la sociedad y de los gobiernos occidentales propiciar un mundo más habitable para tantos cientos de millones de pobres que viven en la miseria. Se ha pedido al Papa lo que los dirigentes políticos, cristianos muchos de ellos, no han querido o no han podido llevar a cabo.

domingo, abril 03, 2005

Admiración y respeto

He pasado dos días pegado a la televisión, leyendo periódicos y sintonizando radios. De aquí y de todo el mundo. La cobertura sobre la muerte de Juan Pablo II no creo que tenga precedentes. Hemos visto multitudes, gestos mágicos, pobres y ricos, creyentes o agnósticos, líderes mundiales y jefes de todas las religiones desfilando en esta película de la historia de un hombre que vino de lejos y llegó aún más lejos.

El Papa ha suscitado admiración y respeto después de más de un cuarto de siglo de pontificado que ha tenido mucho de peregrinaje por tierras y pueblos de todos los rincones del planeta. Ha buscado a Dios y lo ha predicado a los hombres.

Al margen de que su mensaje no haya sido asumido por muchos, sí que ha sido escuchado por todos.

Su huella en nuestro tiempo la juzgará la historia cuando las emociones y vivencias de estos días se hayan difuminado.